Un nuevo género informativo y emergente, el “artivismo” explora un preocupante rasgo de nuestra era tecnológica: el “simulacro”. A expensas de hundirse en la paranoia y en las teorías conspirativas, esta variante del cine documental hace señalamientos, como la “posverdad” o la “obsolescencia programada”, que se han convertido en evidencia flagrante, sobre todo con la presidencia de Trump. ¿Una cortina de falsedades se cierne realmente sobre los escenarios globales de la política, la economía y la cultura del nuevo siglo?

El simulacro nunca es lo que esconde la verdad
—es la verdad que esconde que no hay verdad.
El simulacro es verdad.
—Eclesiastés.1
Dentro de la cinematografía mundial, el género documental ha conocido un alza considerable en cuanto a su producción y a la constitución de un público cada vez más amplio y ávido. Solo en México se realizan aproximadamente 600 documentales por año desde 2010.2 Muchos factores han propiciado este cambio: el rigor en el trabajo investigativo de los cineastas, la entrada del periodismo al campo de acción audiovisual y el desarrollo tecnológico de los equipos cinematográficos. Así pues, el cine documentalista ha conseguido entrar en dominios muy diversos a pesar del alto coste que implica la realización de una película. De hecho, casi podría afirmarse que existe, por lo menos, un documental para cada tema; en nuestros días, se recomiendan documentales como antes solía recomendarse bibliografía sobre cualquier asunto específico de interés.
Sin embargo, muy poco se habla de los llamados documentales antisistema, los cuales, si bien no gozan de una categoría genérica particular —de acuerdo con la manía de las nomenclaturas y la taxonomía cultural—, podrían ubicarse dentro del cine documental pop o el artivismo (curiosa mezcla entre “activismo” y “arte”), ese difuso género instaurado por cadenas como Vice en USA y Latinoamérica, Arteen Francia o la BBCen el Reino Unido. Con un estilo muy singular, en estas realizaciones dominan imágenes de archivo (a veces, clasificados), narradores con voz en off intimidante o irónica, y una banda sonora que inspira el suspense y el temor. También abundan las secuencias inéditas o poco conocidas de sucesos reveladores en la vida de personajes importantes de la política internacional. Asimismo, se recuerdan y analizan acontecimientos históricos lamentables en un entramado de entrevistas, secuencias de animación e imágenes alusivas.
“Hiperrealidad” y relatos del simulacro
La premisa de este género documental es tan impresionante como sencilla: vivimos en un sistema económico, político y social conformado por reglas que obedecen al orden del simulacro, del imaginario y de la ficción. Dichos principios dominantes son orquestados por los medios de comunicación, que promueven una representación de la realidad dictada por intereses privados. En consecuencia, los individuos responden dócilmente a estos estímulos y se comprometen con estas simulaciones de manera inconsciente y sin comprender bien lo que hacen. Hasta aquí no hay nada realmente impresionante. La idea ha sido desarrollada detalladamente por el filósofo francés Jean Baudrillard (1929-2007) con el concepto de “hiperrealidad”, particularmente en el ensayo Cultura y simulacro (1978) y el libro Simulacros y simulación (1981). Según él, hay varias situaciones que hacen posible un estado de la mente en el cual no se distingue entre realidad y fantasía, particularmente cuando se vive en las sociedades tecnocráticas y las culturas postmodernas evolucionadas de Occidente. Para ilustrar su noción, Baudrillard parte de un conocido microrrelato de Borges llamado “El rigor de la ciencia”, en el cual se habla de un antiguo imperio donde “el Arte de la cartografía logró tal perfección [que] levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él”.
Hoy en día, afirma Baudrillard, la representación ya no sigue el mismo procedimiento que en el cuento de Borges; el mapa no representa fielmente al territorio del imperio, sino que el territorio responde a los principios del mapa. En otras palabras, nuestras simulaciones ya no emulan a la realidad, más bien nuestra realidad se basa en la ficción e imita sus principios. Esta desequilibrada interpretación de lo real es lo que se conoce como “hiperrealidad”. En términos de Baudrillard, se “experimenta la realidad a través de la ayuda de otro”3 y en sociedades prototípicas como lo son la norteamericana o la francesa, el consumismo es ese “otro” que permite la simulación de la alegría y la satisfacción, pues la simulación ha sustituido a la vivencia real de estos sentimientos. Un fenómeno social como el Selfie es bastante significativo al respecto.

