
Presentamos un fragmento de De los otros (Sexto Piso), el más reciente libro de Mariano Peyrou. “Esas raras veces en que el ingenio se acompaña de sustancia, el resultado puede ser fascinante. En ese momento es cuando yo dejo de llamarlo ‘ingenio’ —a secas— y lo llamo ‘talento’ —sin más—”, escribió Sara Mesa sobre el autor.
Los azules eran los que más le gustaban. En realidad no eran azules; todos eran del mismo color, pero el papelito era azul, el envoltorio. Hoy descubre que hay dos posibilidades: comerse primero los azules y después lo que venga, como había hecho hasta ahora, o guardarse los azules para el final. Ya sabe sin palabras que el placer consiste ante todo en la expectativa del placer, el recorrido que todavía era más imaginario que real aunque ya faltaba poco para la meta. De los dos dolores, había uno que ya estaba a punto de cesar. El otro era lo malo, claro, ir el último, ser el peor era algo que no cesaría nunca. El sudor y las piernas, ese dolor en las piernas. El dolor que no se puede imaginar cuando no se siente es el menos grave. El grave es el que se empieza a sentir en cuanto se imagina. Lo de las piernas ya era insoportable, pero nada al lado de la garganta, la sequedad, el ardor. Había una sensación de extrañeza cuando, a veces, un caramelo se tragaba solo, se hundía, se escapaba de la zona controlada de la boca, dientes, lengua, paladar, encías, esa zona era él, y más atrás empezaban el misterio y lo ajeno. La sensación de ser el peor, pero también las consecuencias sociales de serlo. Para consolarse, o para darse fuerzas, se acordó de la tarde anterior con Raquel. ¡Hola, Ro! ¡Hoy vas a soplar las velitas! Decía las velitas pero sólo había una, un número cuatro de color rojo, y también globos y tarta y servilletas con animales y todos los demás niños lo esperaban con un gorrito cónico en la cabeza. La cabeza nunca le había dolido, sabía que existía pero no imaginaba cómo sería el dolor de cabeza. Dónde. El dolor es un trampolín. Raquel hablaba de su novio y lo llamaba el nobvio. Las palabras son un trampolín. Saltaba a la piscina y se hundía y apretaba los ojos con toda la fuerza de sus párpados. El agua en los ojos también era lo otro, casi un monstruo en sus fantasías sin palabras. El agua era líquida y se volvía sólida al enfriarse. Eso se llamaba hielo. Le gustaba tanto que lo llevaba a la bañera. El hielo se derretía en la bañera y tenía algunas partes que no eran transparentes y parecían pelusas. Las velas también se derretían y también quemaban. Raquel quería desnudarlo, había encendido unas velas, todo era muy suave, y él también quería, pero había un miedo disfrazado de emoción. Ahí también había notado el corazón, la tarde anterior con Raquel, como ahora, otra clase de impotencia. El corazón se dejaba notar y no había dónde esconderlo, dolían las piernas, dolía ser el último, dolía que Raquel tuviera un nobvio y lo hubiera desnudado tantas veces. Dolía que por eso ella no tuviera miedo, no era una cuestión de celos sino de distancia. El penúltimo estaba cerca, podría alcanzarlo tal vez, pero él también se esforzaba como si aquella carrera fuera tan importante como lo era para ellos, para nadie más, probablemente ni siquiera para los ganadores, para el nobvio de Raquel. No quería soplar las velitas y se había negado a soplar, el hielo le gustaba pero las velitas a veces no se apagaban como Raquel no se apagaba nunca, su intensa luz.
Mariano Peyrou
Escritor y músico. Ha publicado: La sal, Estudio de lo visible, Temperatura voz y La tristeza de las fiestas, entre otros libros.