Rojo-Monsiváis
Amistades peligrosas

Aforismos & grafismos. Vicente Rojo y Carlos Monsiváis (FCE, 2015) es el espléndido testimonio de la amistad que compartieron el pintor y el escritor durante más cinco décadas. Publicamos con autorización de la editorial, el texto que Rafael Barajas, El Fisgón, escribió como un cicerone encargado de guiar a los lectores por las fascinaciones mutuas que alimentaron la cercanía entre Rojo y Monsiváis.

El relajo de dos creadores serios

Vicente Rojo y Carlos Monsiváis son dos de las figuras más respetadas de la cultura mexicana de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI.

La obra de ambos es tan polifacética, prolífica, diversa y rigurosa que los dos han hecho escuela en más de un terreno. Entre muchas otras cosas, Monsiváis fue escritor, periodista, historiador, cronista, pensador mexicanista y activista de causas perdidas. A su vez, Vicente Rojo, es uno de los pintores esenciales de la Generación de la Ruptura (que el artista prefiere llamar “de apertura”), el padre del diseño moderno mexicano (el fundador de la “Universidad Vicente Rojo”) y un editor importante.

La generosidad y el compromiso social de este par son ampliamente conocidos, pero su proverbial timidez y su temible espíritu crítico han contribuido a que incluso sus amigos más cercanos los traten con cierto cuidado y reverencia. Todo esto ha incrementado, aún más, el respeto hacia ellos.

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Gato Monsiváis con cola de pluma, 1990. Lápiz sobre papel.

Por lo anterior, resulta sorprendente encontrar en las colecciones del Museo del Estanquillo decenas de cartas, dibujos, caricaturas y collages que documentan que la relación entre el pintor abstracto y el intelectual público era franca y abiertamente de relajo. Estos creadores eran tan serios que hasta echaban relajo en serio. Eso sí, cada uno en su terreno. Si el escritor lanzaba con facilidad frases satíricas y ocurrentes y aforismos, el artista dibujaba con soltura decenas de bocetos y grafismos burlones.

A lo largo de décadas, Monsiváis conservó cuidadosamente todos los recados, sobres de correo, postales, apuntes, ocurrencias y demás que el diseñador le enviaba y donde se pitorreaba de todo y de todos: del país, de los políticos, de sus maestros y colegas y, por supuesto, de él mismo y del propio Carlos. Estas imágenes son el núcleo central de la exposición titulada Aforismos y grafismos.

El monero Vicente Rojo

Además de revelar una faceta inesperada de la relación que mantenían dos figuras culturales respetadas, este conjunto de documentos nos permite descubrir que Vicente Rojo, además de pintor, diseñador y editor, es también un notable caricaturista de obra íntima, breve e inédita.

Su trabajo caricaturístico juega con la línea y el texto y tiene una fuerte influencia de ciertos dibujantes de la revista The New Yorker. De James Thurber toma la idea de que el dibujo puede ser una extensión de la literatura y de Saul Steinberg (divertido discípulo de Paul Klee), la libertad de jugar con la línea. Rojo utiliza la línea como elemento abstracto y utiliza las palabras como parte del dibujo (no se podía esperar menos de un experto en diseño tipográfico). Por su estilo, se puede afirmar que forma parte —con Abel Quezada, Alberto Isaac y Eduardo del Río (Rius)— de la generación de caricaturistas que la vieja guardia bautizó despectivamente como moneros y que floreció en el México de la posguerra.

Como tantos humoristas gráficos, Vicente empezó caricaturizando a su maestro y a sus compañeros de banca. Sólo que, en este caso, éstos eran los escritores y periodistas Fernando Benítez y Carlos Monsiváis.

Benítez dirigía el suplemento México en la Cultura, publicado por el diario Novedades, y tenía ojo para detectar el talento. Él fue mentor de Rojo, de Monsiváis, de José Emilio Pacheco y de muchos otros artistas y literatos más. Monsiváis y Rojo querían a Benítez, lo respetaban y se divertían con él y a costillas de él. Prueba de ello son varias caricaturas en las que Vicente retrata a Benítez como el hombre-corbata, o aquella en la que Monsi, vestido como un desaliñado universitario, se para encima de la efigie tiesa de este catrín de la cultura.

