Se busca poeta: el viaje interminable de Samuel Noyola

El más reciente documental de Diego Enrique Osorno se ocupa de la vida y milagros de uno de los poetas mexicanos más enigmáticos de los últimos tiempos: Samuel Noyola, “el vaquero de mediodía”. Aquí, una revisión de la cinta que ya está disponible en Netflix.

Desde 2009 ya no se tuvo noticia del paradero de Samuel Noyola, poeta errante que prefería dormir en donde le cayera la noche y que nada tenía que ver con la formalidad de un trabajo estable o con el cumplimiento de las normas que la sociedad exige. Noyola encarnaba un espíritu libre, irredento, convencido de que nunca iba a renunciar a ser nómada de la palabra y de la vida.

Ilustración: Kathia Recio

En el medio cultural cada vez era más fuerte el rumor de la desaparición de Noyola: su paradero se convirtió en un tema de sobremesa, precisamente porque no existía más información sobre él. El cineasta y periodista Diego Enrique Osorno (Monterrey, 1980) se preguntaba qué había sucedido con el hombre que conoció en Monterrey y que lo deslumbró por su manera de escribir poesía. Había un vacío alrededor de Noyola. Nadie le podía dar indicios al respecto. Fue entonces que, en 2017, Osorno decidió seguirle las huellas de Samuel Noyola y convertirlo en tema de su trabajo. Así se empezó a gestar el documental Vaquero de mediodía (México, 2019), recientemente estrenado en Netflix.

Osorno es un diestro observador: domina la crónica, el reportaje y la entrevista —habría que recordar varias sesiones que sostuvo con Carlos Slim—. Los temas que suele tratar van desde el narcotráfico hasta situaciones en donde se violan los derechos de las personas, tales como las historias de los indocumentados o de las víctimas de trata. El cineasta posee una mirada sensible ante los problemas sociales: retrata a los protagonistas de sus historias con el cuidado que se requiere para no revictimizarlos.

La trayectoria de Osorno le había dejado herramientas para tratar el tema de Noyola. En 2011, el periodista realizó un reportaje sobre la vida de su tío, Gerónimo González Garza —un hombre sordo que decidió cruzar la frontera y vivir entre Estados Unidos y México— para una publicación del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación. Seis años después, publicó su libro, Un vaquero cruza la frontera en silencio. Pese a que el texto tenía la apariencia de una novela, se trataba más bien de una espléndida investigación sobre este peculiar migrante.

Nueve años después, otro vaquero llegó a protagonizar otra más de las investigaciones de Osorno: Samuel Noyola, el Vaquero de mediodía. ¿Le decían así? ¿Quién le puso el apodo? Juan Villoro revela que se había quedado de ver con Noyola en el café La Habana, y que el poeta Mario Santiago Papasquiaro también se unió a la cita. Cuando el poeta infrarrealista le escribió una dedicatoria en una plaquette a Noyola, se refirió a él como el vaquero de mediodía por la manera en que iba vestido y la hora de la reunión. La ocurrencia de Papasquiaro bastó para que Noyola adoptara ese epíteto. Villoro también recuerda que Papasquiaro fue la inspiración del personaje de Ulises Lima en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño; personaje que, en cierta forma, Noyola imita en su manera desenfadada de mirar todo a su alrededor, de ser lo que Villoro llama “un poeta vagabundo tocado por la gracia”.

El documental de Osorno es también  un homenaje a las películas del oeste ambientadas en territorios inexplorados, agrestes: los rincones nocturnos que solía habitar el poeta. La música de la película, propia de un western, corre de manera vertiginosa para lanzar una seria de hipótesis: ¿en dónde puede estar Noyola? ¿Quiénes lo han visto? ¿Dónde podría ser localizado? La idea de Noyola como un poeta-vaquero resulta el binomio perfecto para que Osorno juegue con los elementos cinematográficos a su alcance: “Se busca poeta”, anuncia un cartel con el rostro del ausente. A ese rostro de mirada fija algunos lo conocen por el apodo de Barrio; otros, como el franelero que residía en la puerta externa de la Maraca, el palacio de la salsa de la colonia Narvarte; otros más, como el hombre que tenía por casa una caribe o una suburban: el mismo joven que tomó las armas con el Ejército Sandinista de Liberación Nacional y que era amigo del poeta Ernesto Cardenal. Pero ¿quién es en realidad Noyola?

