En esta conversación, Ronaldo González Valdés ahonda en las características, objetivos y variadas facetas de su libro George Steiner: entrar en sentido. Cincuenta glosas y un epílogo (2021), fruto de años de lectura y reflexión sobre uno de los grandes críticos del siglo XX.
Formado en la suma de saberes que, lejos de delimitar, expanden con fortuna el conocimiento sociológico, Ronaldo González Valdés ha sido en primer lugar un lector profundo de la realidad que cruza su “trópico de cáncer sinaloense”, como él gusta decir. De su obra Sinaloa: una sociedad demediada, Juan Villoro escribió que se trata de una “pormenorizada narración” que examina con “pulso certero” la que es ostensiblemente una entidad “partida, o mejor: inacabada, a la mitad de las rutas civilizatorias”. En otro de sus libros más conocidos, Izquierda y Universidad: un discurso rampante (1966-1985), aborda la penosa y trágica sobreideologización universitaria que dio lugar, como dice José Woldenberg en su prólogo, a esa siniestra etapa donde la ultraizquierda, “desconociendo por completo las especificidades de la Universidad, opta por convertirla en un instrumento de sus delirios revolucionarios”.
Pues bien, ese mismo Ronaldo González, mientras le hacía un guiño a Italo Calvino en los títulos referidos y preparaba otros volúmenes sobre su región, la crítica cultural y las generaciones intelectuales —Dispersa andadura, entre ellos—, dándose tiempo igualmente para cumplir sus faenas como funcionario cultural o dar sus clases en la Universidad Autónoma de Sinaloa, se ocupaba también de escalar una de las cimas del pensamiento contemporáneo: la obra de George Steiner.
Durante muchos años, en diferentes visitas a Culiacán, la gran constante —amén de la infaltable tertulia en El Guayabo— ha sido escuchar a Ronaldo confesar su devoción intelectual por ese maestro que, en palabras de Claudio Magris, simultáneamente “se mueve como en su propia casa en la literatura universal y es también un vagabundo y un desarraigado, un hombre del exilio que vive en su inteligencia y en su sensibilidad la dura y kafkiana verdad de la diáspora”. No me ha sorprendido entonces que su acceso como lector riguroso al núcleo del universo steineriano se haya materializado felizmente en una obra como George Steiner: entrar en sentido. Cincuenta glosas y un epílogo (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2021), que viene a ser uno de los ejercicios críticos más penetrantes y claros sobre este autor inmenso.

Steiner suponía, con razón, que un lector despierto siempre es generoso. Ronaldo González lo es por partida doble: obviamente con el autor de Los logócratas, en virtud de la comprensión lúcida de su obra; pero sobre todo con sus propios lectores, a quienes obsequia –aunque él lo niegue– varias rutas para conocer, discutir y disfrutar las ideas y los relatos de este maestro fascinante e imprescindible. Aun de modo aproximativo, esta charla es prueba fehaciente de ello.
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Ariel González: En tu libro recuerdas a Christopher J. Knight en Uncommon Readers, quien sostiene que George Steiner pertenece a ese tipo de escritores con un alto perfil público, influyente, muy comentado y polémico, un autor muy reconocido y también muy criticado por lo que algunos consideran sus desplantes de erudición, ¿qué aporta tu libro a lo que ya se ha dicho sobre Steiner?
Ronaldo González: En primer lugar, una aproximación panorámica a su obra, deteniéndome en algunas de sus más características preguntas y conjeturas, menos sencillas de comprender de lo que puede pensarse. Y no sólo me refiero a su obra crítica y ensayística sino también a su narrativa, sus cuentos y novelas. Arriesgo, además, algunas conjeturas sobre las ideas de Steiner, y de hecho en algunas de las glosas voy un poco más allá de eso. El libro, como lo advierto desde el prólogo, no ofrece una carta de navegación, un itinerario para recorrer los paisajes de la geografía steineriana, algo que puede encontrarse, aunque sea esbozadamente, en otros autores como el propio Knight en el caso de la crítica, los ensayos de Armando Pego Puigbó en la hermenéutica y los apuntes de Adolfo Castañón en la narrativa, por mencionar unos cuantos nombres. Precisamente el primer capítulo aborda la relación de la narrativa steineriana con su ensayística, algo en lo que ha sido precursor el propio Castañón, un autor al que, por cierto, debo no pocas observaciones y estímulos para atreverme a emprender esta travesía.
