En el año 2006, la poeta chilena Soledad Fariña y yo, obtuvimos, con el mismo asombro, el apoyo de la Fundación Guggenheim que en ese entonces auspiciaba a creadores, científicos, académicos e investigadores de América Latina y el Caribe. Yo tardé mucho en concluir y publicar el proyecto que había postulado, o eso pensaba hasta que, hace poco, supe que la poeta chilena se encontraba, diecisiete años después de haber ganado la beca Guggenheim, afinando los últimos detalles de Siempre volvemos a Comala, un trabajo importantísimo para la historia de Chile y para la historia de la poesía chilena. En estos diecisiete años, Salvador Allende y Juan Rulfo se han puesto a dialogar en el libro de Fariña sobre la muerte: la que cicatriza nuestros dos países con relámpagos de distinta luz y con sonido de distintos truenos, pero en ambas naciones sabemos qué es la muerte, sobre todo aquella que no debió existir. Aquí están Rulfo y Allende acompadrándose en el país de los muertos.

Se trata de un poemario complejo con un montaje de voces que se intercalan en distintos planos. Allí está la voz o la figura de algunas mujeres de la familia de Allende, pero también la voz de los torturados, los delatores, la voz del compañero presidente desde la vida y desde la muerte.
Habla Allende:
Alguien llora alguien se inclina alguien no resiste este paisaje rojo y decide cubrirme con una manta ¡Qué irán a hacer con mi despedazado cuerpo! Sigo vagando en esta niebla gris en esta niebla blanca. Alguien canta en un lenguaje antiguo
El mestizaje de este poema entre dos realidades, la mexicana y la chilena, entre dos estancias, la vida y la muerte, entre dos voces, la de Comala y la de “Santiago ensangrentado” como reza la canción; trenza, a veces de forma teatral, con las elocuciones de Salvador Allende, y un complejo dramatis personae expresado en diálogos con un Rulfo muerto, con la historia del golpe, distante como la estrella de Bolaño o como el lustre de los cuchillos hundidos, encajados en nuestras violencias. Sí, “nuestras”, porque estas líneas se escriben en el país de Rulfo, México, con 14 desapariciones diarias. Otro modelo de guerra.
Pinochet muerto en su cama, rodeado de familia, impune como el adjetivo usado 14 veces al día en México.
¿Eres tú, Juan?
—Sí, soy Juan.
—Dime, Juan, ¿cómo es que has vivido tanto tiempo
en este pueblo muerto?
—Yo también estoy muerto.
—Es extraña la muerte, hablo sin palabras pero pienso y recuerdo
¿tú recuerdas?—Sí, recuerdo mi infancia
y no encuentro lógica a esos sucesos, mi padre, mi madre,
los hermanos de mi padre todos asesinados—¿Fue la Revolución?
—No, no fue la Revolución, fue más bien una cosa atávica […]
Allende no sólo le habla a Rulfo, también se dirige a la diosa maya que protege a los suicidas. Aunque el texto apunta la muerte de Allende como lo que es: una emboscada, un asesinato, y allí está la diosa, siempre irradiando.
a ustedes, trabajadores de mi patria les digo:
No tengo pasta de apóstol ni tengo pasta de Mesías,
no tengo condiciones de mártir,soy un luchador social que cumple una tarea,
la tarea que el pueblo me ha dado
pero que lo entiendan aquellos que quieren retrotraer la Historia y desconocer a la voluntad mayoritaria de Chile:
sin tener carne de mártir, no daré un paso atrás; que lo sepan:
dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera…
brotaré como un retoño,
seré luego una planta silvestre
Dicho esto, el libro hace un corte. Aparece Laura Allende, Laurita, la hermana del presidente. Busco su fotografía, hermosísima mujer. Durante un periodo, después de la muerte de su hermano, se exilia en México y, posteriormente decide marcharse a Cuba, hasta su muerte, hasta que la diosa maya del suicidio, la envuelve, enferma, sin tener posibilidad de volver a su patria ni en la clandestinidad siquiera. Laurita le deja una carta de despedida a Fidel Castro. En la trenza que el poema teje, leemos fragmentos de esa carta: Perdóneme, necesito mi Patria, no puedo seguir esperando.