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Monsiváis personaje del cine negro norteamericano, s/f. Tinta sobre papel.

Como pintor, Vicente Rojo se ha significado por su vocación de pintar series (como Negaciones o México bajo la lluvia) que son variaciones plásticas sobre un mismo tema. Fiel a sí mismo, muchas de las caricaturas son ejercicios plásticos sobre un mismo sujeto. De este modo, Vicente Rojo le hizo decenas de caricaturas a su amigo Carlos Monsiváis. Entre otras cosas, lo retrató, parodiando el estilo de José Luis Cuevas, como tlatoani prehispánico, vestido como Dick Tracy, como ángel redentor, como ángel exterminador, como el Atlas que carga el mundo, enmascarado como zapatista… la lista es larga.

Para la primera exposición de Vicente Rojo, Benítez escribió que el joven pintor era a veces “tierno y lírico, a veces desgarrado y violento”.1 La paleta del humorista tiene, al igual que la del pintor, diversos colores, tonos y matices (no es lo mismo e sarcasmo que la ironía) y, a pesar de que el género caricato suele ser cruel, todas las caricaturas que le hizo el diseñador a su amigo escritor resultan tiernas, líricas, y nunca desgarradas ni violentas. Esto se explica porque detrás de estas imágenes juguetonas había una larga relación de trabajo y amistad.

Casi todas estas caricaturas son recados personales y contienen mensajes cifraos. Para entenderlas mejor es menester ponerlas en contexto y hacer un breve repaso de la amistad del dibujante y el dibujado.

Las aventuras del señor Rojo y el joven Monsiváis

Carlos y Vicente se conocieron en 1958; Monsiváis tenía veinte años y Rojo veintiséis. El joven escritor admiraba el talento del pintor y viceversa. Sin embargo, en la segunda década de vida, una diferencia de cinco o seis años es considerable y, con frecuencia, favorece que ciertas amistades tengan un carácter tutelar. Éste fue el caso.

En 1958, Rojo ya tenía un lugar en los círculos culturales de la época y Monsiváis era apenas un universitario, aunque de inteligencia deslumbrante. Así, el diseñador pudo ser, a al vez, colega, amigo y mentor de ese muchacho precoz. Al menos eso dejan entrever algunas, muy contadas, acotaciones y anécdotas personales que se les han escapado a estos dos personajes.

En un ensayo, Monsiváis deja ver la fascinación inicial que ejerció sobre él la disciplina creativa del pintor abstracto:

Sin abandonar nunca su obra pictórica, Rojo apuntala el desenvolvimiento de numerosas empresas culturales. En mi primer trato con él, en 1958, lo recuerdo discreto, muy informado, resolviendo, resolviendo con extrema rapidez los problemas de integración de la página, marcando, separando ilustraciones, afanoso en el despachito que ocupaba México en la Cultura, en Balderas (…) Él como se sabe sin necesidad de proclamarlo, no es sólo director artístico, sino un codirector editorial, y el rigor con que sostiene la coherencia interna del suplemento, determina el estilo e influye en el tono.2

Así como a Monsiváis le fascina el rigor cultural de Rojo, a éste le deslumbra el “caos creativo y maravilloso” del futuro escritor. Hace años, Vicente me contó que conoció a Carlos de manera accidental, cuando unos muchachos que manejaban un cineclub fueron al suplemento cultural (que dirigía Benítez y diseñaba Rojo) a pedir ayuda económica para un compañero que se había metido en un lío porque no había regresado a tiempo una película que les habían prestado para un ciclo de cine.  El problema no era menor. Cada día de retraso en la entrega generaba una multa de doscientos pesos, la cifra ascendía ya a varios miles de pesos y el distraído cinéfilo no tenía cómo salir del embrollo en que se había metido. El joven diseñador quiso ayudar al desgraciado, lo fue a visitar y quedó sorprendido con la inteligencia y la memoria de aquel estudiante que parecía saberlo todo (salvo cómo salir de aquél lío) y recordarlo todo (salvo dónde había puesto la película).3 Ahí empezó su larga amistad.