Como en las cintas del oeste, en el documental de Osorno sigue los pasos de un forajido: imágenes del fuego que todo lo purifica y renueva. Hay también otras voces: aquellas de amigos y conocidos que hablan entre tarros de cerveza en cantinas y bares de época, ambientes que propician confesiones y peleas entre borrachos. También hay mujeres hermosas, musas —entre ellas Marcela Guerra— y novias de un solo día. Se trata de una cinta de mucha acción y de versatilidad en los escenarios: Monterrey, Ciudad de México, Nicaragua. Hay también momentos de oscuridad, desasosiego y melancolía.

El Noyola que Osorno retrata es un huérfano que deambula solo; que ha decidido que su casa es la calle; que considera que su familia consiste de los seres humanos que se van sumando a su destino. Con ellos ejerce artimañas toscas, sometiendolos a pruebas para comprobar si son merecedores de su confianza, si puede tratarlos como a un hermano con quien tendría instantes de complicidad, pero también fuertes altercados. Varios de los entrevistados coinciden en que Noyola era uno de esos escritores que oscilan entre la conversación amena y los excesos. A altas horas de la noche, la camaradería literaria se desviaba hacia cierto trato rudo: bromas pesadas que, de manera inevitable, derivaban en violencia. Noche de puños, diría un cronista especialista en pugilismo. Esos malabares nocturnos quedaron registrados en algunas de las filmaciones de Noyola que hizo su amigo, el productor de cine Juan Robles.

La vida de Samuel Noyola, entonces, está directamente relacionada con su obra: ambas se nutren de las mismas perturbaciones e instantes caóticos. Resulta complicado separar su producción literaria de su biografía: el poeta asimilaba su experiencia cotidiana en sus versos.

Las personas que mejor se expresan del vaquero son las mujeres que frecuentó —Marcela Guerra considera que es un hombre de gran talento, tocado por la mano de Dios— y Octavio Paz, quien sentía que Noyola volaba por encima de los poetas de su generación. El poeta conoció a Paz porque encontró su teléfono en la agenda de Robles. El productor cuenta cómo, sin necesidad de intermediarios, Paz respondió la llamada telefónica de Noyola, dando inicio a una amistad. También corre el rumor de que Noyola había memorizado “Piedra de sol” y lo declamaba de manera espléndida, para deleite del Premio Nobel de Literatura. Armando Alanís hace referencia a las palabras de Paz: “Noyola debe hacerle más caso a su talento y menos a su personalidad”. Y es el mismo Alanís quien trae a cuento la manera en la que Paz adoptó al vaquero: “como una especie de tío burgués”.

Seguirle los pasos a Noyola no es una tarea sencilla: requiere de la habilidad de un espeleólogo que desentraña con paciencia los intrincados laberintos de una cueva. La ruta en esta travesía —que el mismo Noyola tal vez habría llamado “El viaje interminable”— trae consigo soledad, descubrimientos y desconsuelo. Juan Villoro narra que el poeta estuvo un tiempo en la cárcel por un mal entendido: se creyó que había participado en un robo a unas oficinas de la Condesa, cuando en realidad sólo quería entregar documentos que vio desperdigados para ganarse una propina. El tiempo que permaneció privado de su libertad —sin dinero, sin apoyo de nadie— le trajo momentos de desolación. “La cárcel”, dice Villoro, “es un sitio en el sólo puedes resistir olvidando tu esencia más humana”.

Noyola publicó en vida tres libros: Nadar sabe mi llama (1992); Tequila con calavera (1993) y Paloma negra productions (2003). El segundo poemario apareció bajo el sello de la editorial Vuelta, en una colección en donde “sólo había poetas de la talla de Rimbaud y Baudelaire”, como describe Osorno en una entrevista a Proceso. Víctor Manuel Mendiola fue uno de los primeros en reseñar Tequila con calavera, en el número de octubre de 1994 de la revista también llamada Vuelta. Su lectura es elogiosa: habla de la influencia de Rimbaud y del descenso a los infiernos que propone el poeta:

Bajé hasta el fondo de mí, el ser entregado al cero.
En el fondo un colibrí
 gravitaba como el fuego.
Bajé hasta el fondo de mí
a borrar mi nacimiento.
O crucé un puente de huesos
sobre el río de la sangre.

