Un 15 de mayo de 2012 falleció uno de nuestros clásicos: Carlos Fuentes (1928-2012). Para recordarlo y actualizarlo, una lectura fresca y directa sobre la permanencia y validez de su obra hoy y en las nuevas generaciones. ¿Por qué seguirlo leyendo?
Sospecho que no le caía bien a Carlos Fuentes. Nos conocimos en una cena en casa de mis padres en 2011. Yo era un mozalbete arrogante y él era un viejo arrogante —aunque él, a diferencia de mí, era un genio, por lo que se había ganado el derecho— así que pronto empezamos a discutir sobre los méritos de Roberto Bolaño. Yo decía que era el novelista más importante del final del siglo XX. Fuentes respondía que era un escritor menor al que la industria cultural estadunidense había transformado en un éxito de ventas a fuerza de marketing.
—¡Pero no puede negar que 2666 es una obra maestra!— exclamé en algún punto.
—No sabría qué decirte —respondió Fuentes—. No la he leído.
Pedí que me excusaran y subí corriendo a mi habitación a buscar mi copia del libro de Bolaño. Regresé a la mesa y se lo regalé a Fuentes.
—Muchas gracias, Nicolás —me dijo con una sonrisa—. Te aseguro que no la voy a leer.
No toda la conversación fue tan escabrosa —recuerdo haber escuchado a Fuentes decir cosas elocuentes sobre Antígona— pero confieso que al acabar la noche me sentía decepcionado. ¿Acaso el gran escritor carecía de curiosidad intelectual? ¿No le interesaba averiguar por sí mismo si Bolaño era en efecto un novelista menor? Supongo, también, que me sentía avergonzado por mi insolencia. La respuesta de Fuentes me dolió porque en ella había disgusto. Me dije que ya habría otras oportunidades de causar una mejor impresión. No fue así: Fuentes murió al año siguiente. Nunca lo volví a ver.
En la década que ha transcurrido desde su muerte, el riposte de Fuentes ha comenzado a parecerme digno de respeto, casi de admiración. El señor se daba el lujo de decir lo que pensaba: a sus ochenta años había decidido releer a Sófocles en lugar de conocer a Bolaño, y no sentía la necesidad de mentir o disimular. Era estudiosamente cortés, pero no perdía el tiempo en hipocresías. Se sabía el autor de libros duraderos: no tenía nada que probarle a nadie. La amargura por la falta del Nobel que algunos le imputan no concuerda con mi recuerdo de Fuentes. Era consciente del valor de su obra. Y eso le bastaba.
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Hubo una época en la que muchos lectores de mi generación —aunque es posible que la primera persona plural no incluya a nadie más que a mí— considerábamos a Fuentes un escritor aburrido, anticuado, superado, incluso sobrevalorado. En nuestras mentes su obra, como la de su amigo/enemigo Paz, ocupaba un lugar parecido al de los murales de Rivera o el Huapango de Moncayo: el equivalente estético del cura Hidalgo. Era para nosotros menos un artista que un prócer. Y, como todos los próceres, nos daba hueva. Habíamos leído Aura en la preparatoria y quizás ojeado alguna de las novelas. Sabíamos que eran buenas —eso decían nuestros mayores— pero no nos emocionaban. Preferíamos, en fin, a Bolaño. La ironía, por supuesto, es que no conocíamos a Fuentes. Si alguien nos hubiera regalado una copia de Terra Nostra,muchos hubiéramos respondido —o al menos pensado— lo mismo que él: “Muchas gracias. Te aseguro que no la voy a leer”.
Pero el tiempo es amigo de la buena literatura. El paso de los años va limpiando la pátina de prejuicios e ideas recibidas que con frecuencia cubre a las obras de escritores celebrados en su tiempo. Poco a poco la figura del “autor” —no tanto el ser humano que escribe sino el personaje que inventamos a su alrededor— se va desdibujando hasta que sólo quedan los libros. ¿Qué importa ahora, por ejemplo, su apoyo a Echeverría? Esto nos permite acercarnos a sus novelas con nuevos ojos; leerlas como novelas, en lugar de como monumentos. Eso es lo que he intentado hacer en las últimas semanas. Y lo que he descubierto es que la confianza en sí mismo que Fuentes emanaba se justifica.

