Rita Macedo fue un torbellino que dejó de girar cuando ella misma lo decidió. La actriz venerada dejó sus memorias inconclusas y su hija Cecilia Fuentes les dio forma de libro. En esta entrevista se reúnen los detalles de Mujer en papel (Trilce), en cuyas páginas la figura del escritor Carlos Fuentes es ineludible.
La primera vez que Rita Macedo descubrió que su esposo, Carlos Fuentes, había tenido un romance con otra mujer, le aseguró: “Tus travesuras no afectarán nuestra vida, siempre y cuando sigas amándome verdaderamente”. Durante años, aceptó las infidelidades del escritor con sus “princesas”, desde aventuras de una noche hasta fugaces enamoramientos. Las páginas de las memorias de la actriz, Mujer en papel, recopiladas y editadas por la hija de ambos, Cecilia Fuentes, muestran cómo surge y se desmorona su historia de amor.
“Al principio creo que disfrutaban mucho su relación”, cuenta Cecilia Fuentes. “Ella nunca le puso los cuernos, pero en los últimos tres años mi papá empezó a perderle el respeto ya en todo. Entre más importante se volvía, más poder tenía y más abusaba. Y ahí fue cuando mi mamá dijo: ‘Con permiso, yo ya me voy’”.
Hubo un momento de crisis en 1969. Tras vivir separados unos meses, se acababan de reconciliar cuando, en una fiesta de fin de año que ofrecía el arquitecto Eduardo Terrazas, Fuentes comenzó una apasionada relación con la actriz estadunidense Jean Seberg.
Su amor propio, escribe Macedo, “reaccionó por primera vez”, y cuando Fuentes la llamó por teléfono le espetó: “No tienes alma. García Márquez es mejor escritor que tú, porque él sí tiene sentimientos”. Fuentes se limitó a colgar la bocina.
“Yo creo que eso los tronó definitivamente, mi papá nunca se lo perdonó”, afirma Cecilia. “Mi mamá era muy dócil cuando quería, pero era una víbora con la boca. A Julissa y a mí nos dio en la torre, porque te decía exactamente lo que te mataba”.
Se conocieron a finales de 1956; Fuentes iba a cumplir 28 años y la actriz tenía 32. Cuando el escritor se acercó a saludarla, la atracción fue inmediata. “En ese instante quedé petrificada, fulminada, loca de amor por él”, escribe la intérprete de películas como Ensayo de un crimen (Luis Buñuel, 1955), La maldición de la Llorona (Rafael Baledón, 1963) —su cinta más taquillera—, y El castillo de la pureza (Arturo Ripstein, 1973).
Ya vivían juntos cuando ella le propuso que se casaran. Ni la fecha de su boda civil ni muchas otras aparecen en el libro debido a que la actriz no conservó documentos. Era su tercer matrimonio, y el primero del escritor.
A Fuentes lo eligió como su compañero, a diferencia de sus otros maridos, que le permitieron huir de distintos yugos. Con el productor Luis de Llano Palmer se casó para escapar de la tutela de su madre, la temible Mamajulia —la dramaturga Julia Guzmán—, y con el crítico de música y literatura Pablo Palomino se unió para dejar atrás la relación de amasiato que desde hacía más de cinco años sostenía con el ingeniero Adolfo Orive Alba, secretario de Recursos Hidráulicos en el sexenio del presidente Miguel Alemán Valdés (1946-1952).
“A mi papá lo escogió, los otros le llegaron, como que iba agarrando lo que cayera”, afirma Cecilia. Al principio, Fuentes y Macedo vivieron una relación de complicidad. Ella aceptó las manías del escritor, quien “corría” a Acapulco a curarse los catarros; también interrumpió dos embarazos para que la llegada de un hijo no interfiriera con su vocación literaria. “No quiero compromisos que me obliguen a amarrarme a un escritorio ocho horas”, le dijo el autor, que en esa época cosechaba el triunfo de La región más transparente (1958), su primera novela, dedicada “A Rita”.
Macedo había tenido dos hijos con su primer esposo: la cantante y actriz Julissa, que se crió con sus abuelos paternos, y el productor Luis de Llano, que creció con Mamajulia. En el libro califica su infancia como devastadora, pues su madre, tras divorciarse, la internó a los dos años en un orfanato. Entre monjas aprendió una regla que aplicó severamente a sus descendientes, pero no a Fuentes: “Te perdono la falta, pero no el castigo”.