AG: Sí, señalas que hay una relación muy clara entre las ideas y preocupaciones del Steiner ensayista y el cuentista o novelista, pero él mismo insistió en varias entrevistas en que no era un creador, en que se arrepentía, como le dijo a Nuccio Ordine en su entrevista publicada póstumamente, de no haber tenido el valor de ser un creador.
RG: Desde luego, esa respuesta de Steiner tiene mucho sentido si consideramos la magnitud y la influencia de su obra crítica frente a su obra narrativa, no se diga frente a su casi desconocida obra poética. Eso lo tenía muy claro Steiner y lo tenemos muy claro nosotros, sus lectores. Sin embargo, creo que hay una severidad excesiva en su propio juicio sobre su obra creativa. No haré comentarios acerca del estilo literario de los relatos de Steiner, aunque a mí me parezca muy cercano a cierta narrativa inglesa moderna y contemporánea; la clave de lectura de mi abordaje es la conexión de sus ensayos críticos con sus escritos literarios stricto sensu. En primer lugar, no sin cautela, él entendía como Matthew Arnold y tantos otros, que en la crítica hay también creación, que los actos críticos son actos creativos, pero “de segundo orden”. Por otra parte, en sus cuentos y novelas se exponen más asequiblemente para un lector no especializado ideas que tienen que ver, por ejemplo, con el misterio del horror, el presupuesto “teológico” de la trascendencia en la vida humana y la creación artística o literaria, lo inefable de las “presencias reales” o los misterios que nos visitan y visitan a los personajes de sus relatos, temas todos ellos recurrentes en sus ensayos.
Leo crítica literaria desde hace un buen tiempo y tengo mi personal archivo de ejercicios críticos, que quizá algún día me atreva a publicar, pero por lo pronto debo limitarme a consignar algunas impresiones. Puedo decir que después de haber leído el cuento “A las cinco de la tarde”, alcancé a sentir el misterio del horror en la cotidianidad de las personas, un doble misterio porque se trata de un horror “rutinizado”, un horror que se ha acostumbrado a verse a sí mismo, casi a solazarse en el espejo de su subordinación, y junto con ello la ingente necesidad de la poesía para estabilizar un sentido aun en las más extremas situaciones de extravío de lo humano. Cuando uno lee un relato como “Un fragmento de conversación”, por otro lado, es inevitable la vinculación con la tesis de que la noción judía de destino ha impedido a la cultura hebrea crear tragedias como las que escribieron, primero que nadie, los griegos, asunto que está planteado en Antígonas. Y cuando uno lee “En lo profundo del mar” o “Dulce Marte” se asoma a los abismos del alma humana, de la experiencia de la vida examinada y sus consecuencias en la confrontación con la inmensidad oceánica, el amor o la guerra.
AG: Respondiendo a algunos de sus críticos, dices en tu libro, y te cito textualmente, que sugieres “una lectura de Steiner que ponga juntas la crítica al consumismo, la falsificación de la verdad de los hechos, el variopinto populismo de nuestros días, la literatura de escaparate, el fracaso de la educación pública y la ‘paralizada aquiescencia’ demandada por el relativismo de mal agüero. Cuestiones todas ellas plenamente actuales y que no son ajenas a su concepto de la crítica literaria, las lenguas o la propia responsabilidad del creador”. ¿Puedes explicarnos esto?
