En una conferencia a propósito de los 90 años de su natalicio, Octavio Paz lamentaba que en Jaime Torres Bodet se hubiera impuesto el hombre público al escritor. Deploraba que el mandarín opacara al “poeta lúcido”, así como al “fluido” y “elegante” ensayista y crítico literario. El hombre de Estado, el creador de instituciones y el funcionario internacional era tan inmenso que terminaba por engullir el talento de alguien que, por sus facultades y por el decurso de su propia vida, había tenido todo para tomar la alternativa y convertirse en un escritor mayor. Me pregunto si, a cien años de su nacimiento, éste destino no ha sido el del otro Jaime de nuestro siglo XX mexicano: Jaime García Terrés.
Nacido el 15 de mayo de 1924 en la Ciudad de México, García Terrés ocupó tantos cargos como son posibles en una vida. Durante las décadas de los cuarenta y parte de los cincuenta, ejerció posiciones medianas y menores en el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) que lo formaron para dirigir una pléyade de instituciones fundamentales para el Estado cultural mexicano. La primera de ellas fue el propio INBA, del cual fue director interino ¡con apenas 24 años! De ahí en adelante, la lista no hizo más que multiplicarse: condujo el departamento de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, la Biblioteca Archivo de la Secretaría de Relaciones Exteriores, el Fondo de Cultura Económica (incluida la más célebre de sus publicaciones, La Gaceta del Fondo) y la Biblioteca de México (incluida su revista homónima).
Desempeñó, además, todo lo anterior con creatividad y talento inigualables. Fue, como lo observó Luis Ignacio Helguera, “uno de los últimos representantes de la estirpe aristocrática el hombre de letras completo, del intelectual cortesano, del animal literario que también es animal político”.1 Ciertamente, repasando los obituarios aparecidos semanas atrás por su centenario, no hay quien regatee las credenciales de García Terrés como hombre público. Sin embargo, me pregunto si ocurre lo mismo con el escritor. O todavía mejor dicho: ¿qué ha sucedido con el poeta —que eso es lo que quiso ser, en última instancia, Jaime García Terrés?
Pesa decirlo así, porque hoy nadie lo recuerda por ello: el poeta ha sido opacado por el patricio porfiriano. Un poeta que, como parece prefigurar él mismo:
Con su primicia literaria
suscitó
los modestos encomios de la crítica,
que sin embargo no se repitieron
al acrecentar su producción visible.
Después de muchos años y libros falleció
esperando la gloria.
Lo recuerdan
puntuales sus catorce descendientes
y las bibliografías.2
Precoz como lo fue, García Terrés presumió de sus poderes literarios desde temprano. Escribió poesía desde los tiernos veinte y, ya para 1953, publicó su primer libro de poemas: El hermano menor. Estos primeros versos —arguye José María Espinasa— delatan una “voluntad de forma” que sólo posteriormente conquistará la naturalidad. Con todo, el amor, la trascendencia, la cotidianidad y, especialmente, la naturaleza misma del quehacer poético: todos éstos son muchos de los temas que depurará más adelante el poeta de madurez. Pues García Terrés desea ante todo:
Hablar. Hablar para decirlo todo.
Que nada permanezca en el tintero.
Quiero servir de loco pregonero
a cuanto vive o muere de algún modo.3
Y ciertamente García Terrés no podía acallar este impulso. Había en él una sensibilidad y una expresión capaces de desplegar frente a nuestros ojos “masas poéticas cortadas a cuchillo”, “puntos de valor absoluto y contundente” y “una trayectoria vital apenas aprisionada en la red del lenguaje”.4 No es poco. Recordemos: el poeta aún era núbil y, por algunos instantes, se manifestaba pastoso. Pero eso, no obstante, poco importa. Ahí “donde el papel se puebla de temerosas letras invasoras” es el espacio en el que “la vida asoma”.5 Es el único lugar donde el burgués comme il faut que es García Terrés convive con el aventurero que sólo encuentra sosiego en la página en blanco.

¿Cómo sería de otra forma? Si, desde temprano, el escritor impuso su magisterio al abogado: así, por ejemplo, el joven García Terrés obtenía su título universitario merced a una tesis sobre la responsabilidad del escritor y sus límites jurídicos en el Estado. El trabajo, que se publicó más tarde como un breve opúsculo, es naturalmente pomposo, todavía fruto de un ímpetu desbordado y que apenas está en búsqueda de un lenguaje propio. Y, si el ahínco de juventud empaña la prosa ágil y fluida que vendrá más tarde, es grato ver ya el origen de algunas ideas que acompañarán a García Terrés en sus artículos periodísticos de los años venideros.
La naturaleza bicéfala de García Terrés, desde luego, no se diferenciaba en gran cosa del camino que habían seguido los miembros de generaciones literarias anteriores —se dice incluso que nuestro autor abrazó la abogacía a consejo de Alfonso Reyes. Igual que el regiomontano, Jaime —porque estaba lejos de convertirse en Don Jaime— poseía una inusual capacidad de trabajo: al tiempo que se desempeñaba en la Universidad Nacional, publicaba su segundo y tercer libros de poemas. En ellos purificó algunos de los procedimientos poéticos ya ensayados en El hermano menor. Están ya, por ejemplo, el continuador de “los grandes poetas reflexivos mexicanos” —como apuntó José María Espinasa—6 y el espíritu “entre culterano y coloquial, nostálgico, levemente irónico y escéptico” —como reparó L. I. Helguera:7
Adolezco de fútiles cariños
unos con otros ayuntados.