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Monsiváis, dibujado a la manera de Alberto Isaac, contempla a Monsiváis convertido en Dick Tracy. Todo ello realizado en un momento de ociosidad por Vicente Rojo. Ni modo, s/f. Tinta sobre papel.

La madre de Monsi trataba a Vicente rojo con la deferencia con la que tratan las madres a los tutores de sus hijos (así sean niños prodigio); lo llamaba “el señor Rojo” e, inquieta, le preguntaba en privado cosas como: “Ya, hablando en serio, señor Rojo, no me dé falsas esperanzas… ¿Usted cree que mi hijo Carlos tenga algún futuro?”.4 (Sin lugar a dudas, no debe haber sido fácil criar, educar y sacar adelante a un niño de inteligencia tan descomunal, y por supuesto, el interrogado no cuenta lo que él le respondía a la desesperada mamá.)

Es sabido que los opuestos se complementan. Finalmente, el rigor creativo y el caos creativo terminaron por complementarse para bien de todos. Y es que a mediados del siglo XX, la vida cultural mexicana vivió un momento extraordinario y fértil.

Al escribir sobre los años de formación —y después de hablar de la Generación de la Ruptura, de la que formó parte— el diseñador escribió:

Nuevas vías. Los años sesenta confirmaron a un grupo de jóvenes artistas que realizaban ya obras muy precisas. No estaban solos, sino precedidos por ensayistas,  críticos, novelistas y poetas que podían ser con toda autoridad modelos a seguir: Juan Rulfo, Octavio Paz, Juan José Arreola, José Revueltas o Jaime Sabines, como antes Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo o José Gorostiza, habían abierto con sus libros nuevas vías para la literatura mexicana en la que transitaban escritores de nuestra generación como Carlos Fuentes, Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, Jorge Ibargüengoitia, Salvador Elizondo, Elena Poniatowska, Eduardo Lizalde, Carlos Monsiváis, José Carlos Becerra, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco o Gabriel Zaid. Casi todos ellos colaboraban para el suplemento México en la Cultura que dirigía Fernando Benítez (y que yo diseñaba) y en la Revista de la Universidad, cuyo director era Jaime García Terrés, y en ambas publicaciones esos nuevos escritores daban sus propias batallas renovadoras.5

Monsiváis se incorporó al equipo de Benítez y Rojo en México en la Cultura. Sin embargo, en diciembre de 1961 Benítez fue cesado por el director de modo arbitrario y los colaboradores del suplemento se solidarizaron con el autor de el rey viejo y se fueron con él a la revista Siempre!, de José Pagés Llergo, donde fundaron en 1962, La Cultura en México. Durante años, la columna vertebral de este suplemento fueron Benítez, José Emilio Pacheco, Monsiváis y Rojo; finalmente, en 1971, la dirección del suplemento recayó en Monsi, quien siempre contó con el apoyo de Vicente.  

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Gato Monsiváis (como superhéroe), 1990. Lápiz sobre papel.

La relación de trabajo Rojo-Monsiváis fue intensa y se extendió a muchas otras áreas. Vicente diseñó las portadas de varios de los libros de su amigo y pupilo, y le regaló libros, grabados y obra de caballete. A su vez, Monsiváis apoyó a su tutor y escribió varios ensayos sobre su obra: en 1985, un texto para la exposición Obra 1964/1985, que tuvo lugar en la Biblioteca Nacional de Madrid; en 1990, un artículo para el catálogo Vicente Rojo. Cuarenta años de diseño gráfico, y en 2011, un ensayo para la serie Volcanes:

Nunca le he preguntado a Vicente Rojo por su idea del paisaje, entre otras cosas por la posible respuesta: “Si no la extraes de mi trabajo, nunca tendrás noticia”. En su extraordinaria serie de Lluvias, por ejemplo, la lluvia entre otro de sus comentarios, aclara y oculta el paisaje, al que disuelve y pone de relieve porque un hecho deviene una sucesión de vértigos aquietados, si la expresión tiene algún sentido. (…)