El concepto del filósofo francés es explicado ejemplarmente al inicio de la película Zeitgeist: moving forward (2011), la tercera y mejor lograda película de la trilogía Zeitgeist, dirigida por el norteamericano Peter Joseph. El narrador cuenta que, al inicio de un verano, su abuela le hizo un regalo invaluable durante su adolescencia; le regaló un Monopoly y lo motivó para que aprendiera a jugar. El joven perdía todas las partidas contra su abuela, que acumulaba pacientemente el dinero, invertía en terrenos bien ubicados, luego construía hoteles de lujo y al final se quedaba con todas las propiedades del tablero a base de rentas abusivas. Entonces, el joven comenzó a aplicar la misma estrategia usurera de forma meticulosa y despiadada, de tal suerte que al terminar el verano ganó todas las partidas. En ese momento, su abuela le transmitió una última enseñanza:
—Ahora todo eso vuelve a la caja. Todas esas casas, esos hoteles y ese dinero maravilloso —le dijo—. Nada de eso era realmente tuyo y te entusiasmaste demasiado. Todo eso ya estaba mucho antes de que te sentaras a jugar, y seguirá allí cuando tú ya no estés. No olvides que los jugadores van y vienen— concluyó.
Como en el Monopoly, los objetos materiales y todo lo que llamamos “propiedades” probablemente sigan acá cuando nosotros ya no estemos. Por ende, atribuirse el derecho sobre dichas cosas es un impulso ingenuo del deseo, y sobre todo un exceso de fe en el juego de la economía, que no puede subsistir sin la carencia, la deuda y la pobreza.
Este mismo exceso de confianza, esta misma fe ciega en el simulacro, se encuentra en la anécdota central de The Venus Project: (1994), documental emblemático del cine antisistema. Durante la Gran depresión en Estados Unidos, el ingeniero, diseñador e inventor norteamericano Jacque Fresco (1916-2017) se percató de un hecho absurdo: no había una escasez real. Los recursos materiales y alimenticios no hacían falta, las fábricas y sus componentes seguían allí, en el mismo lugar de siempre. El problema de fondo era otro: la carencia económica, la devaluación de las acciones, la especulación financiera, el motor del sistema económico. Lo que escaseaba —para cierta parte de la población— eran los billetes. A partir de ese momento, Fresco montó un laboratorio en su casa, lugar donde consagraría todos sus esfuerzos y 70 años de su vida a la constitución de un proyecto arquitectural, tecnológico y organizacional completamente nuevo: “el proyecto venus”. Para solucionar los problemas tradicionales de la humanidad, la guerra y la hambruna, Fresco propuso romper las nociones obsoletas de dinero y nación. Su idea consiste en un diseño holístico del sistema que toma en cuenta las condiciones ecológicas y productivas del planeta en conjunto con los alcances tecnológicos del ser humano para hacer de los recursos el verdadero patrimonio de nuestra especie y distribuirlos libremente en cualquier lugar habitado. Es decir, lograr una transición del sistema monetario al sistema económico basado en los recursos.
Así pues, su crítica se basa en el mal uso de las capacidades científicas en las últimas décadas, las cuales han sido desplazadas a un mero papel subsidiario al beneficio de las corporaciones y los gobiernos. En sus propias palabras:
La sociedad entera estructurada por el dinero y orientada al materialismo es una sociedad falsa (…) que pasará a la historia como la sociedad de más bajo desarrollo del ser humano. Tenemos las mentes, el conocimiento, la tecnología y la viabilidad para construir una civilización completamente nueva.4
“Solo quejarse sin proponer una alternativa no ofrece nada”. Jacque Fresco
Desde luego, la consolidación del proyecto requiere un cambio cultural radical y una solidaridad internacionalque parece imposible poner en práctica. Por esto, el propósito de Fresco ha sido tachado de idealista y utopista. No obstante, no se trata necesariamente de una propuesta utópica en donde todo el mundo vive en armonía y se ama, sino más bien una propuesta de diseño que se adapta a las necesidades del planeta y de la población que promueve la diversidad y no la uniformidad de las personas, y la actividad con fines de autosuperación personal y no monetaria. “La medida del éxito en este sistema —afirma Fresco— es el cumplimiento de los intereses de cada persona y no el acumulamiento de riquezas, propiedades o el ejercicio del poder”. Pese a los reproches al Proyecto Venus, la sensatez de su crítica y el ingenio de su propuesta resultan evidentes. El ser humano tiene las posibilidades materiales y tecnológicas para evolucionar pero los intereses de una minoría han impuesto una sociedad del “comprar, tirar, comprar” en lo que hoy día se conoce como “obsolescencia programada”, nombre de otra de las inevitables producciones del cine documental artivista. En Obsolescencia programada (2008) se vuelve sobre el problema fundamental que implica el consumo desmesurado, la subutilización de las capacidades humanas y los daños colaterales al medio ambiente.
