“Creo que ya me quiero ir” me dije, cuando la gente empezó a bailar en la última fiesta ochentera a la que me invitaron. No me incomodaban las poses, los copetes, los calentadores, los leotardos o lo forzado de algunos cuarentones disfrazados por compromiso y no por convicción. Me refería más bien al ánimo de seguir haciendo fiestas retro-generacionales, por décadas y durante décadas (alguien reportaba que su primera fiesta ochentera fue a principios de los noventa). Una obsesión con el pasado reciente que, aunque juguetona, deja no con un sentimiento de diversión creativa sino con uno de parálisis, de reciclaje permanente. ¿Entonces por qué continua esta obesión retro en el mundo del pop? Hay varias respuestas posibles, digo, la nostalgia ni es nueva ni tampoco pasa de moda. La pregunta es más bien ¿por qué está tan enfocada en lo reciente y tan concentrada en el mundo del pop?
Se ha sugerido (ver artículo de Eric Harvey en The Atlantic) que es un problema de la Generación X que, a falta de intereses de otro tipo -políticos por ejemplo-, ha mantenido una insalubre fijación con sus primeros reproductores de CDs. Y, en su falta de identidades sólidas y localizadas, ha decidio solazarse compartiendo un mundo de memorias colectivas fabricadas por el primer gran boom mediático de cultura pop auténticamente global y de transmisión cuasi viral (por algo sobrevieron los grupos de heavy metal en Baghdad durante la guerra de Irak y hasta se veían como una forma de resistencia local frente a la guerra y la política). El filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard creía, más bien, que parodiar el pasado de forma “retro” era buscar referentes de memoria, pero distanciados valorativamente de nustro presente. Una forma de simulacro que hoy en día necesitamos hacer porque la realidad ya se extinguió bajo el modelo virtual de la hiper-realidad en la que vivimos. Ejem. Cientos de especialistas siguen debatiendo el significado preciso de estas ideas.
El crítico de música Simon Reynolds, en su libro Retromania: Pop Culture’s Addiction to Its Own Past, dice que es algo más sencillo, que puede entenderse como un derivado de los avances digitales que nos permiten acceder con un click a una vasta videoteca y fonoteca de la historia musical más reciente. Básicamente es culpa de google y de youtube. Pero, explica Reynolds, la retromanía no sólo ocurre ahora, ocurre todo el tiempo. Acá una paráfrasis del libro de Reynolds y un comentario de Eric Harvey
Estamos en un momento extendido de “hiperestasis” – y no es la primera vez. Reynolds rastrea la retromanía a finales de los años sesenta, mientras la escena de la moda británica, obsesionada con la fascinación ultramoderna del futuro (inspirada por la posibilidad de viajar por el espacio), se convirtió en una especia de “proto-retro”, y -también- con el auge de el interés que mostró la psicodelia británica con imagenes de un pasado pastoralista. Sin embargo, hay otra perspectiva, una más amplia, que entiende la nostalgia cultural como un componente necesario de la vida moderna. El antropólogo Greg Urban, en su libro “Metaculture: How Culture Moves Through The World” (2001), argumenta que las sociedades se modernizan cuando los seres humanos comienzan a hacer juicios sobre la cultura que los rodea, en lugar de transmitirla a las generaciones que siguen en la forma de tradiciones o mitos. Comenzamos a preguntarnos: ¿A qué me recuerda ésto? ¿A partir de que cosas del pasado está construyendo (o plagiando) esta otra cosa? ¿Qué puedo aprender de ello y cómo incorporarlo a mi propio trabajo?
En otras palabras, la perspectiva de Urban es que mirar hacia atrás es la única manera que tiene una sociedad para seguir avanzando. En un extremo del espectro, hay culturas que abierta e intensivamente reciclan el pasado – todo de lo que Reynolds se lamenta en Retromania. En el otro extremo, sin embargo, existe una sensibilidad mucho más inestable que quiere empujar hacia adelante, reaccionando de forma implícita a lo que ya ha sido – lo que Reynolds llama el “future-rush”. No obstante, detrás de este proceso yace la necesidad de conocer lo que escuchamos cuando lo escuchamos, y tener los instrumentos para separar el trigo (partes de la cultura Rave según Reynolds) de la paja (covers híbrido poperos mezclando Elton John con Notorious B.I.G.)
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Esto borda de cerca a una visión más antropológicamente mundana sobre la cultura retro: nuestra fascinación con lo que hace poco nos ha dejado no es algo que haya que temer, sino un producto previsible y hasta delectable de la vida moderna. Las sociedades siempre están parchando el pasado, pero sólo unos cuantos genios van a usar su tiempo y sus recursos para crear algo que parezca único. Si la historia es un indicador de algo, la gente va a exprimir suficiente de nuestros crecientes archivos digitales como para volvernos a sorprender. Los críticos así lo esperan ¿pero qué tal la gente común y corriente? El verdadero potencial revolucionario de YouTube (y de otras maneras de compartir archivos) es sólamente que nos ha otorgado muchos nuevos espacios en los que revolcarnos en el pasado.
A revolcarnos pues, ahora que hay lodo…
Penúltima línea;”que nos HA otorgado”, en vez de “que nos A otorgado”.
Cuando sepan de una fiesta en la Cd. De Mexico por favor inviten. Gracias