“A él le perdonaba todo; a nosotros no”, recuerda Cecilia. “Su mamá le dio en la torre al hacerle eso. Porque ella tenía la ilusión de salir, y Mamajulia ni la visitaba. Y no estaba en un internado en Suiza, eran unos orfanatos en los que sufría maltratos. Ahí le rompieron el alma para siempre, la recuperó a base de mucho trabajo”.
Era una mujer, asegura su hija, más física que cerebral. “Solamente escuchaba música clásica, pero había una canción que desde que vio Cats le dolía, ‘Memory’, porque la letra va exactamente con ella: ‘tócame y me puedes dejar’. Necesitaba el tacto, me hacía dormir a su lado siempre. Por eso tenía una relación tan enferma con ella, de estar siempre encimadas, pegadas”.
Durante su matrimonio con la actriz, Fuentes escribió La muerte de Artemio Cruz y Aura, publicadas en 1962, y Zona sagrada y Cambio de piel, editadas en 1967. Vivieron temporadas en París, Roma, Venecia, Londres. Se separaron en 1972, después de que el escritor fue nombrado miembro de El Colegio Nacional.
La pareja compartió la década de los sesenta, los años del boom latinoamericano. José Donoso, en Historia personal del ‘boom’, reconoce en Fuentes al “padrino bienhechor” que promovió la internacionalización de la novela hispanoamericana. Un visionario que podría decir: “Le boom, c’est moi”.
Nada de esto aparece en las memorias de Macedo. Las vivencias de esos años quedaron registradas en más de 300 páginas de cartas y dibujos que el escritor envió a la actriz, pero no fueron incluidas, explica Cecilia, por petición de Silvia Lemus, la viuda del escritor, poseedora de los derechos de autor.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos
“El libro podría haber sido más interesante si me hubieran dejado poner todo lo del boom”, reconoce. “No hubiera sido solamente el chisme, sino toda la parte intelectual que estaba prohibido tocar. Pero no se pudo”.
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En 1993, Macedo comenzó a escribir sus memorias. A veces prefería la máquina de escribir, otras un cuaderno rayado, páginas que después Cecilia pasaba en limpio a la computadora. Avanzó con buen humor hasta que llegó al momento en que conoció a Fuentes. A partir de ahí, recuerda su hija, su deterioro fue progresivo hasta su suicidio el 6 de diciembre, cuando se disparó dos balas en su automóvil, frente a su casa de Galeana, en San Ángel.
“Yo creo que el libro fue como una confesión. A medida que lo iba escribiendo se fue dando cuenta de lo bueno, de lo malo. Le afectó físicamente mucho, tenía un estómago muy delicado, decía que se le fregó por el teatro, los nervios de salir a escena, y nunca se le compuso”.
Pasó mucho tiempo para que el proyecto de publicar las memorias se concretara. Según Cecilia, a su hermano Luis le preocupaba que su padre —fallecido en 2012— pudiera leer que Macedo había padecido su matrimonio, debido a la insatisfacción sexual y a las peleas constantes, y que la actriz confesara que, tras su primer divorcio, trabajó un tiempo como prostituta en la Ciudad de México y en Los Ángeles. “No veo qué tiene de malo”, dice, “vender tu cuerpo como vendes un café u otra cosa”.
Luego enfrentó la negativa de Lemus a que publicara las cartas y dibujos eróticos que Fuentes le envió a su madre porque el escritor había dejado instrucciones de proteger su imagen. Finalmente, la periodista le sugirió poner en voz de Macedo su contenido y reproducir solo aquellos dibujos que su padre le hizo cuando era niña.
“Mi papá sabía lo mal que se había portado y las cosas que había hecho. Cuando decidió volverse decente, dejó encargado a su agencia literaria (Carmen Balcells) y a quien pudo que cuidaran esa imagen”.
Fue así como Cecilia agregó contexto de la época a la primera parte, escrita por su madre, y a partir de la mitad del libro, cuando la actriz conoce a Fuentes, se mimetizó con su estilo y narró la historia de su relación. “Mi mamá dejó fragmentos, pero ponía: ‘aquí va la carta tal’”, explica. “Yo soy pirata; entonces, convertir y adaptar se me da. Lo hice con total descaro porque no había de otra”.
