Hoy se cumplen ochenta años de la partida de Stefan Zweig. El escritor austriaco aún nos enseña, particularmente en sus biografías literarias y relatos históricos, que el pasado es un momento vigente.
Aquella memoria pública que fue su obra, Zweig la construyó en torno a distintas figuras cruciales como Michel de Montaigne, María Antonieta, Joseph Fouché y Balzac, entre otros. Relatos en los que se percibe la mezcla de muchas de las técnicas de otros géneros que cultivó, como el teatro, el cuento o la novela.
Stefan Zweig comprendió que una manera de conservar aquello en lo que creía era la escritura y había que valerse de todos los recursos creativos posibles para lograrlo.
Un ejemplo es su libro autobiográfico: El mundo de ayer (1941). Aquel texto donde cuenta una versión de Europa que poco a poco fue desvaneciéndose, no tanto en sus plazas o monumentos, sino en su escala de valores, prácticas y costumbres. Esta relación de Zweig con el tiempo y la nostalgia de una cultura que cambió, la retrató de manera muy ingeniosa el cineasta estadounidense Wes Anderson en Gran Hotel Budapest (2014). Sin embargo, es fundamental entender que la obra de Stefan Zweig no señala una resistencia al cambio, sino al olvido.
Lo anterior cobra mayor sentido cuando repasamos el contexto en el que vivió y escribió. En medio de guerras y calamidades que como termitas consumían y debilitaban el continente y la versión del mundo que él conocía. ¿Cómo salvarlo? La única posibilidad era la palabra.

Por eso sus biografías son un esfuerzo de conservación. Son narraciones que se suman al cuerpo de la Historia porque en sí mismas reflejan la riqueza de todo un contexto. Al margen de su evidente dimensión historiográfica, el rasgo más humano de este género en manos de Zweig es la esperanza.
La esperanza de que el tiempo no pasó en vano; de que la vida de una persona se hila con todo un mundo anterior y con el que viene. La esperanza de que aquella experiencia fue y seguirá siendo valiosa para alguien. La esperanza, hoy puesta en duda, en las virtudes del libro:
El libro —apunta el austriaco— ha puesto fin al trágico confinamiento de las vivencias y de la experiencia en el alma individual: desde que existe el libro nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado.
Es contradictorio hablar de la esperanza en alguien que se suicida, como hicieron Zweig y su esposa un 22 de febrero de 1942, dejando esta nota: “prefiero terminar mi vida en el momento adecuado, justo, como un hombre para quien su trabajo cultural fue siempre la más pura de sus alegrías y también su libertad personal —la más preciosa de las posesiones en este mundo”. Ese momento justo no fue más que la desolación de aceptar que el nazismo acabaría por dominar el mundo.
Pero el punto aquí es también esa libertad personal. El arte de la biografía para Zweig no era reproducir con exactitud, sino crear con absoluta libertad, para que la experiencia íntima, única, de una vida se vuelva parte del ejercicio social de narrar y leer. Zweig tenía una extraordinaria habilidad para retratar vidas ajenas y alejadas. Sabía tomar de ellas sus mejores notas.
En Momentos estelares de la humanidad (1927), el escritor austriaco relata catorce miniaturas históricas, catorce momentos definitivos. Desde la caída de Constantinopla hasta la historia de la instalación del cable que atraviesa todo el Océano Atlántico y comunica Europa con América. Los temas y sus personajes son tan amplios y vinculantes como ese mismo cable que acerca los continentes. Cuando se transforman en literatura, todos estos acontecimientos se vuelven universales.
Tal vez uno de los más claros ejemplos es la historia del honorable Capitán Scott. El relato de la expedición Terra Nova (1910). Un grupo de científicos y marineros ingleses compiten por llegar al único lugar sin descubrir en la Tierra: el polo Sur. Durante la travesía, en medio de aquella inabarcable soledad, el Capitán Scott logra escribir un diario: un texto serio y preciso, a la manera del militar que es. La tragedia final del Capitán es conocida: a pesar de haber llegado al polo Sur —después que los noruegos— sólo la muerte es camino de regreso.
Scott supo que alimentar aquel diario iba a ser la única manera de sobrevivir a su propio destino. En sus últimas páginas describe la valentía de sus compañeros y brinda consuelo a sus familiares. También escribe a su esposa, a su mejor amigo y a toda Inglaterra le hace saber el gran espíritu de su tripulación.
A partir del diario del Capitán Scott Stefan Zweig reconstruye aquella experiencia sin par y nos devuelve otra oportunidad de acompañar a quienes alguna vez fueron los hombres más solitarios en la Tierra. Así se despide Zweig del relato del honorable Scott:
Por los hilos del telégrafo, sus palabras y el mensaje contenido en sus cartas saltan al mundo que se muestra admirado. En la catedral del imperio, el rey se arrodilla en homenaje a los héroes. De ese modo, lo que parecía estéril, fructifica de nuevo; lo que se había perdido, se convierte en una fragorosa llamada a la humanidad […].
Fruto de su propia experiencia, la versión de Zweig, que emana de los diarios del Capitán, encarna esa necesidad humana de crear y transformar para poder entender la vida de los otros.
G. K. Chesterton concibe esto a partir de las diferencias entre los hermanos Henry y William James. Mientras uno intentó explicar el mundo desde un sistema filosófico, Henry James lo intentó desde su oficio de novelista, el cual siempre le dio un mayor margen, pues, como lo dice el propio Chesterton: “No está obligado a justificar al ser humano, sino sólo a humanizarlo”.
En la medida en que podamos reconocer a la creación literaria como una manera de compartir la vida, también podremos valorar la oportunidad de entender mejor la nuestra. Porque la imaginación es el único hecho a la altura de algo tan extraordinario como la realidad.
El legado vivo de Zweig no puede ser únicamente una genialidad creativa. Es más bien una perspectiva en el tiempo de la esperanza.
Emilio Posadas Certucha
Escritor y analista. Estudios de Comunicación Social y Semiótica en la UAM Xochimilco.