Retrato del artista penitente

La escritora argentina Mariana Enríquez declaró hace poco que Roberto Bolaño fue su García Márquez. Esa coordenada afectiva da pie a este breve ensayo sobre una relación personal, juvenil, con el escritor chileno y de paso con la postración de una enfermedad.


En un ensayo más confesional que personal, “Historia de mi hígado”, conté, entre otras indiscreciones, mi acercamiento a la lectura de Roberto Bolaño (1953-2003).

Acercamiento, quizá, es una palabra timorata; debí haber dicho devoción o superstición. Convaleciente de una hepatitis B, guardando cama no tanto por incapacidad sino por culpa, me consagré a leer a Bolaño con la obligada paciencia de los enfermos.

Apenas lograron distraerme las vueltas de mi madre o las llamadas telefónicas de mis amigos mientras leía Los detectives salvajes (1998). Quizá la última novela de educación sentimental en español, llena de jugosos chismes literarios con nombres y apellidos mejor conocidos por sus pseudónimos bolañescos: Arturo Belano, Ulises Lima, Juan García Madero, Angélica y María Font, Auxilio Lacouture, Piel Divina, Ernesto San Epifanio y, claro, la poeta Cesárea Tinajero, símbolo de la odisea “real visceralista” de aquellos personajes (vive rápido, muere joven, resucita como leyenda). Previsiblemente, las andanzas de Bolaño no sólo congregaban a sus amigos infrarrealistas de los años setenta, sino a los aspirantes a escritores que, como yo, frisábamos los veintitantos al iniciar el siglo XXI, deseosos de aventuras vitales o librescas —y, de ser posible, de ambas a la vez.

Ilustración: David Peón

Junto con El gaucho insufrible (2003, volumen póstumo de cuentos) y Amuleto (1998, breve spin-off de Los detectives…), aquella novela me hizo creer en la derrota y la pérdida como tropiezos ejemplares de la juventud. En palabras de Amadeo Salvatierra, compañero de ruta vanguardista de Tinajero, también yo “veía los esfuerzos y los sueños, todos confundidos en un mismo fracaso, y […] ese fracaso se llamaba alegría”.

El fracaso de ir contra todo.

La alegría de hacerlo sin mucha reflexión detrás.

Ya habría tiempo de fracasar a conciencia.

Quien no lo tuvo, irónicamente, fue el mismísimo Bolaño, muerto a los cincuenta, en espera de un trasplante de hígado. Apenas enterado de su condición gracias a un estrujante testimonio,1 fui de inmediato a encomendármele, a implorar su protección de colega en desgracia a fin de que bajasen las transaminasas y bilirrubinas.

La plegaria fue respondida casi seis años después, en 2009, cuando mis exámenes mostraron una curación total, y Bolaño (o, más bien, cada novedad editorial del chileno) mostraba sus heridas: una prosa atrabancada, tierna y ácida a la vez, tan sucia y directa que parece avergonzarse de sus lirismos. Una prosa contrarreloj, contra la muerte. Y entonces negué tres veces a Bolaño, antes de que apareciera algún otro de sus ya incontables inéditos.

Hace poco, la narradora argentina Mariana Enríquez declaró que, para ella, Bolaño fue su García Márquez. Para mí, sin embargo, se trata de un escritor afín a los márgenes del Boom: a la fiesta inventiva de Mario Levrero y Néstor Sánchez, al rumor como literatura en Manuel Puig y Jorge Ibargüengoitia, al nihilismo sarcástico de Julio Ramón Ribeyro.

En cualquier caso, Bolaño es un escritor de iniciaciones. Difícilmente volvería a él con el mismo arrebato juvenil. (Lo mismo me pasa con Paul Auster y Javier Marías, mentores del lector en ciernes que yo era e interlocutores desfasados para el hombre maduro que ahora soy.)

La labor, con todo, está hecha. Hacia el final de Los detectives salvajes, el poeta García Madero se pregunta obsesivamente: “¿Qué hay detrás de la ventana?” Algo digno de ver: la imagen de un mundo en extinción, el producto a la vez encantador y fatal de nuestras equívocas ilusiones.2

 

Hernán Bravo Varela
Poeta y ensayista


1 “Literatura + enfermedad = enfermedad”, incluido en El gaucho insufrible.

2 Una versión de este texto será publicada en el libro colectivo 266 microdosis de Bolaño, a editarse en Buenos Aires, Argentina, bajo el sello La Conjura.

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Publicado en: Registro personal