
“Cuando la gente tiene miedo, no quiere ir a trabajar. Hoy día mucha gente se siente así. Luego el miedo empieza a transformarse en odio y la gente empieza a odiar ir al trabajo”
David Lynch
“Renunciar acabaría con tu vida”, le dice Mark Scout (Adam Scott) a su nueva compañera de trabajo Helly R. (Britt Lower), quien recién se integró a la vida corporativa de Lumon Industries, la siniestra empresa en la que se desarrolla la mayor parte de la trama de Severance. La cuestión es que para muchos en la vida real, el ser despedidos también puede significar una muerte simbólica.
Tras el despido, viene una sensación dolorosa, similar al duelo por la pérdida de alguna relación afectiva. Hay quienes acumulan las fuerzas suficientes para levantarse de la cama y dar un paseo con su mascota al parque más cercano. Las horas se van en arrojar la pelota sin ninguna clase de sentido. Un enjambre de preguntas acecha la mente. Las ramas de los árboles se antojan resistentes para considerar finalizar la suscripción a la vida.
Al igual que Mark Scout cuando desciende en el ascensor de Lumon Industries, el entregarnos de lleno a una vida corporativa no sólo nos aleja de la identidad: muchas veces, como los “intus” —las personalidades que durante ocho horas operan dentro de Lumon para que sus “exus” se desconecten del mundo real— renunciamos al derecho a saber quiénes somos más allá del estatus que nos brinda pertenecer a una marca. La serie creada por Dan Erickson y dirigida por Ben Stiller propone una fábula oscura sobre la alienación laboral, el capitalismo tardío y la fragilidad del yo moderno. Entonces es inevitable vernos reflejados una y otra vez.
Al mismo tiempo —en el interior del corporativo al que alguna vez se perteneció— los cubículos son los mismos aunque alguien más ocupa las funciones del recién finiquitado. Es curioso que en inglés la palabra “severance” se utiliza para referirse a la indemnización por despido. «Todo cambia para que nada cambie”. Un número más dentro del gran inventario de un tiburón de los negocios al cual no le interesamos, ni siquiera se tomó la molestia de recordar nuestros nombres.
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Para los “intus”, el día cero —volver a través del elevador— es un renacimiento. Su conciencia es similar a la de niños que apenas están experimentando el mundo: las rivalidades, los premios y castigos, así como sus propias actitudes, rayan en lo infantil. Dentro de Lumon la gesticulación y los rostros son marcados para acompañar a un humor negro de situaciones que van in crescendo a lo largo del capítulo. Ben Stiller y Adam Scott comprenden a fondo el slow comedy, por ello lo refuerzan con ambientes salidos de la peor pesadilla de Steve Jobs.
El espectador pudiera creer que fuera de la compañía el mundo es esperanzador; sin embargo, la sociedad retratada en el exterior no es más alentadora. Al observar el día a día de los “exus” —aquellos que habitan fuera de Lumon— nos hallamos frente a personajes solitarios y depresivos.
“Cada vez que estés aquí es porque elegiste volver”, sentencia el “intus” de Mark Scout a Helly R. como un reflejo de las decisiones que tomamos al postular para un empleo y aceptar las condiciones sin leer las letras pequeñas: en el caso de los protagonistas de la serie escapar de problemas emocionales o un duelo. Bajo consciencia elegimos permanecer más de ocho horas concentrados en labores mecánicas que nos hacen olvidarnos de los hijos, la familia, la pareja; complacidos con palmaditas en la espalda por ejecutar bien esa persecución de una meritocracia parecida a un laberinto de Escher corporativo.
En el libro Lo que el dinero no puede comprar (2012), el filósofo político Michael Sandel advierte sobre los límites morales del mercado al cuestionar: ¿hay cosas que no deberían venderse, incluso si alguien está dispuesto a comprarlas? En Severance observamos con escalofrío —digerible a través de la comedia— que el yo puede servir como moneda de cambio. La disociación laboral que propone Lumon no es sólo un avance tecnológico: es una violación del consentimiento continuo.