El estilo de Vicente Rojo se despliega. Es elegante sin pretensiones, es sencillo y jamás desciende a la simpleza, admite que se le absorba con un golpe de vista y deja que los espectadores/lectores confundan la levedad con la ligereza. No se puede asimilar por entero un estilo a partir de la primera impresión, un  aviso o, si se quiere, una premonición del cuadro, el grabado, la escultura. Por eso, el estilo de Rojo es la síntesis y el anuncio de su visión del mundo donde su delicadeza es —sin paradojas— la fuerza primordial; la belleza es un elemento que la contemplación reiterada adquiere; la finura proviene de los numerosos experimentos inadvertidos, de la eliminación de los recursos considerados superfluos por el artista, del experimentar para que la autocrítica ordene las relaciones entre el creador y las formas que vayan surgiendo.6

La cercanía de estos dos trabajadores de la cultura fue estrecha y duró décadas. En su primer trabajo, Carlos tuvo como colega a Vicente y el último proyecto editorial del escritor-cronista fue Lírica, sacra, moral y laudatoria, libro de artista (publicado por La Siempre Habana en 2010) conformado por cuarenta y ocho aforismos e Carlos , “Autoayúdate que Dios te ayudará”, y veinticuatro grabados/serigrafías de Rojo.

La creatividad será divertida o no será

Diversas fotografías también documentan que la relación de trabajo entre el diseñador y el escritor se dio en un clima de diversión y relajo.

En 1965, Rojo, Monsiváis, José Luis Cuevas y Salvador Chava Flores, entre otros, apoyaron a Alfonso Arau a lanzar, para el cabaret El Quid, el proyecto de Los Tepetatles, un grupo musical pionero del rock mexicano. La mayoría de las canciones fueron escritas por Monsi. Unas instantáneas de la época muestran a los jóvenes Cuevas, Rojo y Monsiváis cantando con Arau alrededor de un piano de cola que toca Julián Bert. Posiblemente entonaban:

Es la Zona Rosa
una bella cosa
para quien la vida
debe ser vivida
avec plaisir.

Desde Balenciaga
hasta Macazaga,
muévete gordita,
—¿quieres dolce vita?
(…)
Niza y Hamburgo
con paraguas de Cherburgo,
Génova, Londres, Reforma…
La elegancia se transforma…7

O tal vez cantaban:

¡Oooh!, tiene que evitar
que te pique el Mozambique
pues te puede calismar
espiripitual en lo perinal
coloricoidal…8

Otras fotografías muestran a Vicente y a Carlos vestidos como futbolistas y peleando el balón, y muchas otras los retratan en fiestas, departiendo con escritores como Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Octavio Paz, o entre artistas como Abel Quezada y Juan Soriano.

Con el trabajo, la amistad y los años, la diferencia de edades entre el diseñador y el estudiante fue perdiendo importancia. En fechas recientes, a Rojo le ha dado por decir que él se fue convirtiendo, poco a poco, en el pupilo y Carlos en el maestro. En su Diario abierto, Rojo dice que tiene “Tres deudas mayores”: una con José Emilio Pacheco, otra con Emilio García Riera y otra más con Carlos Monsiváis. Sobre este último, escribe:

Hoy, mientras Pacheco casi sin salir de su casa recibe premios en varios continentes, Monsiváis da conferencias que se convierten en mítines, mientras a su vez él se convierte en doctor honoris causa (generalmente de causas perdidas) de numerosas universidades. De uno de los últimos libros de Monsiváis tengo presente la estremecedora historia de los mexicanos considerados desechables.9

Sin embargo, a pesar de que se acortó la brecha maestro-alumno, Monsiváis siempre vio al pintor de la ruptura con respeto y lo trató con la reverencia con la que se trata a un profesor venerable (o casi).

