Soft power en la seguridad nacional: la colección Gelman

La presidenta Sheinbaum ha podido navegar su primer año de forma inteligente, ya que el mar está lleno de icebergs y el barco llamado México tiene problemas de mantenimiento, lo que lo hace más difícil para maniobrar. Moody’s reportó el 3 de febrero que, a pesar de los aranceles de Trump, el país logró tener un exitoso desempeño comercial en 2025, y su superávit con Estados Unidos de hecho creció. 

Sin embargo, las grietas internas y externas no dejan de crecer. Hay retos ya conocidos, como el crimen organizado, que ha por mucho dominado la agenda de seguridad nacional, pero hay otros no menos complejos: cambio climático, la muy baja inversión pública en ciencia, una economía atrapada por monopolios, el bajo nivel educativo en matemáticas e inglés que afecta a la calidad del empleo, el veloz envejecimiento de la población… Incluso hay algo menos explorado que lo anterior: ¿por qué importa incorporar la variable “cultura” en una más amplia definición de seguridad nacional? Porque la paz y la guerra se asientan siempre en variables de identidad cultural, y eso no es menor en 2026, y lo será mucho menos durante el resto del siglo. 

Entonces, ¿cómo entender la cultura para que sea un activo estratégico de una mejor seguridad nacional mexicana? Cualquier concepto serio de seguridad nacional debe identificar, anticipar, atender y vencer los riesgos que ponen en peligro el bienestar de la población mexicana y su territorio. Por lo general, esta visión da un rol preponderante a las fuerzas armadas, la inteligencia, y las agencias de seguridad. Sin embargo, ¿qué sucede si una amenaza pone en serio riesgo a activos claves de la cultura mexicana? 

En junio de 2025, Reino Unido hizo pública su Estrategia de Seguridad Nacional 2025 para lo que llama “una era de incertidumbre radical”. En el análisis del contexto, en el décimo punto afirma que están creciendo las amenazas al territorio, y el territorio no incluye sólo assets físicos, ya que pueden ser instituciones. “Los adversarios amenazan a la cohesión social y buscan erosionar la confianza pública…”. El reporte concibe a la “infraestructura crítica nacional” de una forma conservadora, como cables submarinos o centros logísticos, sin embargo, desde una visión más amplia de los riesgos, también podrían serlo el Museo Británico o universidades como Oxford. 

Estos blancos son importantes centros de soft power, que construyen no sólo el fundamento de la identidad británica, sino que además son importantes fuentes de ingresos para el país. El profesor de Harvard, Joseph Nye acuñó el concepto de “poder suave”, y lo pensaba como una influencia a través de una persuasión cultural importante; afirmaba que era tan importante como el “poder duro”, el económico o el militar, para avanzar los intereses de una nación.

Así, la estrategia británica se resume en tres componentes: la seguridad interna, la fortaleza en el exterior y desarrollar las capacidades soberanas. La variable cultural atraviesa a los tres pero se asienta en la última, porque la cultura es la principal capacidad soberana de una nación. Por ejemplo, aunque Alemania y Japón fueron vencidos en la Segunda Guerra Mundial, su fuerte capacidad cultural les impulsó para en pocas décadas recuperar su capacidad industrial y económica. 

Por ello, crea una ventaja asimétrica sin igual: por cada peso o dólar invertido, siempre tiene un retorno de inversión mucho mayor. En la descripción del tercer componente, el punto 17 es dedicado a la fortaleza del soft power británico: 

Las artes, cultura, educación del Reino Unido… proveen una significativa fuente de poder suave. Estos activos nos ayudan a impulsar una positiva reputación internacional, construir confianza y crear alianzas que soporten la estabilidad internacional. Mientras otros países desarrollan su actividad de poder suave, no podemos ser complacientes con nuestras fortalezas tradicionales. 

El poder suave importa, más que nunca, en un momento en el que todo está en juego. Hasta la presidenta Sheinbaum lo reconoció cuando afirmó pedir que el presidente de Corea del Sur permitiera que la banda de k-pop BTS tuviera más fechas de conciertos en México. No es casual que en 2026 el país asiático tenga el puesto once en el Global Soft Power Index que compila la empresa Brand Finance desde 2019. Sin embargo México está en el lugar 42 y en el lugar 29 está Brasil. México no es un gran poder económico o militar, por eso es vital que cuide su poder suave, su poder cultural. Y quizá esta dinámica explica un poco porqué el gobierno británico decidió establecer un consejo que asesore sobre cómo mejor desarrollar sus activos acerca de poder suave. 

