Salman Rushdie o del resplandor del búmeran

El reciente ataque contra el escritor es síntoma de una era de intolerancia y polarización. ¿Qué puede o debe hacer la literatura en semejantes circunstancias adversas?

Allí donde queman libros, acaban quemando hombres
—Heinrich Heine

A la manera con que calan las maldiciones del pasado, el 12 de agosto de 2022 quedará grabado como una fecha infame a causa del cobarde ataque contra el escritor Salman Rushdie (1947) en Nueva York a manos de un hombre llamado  Hadi Matar; lo que de inmediato mueve a pensar en las conocidas palabras de William Faulkner en Requiem for a Nun: “The past is never dead. It’s not even past”. (“El pasado no muere nunca. Ni siquiera es pasado”).

Habitantes de un presente despojado de toda relación con lo sublime, no deja de sorprendernos que a 33 años de producida la fatua contra su persona y editores —lo que le costaría la vida a su traductor al japonés Hitoshi Iragashi, muerto a puñaladas, así como sendos atentados contra sus traductores al italiano y al noruego— el ataque, anacrónico y extemporáneo como las tramas de algunas de sus historias, se haya cobijado por la conocida y sostenida intolerancia de una de las llamadas “religiones del libro”, que una vez más demuestran, en manos de uno de sus fieles, su incapacidad de dialogar con las versiones alternativas de la realidad que proponen los dominios de la ficción, esa verdad de las mentiras contenida entre las páginas de una novela. En ese sentido, son sintomáticas las palabras del actual portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán, Nasser Kanaani: “no consideramos a nadie más que a él y quienes lo apoyan dignos de culpa o incluso de condena. Nadie tiene derecho a acusar a Irán. El insulto que se hizo y el apoyo que se brindó fue un insulto a todas las religiones”. También lo son las alabanzas a un ataque tan cobarde y vil por parte de medios conservadores persas: “Hay que besar la mano del hombre que desgarró el cuello del enemigo de Dios”, como publicó el periódico Khayan.

Ilustración: Estelí Meza
Ilustración: Estelí Meza

Conocido en todo el orbe por su novela Los hijos de la medianoche, Rushdie se volvió mundialmente famoso tras la publicación de Los versos satánicos en septiembre de 1988, tras las protestas de la comunidad musulmana en el mundo islámico y sobre todo por la fatua —sentencia de muerte con carácter de edicto religioso— proferida por el ayatolá Ruhollah Jomeini en febrero de 1989, condenas que derivaban de una traducción del libro al árabe un tanto abusiva: los llamados “versos satánicos”, cuatro versículos del Corán, en árabe conocidos como gharaniq (grullas) se convirtieron en el título de la novela en Al-Ayat ash-Shataniya, lo cual, como explica Nuria Barrios, acabó con todo matiz posible:

Shataniya significa Satán, pero ayat hace referencia a los versos del Corán en su conjunto y no a esos cuatro versículos. Aunque el error de origen procedía de la traducción de los orientalistas británicos, en el viaje de ida y vuelta del árabe al inglés y del inglés al árabe, el título tomó la parte por el todo y se transformó en blasfemia.

El peso de la amenaza obligó a Rushdie a vivir en la clandestinidad por más de una década, protegido por los agentes de Scotland Yard y el Secret Intelligence Service británico, quienes se encargaron de mantenerlo con vida mientras el libro era prohibido en lugares como Pakistán, Bangladesh, Egipto, Sudán, Sudáfrica, Sri Lanka y la India, donde sigue proscrito hasta el día de hoy.

Para aquilatar el peso de la amenaza, conviene tener presentes las palabras del ayatolá proferidas en aquel año tan cargado de eventos significativos para el mundo —entre otros, la Caída del Muro de Berlín y la Matanza de Tiananmen:

estoy informando a todos los valientes musulmanes del mundo que el autor de Versos satánicos, un texto escrito, editado y publicado contra el Islam, el Profeta del Islam y el Corán, junto con todos los editores y editoriales conscientes de su contenido, están condenados a muerte. Hago un llamamiento a todos los musulmanes valientes, dondequiera que se encuentren en el mundo, para que los maten sin demora, para que nadie se atreva a insultar las creencias sagradas de los musulmanes en lo sucesivo. Quien muera por esta causa será mártir, si Dios quiere.

