Nadie como la fotógrafa Paulina Lavista para delinear la existencia del escritor Salvador Elizondo. En este texto —que fue incluido como el prólogo de los Diarios 1945-1985 (FCE, 2015)—vuelve a los recuerdos de los días compartidos.

Fui mujer de Salvador Elizondo durante 37 años, tres meses y 29 días. Supe de él desde que tenía yo ocho años de edad (1953), esto porque era amigo de mis padres, quienes admiraban al joven Elizondo por su brillante inteligencia y vivacidad. Solía asistir a las tertulias musicales que los domingos se organizaban en mi casa donde mi padre, el músico Raúl Lavista, compartía su discoteca con sus amigos para oír música en serio. Era un ritual, se oía desde Mozart, Beethoven, Chopin, Wagner, Verdi, Debussy, Ravel, Puccini, Stravinski hasta lo más moderno entonces, como Schönberg, Alban Berg, Messiaen, Pierre Boulez, John Cage, etc. Siempre obras completas sin interrupción, previa explicación de mi padre. Así conocí a muchos personajes de la vida cultural de México que recuerdo desde mi infancia, como a Juan Rulfo, Pedro y Rafael Coronel, Ruth Rivera, Rosario Castellanos, Ricardo Guerra, Martín Luis Guzmán, Dolores del Río, Miroslava Stern, Guillermo Arriaga, Ernesto de la Peña, Luis Buñuel, Claudio Arrau, George Sandor, entre muchos otros. Además mi padre colaboraba con su padre, el productor de cine don Salvador Elizondo Pani, y musicalizó muchas de las películas que produjo mi suegro, hoy joyas de la época de oro del cine nacional como Distinto amanecer, San Felipe de Jesús, El monje blanco, Rosenda, El rápido de las 9:15, etcétera.
En 1957, a su regreso de Europa, visitó a mis padres el joven Elizondo (entonces ya se me permitía asistir a las reuniones musicales). Fue cuando realmente lo conocí. Tenía yo 12 años y él 25, debo admitir que me causó una gran impresión que hasta hoy persiste en mi memoria. Ataviado con un saco de tweed, pantalón de paño gris Oxford, zapatos ingleses, corbata del regiment, tal vez chaleco a cuadros, con un corte de pelo particular, moreno, de finas facciones, cejón, menudo, vivaz, simpático, ingenioso, aguerrido en sus discusiones contra los otros asistentes, hablando un lenguaje profundo con ideas estrafalarias… pues me pareció fascinante y creo que desde entonces me enamoré de él… Pero ¿cómo…? Yo, con 12 años de edad, adolescente y bruta, se me planteaba como un amor imposible; él sabía todo y yo nada, apenas empezaba yo a gustar de la música y a leer Tom Sawyer o a bailar rock ’n’ roll cuando él venía de Europa pleno de ideas nuevas e incomprensibles para mí. Una vez me ayudó en una tarea de inglés cuando cursaba yo el sexto grado de primaria y me saqué diez absoluto y mención honorífica, claro, gracias a él…
Se casó con Michèle Albán al poco tiempo y siguió asistiendo a mi casa, ahora con ella. Fueron a mis quince años (1960), donde el Negro Ojeda profanó el piano de cola de mi padre y a ritmo de rumba amenizó mi fiesta, a la que asistieron 300 invitados (de ésta conservo una película en 16 mm). Luego fue mi maestro cuando asistí al CUEC (Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM). Para entonces ya se había divorciado de Michèle y lo acompañaba a dar sus clases una bellísima mujer, que era su amante, llamada María Rodríguez, dedicataria de su segunda novela, El hipogeo secreto.
Curiosamente mi primer cliente, la primera persona que me contrató para que le hiciera yo fotografías, fue Salvador. No tenía yo, entonces, cámara propia y mi compañero, el finado Alberto Bojórquez, me prestó la suya con la condición de acompañarme a la sesión fotográfica. Afortunadamente todo salió bien y así publiqué por primera vez mis fotografías en la segunda edición de Farabeuf, texto que ya había yo leído, naturalmente, pero el cual apenas comprendí.