El artículo tercero de la Ley de Seguridad Nacional de México, publicada en 2005, afirma que sus acciones conllevan a “la preservación de la soberanía e independencia nacionales, y la defensa del territorio”. Si pensamos, como lo hace el gobierno británico, que la cultura es una capacidad de soberanía, entonces bien formaría parte del supuesto de este artículo. Por ello, vale la pena cuestionarnos: ¿la Agenda Nacional de Riesgos incluye variables culturales?, ¿está considerada como parte de la infraestructura estratégica alguna relevante para la cultura nacional?

La infraestructura cultural de México es un asset débil. Es poco vigilada, incluso poco documentada. A inicios del sexenio, varios museos nacionales tuvieron que cerrar en la capital porque no tenían suficientes vigilantes, el tema fue tan mal manejado que implicó el cese del director del INAH. Y el registro de las colecciones de los museos del INAH y el INBAL tienen un serio problema, que quizá es peor en los museos estatales y locales: no existe un solo sistema de registro de colecciones. Las dos grandes instituciones líderes tienen bases de datos distintas. La burocracia y los intereses gremiales han impedido que exista un único sistema de museos en el país, y por lo tanto se gaste el doble en bases de datos diferentes que no son interoperables. En resumen: no sabemos con certeza lo que tienen los museos del país. Así que si alguna pieza desaparece, y no está en exhibición, es muy posible que nunca lo sabremos. Los museos nacionales deberían ser considerados como parte de la infraestructura estratégica del país, especialmente sus colecciones. 

Crédito: Heritage / Getty Images

La colección Gelman

A inicios de febrero Claudia Curiel Icaza, la Secretaria de Cultura, anunció que el Museo de Arte Moderno recibiría 68 piezas de la colección Gelman, quizá la colección de arte moderno mexicano más importante del mundo en manos de particulares. La historia y controversia sobre el devenir de esta colección ha sido bien explicado por David Marcial en El País, pero yo me quiero enfocar en el futuro.

La colección Gelman reúne a algunos de los mejores pintores del siglo XX mexicano. Sus mecenas la legaron a México en un testamento, confiando en que el Estado mexicano honrara su esfuerzo, más allá de que algunas piezas sean Monumento Artístico o no. Tema aparte es que el Estado mexicano lleva años sin una política seria de coleccionismo público debido a los grandes recortes presupuestales. Si no fuera por instituciones como la UNAM o los museos privados como el Jumex, México tendría severos vacíos en el coleccionismo de arte contemporáneo. 

Los coleccionistas y dueños originales de la colección escribieron un testamento, y en éste establecieron que permaneciera en México. Sin embargo, la colección fue vendida a la familia Zambrano de Monterrey (accionistas de Cemex) y en un arreglo que no es público, parece que el Banco Santander es copropietario, ya que la colección ahora se llama Gelman Santander. Además, después de ser expuesta en México será llevada a Madrid, a un nuevo centro cultural del banco español. 

El debate es que ahora existe un embrollo legal que pocos comprenden: el testamento obliga a que las piezas permanezcan en el país, y decenas de éstas cuentan con declaratoria de Monumento Artístico, lo que impide que salgan de México. Expertos citados en la prensa critican la opacidad de este arreglo y ha dado lugar a pertinentes preguntas: si la familia Zambrano es la dueña, ¿qué tiene que hacer el banco Santander en este acuerdo, y por qué mover las piezas hasta Madrid si en México contamos con museos que las pueden cuidar, empezando con el Marco de Monterrey o el mismo Museo de Arte Moderno? La colección alberga obras icónicas como Cantinflas (1948) de Rufino Tamayo o Diego en mi pensamiento (1943), de Frida Kahlo. Es muy distinto transportar obras de piedra de arte prehispánico a lienzos pintados, a quienes  puede afectar el cambio brusco de temperaturas. 

Todo indica que la Secretaría de Cultura ha permitido que las piezas salgan del país y que éstas viajen entre España y México. Esto no sólo es una forma muy extraña de burlar la norma, crea un terrible precedente legal para otras obras que son Monumento Artístico. Nos estamos arriesgando a lo que ahora sufre Francia con un caso similar con la pintura El desesperado (1843-1845) de Gustave Courbet. 

En octubre de 2025, de forma sorpresiva la opinión pública francesa se enteró que una obra clave de la historia del arte nacional fue adquirida por privados, y saldría del museo Orsay para radicar en Doha, Catar. El gobierno francés tenía que dar un permiso de exportación, y para obtenerlo el gobierno catarí ofreció prestar la pieza al Orsay hasta 2030, cuando partiría a formar parte de un nuevo museo. El caso francés tiene una extraña similitud con el mexicano. Obras clave del patrimonio nacional que requieren de permisos especiales de exportación, y el gobierno los concede de manera rápida y sencilla, ¿por qué?

