Siete minutos para entender a Simone de Beauvoir

Un 9 de enero, pero del año 1908, nació Simone de Beauvoir. La recordamos con una de las más importantes contribuciones al mundo de las ideas que se hizo a largo del siglo XX. De Beauvoir no se contentó con señalar las desigualdades e injusticias que históricamente han aquejado a las mujeres, sino que se preguntó por lo que estaba detrás de las mismas. En este fragmento de una entrevista que le hizo en 1975 Jean-Louis Servan-Schreiber, de Beauvoir explica la premisa básica detrás de toda su teoría sobre la condición de la mujer. La idea de que los individuos no nacen siendo mujer, sino que se hacen, es explicada de forma directa y sencilla en el fragmento que aquí hemos transcrito y traducido al español.



Jean-Louis Servan-Schreiber: Es probable que sea la primera vez que ven a Simone de Beauvoir, pues como Jean Paul Sartre, el compañero de su vida, se rehusaba, hasta este año, a aparecer en televisión. Es por novelas como Los Mandarines, ganadora del Prix Goncourt de 1954, o memorias como Memorias de una joven formal, que el público conoce a esta escritora que es de las más grandes en la actualidad. Sin embargo, es por un ensayo, El segundo sexo, publicado hace 25 años, que Simone ha tenido un papel histórico en la evolución de las ideas de nuestra época. En esta obra difícil y de dos volúmenes describió y explicó por primera vez el lugar secundario que han tenido las mujeres para la humanidad. Como El Capital de Marx sirve de referencia ideológica a los comunistas, actualmente las feministas del mundo entero se refieren a El segundo Sexo. Algunos encontrarán esta comparación desproporcionada, pero es sólo porque miden equívocamente la amplitud de las transformaciones que las victorias de las feministas producirán en el futuro del mundo en el que vivimos. Es esta fuerza naciente, que trae consigo cambios profundos, la que Simone de Beauvoir explicará esta noche.

Si tratáramos de resumir El segundo sexo, cosa que es sin duda difícil, podríamos hacerlo alrededor de una idea que ha sido retomada constantemente pero que me gustaría que explicara: “No nacemos mujeres, nos volvemos mujeres”.

Simone de Beauvoir: Sí, es una fórmula que resume el conjunto de mis tesis y su significado es muy sencillo: ser mujer no es un algo dado de manera natural, es el resultado de una historia. No hay destino biológico o psicológico que defina a la mujer como tal. Es una historia la que la hace; primero la historia de la civilización, que culminó en su estado actual, y por otro lado –en el caso de cada mujer–, la historia de su vida, en particular de su infancia. Esto la determina como mujer, crea en ella algo que no es de ningún modo innato o esencial, crea lo que a veces se ha denominado como el eterno femenino, o la feminidad. Mientras más estudios psicológicos se hacen sobre los niños, mejor vemos y profundizamos en el hecho de que verdaderamente los bebés femeninos son fabricados para volverse mujeres. Hay un libro excelente escrito por una italiana, Elena Bellotti, que se llama ¿De que están hechas las niñas?, que demuestra cómo incluso antes de que la niña sea consciente, escribimos sobre su cuerpo, por la manera de amamantarla, cargarla, mecerla, etcétera, aquello que más adelante parecerá un destino.

J.J. S.S.: ¿Considera que las diferencias biológicas que son evidentes no juegan un rol en el comportamiento ulterior del individuo?

S. B.: Ciertamente tienen un rol, pero la importancia que adquieren estas diferencias vienen del contexto social en el cual están situadas. Es importante que una mujer pueda embarazarse y tener hijos y los hombres no, es una gran diferencia entre ambos. Pero no son estas diferencias las que hacen la diferencia de status y el estado de explotación y opresión al que son sometidas las mujeres. Es una suerte de pretexto alrededor del cual se construye la condición femenina, pero no es lo que determina esta condición.

J.J. S.S.: Cuando dice explotación y opresión, está implícito que existe una voluntad en un momento dado, que no es simplemente accidental. ¿En dónde encuentra el origen de esta voluntad? ¿Se encuentra en el plano histórico?

S. B.: Es inmemorial. Creo que hay que partir de la idea de que los recursos para los hombre son escasos y no hay suficientes para todos. En un momento en la prehistoria, la fuerza física era muy importante. Los más fuertes se apropiaron de los derechos y del poder de manera que tuvieran también la preeminencia económica, grosso modo, para estar seguros de comer. Esto era muy visible en China, por ejemplo, en donde había mucha pobreza y se dejaba morir o se mataba a las niñas pequeñas y se impedía a las mujeres de participar en el trabajo productivo, de forma que los hombres tuvieran todo para ellos. Eso ha sido así siempre. No tengo tiempo de contar toda la historia de la mujer, pero ha sido francamente evidente que en cada época ha existido una voluntad por parte de los hombres para tomar el poder. Un ejemplo: en la Edad Media y el Renacimiento, las mujeres tenían mucho poder como médicos. Conocían una gran cantidad de remedios, de hierbas, de remedios caseros que muchas veces eran de gran valor. La medicina fue tomada de sus manos por los hombres y todas las persecuciones de brujas, por ejemplo, fueron básicamente una forma de apartar a las mujeres de la medicina y del poder que ésta confiere. En los siglos XVIII y XIX hay estatutos hechos por hombres que prohíben –bajo pena de cárcel o multa– a las mujeres de ejercer la medicina si no se habían formado en determinadas escuelas, y aún así no se les aceptaba. Entonces, las mujeres fueron relegadas a ejercer el papel de enfermeras, de Florence Nightingale, de asistentes y cosas así. Hay libros muy interesantes que muestran cómo los hombres tenían la voluntad de quitarles a las mujeres la medicina. Pienso que si buscáramos en otros ámbitos, encontraríamos el mismo proceso. Hay, pues, una intención que actualmente quizás no busca tomar el poder, pero sí busca mantenerlo. Por todos lados, hay barreras para las mujeres que quieren acceder a ciertas cualificaciones o a ciertos poderes.

J.J. S.S.: Una frase interesante en sus memorias es sobre la escritura de El segundo sexo en donde dice que usted descubrió a los cuarenta años, cuando lo escribe, una situación que era tan evidente como cuando la percibimos realmente. ¿Cómo es que usted, que es una intelectual, con estudios, no se había dado cuenta antes de la condición de la mujer que describe?

S. B.: Porque había vivido en mi propia condición –de intelectual, como usted dice– y tuve suerte de no competir con hombres en mi ámbito, pues la enseñanza está abierta tanto a hombres como a mujeres. Tuve compañeros en La Sorbona y en otros lugares que me trataban como una igual en términos intelectuales.

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Publicado en: Ensayo literario