“La esclavitud fue tan atroz porque trataba a las personas como mercancías que podían comprarse y venderse en subastas”, argumenta Sandel. “Este trato no puede valorar adecuadamente a los seres humanos; como seres merecedores de dignidad y respeto, y no como instrumentos de ganancias y objetos de uso”. La diferencia es que hoy la esclavitud empresarial se esconde tras ambientes laborales asépticos, plagados de aparatos minimalistas donde la única recompensa a las horas extra es un viernes buenaondita de pizza de mala calidad o en el caso de la serie, los aperitivos de melón.
En el exterior el Mark “exus” acepta los términos, pero el Mark “intus” no tiene agencia ni recuerdos ni alternativa. Sandel también indica que la lógica del mercado tiende a erosionar normas morales, permitiendo que “la lógica de la oferta y la demanda reemplace al juicio moral”. En Lumon, esta lógica se lleva al extremo cuando el consentimiento inicial se convierte en la justificación para la esclavitud perpetua. Esto se intensifica en la segunda temporada, cuando se revelan las verdaderas jerarquías de Lumon y su programa de selección eugenésica disfrazado de ascenso. La idea de que uno puede ser “bueno” dentro del sistema, si obedece lo suficiente, recuerda a los argumentos más cínicos del neoliberalismo.
La segunda temporada de Severance contiene una escena bastante significativa donde Scout y Helly bajan a uno de los subniveles de Lumon y se arrastran entre mierda de chivitos a través de un angosto pasillo. Al mismo tiempo, Mr. Milchick (Tramell Tillman), un gerente afroamericano dispuesto a sacrificarlo todo por la compañía, recibe como premio una serie de cuadros sobre el ascenso de Kier Eagan (Marc Geller), un hombre blanco fundador de la compañía, pero con el rostro de Milchik en su lugar. Un paralelismo que enfatiza las distintas formas de perder la dignidad para conseguir objetivos dentro de una empresa; mientras unos persiguen ideales nobles, otro es capaz de negar a su raza con tal de obtener poder.
La moralidad del consentimiento no puede basarse sólo en decisiones aisladas, sino en condiciones estructurales. Dicho de otro modo y trasladándose a la realidad que muchos vivimos, sobre todo en entornos que privilegian condiciones desfavorables a la fuerza laboral como el outsourcing: incluso si se elige participar, no todo contrato es justo.
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En The Severance Podcast, Dan Erikson menciona que al escribir la serie partió de la influencia de Charlie Kaufman, guionista de Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004) aderezado con la teatralidad de la película Brazil (1985) de Terry Gilliam. Desde el principio, tanto el guionista como Ben Stiller pretendieron alejarse del drama familiar y se enfocaron en llevar la comedia negra más allá de lo visto con anterioridad en series como The Office (2005-2013) o Parks and Recreation (2009-2015), aunque enclavado en una distopía dentro de un complejo que bien podría situarse en Silicon Valley.
El mundo de Severance, al menos en la primera temporada, es despojado de referencias externas. Los “intus” habitan un entorno diseñado al detalle para borrar todo signo de clase, historia o deseo. Esto resuena con el concepto de habitus; aunque éste se remonta a la filosofía de Aristóteles: “héxis” (ἕξις), que se refiere a una disposición estable, un hábito o modo de ser que se adquiere con la práctica y la experiencia, y que determina cómo actuamos y reaccionamos. En El sentido práctico (1980), Pierre Bourdieu retoma el concepto y lo adapta al entorno actual como un sistema de disposiciones duraderas que guía nuestras acciones, percepciones y valores, moldeado por nuestras condiciones materiales y simbólicas.