Es cierto que no todos sus libros son buenos. Algunos —Gringo viejo, por ejemplo— son mediocres. Pero nadie puede negar que Fuentes produjo al menos cuatro obras maestras: Aura, La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz y Terra Nostra. Eso es mucho más de lo que podemos decir de la inmensa mayoría de los escritores. Y con eso basta. Ahora que el autor ha muerto, tanto en el sentido de Barthes como en el literal; ahora que han quedado atrás los homenajes y las envidias; ahora que la ansiedad de la influencia comienza a disiparse, podemos decir las cosas como son: Fuentes era un gran escritor. Mi generación —o al menos uno de sus miembros, yo— se equivocaba: Fuentes no es aburrido ni anticuado, mucho menos superado o sobrevalorado. Es un colega de Faulkner: uno de los novelistas imprescindibles de su siglo.
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Quisiera recordar a Fuentes como se debe recordar a los escritores: leyéndolo. He escogido un pasaje que me parece contener en miniatura algunas de sus preocupaciones centrales: un fragmento del monólogo que cierra La región más transparente. Va la cita:
…y todas las voces cantan a la vez, se escuchan sobre los montes y en las alas del colibrí, en las garras del tigre y en la piedra labrada; cantan las barcas ensartadas como esmeraldas a la laguna, cantan los peldaños de piedra y las cabelleras de aceite que no venimos a vivir, que venimos a dormir, que venimos a soñar, cantan todas las voces a un tiempo pero un águila les comió la lengua, y la piedra se ennegreció de fuego, y sonaron las cornetas y gritos y silbos y se levantaron los penachos y divisas de oro por última vez sobre la ciudad, muerte de falo erecto, muerte de alarido mudo, y entonces fue el tiempo de la viruela y de la pestilencia, y de arrancar el oro a las sepulturas, y el tiempo de huir al monte y buscar el signo silvestre y el tiempo de bajar a la mina y ponerse el hierro en los labios mientras otros vestían el jubón y el sayo y la chupa y eran otros los que andaban pobres y descalzos y conversaban mansamente: he aquí que la medalla se vuelca y el troquel es de arrieros y cachopines, clérigos y pleitantes, y festones y frisos de oro estriados: he aquí el emporio de Cambray y Scita, Macón y Java, y el emporio de relaciones y plegarias, romerías y sermones, regocijos, bizarrías, jaeces, escarches, bordaduras, fiscales, relatores, ediles, canciller (resguardo inútil para el hado), alcahuete de haraganes, el que tiraba la jábega en Sanlúcar y un cucurucho negro: simulador confidente, relapso, dogmatista y luego, la empresa eternamente memorable…
¿Quién habla aquí? No queda claro. La región es una novela polifónica, pero a diferencia de otros monólogos que aparecen a lo largo de la obra, este último carece de atribución. ¿Será que habla la Ciudad de México, protagonista verdadera del libro? No lo creo: si bien parte del capítulo consiste en una larga lista de personajes citadinos —“tú que enciendes los petardos, tú que vendes los billetes y las aguas frescas, tú que voceas los periódicos y duermes en el suelo”— el resto del monólogo es un recuento alucinado del pasado de México, incluyendo episodios que no ocurrieron en la ciudad, como el fusilamiento de Maximiliano.
¿Habla entonces la Historia? Tal vez. Pero el monólogo concluye con un collage de diálogos inconexos que parecen más bien contemporáneos, y si bien es cierto que el presente se vuelve parte de la historia en el momento que deja de ser, el pasaje parece escenificar un colapso del tiempo en el que diversos pasados y presentes —y tal vez futuros— se vuelven sincrónicos. Mientras que la historia, incluso aquella que se ocupa de eventos recientes, es siempre retrospectiva, el monólogo de Fuentes no cabe en una temporalidad estable: es imposible decir cuándo —en qué momento histórico— ocurre la enunciación de su discurso.
No: quien habla aquí es el lenguaje, la lengua misma. Nótese la riqueza semántica, la profusión de sustantivos evocadores: “relaciones y plegarias, romerías y sermones, regocijos, bizarrías, jaeces, escarches, bordaduras, fiscales, relatores, ediles”. Cada una de estas palabras conjura una imagen, una narración en miniatura. Pasan fugazmente frente a nuestros ojos, como en el montaje de una película, apareciendo y desapareciendo en un instante, disolviéndose en la palabra que sigue. La dificultad del pasaje —Fuentes, en sus mejores momentos, demanda mucho de sus lectores— radica en que resulta casi imposible seguir con la imaginación el ritmo vertiginoso de la prosa: las comas que separan a los sustantivos apenas nos dan tiempo de visualizar las escenas que cada palabra evoca antes de que nos enfrentemos a otro término, a otra imagen. El resultado es una sensación de vértigo, de súbito. Pronto entendemos que la única forma de acercarnos al pasaje es dejarnos llevar sin resistencia, arrastrados por el torrente lingüístico, suspendiendo nuestras expectativas de comprender todo lo que leemos.