El libro de Fariña lo contiene todo. Diálogos, fragmentos de canciones, citas de otros poetas, investigación hemerográfica, testimonios de torturados, datos duros, consignas políticas y niebla, mucha niebla que, cuando impide ver, invita al lector a internarse en el país de las sombras donde dos hombres recuerdan la sangre, recuerdan la muerte que los hizo vivir.
Los testimonios de los torturados abren paso para que exhale el dolor, parecieran salir de la flotilla de muertos de Comala, ojalá y fueran murmullos de una recreación literaria, en cambio, son palabras que salen de la boca, de los labios golpeados, ultrajados.
Qué hago aquí/ flotando bocabajo […]
¿Que qué me hicieron?
inmersión en agua sucia
la parrilla las colgadas
me quebraron entera
todavía tengo un tímpano roto
todavía me duelen las costillas
cuando hace frío droga
mucha droga piensan
“lo que no hable en tortura
lo hablará bajo la droga”
[…] Todavía tengo un tímpano roto/todavía me duelen las costillas
Así se pasa de la poesía objetivista a la exploración lírica del dolor investigado, sufrido. Aquí están conviviendo en otro tipo de lógica constructiva, saliendo a flote para apuntar el rifle en medio de nuestros ojos, los testimonios de un libro de poesía, de teatro, de denuncia, de biografía política, un laberinto de voces vivas y voces muertas, una puesta en página sin orden ni secuencia, pero con toda la niebla, espesa, doliente, que dice más, que confunde más, que nos hace recordar, como lo recuerda el libro, Si esto es un hombre de Primo Levi, escrito tras su liberación de Auschwitz en 1945. El montaje de voces en Fariña se enreda en un escenario de donde surgen los discursos, las meditaciones, la miseria humana, los recortes de prensa:
Si fracasamos, compañeros, en el plano económico/
fracasamos en el plano político.
Rulfo y Allende gobiernan la luz del relámpago, son testigos de restos, de rezos, voces, meditaciones, cadenas humanas, pedazos de cuerpo de tu padre, tu hermana, tu hija.
Vidas que no tienen precio, camaradas
La voz de Allende traspasa los umbrales. Allende la frontera, como juega Soledad Bianchi en el prólogo. Se rompe e irrumpe esa línea vertical, así describe Soledad Fariña la visualización de Chile en el mapa, fractalizando sus costas, su cordillera, su paisaje explosivo de hielo, de agua, de desierto, de islas.
Allende nos habla allí, desde la línea vertical, encerrado en la Moneda y nos habla desde otra dimensión, nos habla desde el mundo de las apariciones, nos habla desde el dolor de la vida interrumpida, nos habla desde el anhelo de construir un tejido social con menos dolor. Porque tenía esa esperanza y este libro de dolor y muerte también le abre un espacio a ese anhelo.
Es como si el compañero presidente fuera perdiendo fragmentos hasta quedarse muerto, irreconocible, sólo hay un objeto que nos hace decir, sí, es él, no, no es su cuerpo, es lo que le permite ver, es su emblema, es lo que queda y se reconoce, los lentes, las gafas del compañero presidente flotan en la página en un aire metonímico porque el lector reconoce la parte por el todo.
En esta puesta en escena los valores tipográficos, los silencios, las palabras en gris, en sordina, semi borradas, de pronto se dinamitan en la página y juegan un papel de personaje. No son una ocurrencia, ni tienen un valor escenográfico, son derrames del discurso que va exhalando por sus distintos tamaños, en su distinta intensidad visual aquello que el discurso verbal está pinchando.
Durante páginas Rulfo en el país de los muertos desaparece. Estamos frente al golpe cívico militar, hablan sus torturados, sus perseguidos, sus actores, no son pasatiempos lingüísticos, ni de ficción ni de fricción. Desaparece el lirismo, el dato duro golpea el poema y una vez concluido regresará causando en el lector lo mismo que una enfermedad cuando ha pasado. El libro concluye con un largo epílogo donde se nos ofrecen nuevas claves: “Recrear la memoria inventando un lugar donde Allende esté vivo y pueda pensar, divagar, conversar con personas o fantasmas que encuentra o pasan por su lado.”