En 2009, Marco, un ciudadano catalán como cualquier otro, tiene un problema inusual con su impresora. En la pantalla de su computadora, un anuncio le recomienda ir con el servicio técnico del fabricante. No obstante, en todos los puntos de atención le dicen lo mismo: la reparación es más cara que la compra de una nueva impresora. Al parecer, Marco debe tirar su vieja impresora aunque en su opinión todavía se encuentra en buenas condiciones. Su desconfianza lo lleva a investigar, desarmar el aparato y a contactar a personas que resolvieron el mismo problema en otros lugares del mundo. Así descubre un oscuro secreto que muchos sospechan pero pocos acusan: el 95% de artículos del mercado están hechos para fallar cuando “el ciclo de vida del producto”, decidido de antemano por las cabezas financieras en acuerdo con los diseñadores o ingenieros fabricantes y amparados por un marco jurídico legal, haya culminado. La tecnología y los avances científicos son suficientes para vender focos de luz que no se dañen nunca, pero en ese caso la economía de consumo no puede funcionar, así que la respuesta es simple: las compañías de focos diseñan productos que duren menos y permitan así el “crecimiento” de su economía.
Serge Latouche, filósofo y economista, explica su interesante concepto de “Descrecimiento”.
De nuevo, se muestra la necesidad de la carencia. Solo hay crecimiento cuando los recursos faltan o no funcionan y este orden social hace que la mayoría de los empleos cumplan funciones inútiles, puesto que, en el fondo, la tarea de los individuos en una sociedad de consumo es comprar y comprar. Por extraño que parezca, gran parte de lo que conocemos como “empleos” pertenece al orden de la simulación, de lo hiperreal. Así sucede, por ejemplo, con la prototípica función del chofer de camión que consume litros de gasolina para transportar productos del lugar donde los fabrican a otro donde los etiquetan y retocan, para luego regresarlos al mismo sitio donde tendrá lugar su venta. Así podrá cobrar un salario cada mes y tendrá acceso a esos mismos productos.
La mayor gravedad del asunto, advierte Cósima Dannoritzer, directora de Obsolescencia programada, es el impacto sobre el medio ambiente. Si vivimos en una sociedad del “comprar, tirar, comprar”, ¿Entonces a dónde van a parar todos los productos “inservibles”? La respuesta es tan sencilla como escalofriante: A “países del tercer mundo” como Ghana, que los reciben como supuesta “mercancía de segunda mano”, pues las corporaciones se cuidan de no vulnerar un tratado internacional que prohíbe enviar residuos electrónicos a otros estados. Como la mayoría de países no tiene la posibilidad de reparar el 80% de estos productos, muchos de los cuales ya no tienen reparación, deben vaciarlos en sus vertederos. A pesar de esas dificultades, países como Ghana, Senegal e India esgrimen una gran cultura de la reparación de objetos. Allí, tirar las cosas solo porque están descompuestas es visto como una tontería, y quizás sí lo es.

Ghana es uno de los países más afectados por la mal llamada exportación de artículos de segunda mano, proveniente de productores de vanguardia como Estados Unidos, Dinamarca y Alemania.
Hypernormalisation: la investigación detrás del telón de fondo
¿Qué sucede entonces cuando los principios de la ficción no solo transforman lo real sino que lo gobiernan? Es la pregunta de base del documental más riguroso y actual del cine antisistema: Hypernormalisation: Welcome to the post-truth world(2016). Fruto de un sesudo trabajo de investigación de casi 40 años, el inglés Adam Curtis, comunicador formado en la BBC, trata de encontrar el origen y el proceso histórico de fenómenos como la creciente importancia de Donald Trump —el documental salió al aire cuando aún faltaba más de un mes para las elecciones norteamericanas—, el Brexit, la crisis humanitaria en Siria y la extraordinaria trayectoria y aceptación de Vladimir Putin en Rusia.