Mujer en papel (Trilce) va por su tercera edición, tras siete mil ejemplares vendidos. De su lectura surge una actriz preocupada por su oficio, consciente de sus limitaciones, que no duda en afearse el rostro y presentarse frente a Luis Buñuel para conseguir el papel de la prostituta Andara en Nazarín. Fue también una empresaria teatral que produjo obras como Mala semilla de Maxwell Anderson, Réquiem para una monja de William Faulkner, y Las criadas de Jean Genet, en las que actuó junto a intérpretes como Ofelia Guilmáin, Isabela Corona, Ernesto Alonso y María Rojo.
“Ella siempre quiso mejorar, por eso el teatro le gustó tanto. Le daba más placer producir que estar actuando”, refiere Cecilia. “Nunca le gustó actuar realmente, hasta el último día no era lo que le llamaba la atención”.
Pero una vez metida en el personaje, escribe en el libro, lo cargaba “en mente, cuerpo y alma” las 24 horas. “Era muy chistosa, yo me divertí mucho con ella. Pero nunca le dijeras que estaba equivocada o era tonta, eso le resultaba insoportable”, dice su hija.
Macedo era también una modista hábil, capaz de reproducir las creaciones de los grandes diseñadores, y una “arquitecta frustrada”, con talento para parcelar su casa de Galeana y rentar los espacios. Ahí vivieron el director José Luis Ibáñez, el escritor Alejandro Jodorowsky, el actor Jorge Luke.
La actriz quiso a Fuentes hasta el día en que murió, asegura Cecilia, pero cree que nunca lo perdonó. “Extrañó esa vida siempre, porque lo mencionaba seguido: cuando estaba con Carlos, cuando hacíamos aquello. No sé si pensaba que tendría que haberlo aguantado más, o haberlo cortado antes para no sufrir”.
Al leer las cartas, Cecilia no se sorprendió por la continua presencia de las princesas —“si mi mamá lo aceptaba, a mí qué”—, sino por la forma negativa en que Fuentes se expresaba de México. Un par de ejemplos: cuando Macedo le escribe que alguien lo ofendió, el escritor le responde colérico que “debía recordar que nosotros ya habíamos salido de Kafkahuamilpa, donde los aztecas debían joderse solos”. En el 68, consigna el libro, se prepara para un “largo exilio” de un país que considera “atorado entre la Edad Media y la Gestapo”.
Cuando se conocieron, Fuentes, un hijo de diplomático que creció en Washington, Santiago y Buenos Aires, y estudió en la Ciudad de México y Ginebra, se presentó ante Macedo como un intelectual de izquierda. Despreciaba las alhajas, y ella malbarató las suyas para darle gusto, y cuando criticó su arreglo “excesivo”, optó por un maquillaje y un vestuario más sencillos. Con el tiempo, el escritor recuperó el gusto por el lujo. “Mi papá quería ser comunista, pero de Las Lomas”, dice Cecilia. “Es normal, era un niño bien. Nunca conoció la pobreza y sale con que es colorado. No había cómo”.
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En el libro En esto creo (2002), Fuentes escribe que cuando nació Cecilia, en 1962, escuchó música. Fue por eso que decidió ponerle el nombre de la santa protectora de los músicos.
Cecilia estudió once años en el Liceo Franco Mexicano. Terminó la preparatoria en Princeton, donde Fuentes era profesor universitario. Cursó un par de semestres de fotografía y dibujo en California y Boston, y regresó a México para trabajar en Televisa. “Pasé por todos los puestos de producción, aprendiendo a fondo cada especialidad”, escribe en su currículum.
Con 500 dólares en la bolsa, se fue a Estados Unidos para inscribirse en el New York Institute of Technology, donde se graduó como licenciada en Comunicación. Sobrevivió con muebles recogidos de la calle, vendiendo libros usados, trabajando en la Misión Permanente de México ante la ONU en un puesto de recepcionista que le “inventó” el embajador Mario Moya Palencia.
Cuando regresó a México fue contratada por Víctor Flores Olea, primer presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes —hoy Secretaría de Cultura— como asesora, entrenando a los funcionarios en el uso de la computadora personal. “El peor de los alumnos era Rafael Tovar y de Teresa. Por supuesto, lo trataba medio feíto. Así que cuando tomó el mando de la oficina [sucedió a Flores Olea en 1992], yo fui a dar al sótano en calidad de caja archivada”.