Es precisamente Mendiola, dieciocho años después, quien coedita un volumen que reúne los tres libros de Noyola bajo el título de El cuchillo y la luna. Cuando se dio a conocer esta recopilación, Armando González Torres escribió un texto en Letras libres en el que argumentaba que el mejor libro de Noyola  es Tequila con calavera; esto porque “se trata de una poesía burlesca, libertaria y libertina, hecha con materia y destrezas clásicas”.

Los orígenes de Noyola remiten a la ciudad de Monterrey. Tuvo nueve hermanos. Cuando tenía un año, su padre abandonó a la familia, de tal suerte que la responsabilidad de su crianza estuvo a cargo de su madre y de su hermano mayor, el alpinista Héctor Noyola. En la película de Osorno, el hermano mayor no puede dejar de conmoverse cuando lee algunos fragmentos de los poemas que el vaquero-poeta le dedicó. Más adelante, Noyola se distanció de su familia y se fue a vivir a Nicaragua. Ahí comulgó con el movimiento sandinista y, a decir de quienes lo conocieron entonces, comenzó a interesarse por la poesía. Era un lector infatigable que hacía amigos con facilidad. Nunca lo vieron sentir nostalgia por México, menos por su familia regia. Luego Noyola regresó a su país y su vida osciló entre Monterrey y Ciudad de México.

¿Qué le falta al documental de Osorno? ¿Qué le sobra? En realidad su filme es un estupendo trabajo, confeccionado con la dedicación de un cineasta-periodista que encuentra poco a poco las piezas de un lienzo vital, caótico, trepidante. La historia misma de Noyola hace que se reconstruya a un personaje etéreo, multifacético: amado y temido, querido y envidiado, siempre incomprendido. Se extraña la participación de críticos literarios como Christopher Domínguez, de Armando González Torres y de su editor, Víctor Manuel Mendiola. Ellos habrían podido sustentar la percepción sobre su poesía, dar un punto de vista más aterrizado que la subjetividad del simple “me gusta”. Osorno cuenta que Domínguez Michael no quiso participar en el documental en donde se pretendía romantizar al poeta; así, la revista Vuelta quedó representada en la voz de Fernando García Ramírez, quien lo define como “un huracán que todo lo revolucionaba”. Cabe indicar que Enrique Krauze le dio acceso al periodista a fotografías y a la correspondencia entre Paz y Noyola.

La muerte de Octavio Paz, sucedida en 1998, fue un duro golpe para Noyola. Acaso de nuevo experimentó la orfandad: esto ocasionó que se acentuaran sus estados de depresión y ansiedad. En una entrevista que sostuvo con el periodista Jesús de León, señala que “la poesía es morir o desaparecer”. Desaparecer como un acto de magia a la vista de todos, un acto final y enigmático, también como protesta por querer vivir de una manera diferente, atípica.

El final del documental recurre a la ficción, de manera certera. Como destaca Noyola en uno de sus libros, el arcano cero es una carta del tarot a la que apela el poeta. Y Osorno atina al recurrir a una tarotista para indagar sobre el poeta. Quien pregunta por Samuel Noyola, a través del tarot, es una de las mujeres a las que amó, voz y esencia autorizada en este tipo de indagaciones esotéricas. El tarot, a través de Ivonne Rodríguez, dice que la respuesta está en su segundo libro, en donde se habla precisamente del arcano cero. Al arcano mayor del tarot llamado El Loco le corresponde el número cero. Los especialistas en el tarot ubican esta carta como alguien que atesora ideas, inspiraciones, que tiende a lo alto y por ese motivo descuida lo terrenal. El que lleva esta carta camina sin cuidado por el mundo, acaso porque, como el poeta-vaquero, se siente protegido por fuerzas invisibles.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, periodista y editora .

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Publicado en: Cine