El joven Elizondo había cambiado. Era ahora un hombre igualmente atractivo pero atormentado, bebía cervezas, se movía nervioso, le preocupaban sus hijas, hablaba chino y lo obsesionaba James Joyce.
Me uní a su vida cuando yo tenía 23 años y él 36, a partir del 17 de diciembre de 1968. Fui su novia durante un año al cabo del cual literalmente me robó de mi casa para llevarme a vivir con él a un modesto departamento frente al Parque México, con la advertencia de mis padres y sus amigos de que Salvador me iba a practicar tormentos chinos como los de su novela Farabeuf…
Me convertí pues en la mujer del escritor, mi admiración y amor profundo por él me llevaron a reflexionar sobre muchas cosas. Me preguntaba yo cómo debía ser la mujer de un escritor, cómo procurarle paz y aislamiento, indispensables para la creación de su obra, en realidad de dos obras, la de él y la mía propia porque yo debía ser una artista digna de él. Recordaba yo los regaños de mi madre cuando le hacíamos ruido a mi padre: “Silencio, niños, su padre está componiendo su música y no debemos interrumpirlo, porque se le va la idea, váyanse a jugar a otro lado…”.
Salvador me animaba mucho en mi trabajo de fotógrafa y en cuanto podíamos estar solos nos poníamos a trabajar, yo en mi cuarto oscuro y él con su escritura… De pronto nos comunicábamos entusiasmados con los logros obtenidos y así yo me convertí en su primera lectora y él en mi primer espectador y crítico.
Vivir con él era completamente diferente que ser su novia. Yo no había vivido antes con nadie más que con mis padres y la aventura se planteaba asaz difícil, pero fascinante. Estaba yo deslumbrada, no, no había tormentos chinos, había una gran disciplina. Salvador era ordenado y responsable, llevaba un orden casi militar, no se le podía mover nada de lugar porque montaba en cólera, era romántico, celoso, iracundo, nervioso, tímido en cosas prácticas, simpático, risueño, sentimental, ocurrente, puntual, ojo a veces, otras borracho, difícil, exigente, crítico agudo, obsesivo, macho mexicano, le gustaban irresistiblemente las mujeres, amaba a los animales y a las plantas, el paisaje de México, comía chile chipotle, tacos de carnitas, chapulines, sopa de fideos y fumaba —a veces, mariguana—, usaba paliacates, zapatos ingleses y tweed irlandés (“el Harris tweed es la base, mamacita, de un buen saco”, me decía), lloraba con la poesía y sobre todo era un escritor… siempre acudía a sus cuadernos, siempre escribía en sus diarios, en ellos vertía todas sus ideas y proyectos, aunque éstos fueran banales, y escribía y escribía que escribía, cuando no lo hacía se sentía frustrado. “Hoy no pude escribir en mi diario”, se lamentaba. También era un lector voraz: si no estaba leyendo, estaba escribiendo. Cuando me uní a él, sus diarios, antes esporádicos, se convirtieron en eso: en verdaderos diarios, era para él casi una obligación escribir aunque fuera unas líneas cada día. Eran días duros económicamente, no había becas ni nada que nos ayudara que no fuera el producto de nuestro propio trabajo, el cual era generalmente mal pagado y a destiempo; nos costaba pagar la renta y hubo días en que para comer vendía yo los cascos viejos de las cervezas que consumía. Éstos fueron los inicios de mi cercanía con sus diarios, los cuales nunca, antes de su muerte, leí, porque así lo determinamos, “… nunca leer diarios ajenos, nunca abrir la correspondencia del otro”, consignas que nos hicimos porque pretendimos establecer códigos de ética y respeto mutuo, no cabalmente cumplido, debo admitir.
