Radicales libres, la novela más reciente de Rosa Beltrán tiene todo el potencial para convertirse en un clásico mexicano contemporáneo; una exploración a través de las generaciones de lo que significa ser madre y ser mujer, en medio de la violencia y en los escombros de tantas utopías.
Con una voz mutante, la narradora de Radicales libres —la novela más reciente de Rosa Beltrán— interpela a su hija, como si de una larga carta se tratara, y empieza a contar su infancia, en la Ciudad de México de los sesenta, hasta llegar a su presente en pleno confinamiento de 2020. Es el bildungsroman de una impostora que suplanta a la madre, cuando ésta se fuga con su vecino a bordo de una motocicleta, y se vuelve su Sosias. Untada de momentos de lucidez ensayística —afán que tuvo rienda suelta en Efectos secundarios, esa extraña e inteligente nouvelle de Beltrán—, Radicales libres es también una novela interesada por entender una tensión intergeneracional: abuela, madre (la narradora) e hija nacen en países diferentes que, sin embargo, son el mismo; hacen frente a distintas adversidades, aunque la mayoría de ellas tenga la misma base misógina. “La vida —dice la protagonista—, otra vida, empezaba de nuevo a cada rato”.

Lo volátil de la voz narrativa, que aludía yo al inicio, hace que el libro cobre texturas diferentes de acuerdo con la etapa vital de la protagonista, a tono también con sus huecos de lenguaje y de experiencias. Aunque está clarísimo que quien relata es la adulta que recuerda, la de la primera parte es una narradora que absorbe el entorno a retazos, que mira de reojo, que está sin estar, varada en el limbo de la ignorancia. “Un mundo de absurdidad y grisura se abría, como un mal sueño, ante nuestros ojos. […] ¿Por qué, si podíamos oírlo todo o casi todo, entendíamos tan poco?”, se pregunta al evocar su niñez, y también funde con la suya las voces de los otros en una escritura aglutinante, a ratos cruel —como otra de nuestras grandes narradoras de la infancia, Nellie Campobello, a quien Beltrán le dedicó su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua—, una escritura que no pocas veces tiene alcances de curiosidad filológica, de asombro por el “léxico familiar” (Natalia Ginzburg me presta su feliz frase), de pasmo ante el idioma en movimiento:
“—¿Cómo están, bien? —preguntaba mi tío, hablando [por teléfono] a gritos.
—Mfm. Grss. Vglpfss mmsn dss —venía algo que no entendíamos pero que podíamos interpretar como la repetición de la última pregunta, vuelta afirmación.”
La niña, que medio se entera de lo que pasa en 1968 tanto en el lado visible —el activismo de sus primos mayores— como en el soterrado —la participación de sus primas como edecanes en los Juegos Olímpicos—, la misma que supo que el alunizaje “era la oportunidad de ver la Historia pasar ante nuestros ojos”, muda de cuerpo frente a su propia desazón: “¿Cuándo cambia la mirada de una adolescente? ¿Cuándo pasan las fotografías de captar los ojos redondos y espantadizos a mostrar la mirada cínica y divertida de quien por fin se encuentra a sus anchas?”. Pero eso de estar a sus anchas es un decir, porque el mundo y sus horrores no tardan en cernirse sobre ella, y de pronto se ve en una casa sin adultos —porque el padre se muda al norte de México— convertida en la doble de su madre que ha huido. Una madre inflamable, “a un paso de arder”, que cambia la vida en blanco y negro por una mucho más emocionante, “en tecnicolor”, y se sabe libre y decide dirigir su vida y su cuerpo como ella quiere, con un amante que le habla del zodiaco, que la pinta desnuda.
Cómo no acordarse, al leer Radicales libres, de esas otras madres inflamables escritas por narradoras en lengua inglesa, de quienes Rosa Beltrán es una gran lectora. Pensemos, por ejemplo, en la recientemente vindicada Lucia Berlin, con sus relatos a un tiempo crueles y compasivos; o en Vivian Gornick y su habilidad para contar la ciudad y sus espacios, con humor cínico; o en Alice Munro y sus indagaciones profundas en los vínculos filiales. Hablo de ellas porque son autoras en cuyas ficciones se percibe el ánimo de cifrar la Historia, de darle —si se me permite el término— orden. Un propósito similar es el que mueve a Rosa Beltrán, que se lanza a los escombros de las utopías socialistas de los setenta y encuentra que “se puede ser criminal y víctima en la misma historia”. Qué significativo que uno de los alfabetizadores con quienes nuestra heroína va a la sierra de Acocul, alguien cercano a grupos guerrilleros, sea un agresor sexual. Qué simbólico el hecho de que la protagonista tenga una hija con un hombre que a los siete años queda separado de los suyos porque a unas cuadras de su casa, de un día para otro, construyen el Muro de Berlín. Qué importante, más allá de lo anecdótico, es la arrogancia juvenil de la hija, quien a ratos pretende evaluar el feminismo de la madre que cuenta esta historia.
Y está también, por supuesto, el relato de iniciación per se: la educación sentimental de la personaje, los constantes ritos de paso. Leemos sobre la vida nocturna en la Ciudad de México que se abre ante ella en un bar gay, y sobre su vida erótica, el cambio de los paisajes urbanos y emocionales, su formación política, su forma de ser madre soltera. Rosa Beltrán nos entrega en Radicales libres —la novela del desencanto de una generación— un relato sobre las ausencias que no lo son tanto porque nunca nadie se va del todo, sobre las maternidades a través de las décadas, sobre los cuerpos que hacen la Historia, sobre las violencias que atraviesan a las mujeres. Porque ése es uno de los grandes ritos de paso para la protagonista: entender qué implica ser vista, en femenino, y lidiar con el hecho de que por los cuerpos de los hombres ella puede conocer tanto el deseo y el amor como el abuso y el feminicidio.
Radicales libres es un libro relevante y emotivo, una novela-sinécdoque que habla en nombre de tres generaciones mexicanas, una reflexión sagaz sobre la violencia intramuros pero también sobre la que rafaguea al país. Quizá, como pasó con La corte de los ilusos —su debut en la novelística, un referente cuando se mira hacia el primer imperio mexicano—, esta nueva novela de Rosa Beltrán se convierta en un norte para comprender, como dice ella misma en la ficción, “cómo es que llegamos aquí”.
• Rosa Beltrán, Radicales libres, México, Alfaguara, 2021, 296 p.
Eduardo Cerdán
Es autor de los libros de cuentos Pasos en la casa vacía (2019) y Los niños volvieron de noche (2021). Es el coordinador administrativo de la Escuela de Escritura de la UNAM y profesor en la Facultad de Letras Españolas de la Universidad Veracruzana.