Bebo no sin ternura mi taza de café. Conservo
retratos azarosos y animales domésticos.
Me absorben los rumores de la calle,
Los muros blancos al amanecer,
la lluvia, los jardines públicos.
Mapas antiguos, mapas nuevos, llenan mi casa.
La música más frívola complace mis oídos.
Innumerables, leves,
como la cabellera de los astros,
giran en torno a mi destino minucias y misterios:
Red que la vida me lanza;
piélago seductor entre cuyo paisaje voy sembrándome.8
Iniciada la década de los sesenta, García Terrés entregó sus primeras publicaciones en prosa. En 1961, apareció Grecia 60: poesía y verdad. Resultado de su luna de miel con Celia Chávez, su mujer de toda la vida, se trata de un cuaderno de viajes que descubre al lector a un entusiasta de la Grecia moderna. Va a contrapelo de la larga tradición de viajeros de la Hélade clásica; su filiación es incontestable: más que de Alexander von Humboldt, abreva de contemporáneos como Lawrence Durrell y Henry Miller, en el afán de hallar no la Grecia de Pericles, sino la de Geórgios Papandréou.
Y aunque García Terrés agotó islas y templos, propios del turista de primera visita, parece haberlo hecho por un amor más íntimo. Por ello, no se aproxima con la curiosidad del historiador; se acerca, por el contrario, con el tacto del antropólogo. Le interesa, sobre todo, el trato con el pueblo llano. Y es ahí ciertamente donde se nos revela el mejor García Terrés de este cuaderno: en una conversación anodina, en el intercambio de alimentos o en el goce de la célebre hospitalidad griega, tan cara a Homero y a los suyos. Se trata de una Grecia que es poesía y verdad porque no idealiza: descubre. Es de carne y hueso —y en ese prosaísmo devela una belleza inusitada. De ella García Terrés dirá, junto con Henry Miller: “su luz abrió mis ojos, penetró mis poros, expandió todo mi ser”.9
Pero no todo en García Terrés era cultivar la belleza. Infatigable como era, desde 1953, escribió una columna en la Revista de la Universidad de México —que dirigió a partir de entonces—, así artículos para El Espectador, Cuadernos Americanos y Excélsior. Fruto de ese ejercicio periodístico fue La feria de los días —como se titulaba su columna en la Revista de la Universidad de México—, publicado en 1961. Se trata de un libro misceláneo en el que el poeta y viajero comparte sus impresiones sobre el devenir cultural de la República. Comenta libros y discute sobre el “estilo nacional”; critica el régimen posrevolucionario, a la par que encomia las libertades alcanzadas por sus ciudadanos; celebra la llegada del año nuevo y la naturaleza del Reader’s Digest. Como se intuye, los textos de alguien como García Terrés hacen gala de una erudición y universalismo que no eran moneda corriente en las páginas de los diarios y revistas nacionales de entonces; sin embargo, es una prosa que se advierte tiznada por un exceso de esquematismo y acartonamiento. A diferencia de los textos de un Octavio Paz (con quien comparte algunos temas y que, como bien sabemos, formaba parte de una generación anterior), la prosa periodística de García Terrés envejeció con poco decoro.
Ese mismo año vio la luz el que es, quizá, el poemario más celebrado de García Terrés: Las provincias del aire. Ahí, lo que antes muchos encontrábamos abstracto, es mucho más directo en su resplandor interior. Su poesía ya no sólo busca iluminar el mundo real; por el contrario, va un paso más allá y lo vivifica: lo convierte en el mundo real. Lo que parecía forzado ahora fluye con naturalidad:
Acomodo mis penas como puedo, porque voy de prisa.
Las pongo en mis bolsillos o las escondo tontamente
debajo de la piel y adentro de los huesos;
algunas, unas cuantas
quedan desparramadas en la sangre,
súbitas furias al garete, coloradas.
Todo por no tener un sitio para cada cosa;
todo por azuzar los vagos íjares del tiempo
con espuelas que no saben de calmas ni respiros.10
Los años sesenta dieron paso a los quehaceres diplomáticos de García Terrés, cuando el presidente Gustavo Díaz Ordaz lo designó embajador de México en Grecia. Su ignorancia del oficio no importunó para que cumpliera con los objetivos de la misión: bastaba y sobraba con que conociera el idioma. Por vocación y talento, además, era acaso la persona más indicada para acercar las relaciones entre ambos países. En ese sentido, nuestro autor está más cerca del propio Paz que de Torres Bodet o José Gorostiza. No se le recordará, como a estos últimos, por sus grandes aportaciones a la política exterior mexicana, pero su lustre será aún más grande: legará un segundo y exquisito libro de memorias.