Es imposible narrar al paciente lector toda mi vida con Salvador Elizondo. A mis 69 años la vejez acecha y amenaza con la pérdida de lo que para mí es lo más preciado de los hombres, la memoria. Ante esto he decidido dedicar el resto de lo que el destino me depare de vida a cuidar, clasificar y difundir la obra de mi esposo, lo que considero es mi obligación. De ninguna manera me atrevería yo a emitir juicios críticos de su literatura, soy simplemente la esposa de un gran escritor, compartí con él prácticamente toda mi vida y naturalmente llegué a conocer muchos detalles de su biografía: su origen, sus dudas, sus cualidades y defectos, sus logros y fracasos… en fin, soy la persona que más años pasó a su lado.
Al morir el 29 de marzo de 2006 dejó un legado, además de sus libros —Farabeuf, El hipogeo secreto, Narda o el verano, El retrato de Zoe, Cuaderno de escritura, El grafógrafo, Miscast, Camera lucida, Contextos, Estanquillo, Teoría del in erno, Elsinore y Pasado anterior, entre otros—, de más de cien cuadernos de diarios, escritura y dibujo que abarcan del año 1945 al 26 de marzo de 2006, tres días antes de morir, de manera que murió como un soldado con su fusil, en su caso, pluma en mano.
Cuando regresé a casa después de las ceremonias fúnebres, con mi pena a cuestas, decidí empezar de inmediato a leer sus diarios a los que por primera vez me enfrentaba yo. Los leí todos en un término de tres meses. Mi pena se apaciguó porque sus cuadernos me ofrecían el privilegio que pocas mujeres de mi edad tienen, el de revivir mi vida por medio de su escritura, de transportarme a tiempos de juventud, madurez y vejez, y sobre todo de maravillarme por las ideas, proyectos, dibujos, pensamientos, poemas que escribió en ellos. Mi curiosidad se centró, naturalmente, en empezar por los escritos de nuestros primeros años juntos. Me llevé, debo admitir, sorpresas por ciertas infidelidades con mujeres, que hoy miro más con objetividad que con resentimiento, pues entiendo que le eran irresistibles y que es mejor enterarme ahora que entonces, pues yo andaba tomando fotografías por el mundo y nunca me enteré de nada. La verdad sea dicha, nunca faltó una sola noche a casa.
Los escribió obviamente para ser publicados, ¿si no qué otro destino tendrían los diarios en el caso de un escritor? Salvador era ordenado y en cada cuaderno o libreta dejó un índice de lo que él considera notable, y cada uno lo numeró y fechó, inclusive cada página; él sabía que gran parte de su obra eran sus cuadernos. Escribió aproximadamente treinta mil páginas de 1945 a 2006.
Alguna vez declaró en los periódicos que sus diarios deberían publicarse veinte años después de su muerte, esto porque vierte opiniones sobre algunas personas que podrían salir afectadas; sin embargo, antes de morir cambió de parecer y tuvo intención de publicar, al menos, los últimos; inclusive habló al respecto con su yerno Gonzalo García Barcha, pues quería publicar de manera facsimilar sus noctuarios, una serie de cuadernos que solía escribir a altas horas de la noche o en la madrugada hacia 1995, cuando la escritura ya era una obsesión y una constante. También le encomendó a una amiga suya capturar uno de ellos en su totalidad.
Decidí publicar de manera cronológica algunas páginas de estos Diarios en Letras Libres, que generosamente las acogió durante todo 2008 con el fin de compartirlas con sus lectores y darles una idea de su contenido.
Han pasado nueve años desde que Salvador murió y lo que más extraño es no poder conversar con él, me había yo acostumbrado a su constante presencia, a las tardes en la verandah con whisky y tabaco hablando de las conversaciones del Dr. Johnson, de Joyce, de Melville, de Conrad y de tantas cosas más…
Que increíble pareja, gran amor y una vida fascinante.
Maestra Lavista, me ha conmovido su relato. No he leido a Salvador Elizondo pero le prometo hacerlo y disfrutarlo como he disfrutado la obra fotografica de usted.
Nostálgicos recuerdos de una época muy rica de la vida cultural en México.