Fuentes le “pagaba muy bien” por transcribir a la computadora sus manuscritos, y eso le permitió sumar ingresos. Fue su “mayor intento de acercamiento”, escribe. Pero a Cecilia el género que le gusta es el techno–thriller, autores como Michael Crichton, Robin Cook y Dan Brown. Lestat, el vampiro, de Ann Rice, le cambió la vida. “Soy totalmente dark, historias de terror, de suspenso, de ficción tecnológica. Esa es mi onda”.
Cecilia volvió a Televisa como coordinadora de producción de telenovelas hasta que su hermano, el productor Luis de Llano, perdió su trabajo, y ella también. “Traté de dedicarme a lo que más me gusta, dibujar, y así armé mi marca Dryink, imprimiendo mis diseños en libretas, mochilas, camisetas, cajitas, cojines”. Pero no pudo con los gastos y optó por terminar de escribir y publicar Mujer en papel.
“Yo fui una niña muy feliz”, recuerda, “todo el mundo piensa que yo estaba traumada, enojada, pero me divertía mucho. Estaba feliz de estar sola, sin hermanos, todo para mí”.
Su orientación sexual fue vivida inicialmente como “un drama” por su madre. Unos celos, dice, que solo sufrió con su primera novia. Con Fuentes no fue necesario abordar el tema. “A todas [mis novias] las trató muy bien, no hubo problema. Nunca se platicó ni se calló, simplemente ahí estaban. No creo que le importara en lo más mínimo. Paty —Patricia Benítez—, con quien llevo 30 años, y yo fuimos a Londres [a visitarlo] cuatro veces”.
Cecilia narra en Mujer en papel que, cuando era adolescente, su madre le pidió a Lemus que la llevara con un ginecólogo para averiguar por qué no crecía más. “El médico dijo que simplemente era bajita y que se resignaran”. Cuando se dio cuenta de que no iba a ser esbelta, agrega, llegó a proponerle que le quitaran un par de costillas para reducir su cintura. La actriz solía decirle que esperaba que hubiera nacido hombre, incluso la llamaban Boris, y desde pequeña le gustaba vestir ropa de niño.
“Desde que nací me trataron como niño, y yo siempre pensé que lo era. Mi abuelita —doña Bertha, la madre de Fuentes— era quien me vestia de niña para las navidades, cumpleaños; yo me ponía el vestidito y enseguida el pantalón. Para mí, yo era niño, sigo pensándolo. Le digo a Silvia [Lemus] y a Paty: ‘Oigan, ¿no me puedo cambiar el nombre a Max y modificar mis papeles legales?’. ‘Estás loca’, dicen. Pero, ¿qué tal si soy trans, y yo quiero ser hombre y no me dan chance, ahora que es tan fácil? Mientras, seguiré siendo yo”.
Cuenta Cecilia que durante años, después de que sus intentos por acercarse a Fuentes resultaron inútiles, optó por quedarse callada. “Me dije: ¿sabes qué?, no existo, me quedo en mi mundito. Y de repente, cuando murió, sentí una liberación inmensa, por supuesto que lo quería y lo extraño, y me da mucho coraje todo lo que no hablamos, pero fue como: ya puedo existir, porque él esperaba que llegara a un nivel donde no iba a llegar, donde veía que mis hermanos —Carlos, fallecido en 1999, y Natasha, hallada muerta en 2005— llegaban sin tener derecho a estar ahí, porque para mí no se merecían el trato de charola de oro y plata que les dieron”.
Lemus se ha referido a Cecilia como una “amiga especial”. Si llegan a tener algún desencuentro, explica la hija de Fuentes, lo dejan en manos de abogados. “Nosotras nos vamos a cenar o al cine, y no se toca el tema, luego se arregla y ya”, precisa. “Yo me quisiera llevar más y compartir más con ella, pero no se deja. Le digo: cómprate algo en Canadá, frente a un lago, yo te cuido de viejita, tú me cuidas, y nos vamos a un lugar bonito”.

• Cecilia Fuentes (recopilación y edición), Mujer en papel. Memorias inconclusas de Rita Macedo, México, Trilce, 3ª ed. revisada y aumentada, 2020, 388 p.
Silvia Isabel Gámez
Editora y periodista cultural freelance. Forma parte del Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura (Grecu).