La lengua, Fuentes parece sugerir, excede al hablante o al lector. Es una fuerza primigenia, imparable y ciega, como un huracán o un incendio forestal. No nos pertenece: le pertenecemos; no la hablamos: habla a través de nosotros. La frase “todas las voces cantan a la vez” resume el proyecto de La región y quizá de toda la obra de Fuentes: no se trata de cultivar una voz singular, única, sino de inventar una voz que pueda contener a todas las voces. Quienes consideran que La región es antes que nada una “novela social” se equivocan: el tema fundamental del libro es la profusión del lenguaje, su diversidad contradictoria. Las relaciones sociales del México posrevolucionario son la ocasión, la excusa de la novela, no su asunto principal. De ahí que muchas de las imágenes del pasaje citado pertenecen a la categoría que los críticos de habla inglesa llaman mixed metaphors: metáforas que atentan contra la lógica. Que “las voces” se escuchen “sobre los montes" tiene sentido, pero ¿cómo pueden escucharse “en las alas del colibrí, en las garras del tigre y en la piedra labrada”? La respuesta es que no pueden. La prosa de Fuentes emancipa a las palabras de las leyes que rigen a la realidad.
En el fondo de todo esto hay una concepción del lenguaje como un sistema autónomo, autosuficiente. Las palabras, para Fuentes, son más que nombres para las cosas del mundo: ellas mismas son el mundo. Dicho de otro modo: más que una herramienta de comunicación entre seres humanos, las palabras son la humanidad misma. Somos seres hechos de lenguaje. Es por esto que la Conquista, en el pasaje que nos ocupa, es antes que nada el fin de las palabras: “pero un águila les comió la lengua […] y entonces fue el tiempo de la viruela y de la pestilencia”. La pérdida de la voz, de la palabra —la pérdida de la lengua, menos el músculo entre las mandíbulas que el idioma que con ella hablamos— es una sinécdoque para la pérdida de toda una cultura, de toda una forma de ser humanos.
El corolario de esta lectura de la Conquista como una destrucción del lenguaje es que el proyecto de Fuentes, en tanto renovación y celebración de la lengua, constituye un intento de enriquecer, de reinventar nuestra cultura. Se trata de una empresa ambiciosa, tanto así que acometerla requería de una enorme confianza en las propias capacidades, incluso una cierta arrogancia. Lo que redime a Fuentes, lo que lo justifica, es que su empresa tuvo éxito: después de él, la literatura mexicana —la lengua mexicana— ya no fue la misma.
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Vuelvo a mi desencuentro con el viejo novelista. ¿Qué habría pensado de 2666 de haberla leído? No lo sé, ni puedo saberlo, pero me gusta pensar que la habría disfrutado. Bolaño, después de todo, era otro escritor interesado en la profusión y diversidad del lenguaje; aunque quizás este interés sea menos evidente en su magnum opus que en Los detectives salvajes, esa otra novela polifónica sobre la Ciudad de México.
¿Y qué pensaba Bolaño de Fuentes? O, para ser más preciso: ¿cuánto de la estructura fragmentaria y coral de Los detectives proviene de una lectura de La región? En una de sus columnas en El País, Juan Villoro cuenta que una vez su amigo Bolaño le dijo por teléfono que había tenido un sueño en el que “Carlos Fuentes contaba chistes divertidos”. La broma, por supuesto, es que Fuentes —al menos el Fuentes que creo conocer a través de sus libros y mis recuerdos borrosos de una conversación sucedida hace diez años— no era precisamente el tipo de persona que se pone a contar chistes.
Pero Freud dice con razón que los sueños siempre escenifican el cumplimento de un deseo. Bolaño, me atrevo a especular, habría estado encantado de emborracharse con Fuentes y reírse con él. No tengo dudas de que lo leyó. Sospecho, incluso, que aprendió de él. Mi generación —o quizá sólo yo— debería de hacer lo mismo.
Nicolás Medina Mora
Ensayista y editor