No sólo es un gran riesgo mover lienzos de forma continua en una premisa de constante itinerancia, es una pesadilla para los seguros que deben cubrir ese riesgo, incluso para una familia rica como los Zambrano o un banco como Santander. Hasta hace unos meses la ruta del Atlántico norte estaba en alerta por advertencias de la administración Trump de que tomaría Groenlandia a través de medios militares. La guerra en Ucrania no tiene fecha de término, y naciones como Francia y Alemania están preparando a sus poblaciones para situaciones de crisis. Es necesario dejar algo claro: no existe una colección de arte moderno mexicano tan rica como la Gelman. Si se afecta o pierde, el daño es irreparable. 

Las preguntas para la Secretaria Curiel Icaza y la presidenta Sheinbaum deberían ser ¿está dispuesto el gobierno a correr los riesgos de que la colección Gelman sea dañada parcial o totalmente? No sólo son los riesgos de transporte y la situación política en Europa, también hay un espectacular crecimiento de actividad criminal, incluso en países con gran política de seguridad como Francia. En 2025, la seguridad de los museos en Francia se vio gravemente comprometida, destacando el robo de joyas históricas valoradas en más de 88 millones de euros en el Louvre en octubre. Sólo durante septiembre y octubre se registraron robos en al menos siete museos distintos, evidenciando una crisis de seguridad con aproximadamente un centenar de incidentes registrados en todo el año, según informa el diario ABC.

En 2022, Radio Televisión Española informó que al año hay en España “unos 200 robos de obras de arte, de los que se resuelven sólo un 15 %”. En 2021, alrededor de 18 000 piezas de arte desaparecidas, 78 % del total de robos registrados, fueron notificadas por las Oficinas Centrales Nacionales de Interpol en países europeos. Por otro lado, una pintura de Frida Kahlo (El sueño, la cama) fue subastada en noviembre de 2025 en Sotheby’s por casi 55 millones de dólares, un récord en subasta para cualquier artista mujer. ¿En serio ese nivel de precio no es una tentación para el crimen organizado? No podemos ser ingenuos, el arte es de los pocos activos que no se devalúan, y más si son obras maestras como las de los autores de la colección Gelman.

Y es que la Gelman no es cualquier colección: se trata de la principal colección de arte moderno mexicano en manos privadas, y no debe salir de México, no sólo porque forman parte de la infraestructura cultural estratégica que debería ser cubierta por la ley de seguridad nacional. Perder un activo como esta colección sería perder no sólo obras de arte insustituibles, sino cohesión social como país hacia el futuro.

Construir un Estado toma tiempo, décadas, siglos. Por eso cuidar la infraestructura importa, es un legado, ahí están todavía muchos acueductos romanos dando servicio en Europa, ahí están iglesias novohispanas aún siendo usadas como templos o museos en el México de hoy. Por ello construir colecciones de arte importa, así se construye Estado. Así lo entendieron los Medici en la República de Florencia, o la emperatriz Catalina la Grande que reunió la colección del Museo del Hermitage en San Petersburgo. La cultura forma parte de la infraestructura estratégica del Estado moderno, ya que ejerce un poder igual de potente que el económico o el militar. México es tierra de gente muy talentosa, y produce arte muy potente. La colección Gelman reúne a algunos de los mejores pintores del siglo XX mexicano. 

Sus mecenas la legaron a México en un testamento y el Estado mexicano debería honrar su esfuerzo, más allá de que algunas piezas sean Monumento Artístico o no. La colección Gelman debe permanecer en México porque forma parte de la infraestructura estratégica nacional. Tema aparte es que el Estado mexicano lleva años sin una política seria de coleccionismo público debido a los grandes recortes presupuestales. Si no fuera por instituciones como la UNAM o los museos privados como el Jumex, México tendría severos vacíos en el coleccionismo de arte contemporáneo. 

Por ello es tan crítico que el gobierno de la presidenta Sheinbaum decida que la colección Gelman permanezca en el país. No sólo el mundo está en una situación de creciente inestabilidad que pone en riesgo incluso a museos como el Louvre, ahora vemos que las colecciones nacionales están en peligro de ser dispersadas, y nada garantiza que una vez que se permita el movimiento, la itinerancia de una pieza maestra de Kahlo, Orozco, Carrington o Siqueiros que están regresen con bien al país. 

Mi recomendación no sólo es apegarnos a la legalidad, sino estar del lado de la prudencia. Que la colección tenga itinerancia sí, pero en los museos mexicanos; que el público nacional goce esas obras. Eso querían los Gelman, y es lo correcto para la política cultural y de seguridad nacional.

Alfredo Narváez Lozano

Doctor en Antropología social. 

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