Dicha amenaza se vería aceitada poco después con la recompensa de 3 millones de dólares para quien cometiera el asesinato, lo que en su momento llevó a Susan Sontag, a la postre presidente del PEN American Center, a manifestar un apoyo decidido y sostenido (a través de lecturas y declaraciones, con la participación de Joan Didion, Don DeLillo, Guy Talese, Edward Said y Norman Mailer, entre otros), sobre todo porque figuras públicas como John Berger, Roal Dahl, Cat Stevens o John Le Carré habían condenado al autor públicamente.

En circunstancias como ésta, uno se pregunta qué habría dicho Christopher Hitchens, una inteligencia moral certera no exenta de infatuación, pero insustituible en esencia. Por fortuna, contamos con un filón al respecto, contenido en sus memorias Hitch 22:

es bastante fuerte que los esbirros armados y ásperos de un régimen basado en el crimen te digan que eres un “hombre muerto de permiso”. Y el mundo claustrofóbico en el que tuvo que vivir algunos años era una prefiguración del mundo en el que todos, en mayor o menor medida, vivimos ahora. Quiero decir un mundo en el que la religión fanática, que hace reivindicaciones absolutistas para sí y promete aportar —incluso ser— una solución total para todos los problemas, se considera además tan pura como para estar por encima de toda crítica.

En un gremio abocado hace tiempo a escribir su propia irrelevancia, el ataque a Salman Rushdie vuelve a poner sobre la mesa la lucha perenne por la libertad de expresión y los beneficios inexpugnables de la vida secular frente al oscurantismo y la intolerancia propias de las religiones, que han contribuido como pocas instituciones en la historia a tornar difícil y hasta miserable la vida de millones de personas. La potestad de inquirir e imaginar otras formas de entender y vivir la vida sigue siendo una de las potestades de la literatura, que en una de sus mejores facetas es siempre un ejercicio de empatía y dislocación del yo: una conjugación plural que se resuelve en un nosotros no porque seamos buenas personas, sino sencillamente porque no nos queda de otra.

El caso de Rushdie demuestra que la escritura de libros, incluso en un presente con la profesión tan degradada —pese a los premios onerosos y redundantes que aceitan un campo literario tan artificial como el mexicano— entrañan un sentido moral que es necesario defender; toda vez que, si bien en el presente los libros no parecieran sino costosas tarjetas de presentación para sus autores, la literatura sigue teniendo mucho que decir en tiempos criminales y contradictorios, planteando escenarios posibles de convivencia para seres y sociedades en conflicto permanente.
En el año 2014, durante un Hay Festival en la ciudad de Xalapa, Rushdie espetó frente a los recurrentes ataques contra periodistas:

la literatura es poderosa, pero los débiles son los autores. Es fácil atacar el cuerpo de un escritor, torturarlo, meterlo en la cárcel, asesinarlo; así que nos debemos concentrar en salvaguardar, en proteger a los autores, porque la obra de alguna manera sobrevivirá.

Escritor de las asimetrías de un mundo colonial a través del realismo fantástico (“es difícil describir la realidad con las técnicas de la novela realista; el mundo se ha vuelto fantástico y el realismo ya no es apropiado”), junto con el ataque a su persona vuelve también, como un búmeran lanzado en 1988, la potente vigencia de su obra, que sintetiza toda una declaración de principios en voz de Baal, el poeta de Los versos satánicos: “la tarea de un poeta es nombrar lo innombrable, señalar los fraudes, tomar partido, comenzar debates, dar forma al mundo y evitar que se duerma”.

Su caso nos obliga a permanecer alertas, sabiendo cuál es el lugar y el peligro de las ficciones emanadas de la religión: Salman Rushdie o la literatura como posibilidad de vivir despiertos.

 

Rafael Toriz
Ensayista y traductor. Acaban de publicarse sus versiones de los brasileños Mário y Osvald de Andrade.

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Publicado en: Ensayo literario