
Al llegar a una reunión lo primero que hacemos es acercarnos a cada una de las personas presentes, tomar su mano, oprimirla, sacudirla y, finalmente, abandonarla. En no pocas ocasiones esta operación resulta un fastidio. Nos reunimos para conversar, comer, discutir. No para un antihigiénico apretujón de manos. A diferencia del tomar y dar la mano del médico que averigua el pulso del enfermo, en el saludo a primera vista no encontramos sentido ni finalidad alguna. No obstante, con un equivalente en todas las culturas, detrás del mecánico saludo se esconde una de las conductas medulares que cimientan lo social, ayudándonos a digerir nuestro profundo temor hacia el otro desconocido.
De esta manera abre José Ortega y Gasset sus reflexiones sobre el acto del saludo (El hombre y la gente, Alianza, Madrid, 1980). No lo olvidemos, advierte el filósofo español: el hombre fue un salvaje y, potencialmente, sigue siéndolo. De ahí que la aproximación con otro hombre siempre sea una posible tragedia. Hoy en día, tal acercamiento hombre a hombre parece cosa sencilla y simple, mas hasta hace poco este era un acto peligroso y difícil. Por ello, fue necesario inventar una técnica de la aproximación, un eficaz mecanismo que permitiera comunicar al extraño la aceptación de las reglas de conducta y el sistema de comportamiento que rigen a cada sociedad: una serie de firmes y seguros puntos de referencia para nuestro trato con los demás.
El saludo, pues, intenta precisamente desinflar el peligro de la impredecible y ambigua conducta humana. Poco importa que el ritual sea el occidental apretón de manos o la tibetana inclinación de la cabeza a un costado, acompañada de un estirón de oreja y una exhibición de la lengua, el saludo es el acto inaugural de nuestra relación con la gente por medio del cual declaramos mutuamente nuestra voluntad de paz y sociabilidad con el otro. Esto explica que el saludo se relaje con aquellos que nos son más cercanos, íntimos. La formalidad del saludo se vuelve innecesaria cuando nos encontramos ante algún amigo o pariente cuya conducta hacia nosotros podemos prever. En tales casos, probablemente, un levantamiento de cejas será suficiente para amortiguar el encuentro. Con el recién conocido, por el contrario, es necesario precisar –acolchonar- mucho más el saludo para expresar nuestra sociabilidad. Así, misterioso e imposible de descifrar a cabalidad, el hombre necesita del saludo como un termómetro de la amistad y proximidad con los demás. Una graduación de la sociabilidad que nos permite atinar cómo responder ante el otro.
Mas el saludo tiende a ser obsoleto. Conservando posiblemente su utilidad formal en bosques, desiertos o zonas rurales, donde saludar al extraño que se dibuja en el horizonte es fundamental para asimilar el encuentro, en las ciudades se ha reducido a una práctica entre conocidos. Una atención que usualmente no se comparte por las calles a extraños. Esto se debe, continúa Ortega y Gasset, a que la enorme cantidad de personas desconocidas que transitan en una ciudad rebasan la capacidad del saludo para regular la convivencia, confiando dicha tarea en un instrumento mucho más eficaz: el Estado. Así, precisamente porque ese conjunto de leyes y reglas lo han hecho innecesario, desde hace algunos siglos el saludo ha ido perdiendo formalidad, y probablemente pronto una inclinación de la cabeza o una mera sonrisa serán suficientes. Gracias al Estado el peligro potencial del acercamiento hombre a hombre ha disminuido drásticamente y ha menguado al saludo… ¿Será?