En Lumon, el habitus es impuesto por la arquitectura, los protocolos y el lenguaje corporativo. Las reverencias a Kier Eagan, los rituales de bienvenida, los premios ridículos: todo es parte de una pedagogía de la obediencia. No cuestiones, no preguntes, no halles nuevos caminos, sigue la rutina y el manual operativo como si fuera la mismísima palabra de Dios. El espacio laboral se convierte en un campo autónomo que reconfigura subjetividades: “El habitus es una especie de presencia activa del pasado en el presente”, considera Bourdieu, y en Lumon, esa presencia se perpetúa de forma artificial.
Hagamos un ejercicio de imaginación: estamos en una hacienda en medio de un estado caribeño. En el interior de una capilla habilitada como foro el consejo de una agencia publicitaria, integrado por respetables personalidades e inversores, plantea el futuro de la marca. La mayoría de las propuestas giran en torno a lanzar una campaña en periódicos y revistas a pesar de que el consumo impreso ha disminuído. Aunque el coordinador del departamento creativo insiste en poner atención a los lenguajes digitales e ir por nuevos consumidores a través de las redes sociales, la decisión es unánime: la resistencia. Para el consejo sólo existe un camino: trabajar con la nostalgia aferrada a la máquina de escribir. “Ésta es una familia, cuyo dueño se preocupa por trascender y dejar un legado en las agencias de Latinoamérica”, insiste la dirección general. La escena es similar a aquella en la que Helly se toma una foto con sus compañeros de Lemon y en vez de decir “whisky”, lanzan un desquiciante “¡Gratitud!” y Helly trata de huir. En el caso del creativo de la agencia publicitaria, como a muchos nos sucede, eligió ser partícipe de la ilusión de seguridad, del compromiso social, del legado, la familia corporativa y todas esas patrañas. Dos años después, a pesar de los resultados digitales, la respuesta persiste en necedad y cerrazón. Incluso el futuro es más desalentador: se acabó el diálogo e ignoremos a las nuevas generaciones. Si no produces dinero, si la inversión no es rentable, puedes largarte por la puerta trasera. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Si el protagonista de la sub historia ficticia dentro de este ensayo sobre una distopía corporativa trabajara no para esa agencia ficticia sino para Lumon, su castigo sería muy similar a la terapia que Mr. Milchick ocupa con Helly:
Perdón por el daño que he causado a este mundo. Nadie puede expiar mis acciones excepto yo, y sólo en mí vivirá su mancha. Agradezco haber sido atrapado, mi caída fue interrumpida por aquellos con manos curtidas. Sólo puedo sentir arrepentimiento, y eso es todo lo que soy.
¿Qué se incumplió?, ¿qué hicieron mal quienes dieron resultados, fueron exprimidos y al final echados? El disentimiento es necesario incluso en los ambientes laborales porque ayuda a visualizar las fisuras en el propio sistema, con el fin de trazar nuevas rutas de trabajo. Un líder que va a contracorriente apoyado por los elementos adecuados y la experiencia, es probable que encuentre soluciones prácticas a procesos obsoletos.
Sin embargo, como señala Bourdieu, en la mayoría de nosotros como empleados que se “ponen la camiseta” los habitus se interiorizan en nuestras mentes, justo como el chip que se les inserta a los personajes de la serie para que puedan cambiar de consciencia al ingresar a Lumon: la ansiedad de volver a un entorno corporativo puede más que otras apuestas de vida como las artes, los hobbies con potencial de ser fuentes de autoempleo, un oficio o vocación distinta. ¿Cuántos hemos ansiado como cocainómanos enrolarnos de nuevo en un sistema de ocho horas laborales con tiempo extra no pagado y prestaciones de ley?