Como en el cuento de Borges, donde el mapa del Imperio amenaza con cubrirlo todo y reemplazarlo, Curtis muestra cómo la posverdad, llamada también “mentira emotiva”, crea situaciones en donde los hechos objetivos y concretos tienen menos peso que la influencia emocional y la desinformación, que a fin de cuentas decide el curso de la democracia y las relaciones internacionales de los países que protagonizan los conflictos más dañinos del mundo.
La noción de “Hipernormalización”, que inspiró la película de Curtis, se encuentra en el libro de Alexei Yurchak, Todo fue para siempre hasta que ya no fue: la última generación soviética. En este texto, escrito en 2006, hay un examen de la sociedad soviética que vivió los años del “socialismo tardío”. Según Yurchak, para nadie era un secreto, a partir de 1965, que la Revolución no había funcionado y se iba a desplomar muy pronto. A pesar de ser conscientes de ello, no había ningún otro proyecto político o ideológico en el panorama y la única respuesta de la gente era actuar como si nada extraño estuviera sucediendo y continuar con sus labores, por inútiles que estas fueran.

Hypernormalisation fue emitido por la BBC el 16 de octubre de 2016 y se encuentra disponible en YouTube.
Hypernormalisation realiza una genealogía de nuestros sistemas de valores y creencias (ética y teológía) bajo una explicación simple y básica —siguiendo la conocida fórmula de Albert Einstein “No entiendes realmente algo a menos de que seas capaz de explicárselo a tu abuela”– de la fundación del capitalismo contemporáneo. Uno de los detalles interesantes del documental es intrínseco a su realización: para Curtis vale lo mismo un plano largo de Andrei Tarkovsky o Stanley Kubrick que una secuencia de CNN o una muestra de los archivos de la KGB, pues de cualquier manera los soportes vehiculan un registro ficticio a pesar del marco de credibilidad que los envuelva. Por otro lado, no se pretende una verdad 100% exacta en la medida en que una película documental es un dispositivo cinematográfico que ya implica un discurso específico con un lenguaje y unos signos particulares editados y dispuestos bajo un criterio que, por más que pretenda neutralidad, siempre resulta arbitrario.
Una de las anécdotas llamativas del documental narra cómo en 1975 el gobierno de la ciudad de Nueva York, al borde de la quiebra (¡una vez más!), aceptó rebajar más de 160 millones de dólares en impuestos a Donald Trump para que este comenzara a invertir en bienes raíces y mandara construir hoteles de lujo y pequeños casinos para impulsar la especulación inmobiliaria que transformaría la ciudad en la “capital del mundo”, un lugar exclusivo para millonarios y VIP. En 2001, justo el día de los atentados del 11 de septiembre, un grupo de empleados del famoso banco Goldman Sachs sucumbiría a esa misma insaciable especulación inmobiliaria. El documental Goldman Sachs: la banque qui dirige le monde (2008) (“Goldman Sachs: elbanco que dirige el mundo”) recoge el testimonio de Nomi Prins, manager de la dirección del banco, quien cuenta que ese día se encontraba en el cuarto piso de la compañía, a escasos 500 metros de una de las Torres. La conmoción del momento fue detenida por el director del piso, quien ordenó a sus corredores de bolsa que siguieran especulando porque su instinto le decía que en ese momento había mucho dinero que hacer. Esta actitud hizo reaccionar a Nomi y pocas semanas después presentó su renuncia definitiva. La radicalidad de estas anécdotas señala la impresionante capacidad de la hiperrealidad para sustituir y desbancar otras realidades, dejando a los individuos sumidos en un egocentrismo alienante. De hecho, el principio del Ego y su impulso narcisista tuvo un rol fundamental en la creación de los algoritmos, el pan de cada día en el mundo digital de las redes sociales y el internet.
En los años sesenta, los ingenieros soñaban con crear un computador basado en la inteligencia artificial que pudiera reproducir la forma de pensar del ser humano. Tras varios intentos fallidos, un psicólogo llamado Joseph Weizenbaum inventó un programa llamado “Eliza” para hacer una parodia de todos los experimentos frustrados. El programa, que se pretendía una terapia psicológica computacional, estaba basado en el método de Carl Rogers que consistía en la repetición de todo lo que acababa de decir el paciente como fórmula de reflexión y conversación. Eso fue lo que hizo exactamente el computador cuando las personas se sentaron a teclear cómo se sentían en su pantalla: “Elyza” les respondía lo mismo pero con diferentes palabras y a menudo en forma de pregunta. El efecto de esta “terapia computacional” fue completamente exitoso. Las personas se sentaban durante horas a contarle sus problemas al computador, a sabiendas de que no entendía ni una sola palabra. De esa manera, Weizenbaum mejoró el programa para que comenzara a calcular las reacciones de sus “pacientes” y pudiera predecir lo que les gustaría oír en el futuro. Esa concentración en el Ego de las personas producía un efecto calmante y tranquilizador en ellas, pues exacerbaba su individualismo y aumentaba su autoestima: “Si te gustó esto, te va a encantar esto otro”. Ese fue el principio de lo que hoy conocemos como algoritmo y no impresiona advertir cómo es una de las formas más palpables y efectivas de la hiperrealidad en nuestra sociedad.