Embajador en 1965-1968, García Terrés tuvo la oportunidad de seguir de primera mano la realidad política y social de un país que, tras haber sido invadido durante la Segunda Guerra Mundial, se había debatido desde entonces entre la monarquía y la democracia, siempre al punto de la guerra civil. Sus observaciones, de igual manera, se acompañaron por el establecimiento de relaciones amistosas con músicos como Míkis Theodorákis o poetas como Ezra Pound, que andaba de paso, o Giórgos Seféris, que representa mejor que nadie la síntesis del pueblo griego (sabiduría sin petulancia, sensibilidad sin afectación, poesía y verdad). Además, lo leerá y traducirá; para, años más tarde, llevarlo, ya como su director, al catálogo del Fondo de Cultura Económica.
García Terrés parece cifrar su cuaderno de viajes a manera de una crónica. Pero, a partir del 21 de abril de 1967, luego del golpe de Estado que llevó al poder a una Junta de Coroneles liderada por Konstantínos Kóllias, el poeta reformula sus anotaciones y las vuelca en un diario. Y es ahí cuando nuestro personaje despliega sus poderes en pleno. Por una parte, el funcionario cumple con sus encomiendas a la letra y todavía más: ayuda cuando le es posible, ejerce los buenos oficios hasta donde puede, reflexiona sobre la naturaleza misma del putsch y el perfil y las acciones de los actores que lo escenifican de un bando y otro. Por otro lado, padece —y nos participa a padecer— la realidad más áspera de los griegos de a pie: observa, anota y teme junto con ellos. Porque, en el fondo, se siente uno de ellos.
Y es que, así como sucede con el Paz de la India, tal parece que García Terrés encuentra “entre líneas” —como lo observó Gabriel Zaid a propósito de su poesía—11 simpatías entre el país que lo acoge y el suyo propio. Las similitudes, claro está, no son obvias; con todo, son innegables al tratarse de dos países que se debaten entre la gloria de sus antiguas civilizaciones y la incertidumbre de cara al futuro. Dirigiéndose a su amigo, se lamenta:
Hablar es difícil
cuando restallan las palabras lejos
del taller avezado; nos caemos
a cada paso de cabeza
por querer escaldar la lengua franca.Y es particularmente difícil
hablar de Grecia hoy,
desposeídos como nos sabemos,
cetrinos como vamos
en la tosca llanura del oprobio.
Ya no duerme Proteo debajo de las rocas
ni glosa la sirena consabida
la clara fatiga del caminante.¡Qué lento, qué difícil todo,
amigo Seféris!12
La madurez de este poema acusa la atenta lectura que hizo García Terrés de otras figuras tutelares de la poesía griega como Konstantínos Kaváfis. De él, nuestro poeta recogió el influjo histórico para construir escenarios personales. Es —en palabras de nueva cuenta de Helguera— un García Terrés “más solitario, más íntimo”. Es por fin poeta que nos deslumbra en Todo lo más por decir, Corre la voz y Parte de mi vida, sus últimos tres libros:
¿Más filosofías? Ya no las quiero.
Papel mojado,
Son escarceos
De sordos y ciegos[…]
Yo prefiero las cosas como vibran:
desnudas y quemantes.
Yo comprendo mejor el movimiento
vital del mundo
las aves presentidas en un éxtasis
que arrasa los linderos
entre las alas y el volar,
entre la pertinaz pupila
y cuando acecha sin cesar el ojo.13
Según la acre crítica de Paz, Torres Bodet contó con todo para escribir un precioso libro de memorias. El pudor, no obstante, pudo más que la vocación del escritor. El mandarín conspiró en contra del hombre de letras que, por sus propios pruritos, no alcanzó a volar como debía: parece que no amó ni mintió ni fue traicionado. A diferencia de su tocayo, Jaime García Terrés sí lo hizo, e impuso el escritor al hombre público. Regresemos a él. Es hora de olvidarnos de don Jaime y retornar simplemente a Jaime, el poeta.
Antonio Nájera Irigoyen
Ensayista
1 “Don Jaime García Terrés (1924-1996)”, Vuelta, num. 235, junio 1996, pp. 48-9.
2 “Perseverancia”, Las manchas del sol. Poesía 1956-1987, Madrid, Alianza, 1988, p. 204.
3 Ibidem, “Caballero charlatán”, pp. 22-3.
4 Valdés, Carlos, “Jaime García Terrés, Correo nocturno”, Revista de la Universidad de México, num. 8, abril de 1955, pp. 30-1.
5 García Terrés, “Correo nocturno”. p. 25.
6 “Las manchas del sol. Poesía 1956-1987”, Vuelta, num. 143, octubre de 1988, pp. 36-8.
7 Idem.
8 García Terrés, “Idilio”, pp. 120-2.
9 The Colossus of Maroussi, Nueva York, New Directions Publishing, p. 210.
10 García Terrés,“Jarcia”, p. 54.
11 “Entre líneas: La poesía de Jaime Garcia Terrés”, Vuelta, num. 217, diciembre de 1994, p. 50.
12 “Versos a un poeta griego”, pp. 120-2.
13 “Fendo i Cieli: Apoteosis de Giordano Bruno”, pp. 207-9.