En el capítulo “Goodbye, Mrs. Selvig” de la segunda temporada, el “intus” de Dylan George (Zach Cherry) busca trabajo en una fábrica de puertas —un completo guiño al empleo que Dan Erickson odiaba y que lo inspiró a escribir la serie— y es rechazado por haber participado del proceso de separación de identidades. Al ser recontratado por Lumon, Dylan “intus” desea conocer a su esposa e hijos en el exterior y es cooptado por el Sr. Milchick con un cuarto de visitas. Cuando la esposa acude, Dylan le pregunta por qué su “exus” decidió tomar un empleo así en Lumon y ella le responde con decepción que él nunca logró hallar su propósito de vida. ¿Qué es más importante: conseguir un trabajo seguro a costa de sacrificar la realización personal? Una gran mayoría de nosotros vive sin haber siquiera explorado aquello que realmente les enciende el alma… justo como Dylan.
No obstante, existen otras rutas pues el habitus no es inamovible: puede fracturarse cuando entran en tensión distintos campos sociales. Esto ocurre cuando Helly irrumpe en la narrativa, una especie de Ariadna que ayudará a Scout en su camino por el laberinto de Lumon. Su rechazo inmediato al sistema, su intento de suicidio y su constante desafío catalizan una disrupción en la conciencia de los personajes. Lo que era un juego estéticamente bello y cruel, se vuelve inquietante. La estética retro-futurista ya no es una curiosidad, sino una cárcel.
Severance desnuda la farsa del discurso meritocrático: los “intus” no eligen trabajar, no compiten, no progresan. Su existencia es circular. La empresa transforma su docilidad en un mito de pertenencia. No obstante, cuando Helly por fin grita ante las cámaras que es una prisionera, rompe la cadena mítica. Por primera vez, la narrativa de Lumon se ve amenazada, despojando al mito de su aura de naturalidad.
Al final, no somos tan prisioneros como nos hicieron creer. Si nos ponemos un poquito hegelianos: nuestro espíritu siempre hallará la forma de transformar las estructuras de nuestro mundo interior para liberarnos de las ataduras externas.
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No quisiera ser esperanzador. Si ha llegado hasta aquí, querido lector, debe saber que el ex coordinador creativo, protagonista de la ficción planteada dentro de este ensayo, está encabronado; al igual que Irving (John Turturro), desea quemar las oficinas de su antiguo empleo. Durante las semanas posteriores a su despido injustificado ha tratado de integrarse a cualquier corporativo de prácticas similares a Lumon habido y por haber en esta urbe ficticia que bien podría ser la Ciudad de México. O no. Lo han mirado de forma condescendiente mientras le cuestionan su edad o sus aspiraciones salariales. También ha regresado llorando de rabia por la lucha interna entre desconectarse dentro de una fría oficina por ocho horas o hallar su sentido de vida.
Severance no es sólo una crítica al trabajo moderno: es una exploración de qué significa ser uno mismo en un mundo que monetiza cada resquicio del alma. La serie no sólo narra una ficción distópica, sino que retrata nuestro presente con precisión quirúrgica. Si la primera temporada lanza la pregunta ¿qué pasa si separas el yo que trabaja del yo que vive? La segunda responde: los dos sufren. Y el espectador, entre risas secas y silencios tensos, comprende que el ascensor de Lumon es también el suyo. Que todos, de alguna manera, ya firmamos el contrato.
Mariano Augusto Mangas
Ha publicado cuentos y ficción en Gatopardo y la revista Opción del ITAM. Editor y periodista de tiempo atrás en El Financiero, Animal Político, Vice, El Universal y Reforma. Hecho en CU.
Francisco de Vitoria de la Escuela de Salamanca escribió: «Hay dos clases de cosas que se pueden vender. Hay unas que son necesarias para la buena marcha de las cosas y para la vida, y por ellas no se puede exigir más de lo que valen, y no sirve decir que al que quiere no se le hace injuria, pues en este caso no se da una decisión del todo voluntaria sino que existe una coacción, pues la necesidad le obliga; como si uno que tiene necesidad en un camino, pide vino para beber, y el otro no lo quiere dar sino por veinte ducados, y solo vale diez, este peca mortalmente y está obligado a restituir, porque aunque aquel se lo compró porque quiso, su decisión no fue lisa y llanamente voluntaria». Francisco de Vitoria[7]