Rosalía en el Zócalo o la falta de estrategia musical en CDMX

La participación de la cantante española en un concierto gratuito en la plaza más grande de América Latina ha desatado una polémica cuya excesiva polarización oculta las verdaderas cuestiones de política cultural.

Aunque todavía no se conoce el costo real del concierto de Rosalía en el Zócalo, distintos sectores políticos y ciudadanos han aprovechado el tema para denunciar la falta de inversión en otros sectores de la economía urbana, especialmente el transporte público. Se malinterpreta así el funcionamiento de los presupuestos de las grandes metrópolis y se reduce la cultura a un coste, cuando la tendencia mundial es considerarla una inversión decisiva. La polémica en torno al concierto de Rosalía es una oportunidad para analizar cómo la música tiene un papel motor en la vida urbana y representa un potencial desaprovechado en la Ciudad de México.

Ilustración: David Peón
Ilustración: David Peón

Música en vivo, un bien de lujo

Para entender la polémica actual, primero hay que recordar la evolución de la música en vivo como producto de consumo, o incluso de lujo. Aunque los conciertos multitudinarios existen desde hace varias décadas, no fue hasta los años 2000, tras la crisis discográfica, cuando la música en vivo se industrializó de verdad y, en parte, se independizó de las grandes disqueras. Al hacer del concierto un bien comercial por derecho propio y no un subproducto de la economía discográfica, empresas como Live Nation u OCESA aceleraron la transformación del sector hacia una mayor racionalidad económica y espectacularidad. Los honorarios de los artistas más famosos se han disparado, al igual que los costes de producción de sus eventos. Estos costes, en teoría, se aplican por igual a los organismos privados o públicos que contratan a los artistas.1

Esta evolución de la economía de los conciertos es engañosa porque beneficia principalmente a los artistas mejor situados en el mercado. Por otra parte, muchos artistas independientes luchan por conseguir honorarios decentes, por no hablar de los casos en que se les pide que viajen a sus expensas para tocar sin cobrar, especialmente en determinados festivales showcase que, supuestamente, les darían una visibilidad importante.

Sin embargo, los conciertos gratuitos deberían seguir siendo una prioridad para cualquier gobierno preocupado por democratizar la cultura, sobre todo cuando la música en directo se convierte en un artículo de lujo, como ocurre ahora. Para ver actuar a Rosalía en el festival AXE-Ceremonia en la Ciudad de México el pasado 2 de abril había que pagar unos 3000 pesos (si contamos las comisiones abusivas por la compra del boleto), es decir, aproximadamente la mitad del salario mínimo mexicano. Por otro lado, los conciertos gratuitos al aire libre son aún más importantes porque forman parte de la historia y la vida sociocultural de la mayoría de las grandes ciudades del mundo, desde Bogotá hasta Nueva York. Los conciertos son rituales seculares que le permiten a la población identificarse con un símbolo común, una forma de disipar las muchas tensiones que puedan atravesarla, como demuestra el exitoso ejemplo de Rock al Parque en Bogotá.

Así, el hecho de que la música en vivo se haya convertido en una industria de altos presupuestos coloca a cualquier gobierno en una posición paradójica. La naturaleza socialmente exclusiva de la música en vivo justifica que un gobierno establezca una política de acceso para aquellos que no pueden permitírsela. Sin embargo, los gobiernos no tienen más remedio que pasar por el sector privado de la organización de conciertos, sometiéndose, en teoría, a sus elevados precios.

Música y presupuestos culturales

Las observaciones generales en la sección anterior se aplican de manera particular a la Ciudad de México, ya que se encuentra en el corazón de la próxima pugna electoral. Que el concierto beneficie a la candidata Claudia Sheinbaum no está en duda y ni siquiera es necesario discutirlo. Cada candidato mueve los hilos que puede. Sin embargo, los presupuestos culturales de la ciudad han sido insuficientes, en varias aristas

