Shame y la Revolución Sexual Interrumpida.

Hace mucho que una secuencia cinematográfica no me causaba tal malestar físico. Una opresión en el pecho. En la pantalla, sangre, mucha sangre, en un baño blanco, luminoso. El piano de Glenn Gould en la banda sonora. Bach en situación trágica. Pero Shame: deseos culpables, del artista plástico y cineasta inglés Steve McQueen es, ante todo, sexo. Obsesivo. Angustiante. Doloroso.

Tras la notable Hunger (2008), en la que daba su versión del vía crucis del activista irlandés Bobby Sands, McQueen se traslada a Manhattan para narrar la historia de Brandon y Sissy, dos hermanos flagelados por una obsesión sexual que no se antoja. No, no se envidia demasiado al Brandon que consume prácticamente todas las variantes disponibles en el mercado sexual  (prostitución, sexo virtual en la red, sexo casual, dark rooms, you name it). En esta balada no solo de la dependencia, sino de la ansiedad sexual, los días transcurren con contactos oculares en el metro, miradas a traseros en la calle, onanismo en la oficina y la casa. McQueen parece adoptar al germano-irlandés Michael Fassbender como su actor talismán y aquí lo dirige con tino en un papel tan fascinantemente torcido que podría recordar al mejor James Spader –el de Sex, Lies and Videotape (Soderbergh, 1989), Crash (Cronenberg, 1996) y Secretary (Shainberg, 2002). Además, lo desnuda integral, aunque no frontalmente, como para atender el viejo reclamo “¿por qué siempre son las mujeres las que se desvisten en las películas?” Pero quien le preste más atención a su pene que a su rostro dejará escapar a un actor bien dotado.

Shame es un relato contemporáneo, de alienación, anomia y carencia de contacto humano; sobre todo, es un relato controvertido. La línea argumental es tan simple como la decoración de los espacios privados en los que se desarrolla. Minimalismo emocional en la ciudad que nunca duerme. Y sí, la memorable deconstrucción de “New York, New York”, con la lánguida voz de Sissy (Carey Mulligan), puede escucharse como otra manera de entonar la transformación de la euforia en incertidumbre. ¿A dónde se fue la Revolución Sexual?  ¿Quién interrumpió el feliz coito de la sociedad industrializada? Brandon es, a su manera, un Midnight Cowboy  (John Schlesinger, 1969): un soltero (no prostituto) sin ánimo ni capacidad para comprometerse en pareja que se siente relativamente satisfecho por tener un empleo y un departamento en la gran manzana, aunque sea incapaz de procurarse una intimidad satisfactoria.

Este torpe e impresionable comentarista se cura en salud, no quiere buscarle chichis a las hormigas, ni hacerse chaquetas mentales; sólo desea compartir su humilde noción de que Shame coloca al espectador, de manera no ortodoxa, ante el poderoso misterio -paraíso, némesis- de la sexualidad.  –Jordi Torre