RG: Apenas terminé de leer Un lector, la compilación hecha por el propio Steiner en 1984, cuando ya preparaba la que me parece que es su obra axial, Presencias reales. El libro se publicó en español, de manera póstuma, a principios de este año. Hubiera querido leerlo antes en la edición original en inglés, pero un poco por impaciencia y otro poco porque equivocadamente pensé que ya conocía los textos ahí incluidos, decidí diferir su lectura. Y en efecto, conocía casi todos, salvo los de la primera parte, titulada “El acto crítico”. Los cuatro ensayos de ese apartado y la introducción del libro son fundamentales para aclarar, por así llamarlos, los “frentes de lucha” de Steiner. Aunque a veces intuitivamente, desde Tolstói o Dostoiveski (1959) están expuestas las críticas al relativismo que ha inhibido ya no digamos la búsqueda del sentido en la obra, sino su posibilidad misma de comparabilidad. Steiner, uno de los maestros del comparativismo, no podía dejar de hacer esta observación. Muy similar, por cierto, a la hecha por Giovanni Levi, más de treinta años después, a la búsqueda infinita de significado de la antropología geertziana aplicada a los estudios históricos…
AG: De ese, su primer libro publicado, viene su crítica, posteriormente ya declarada, al postestructuralismo.
RG: Así es, y de pasada al propio psicoanálisis. En esto, Steiner va en contra de la interpretación talmúdica, que no tiene fin, porque la tarea que él asigna a la crítica es la de estabilizar un significado, aunque a sabiendas de que éste puede cambiar con el tiempo, como ocurre, por cierto, con el canon y con la traducción misma que siempre estarán sujetas a los nuevos contextos y las nuevas sensibilidades lectoras. En fin, lo que quiero decir es que esta pregunta por el sentido es lo que relaciona su concepto de “crítica responsable”, expuesto en Presencias reales, con su concepto del lenguaje (de los lenguajes) como realidad viva y enriquecedora, presente en sus observaciones a Chomsky en Después de Babel, que insiste en las maneras en que cada lengua da lugar a un mundo posible y, por lo tanto, otorga sentido a ese mundo.
AG: Hablaste del canon, ¿sigue jugando la tradición, lo canónico, un papel en la crítica, en la creación, en la lectura misma, después de que autores tan célebres como Arthur Danto declararon su muerte en el tiempo de la llamada “pos-historia”?
RG: Me recordaste la observación que no hace mucho Pablo Sol Mora le hizo a Juan Villoro cuando afirmó en una entrevista estar en contra del autoritarismo del canon. En realidad, Villoro es muy puntual en su oposición a la “idea imperial” de canon en autores como Harold Bloom, y creo que Steiner le daría razón: no sólo se trata de que el canon inhibe tanto como libera, argumento que se encuentra en Gramáticas de la creación, se trata también, y sobre todo, de que la valoración del canon es variable y no admite una interpretación única: no es dogma religioso o ideológico, es historia de la cultura, es creación artística y literaria, es apropiación de la tradición en el tiempo, de la tradición que es la transmisión de fuego vivo y no inerte ceniza. Con esta comprensión del canon comulga Steiner, abriendo un frente contra el chismorreo académico o el periodismo de novedades que se hace pasar como crítica, y eso lo explica muy bien mi coterráneo Geney Beltrán en un bello ensayo suyo titulado “Steiner o la tradición como disidencia”. Por eso creo que Steiner renovó profundamente, en sentido y orden, el concepto mismo de lo canónico y de la crítica.
De aquí vienen también las perplejidades a que ha dado lugar eso que en su libro más cercano a la historia y la sociología, En el castillo de Barba Azul, llamó poscultura. La pérdida del reflejo de lo humano aun entre los grandes espíritus -y quizá particularmente en ellos-, la familiaridad con el horror, la pérdida de un horizonte de vida cifrado en un orden de valores, la relativización de la muerte individual misma, la aspiración de trascendencia perdida en el estallido de mil poderosas insurgencias identitarias, el resurgimiento de los populismos ante la conciencia culposa de un liberalismo que no pudo cumplir su promesa de igualdad -y de aquí su crítica a la educación pública que califica por “competencias” instrumentales la formación del individuo y produce una “amnesia organizada”-, entre otras “perplejidades” de las que se ocupó hasta el final de sus días.