Diálogos entre el gato Fritzi y Miao Zedong

Las personalidades creativas de Rojo y Monsiváis eran constantes pero complementarias (el orden riguroso sólo encuentra reposo en el caos y viceversa). Toda una constelación de elementos acercó a Rojo y Monsiváis. Para empezar, ambos tenían el don de la ubicuidad y formaban parte de la llamada Generación de Medio Siglo. Además de compartir influencias y maestros, compartían ideas políticas, causas, valores éticos, intereses culturales, amigos, lecturas, y muchas otras cosas más.

Pero, sobre todo, los dos querían ser gatos.

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Gato Monsiváis sobre libro, s/f. Lápiz sobre papel.

Es bien conocida la pasión de Monsiváis por los felinos. Solía decir que su colección más preciada no era la de arte mexicano ni la de fotografía ni la de caricatura, sino la de sus gatos; llegó a tener trece y los cuidaba con paciencia infinita. Los mimaba y les ponía nombres entrañables como Miao Zedong, Ansia de Militancia, Rosa Luz en Burgo, Carzinger o Mito Genial. Por supuesto, Carlos quería ser gato y sus restos reposan en la gaturna que diseñó otro gran amigo suyo, el pintor Francisco Toledo.

La pasión de Vicente Rojo por los gatos es menos conocida pero no menos genuina. El primer capítulo de su libro Diario abierto se titula “Me llamo Fritzi” y en él explica que:

En diciembre de 1918, con su uniforme gris, el poeta Paul Klee regresó de la guerra. Según relata su hijo Félix, el día de Navidad su madre Lily se sentó al piano con un “nimbo de felicidad” flanqueada por dos lámparas de petróleo. Su padre afinó el violón de acuerdo con el piano y “ambos tocaron sonatas de Bach y Mozart par significar el día de la libertad”. El auditoria, dice Félix Klee, estaba conformado por él y por su enorme gato Fritzi. Cuento esta breve historia no sólo para precisar la íntima relación que tienen para mí la música y la pintura, además de dejar constancia de mi admiración por la obra de Paul Klee y de ki envidia porque también supiera tocar el violín, sino porque en esta conmovedora escena qué no hubiera dado yo por ser el gato Fritzi.10

Esto explica el por qué en la colección de caricaturas que Rojo le envió a Monsiváis abunda los gatos.

Como lo prueba el texto arriba citado, el pintor-monero entendía como pocos el anhelo de Carlos de ser un gato y le dio gusto al retratarlo como tal en más de una decena de dibujos y collages (es la iconografía de Cat lost Monsiváis o de Carlos Monsimiau. Allí podemos ver al cronista como un minino cuya cola se convierte en una pluma de escritor, como un felino superhéroe, como el gato mayor al que retan sus gatitos, como el micifuz que carga la pesada roca de la izquierda electoral… en fin, como Carlos se quería ver.

 

Nota: Aforismos & grafismos. Vicente Rojo y Carlos Monsiváis fue concebido como el catálogo que acompañó a la exposición del mismo nombre presentada en el Museo del Estanquillo, entre diciembre del 2014 y abril del 2015, con la curaduría de Rafael Barajas, El Fisgón.


1 Nota de Fernando Benítez citada en Vicente Rojo, Diario abierto, 2013, Era, México, p.8.

2 Carlos Monsiváis, “Las maestrías de Vicente Rojo”, en Vicente Rojo, Cuarenta años de diseño gráfico, UNAM-FIL-Era-Imprenta Madero-Trama Visual, México, 1990, p. 9.

3 Plática informal del autor con Vicente Rojo.

4 Pláticas informales con Vicente Rojo y Beatriz Sánchez Monsiváis.

5 Vicente Rojo, Diario abierto, p. 23.

6 Carlos Monsiváis, “Los volcanes de Vicente Rojo”, en La Jornada Semanal, 29 de mayo de 2011.

7 Transcripción libre de la canción “Zona Rosa”, del disco Arau a go go.

8 Transcripción libre de la canción “Que te pique el Mozambique”, del disco Arau a go go.

9 Vicente Rojo, Diario abierto, p. 31.

10 Vicente Rojo, op. cit., p. 36.

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Publicado en: Ciudad de libros, Fragmentos