Sombras e impunidad.
Entrevista con Martín Solares

En fin, se dijo, No es fácil superar tu pasado.” El detective Carlos Treviño pretende —o posiblemente aparenta— eludir la fatalidad. En No manden flores(Literatura Random House) Martín Solares recurre a un cuestionamiento: “—Ahora dime tú: ¿sabes cómo encontrar a un tal Carlos Treviño?”. Su personaje indaga la organización criminal de Los Nuevos en el Golfo de México: “un Estado dentro del Estado, dirigido por sicópatas que actuaban con total impunidad”. Solares atisba —en conversación con Alejandro García Abreu— la senda oscura que recorren sus personajes y asevera que la ficción es un material muy delicado.

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Tuvo la certeza de que una sombra se había instalado allí, en la suite del hotel.
—MS

Alejandro García Abreu: ¿Cómo fue el desarrollo de Carlos Treviño?

Martín Solares: Me lo imagino como un tiburón joven, que se mueve a toda prisa y de modo impredecible, consciente de que lo persigue un depredador mayor y más peligroso —el Comandante Margarito.

AGA: La muerte es uno de los protagonistas de la novela. ¿Cómo lidias con su presencia constante?

MS: Tengo la impresión de que el verdadero protagonista es la impunidad. Mientras más oscuro sea el tema, mayores motivos debes darle al lector para que siga contigo. Prometerle que habrá algo estupendo en el próximo párrafo, o fascinarlo con la senda oscura que recorren mis personajes.

AGA: Cito un pasaje onírico: “Treviño volvió a estremecerse en su cama, pero el visitante continuó: Ante todas las cosas es posible abrigarse, pero ante la muerte todos los hombres vivimos en una ciudad sin murallasVas a bajar al infierno, le dijo, intentarás cruzarlo. Si logras hacerlo tendrás encomiendas mayores. Y la voz continuó: Todos los días, al salir de tu casa, vas a encontrar un amigo, un aliado imprevisto, un mentiroso, un enemigo y un traidor disfrazado. Si logras distinguirlos podrás regresar”. La tarea que le dejó el visitante resulta difícil.

MS: La primera frase es de Heráclito, la segunda de Marco Aurelio. Siempre me han interesado los sueños como una puerta que permite la entrada de la literatura fantástica en una novela realista. Tanto en Los minutos negros como en No manden flores me interesaba mezclar un realismo extremo, que permitiera al lector vivir las vidas de dos auténticos policías tamaulipecos, y un toque pesadillesco u onírico, que permitiera convivir con otro tipo de visiones, personajes y, sobre todo, con esas voces que solemos escuchar en los sueños, y que nos hablan con una sencillez y una profundidad inusual sobre algo esencial que ya habíamos olvidado. Los minutos negros empezó cuando soñé que una voz me preguntaba: “¿Verdad que en la vida de todo hombre hay cinco minutos negros?”. Luego de siete años de trabajar muy duro, la única respuesta satisfactoria a ese enigma nocturno fue la escritura de una novela diurna, que transcurre en las playas de Tamaulipas. Por su parte, No manden flores no empezó con una pesadilla, pero intenté que el lector tuviera la impresión de que la mayor parte de la historia ocurre durante una larga noche sin estrellas, como la que se vive desde hace años en Tamaulipas. Una fuente de inspiración para No manden flores fue el capítulo décimo de La Ilíada, donde Odiseo y Diomedes buscan cruzar de noche el campo de guerra y penetrar las nueve murallas de Troya a fin de acabar con la guerra.

AGA: Posteriormente escribiste: “El conductor del Caribe, un doctor Solares, los vio y dijo en voz alta: Extraña persecución, dos viejos jugando carreras: querrán escapar de la muerte”. ¿Cómo vinculas muerte y vejez?

MS: Esta aparición en No manden flores, y otra muy similar en Los minutos negros, son un par de breves homenajes a mi padre, cirujano pediatra, que falleció mientras yo escribía estas dos novelas. Suelo mezclar rasgos visuales o modos de contar de algunas de las personas que conozco, luego de trabajar para que todo ello se transforme en partes de un relato novelesco. La ficción es un material muy delicado, que puede estropearse por culpa de una sola palabra mal elegida. En estas dos novelas suele haber viejos que enseñan a vivir, o a sobrevivir, a policías más jóvenes. Es el caso del Comandante Margarito, que intenta ganarse a Carlos Treviño como otro cómplice para la corrupción.

AGA: En una de las primeras páginas se lee: “Treviño es una de las pocas personas honorables que he conocido en el Golfo […].” ¿De qué manera distingues la percepción inicial de honorabilidad y cómo la relacionas con la transición del personaje?

MS: Lo importante no es qué piense yo sobre la honorabilidad, sino qué piensan mis personajes. Nunca me hago responsable de las ideas o de las actitudes de mis criaturas: tienen las ideas que deben tener para convencer al lector de que el detective Elías, la profesora italiana o el Bus están vivos y resulten difíciles de olvidar.

AGA: Destaco un pasaje: “Era curioso: los pájaros que cantaban de madrugada se interrumpían de manera invariable alrededor del momento en que él recordaba quién era y dónde se hallaba. Como si acaso supieran que otra persona entraba en el mundo y lo anunciaran así. Las aves, los sueños, la noche”. ¿Cuál es el origen de la reflexión?

MS: Me gustan las noches en el campo o en la playa. Un universo inesperado de hallazgos y sensaciones nos esperan ahí. Es lo que quise transmitir en este, que es mi capítulo favorito de No manden flores: está diseñado como un viaje a una playa exquisita, aunque poco a poco el lector comprenda que en esa playa hay un fantasma. De vez en cuando debes tratar de incluir una bocanada de aire puro a fin de que el lector pueda continuar su viaje.

AGA: También incursionas en el dolor: “Sólo había un camino, y ese camino era el dolor”; “Cuando dijo eso todas nosotras ya estábamos llorando, de dolor o de rabia”. Sigo: “Su cuerpo flotaba en una especie de onda expansiva y dolorosa que le impedía razonar”; “Un relámpago de dolor recorrió su espalda cuando intentó levantarse”.

MS: Hay una palabra que me interesa mucho más, y es la palabra aventura. Mis dos novelas están construidas sobre esa palabra, que debe ser invisible para funcionar mejor. Mis personajes suben y bajan por las montañas y valles de esa palabra, suben y bajan porque no hay mejor modo de fascinar al lector, al menos no dentro de una novela. Salman Rushdie alguna vez escribió que los narradores aspiramos a descubrir cuáles son las palabras secretas de nuestra tribu. Yo estoy convencido de que lo único que hacemos son dos cosas: una consiste en provocar que el lector se pregunte: “¿Y ahora qué va a pasar?”. La otra, en hallar un nuevo modo de decir “Había una vez”.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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Publicado en: Ciudad de libros, Entrevista