AG: ¿Por qué decidiste confrontar a Steiner con Cioran en el epilogo del libro?
RG: Esa idea proviene de la lectura de un artículo de Fernando Savater, en el cual, respondiendo a una de las varias críticas que Steiner dirigió a Cioran, lo llama “cronista cultural” (de “alta gama”, dice Savater, pero cronista al fin). Esta me parece una expresión desafortunada puesta en la pluma de alguien como Savater, autor de Ética para Amador (una preceptiva para “aprender a vivir bien”), quien argumenta que Cioran fue un pensador que se enfrentó al dolor y al sinsentido sin “fulgor sacro”, cosa que no hay quien ponga en duda. Pero lo que Steiner reprocha a Cioran, después de reconocer lo incisivo de no pocas de sus máximas, es su fascinación por la fatalidad, su ausencia de respuesta a la “inútil odisea” del pensamiento y al “gigantesco fiasco” de lo humano. Lo que para Steiner son las “visitaciones del misterio” para Cioran es “el charlatanismo de lo inefable”, como escribió en Silogismos de la amargura refiriéndose a la música. Cioran es un estilista de la pesadumbre, un maestro del anacronismo y hace con la historia lo que se le viene en gana. Eso es también, para Steiner, una especie de romanticismo tardío, un romanticismo anacrónico y hasta tenebroso que desemboca en lo que nuestro autor llama una “gramática del nihilismo”.
AG: Por último, ¿qué sugerencias haces a los nuevos lectores de Steiner? ¿Cómo acercarse a un autor tan extraterritorial en temas, lenguajes y tiempos como George Steiner?
RG: Es una pregunta muy difícil y comprometedora. Yo mismo he ido armando mi propio aparato crítico con Steiner, mi propia andadura a lo largo de muchos años, pero en una respuesta rápida e inevitablemente convencional diría que depende del interés lector. A historiadores y sociólogos les recomendaría iniciar con En el castillo de Barba Azul, luego Nostalgía del Absoluto e Idea de Europa; a quienes estén interesados en la filología o en la historia de la literatura, con Antígonas y La muerte de la tragedia; a lingüistas, traductores y filósofos del lenguaje, con Después de Babel; a críticos literarios, sin duda, Tolstói y Dostoievski, la antología Un lector, la compilación Los logócratas y Presencias reales; a quienes tienen inquietudes filosóficas, con Gramáticas de la creación y, por supuesto, Heidegger; a quienes no quieran complicarse mucho con disgresiones, les recomendaría la lectura de su obra narrativa compilada, aunque no toda, en el volumen En lo profundo del mar con una muy buena traducción de Daniel Gascón. En fin, con Steiner, como con todos los autores que valen la pena, no hay más que empezar a leerlos y, como dice en el ensayo “Crítico”/“Lector”, tomar distancia crítica de su obra o volverse un siervo lector de su escritura.
Ariel González
Periodista y crítico, fue editor de la sección cultural de Milenio. Es autor de: Breviario de correrías. Acaba de ganar el Premio a la Excelencia Periodística 2021 de la Sociedad Interamericana de Prensa.
Soy un lector aficionado que gusta de leer a Steiner y que desconoce por completo su obra de ficción salvo un relato corto creo que ambientado en torno a Mitla. En todo caso su obra ensayística por su edurición me rebasa. Steiner desespera frente las matemáticas no aplicadas, y porque las matemáticas no mienten y porque sobre ellas es imposible hablar y son bellas. No le otorgaron el Nobel y siempre tuvo listas sus maletas, para llegado el caso, escapar. Juzgo difícil que su obra de ficción pueda remotamente compararse con sus ensayos. Gracias por las.sugerencias sobre sus ficciones