Esos fantasmas que encuentra o que pasan por su lado también son las voces de su tradición. Una de las más ricas del continente. Sólo en el siglo XX la poesía chilena tuvo a Gabriela Mistral, a Pablo Neruda, a Pablo de Rokha, a Nicanor Parra, a Violeta Parra, a Gonzalo Rojas, a Jorge Teiller, a Enrique Lihn, a Gonzalo Millán, a Elvira Hernández, a Soledad Fariña, a Rosa Betty Muñoz, a Raúl Zurita o al llamado mejor documentalista del mundo, Patricio Guzmán, poeta mayor de la imagen en movimiento. Muchos de ellos, comparten en sus obras el amor por los desiertos, por las aguas, por los hielos, por la arena, por las flores, por la cordillera, por los cielos. Sólo que esa alabanza por su Chile no es sólo un amor contemplativo. El paisaje expresa su imperio junto a la sangre y al desangre del país en distintas etapas y por distintas causas. Dice Mistral:
En arribando a Coquimbo
se acaba el Padre-desierto,
queda atrás como el dolor
que nos mordió mucho tiempo,
queda con nuestros hermanos
que en prueba lo recibieron
y que después ya lo amaron
como ama sin ver el ciego.
El desierto en la Mistral es el padre desierto, a la cordillera la llama, la madre yacente que camina de rodillas con sus siete pueblos.
Curiosamente, pareciera que en Neruda no es tan común encontrar este choque entre el paisaje y la realidad chilena.
En cambio, Pablo de Rokha, en un delirante e inspirado discurso nos dice:
cuando el volcán destripa a la montaña y se parte el vientre terrible […] cuando lloran todas las cosas un llanto demencial y lluvioso, cuando el paisaje, que es la corbata de la naturaleza, se raja el corazón de avena y pan y se repleta de leones […]
Eso parece venir de atrás, como si se tratara de una rasgadura recorriendo generaciones que constata y denuncia el dolor, la miseria, la arbitrariedad, la violencia, los crímenes de Estado. El paisaje se rasga el corazón. Así escuchamos a Gonzalo Rojas cuando le habla a Baldomero Lillo, un escritor chileno del siglo XIX que trabajó el tema de la explotación en las minas, en especial las de Lota, su ciudad natal:
Como no tengo lápiz y papel, te lo digo Baldomero de golpe con el viento/éste es Chile, y sus viejos volcanes que tocaban las estrellas/ vestidos de mendigos, lo mismo que su pueblo en las sucias estaciones/ por donde pasa el tren desde Lota a Santiago. / Los canastos van llenos, / […]./ Las botellas —y este largo, este largo parentesco de llanto— son las mismas de entonces, son las mismas de entonces y amenaza la lluvia.
El paisaje en la poesía chilena llega a ser un paisaje brutal, la marca de choque entre dos violencias deshermanadas. Los volcanes vestidos de mendigos. El largo parentesco de llanto entre un tiempo y otro recorre la poesía chilena que avanza como el río bajando por una cañada. De esa tradición viene el poema de Soledad Fariña. Y también va de la mano de otro dardo envenenado que soltó Gonzalo Millán en su libro La ciudad, como si fuera un mago que invirtiera el tiempo, de tal forma que el Golpe de Estado de Chile se desatara en reversa, de atrás para adelante.
El río invierte el curso de su corriente.
El agua de las cascadas sube.
La gente empieza a caminar retrocediendo.
Los caballos caminan hacia atrás.
Los militares deshacen lo desfilado.
Las balas salen de las carnes.
Las balas entran en los cañones.
Los oficiales enfundan sus pistolas.
La corriente penetra por los enchufes.
Los torturados dejan de agitarse.
(…) Aparecen los desaparecidos.
(…)
Los militares vuelven a sus cuarteles.
Renace Neruda.
Vuelve en una ambulancia a Isla Negra.
Le duele la próstata. Escribe.
Víctor Jara toca la guitarra.
Canta
Los cesantes son recontratados.
Los obreros desfilan cantando
¡Venceremos!
Ese tiempo al revés recuerda un cartón de Quino, el creador de Mafalda, en donde habla de la dulce posibilidad de nacer ancianos e ir rejuveneciendo hasta morir en el vientre de la madre. Más atrás, y de forma más compleja, eso lo encontramos en Viaje a la semilla, un magnífico cuento de Carpentier. Y de toda esa tradición llega la voz telúrica de Raúl Zurita. A él, parafraseando a Seferis, donde se le toca, duele. Como pocos, como nadie, violenta su amor frente a la grandeza natural de Chile. Amor versus la muerte, versus el país que encanta, que mata, versus el paisaje que hechiza al doliente.