En primer lugar, cabe señalar que la cultura no ha sido realmente una de las prioridades del mandato actual. Es claro que todos los sectores públicos han sufrido la austeridad presupuestaria, pero el gasto en cultura representa apenas el 0.25 % del presupuesto de la ciudad, es decir mil millones de pesos, a pesar de un aumento del 11.6 % en 2023. En comparación, Buenos Aires dedica 1156 millones de pesos mexicanos para una población que representa menos de la mitad, mientras que París dedica entre el 1.72 % y el 8.5 % de su presupuesto total a la cultura (según el método de cálculo y los sectores asociados al término "cultura"). El margen de mejoras posibles en el caso de Ciudad de México es evidente.2

Dentro de este presupuesto, la secretaria de Cultura de la ciudad afirma en El País que el porcentaje destinado a los conciertos del Zócalo, a través de la entidad Grandes Festivales, oscila entre el 5 y el 6 %, es decir, entre 50 y 60 millones de pesos.3 Esto no tiene nada de escandaloso en términos de gasto público, al contrario. Para comparar de nuevo, la edición 2018 de Rock al Parque en Bogotá costó el equivalente a 30.2 millones de pesos mexicanos (85 % a cargo de la alcaldía y 15 % del sector privado). Además, la existencia de proyectos más caros que otros se considera relativamente normal en muchos países en los que la política cultural trata de conciliar excelencia y democratización, por ejemplo en Francia, donde tan sólo la Ópera de París absorbe el 16 % del presupuesto cultural de todo el país, o en Argentina, donde el Teatro Colón representa el 34 % del gasto cultural de la ciudad de Buenos Aires.

Así pues, no hay razón para cuestionar a toda costa la gratuidad de los conciertos, los presupuestos que teóricamente se les asignan, y ni siquiera el principio de los proyectos culturales espectaculares.

Podemos congratularnos de que aún se pueda acceder a los costos de estos conciertos a través de peticiones ciudadanas de transparencia,prueba de que existen mecanismos democráticos a pesar de las amenazas actuales por parte del Senado de Morena. Sin embargo, podríamos esperar mayor transparencia en cuanto a la programación, o incluso una apertura a un comité formado por profesionales del sector, como en el caso de Rock al Parque en Bogotá, o incluso una asamblea ciudadana acompañada por expertos, como en las nuevas iniciativas participativas en Francia e Irlanda (acerca del clima y la constitución respectivamente). En términos de transparencia, la Ciudad de México aún nos queda a deber, pues los mecanismos de selección de las empresas productoras de eventos, cuya naturaleza a veces es desconocida o incluso dudosa, son opacos, así como los beneficios fiscales de los que algunas gozan.

Por último, también es de esperar que estas inversiones no se hagan con un enfoque parcial y maniqueo —cuando no electoral— del gasto público. Por ejemplo, uno de los argumentos para justificar el concierto de Rosalía es su impacto económico y turístico. Si hay razones fundadas para creer que este tipo de eventos tiene efectivamente un impacto, también lo tiene el sector musical local en su conjunto, desde las ferias más pequeñas hasta los grandes festivales. En este sentido, el sector local debería ser objeto de inversiones tan importantes como los conciertos del Zócalo. Para ello, la ciudad tendría que reconocer y evaluar el impacto económico, social y turístico del sector en cuestión, desde los actores menos espectaculares y sin fines de lucro —cooperativas, colectivos, asociaciones— hasta los gigantes de la industria del entretenimiento. Este enfoque implica pensar de forma mucho más estratégica en el papel que la música y la cultura en general pueden desempeñar en el desarrollo y el bienestar de las ciudades. Hay que dejar de verlas como gastos presupuestarios, sino como inversiones públicas.