Al escrutar ese sistema que, de lejos parece tan complejo, al tallar las capas absurdas e ininteligibles de los discursos de propaganda política y económica, se descubre una decepcionante y ridícula realidad: todos esos hombres de corbata y medallas en el pecho que dictan las leyes no tienen más mérito que un jugador de póker que disimula muy bien sus intereses y se ha puesto de acuerdo con el croupier para ganar la partida. Al final, como lo muestra Hypernormalisation, la política no puede ser la salida porque lo económico impera sobre lo político y el Brexit, así como la elección de Donald Trump, encarnan esa terrible situación.
Cine antisistema: ¿Otra teoría de la conspiración? ¿Un discurso que usa el mismo medio que critica?
Desde luego, la película de Curtis, así como el resto del cine antisistema corren el riesgo de verse desacreditados al ser asociados con la Teoría de la conspiración. Hypernormalisation supera esos obstáculos por su rigor investigativo (que no es omnisciente, pero sí muy crítico) y la manera contundente en que expone sus argumentos y le da forma a su narración. El aval de una cadena como la BBC, Arte o Discoveryno es, ni mucho menos, un signo de absoluta certeza. El mejor garante, sin embargo, es el efecto de reflexión y autocrítica que no abandona al espectador cuando mira una de estas producciones y lo lleva a cuestionarse a pesar de los reproches y matices que puedan suscitar.
Asimismo, hay otro reproche que suele hacerse a este tipo de producciones, y es que reprueban el uso de ciertas tecnologías por considerarlas nocivas para la salud mental y el medio ambiente, pero a su vez necesitan de dichos soportes para la difusión de sus ideas críticas. En este caso, la objeción entra en la misma dialéctica de la relación realidad-simulacro que preconizó Baudrillard: en un mundo en el que los simulacros de la tecnología construyen, modifican e imponen la realidad, la única salvación es la conciencia crítica, el hecho de saberse adentro de esa maquinaria de manipulación tecnológica y, de esa manera, poder cuestionar las versiones de lo real que proponen los discursos dominantes u oficiales.
En la emblemática entrevista realizada en 1962 a Alfred Hitchcock y François Truffaut en Los Ángeles, el maestro del suspenso arriesga una predicción sobre el cine: “Quizás en el año 3000 o algo así, la gente va a ser entretenida —si es que el entretenimiento sigue siendo necesario— yendo a un gran auditorio y siendo hipnotizados en masa, pero en lugar de identificarse con un actor en la pantalla, ellos son ese personaje, y cuando compran su entrada eligen qué personaje quieren ser y bajo ese hipnotismo, el hipnotismo en masa, atraviesan la historia (…)”.5 ¿Qué pasaría si ya viviéramos en ese mundo de hipnosis colectiva que soñó Hitchcock pero aún no nos damos cuenta?
Camilo Rodríguez
Escritor y consejero editorial en Éditions Maison des Langues.
1 Tomado de Jean Baudrillard, Simulacros y simulación, 1981. Disponible en línea en: http://bit.ly/2yxluyp
3 « Nous vivons la réalité par l’intermédiaire de l’aide d’autrui », en Jean Baudrillard, Simulacres et simulation, disponible en francés en : http://bit.ly/2Acn9WG
4 “The entire money and materialistic oriented it’s a false society (…) our society pass to the history as the lowest developed of man. We have the brains, the knowledge, the technology and the viability to build an entirely new civilization.”, disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=RJT6nDOe4QA
5 “I see the possibility, maybe in the year 3000 or something, the people going to be entertaining – if entertainment still needed then– and they’re going to a big dark auditorium, and they’re mass hypnotized and, but instead of identify themselves with somebody on the screen, they are that person, and when they buy their ticket they choose witch character they want to be (…)”, entrevista disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=8Q3eiGJBHPw