/Pero a nosotros nunca nos hallarán porque nuestro amor está `pegado a las rocas al mar y a las montañas/pegado, pegado a las rocas al mar y a las montañas. / Murió mi chica, murió mi chico, desaparecieron todos. Desiertos de amor.
Y más adelante, remata:
Así en gemido, él me pegaba la boca como canturreando y el gemido se le iba subiendo desde mi cara más alto. Sí padrecito, abriéndosele como por la larga noche que se venía oh sí queridos ríos, queridos árboles. Queridas montañas, queridos vientos, queridos cielos, querida gente […]
Es el mismo mundo anhelado e imposible que pellizca el poema de Soledad Fariña con sus tenazas polifónicas:
La raya vertical que es Chile
en el contraste de los mapas
se convierte en una gran raya ígneay un gran fuego ha comenzado a soplar
Ese fuego que arde y alumbra nos trae una presencia más, Beatriz, el silencio de Beatriz, como si fuera la mujer mítica de La Comedia de Dante, pero no, aquí Beatriz, Tati, es la hija de Allende (que, por cierto, este viernes, cumpliría 70 años). Me dice Soledad Fariña en una charla reciente: “Beatriz Allende no dejó escrito nada. Consulté libros de testimonios indirectos. Ella solía ser reservada, era más revolucionaria que el padre. Estuvo en la formación de la segunda guerrilla de Bolivia que fracasó. Cuando Allende fue elegido, dejó todo y se fue a trabajar con él. Estaba casada con un diplomático cubano. Con ocho meses de embarazo, siguió en el Palacio de La Moneda hasta el último día. Ella lo tenía claro, se quería quedar. EL padre no la deja, la obliga a salir. Lo demás ya es historia. La familia se va a vivir a Cuba. Beatriz se desempeña como secretaria del Comité Chileno de Solidaridad Antiimperialista. Su lucha está centrada en que la izquierda no se divida. No lo consigue. El marido no la apoya, se va quedando sola, se fragiliza mentalmente, quería volver a Chile, formar parte de la resistencia. Resulta imposible. Decide quitarse la vida y, como su tía, también le deja una carta a Fidel. Laura, la hermana de Allende, se arroja de un edificio. Beatriz se pega un tiro en el mismo lugar que su padre, con un arma que le regaló Fidel”.
El silencio de Beatriz es la llave que cierra el libro de Fariña. Habla Allende:
Ella me invoca, me ve. Habla con mi cabeza
inexistente. Se entrelaza con lo que cree
mis pensamientos.
Aunque no siempre acierta.
¿Y cuál es tu pensamiento, Salvador?
Beatriz, la de Dante, está muerta en su dimensión humana en el paraíso. El único vivo es Dante. Aquí, en el libro de Soledad Fariña, en cambio, no queda nada, todos hablan desde la muerte, pero les hablan a los vivos:
Desde el siglo que no alcancé a conocer
me llegan gritos, voces, canciones de muchachas
y muchachos que piensan que aún vivo.
Mi palabra está viva, dicen, y la replican en murales,
poemas y consignas.
Desde el mundo de las sombras, Allende arroja una conciencia de su legado, escucha desde la muerte que su palabra está viva. Hay algo suyo que sigue en este mundo y que nos convoca hoy, aquí, en el Colegio Nacional, para oírlo hablar consigo mismo, para oír las palabras de su Beatriz, amparados por la diosa maya, “la de la cuerda”, la diosa Ixtab tan presente en la familia Allende:
Siempre volvemos a Comala,
Salvador
dice una voz casi inaudible
que no reconozco
Siempre nos podemos encontrar
en el Silencio
me escucho
diciéndole
a mi Padre
en este cuenco oscuro
que lo contiene todo“Lo contiene todo”.
No en vano, el poema concluye con esta sentencia que podría alumbrar no sólo al cuenco oscuro del país de los muertos, sino al poema mismo que verá la luz en la editorial Universidad Santiago de Chile para así sumarse a esa larga cadena de la vigorosa y admirable tradición chilena de la que Soledad Fariña es y será una voz de referencia.
Myriam Moscona
Escritora mexicana. Su novela Tela de sevoya ganó el Premio Xavier Villaurrutia en 2012.