En busca de una estrategia para la música en Ciudad de México

Existen ya una serie de proyectos mucho menos controversiales que el concierto de Rosalía y que van en la dirección de la democratización musical y del apoyo a la creación/difusión en Ciudad de México. Mencionemos las FAROs, el festival Radical Mestizo o la Noche de Primavera, y más recientemente el apoyo a las cooperativas culturales. Además, existen infraestructuras públicas federales ubicadas en la capital, como el Lunario y el Auditorio Nacional, cuya autonomía financiera y operativa está garantizada a través de un fideicomiso. Hay que celebrar estas iniciativas, que ya son un lujo en comparación con otras grandes ciudades latinoamericanas. Sin embargo, siguen siendo relativamente fragmentarias, desiguales en sus resultados y poco transparentes en su funcionamiento. Tomemos el ejemplo de Muxic, la Oficina de Turismo Musical, cuya plataforma se lanzó en 2021 con el objetivo de fortalecer los vínculos entre la comunidad artística y el turismo en la Ciudad de México. La falta de resultados de este proyecto es particularmente flagrante.

Si el gobierno está tan interesado en los beneficios que la música puede aportar a la vida urbana, tiene una enorme ventana de oportunidades. De nuevo el ejemplo de Bogotá y sus recientes inversiones destinadas específicamente a la música es elocuente. Recordemos que se trata de un sector único dentro de la economía cultural, a medio camino entre el espectáculo en vivo, el desarrollo urbano y la economía de los medios de comunicación. Con un presupuesto decente, es posible imaginar un fondo de apoyo para la Ciudad de México que toque toda la cadena de valor musical: residencias creativas, estudios de ensayo, pequeñas y medianas productoras de actuaciones en directo y música grabada, locales de difusión y festivales… Además, no deja de sorprender que la Ciudad de México no cuente con un encuentro profesional similar a FIMPRO en Guadalajara o BIME en Bogotá.

Más allá de la cuestión presupuestaria, necesariamente limitada por la política de austeridad, existen otros resortes. Las numerosas barreras burocráticas que frenan la creación o la evolución de muchos proyectos musicales, asociativos o empresariales, podrían resolverse mediante formas de reorganización administrativa. A modo de comparación, la jefa de gobierno de la Ciudad de México se felicitaba recientemente por la conversión de la ciudad en la capital audiovisual de América Latina. ¿El motivo? Una simplificación de los trámites administrativos para rodar en la ciudad, a través de una comisión específica, ajena a cualquier programa de inversión masiva, como cabría imaginar. El sector musical, y en particular el de la música en directo, se beneficiaría de una comisión similar, para que las autoridades se conviertan más en una ayuda que en un problema.

De este modo, la integración de los conciertos gratuitos en una estrategia musical más amplia y transparente tendría el doble beneficio de apaciguar el debate y activar el inmenso potencial creativo que atesora la Ciudad de México. Esperemos que polémicas como la de Rosalía, los Tigres del Norte o Grupo Firme en el Zócalo sirvan de lección a nuestros actuales y futuros responsables políticos. Si es que les interesa el desarrollo de la inversión cultural y no únicamente la eterna y cansina propaganda electoral.

 

Michaël Spanu
Investigador y consultor en industrias culturales y creativas


1 Por eso sorprende que la tendencia capitalista del sector se haya suspendido mágicamente en el caso del concierto de Rosalía en el Zócalo, ya que la promotora OCESA afirma que la cantante ha renunciado al pago de su concierto en el Zócalo, supuestamente como agradecimiento a la fidelidad de su público en México. Cabe preguntarse qué opinan al respecto los fans, las comunidades artísticas y los responsables públicos de Sevilla, Barcelona y Puerto Rico, lugares con los que la cantante española tiene tanta deuda moral como con México.

2 Hay que recordar que estas cifras dependen de la división administrativa de cada ciudad. Por ejemplo, en París, el presupuesto asignado a la cultura es de 165.7 millones de euros en 2023, más el presupuesto para el funcionamiento de las bibliotecas y mediatecas, 4.2 millones de euros, y los créditos para los servicios de cine y archivos, 1.9 millones y 0.3 millones de euros, pero excluyendo el deporte, la juventud y la vida social, para un presupuesto municipal total de 10 000 millones de euros. Si se incluyen el deporte y la vida social, el presupuesto es de 854 millones de euros.

3 Sólo cabe esperar que Rosalía haya renunciado realmente a cobrar por este concierto, ya que sus honorarios y la producción probablemente se tragarían todo el presupuesto de Grandes Festivales.

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Publicado en: Con guante blanco