Rodin o la imperfección de la asimetría

La pieza La puerta del infierno constituye el punto de partida de Rodin, la película dirigida y escrita por Jacques Doillon.

Rodin, 2017, Francia.
Director: Jacques Doillon.
Guión: Jacques Doillon.
Elenco: Vincent Lindon, Izïa Higelin.

Auguste Rodin (1840-1917), el hombre que dictó el curso de la escultura moderna, recibió su primer gran trabajo por encargo hasta 1880, apenas a sus 40 años. Se trató de La puerta del infierno (La porte de l’enfer), una obra que tardó 35 años en ver la luz y fue realizada en colaboración con su pupila y amante Camille Claudel (1864-1943) en medio de una tormentosa y pasional relación. Este hecho, poco mencionado por la crítica y desconocido por muchos admiradores de su trabajo, constituye el punto de partida de la película dirigida y escrita por Jacques Doillon.

La cinta, que se enfoca en el período de tiempo en que Rodin y Claudel trabajaron juntos, transcurre entre el taller de Rodin en la apacible campiña de Meudon y los diferentes viajes que marcaron su madurez artística, tales como su exilio en Bruselas y sus visitas a Florencia y Berlín. La fotografía abunda en clarobscuros y planos donde sobresale un paisajismo campestre sobrio que recuerda el impresionismo de Paul Cézanne y de Monet.

A pesar de la originalidad de la idea y la alta destreza de sus protagonistas —Izia Higelin y Vincent Lindon realizan una sólida interpretación—, la película decepciona bastante y por muchas razones. En primer lugar, el conflicto no está señalado con claridad y el espectador se pierde entre las correrías amorosas del escultor (cuya barba viril y reputación seducen fácilmente a sus modelos), su reticencia para reconocer su relación adúltera con Camille Claudel y las dificultades que le lleva la culminación de sus obras, particularmente el monumento a Victor Hugo y la escultura de Balzac.

Por otra parte, es bien sabido que Rodin estuvo rodeado de una pléyade de artistas que lo veneraban. No obstante, la presencia de estos personajes históricos en la película es postiza y cualquier espectador desprevenido es capaz de advertirlo. En una secuencia, Rodin y el poeta alemán Rainer Maria Rilke se pasean por París y luego de un silencio el escultor interpela al escritor llamándolo por su apellido, algo completamente inverosímil para dos íntimos amigos. En otra escena, Paul Cézanne se echa a los pies de Rodin y le besa fervientemente las manos. El patetismo, la falsedad y la impostación del momento son tan fuertes que buena parte del público querrá salir de la sala por pura vergüenza ajena.

Además, con precedentes tan importantes como Camille Claudel (2013) de Bruno Dumont, en donde el gran trabajo de Juliette Binoche dejó huella en el imaginario cinematográfico, esta versión de Rodin deja mucho qué desear. Tanto así que no es difícil comprender su irrelevancia en el pasado festival de Cannes.

Gran parte de las obras de Rodin se encuentran en el museo Soumaya, donde el magnate Carlos Slim las ha agrupado debido a su conocida admiración por el trabajo del escultor francés.

Es una lástima que el realizador no haya explotado más algunos temas que apenas se sugieren de pasada en la cinta, como es el caso de la formación empírica de Rodin, quien logró avances extraordinarios en la modelación de la anatomía humana basándose en la simple observación. Lo mismo para su famosa irreverencia frente a la Academia de París, de donde fue rechazado y nunca quiso exponer. Por desgracia, el realizador se concentró casi exclusivamente en la férrea masculinidad del escultor, detalle un poco fácil de percibir en una sociedad y en un contexto dominado por hombres. Desde luego, el éxito seductor de Rodin entre sus alumnas y modelos despierta curiosidad, y la escena erótica del ménage à trois es de una factura estética impecable. No obstante, hasta el erotismo más exquisito se vuelve aburrido cuando se lo venera excesivamente.

“Esa asimetría es perfecta”, dice Rodin a Camille Claudel al admirar La edad madura [L’âge mûr], quizás la obra más reconocida de su malograda alumna. Lamentablemente, la asimetría de Rodin está muy lejos de la perfección.

Pese a todas sus fallas, muy seguramente el biopic de Jacques Doillon encontrará su público, pues hay que reconocer que tuvo el criterio necesario para no caer en la obviedad de transformar la vida de Rodin en un relato edificante o una película de superación personal al mejor estilo de varias producciones hollywoodenses.

Camilo Rodríguez
Consejero editorial en Éditions Maison des Langues.

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Publicado en: Permanencia voluntaria