Receta para la gordura

Piense usted en un personaje gordo. Sí, uno con el que se haya encontrado en la ficción: en una novela, una película o una caricatura infantil. Visualícelo o acuda a Google para recordar quién es, cómo se llama, a qué se dedica, qué motivaciones guían su aparición en la trama; pero, sobre todo, cómo está representada su corporalidad: qué vestuario se ha elegido para él o ella, qué atributos físicos se le han asignado, cómo es su cuerpo en relación con otros cuerpos y qué comportamientos sociales suscita su presencia. ¿Ya lo tiene? Tan sólo como un ejercicio, piense en qué pasaría si dicho personaje fuera de otro género y, entonces, con base en ese escenario hipotético, repase las preguntas anteriores.

Ahora bien, estamos a punto de realizar un experimento: ¿alguna vez bajó usted las imágenes abatibles del famoso juego de mesa Adivina quién? Pues bien, este test será incluso más sencillo y nos tomará apenas cuatro preguntas. 1. ¿Su personaje gordo es quien protagoniza el universo narrativo, o participa como acompañante, secundario o incidental de la historia? 2. ¿Su personaje gordo está marcado por algún mandato estético, clínico o moral que lo hace ser interpretado como feo, enfermo, poco responsable o incluso malvado? 3. Si su personaje gordo es mujer, ¿la situación anterior se hace más evidente o más grave? 4. Si la corporalidad de su personaje es vista de algún modo peyorativo, ¿qué hace el personaje para compensar, reducir o prevenir tal desagrado?

Ilustración: Estelí Meza

La representación de la corporalidad gorda sigue, la mayor parte de las veces —si es que aparece en la página o la pantalla— un mismo patrón, una receta que produce casi el mismo sabor. Los personajes gordos están marcados por su gordura. Y ya, no hay más. La talla o las dimensiones grandes son atributos que, al modo de un paraguas, una burbuja o una jaula, cubren o encierran todo lo que el personaje es. Su identidad se ve reducida a su gordura. Dos ejemplos significativos son los cuentos “La reina” de José Emilio Pacheco (1963) o “Réquiem” de Rosa Beltrán (1996) s: en el primero, una joven gorda y antipática sueña con ser reina del carnaval pero recibe el escarnio de su hermano y sus amigos: “Voy a desquitarme, gorda maldita. Te vas a acordar de mí, bola de manteca”. En el segundo, una madre crece, aun después de muerta; su cadáver se infla sin freno y amenaza con aplastar a sus hijas: “Su gordura ha logrado avergonzarnos, afrentarnos, […] perjudicarnos, desafiarnos, disminuirnos”.

La onomástica de los personajes gordos casi nunca es neutral. Contra toda inocencia, muchos llevan en el apelativo la letra escarlata de su condición corporal: Sancho Panza es el ejemplo por antonomasia, pero también, y de forma irónica, Precious, de la película homónima de 2009. También es frecuente el uso de figuras retóricas como aumentativos hiperbólicos (“inmenso”, “enorme”, “colosal”, “gigante”) o diminutivos (“gordito”, “rellenita”, “pasadito de peso”) que se emplean para rodear, desplazar o atenuar el cuerpo, como si fuera un fenómeno fantástico e inexplicable, o como si se tratara de una minucia que es posible esconder o reparar en el lenguaje. Siempre me ha llamado la atención que en Yucatán, de donde soy originario, se emplee de forma tradicional la expresión “hermoso” para decir que alguien tiene un cuerpo gordo.

Asimismo, suele existir un zoomorfismo de dichas corporalidades, pues estos personajes son constantemente comparados con animales de gran tamaño, con insectos hinchados o con ganado destinado al consumo. Así, ballenas y elefantes, orugas o larvas, cerdos o vacas se repiten en las analogías por varios motivos: porque aparecen a disposición del consumo ajeno por vía del escarnio o la morbosidad; porque se asocian con los afectos del asco y la repugnancia; pero, sobre todo, porque los cuerpos gordos son vistos como menos humanos. Ahora mismo vienen a mi mente otros tres cuentos mexicanos: “En la playa” de Salvador Elizondo, donde el personaje gordo es visto como un mandril torpe y afeminado; “La dama gorda” de Guadalupe Dueñas, cuya protagonista es comparada con un cetáceo o un reptil informe; o uno más reciente, “Eucaristía”, de Marina Herrera, en el que Otilia, una mujer gorda, es descrita de la siguiente manera: “no tenía forma humana; parecía una oruga inmensa reclinada sobre su cama”.

Parece que, cuando representamos cuerpos gordos en la ficción, pertenecen a otra categoría. Por lo tanto, no es casual que, una vez deshumanizadas, las partes del cuerpo de los personajes gordos sean descritas y asociadas con metáforas comestibles (brazos como tamales, lonjas como jamones) ni que, aunque sean objetos de deseo de otros personajes, esta avidez sea vista como una infracción, una bestialidad. Vaya ironía: esos cuerpos, juzgados por presuntamente consumir en demasía, se vuelven cuerpos consumibles: los hemos construido como carentes de capas, planos, fáciles de digerir. En la novela Pandora de Liliana Blum, una mujer gorda es imaginada y deseada de la siguiente manera: “Sus piernas [eran] sólidas, redondeadas y de una textura que a Gerardo le recordaba a las salchichas que su padre asaba en el jardín”.

Cabe añadir que la animalización de los personajes gordos también se traduce al rechazo que reciben en muchas narraciones literarias, publicitarias o audiovisuales, y que dicha agresión se interseca con la violencia de género. En otras palabras, que los cuerpos gordos masculinos no son, de ningún modo, interpelados con la misma fuerza negativa que los femeninos. En las narraciones del norteño Carlos Velázquez, compiladas en más de un libro de cuentos, los cuerpos gordos femeninos son golpeados y vilipendiados, pero los masculinos parecen jactarse de su condición corporal subversiva. En el relato “Ellos las prefieren gordas”, por ejemplo, incluido en La Biblia Vaquera (2008), un hombre descarga su frustración tratando violentamente a una mujer gorda, mientras que el protagonista de “This is not a love song”, incluido en La efeba salvaje (2017), tiene 126 kilogramos y disfruta de un éxito rotundo en el sexo y el amor: “Entre más grasa aglutinaba mayor era su pasión por el romance en turno”.

Hace pocos días, en una conferencia impartida por Siobhan Guerrero McManus, destacada investigadora feminista de la UNAM, comprendí que la visibilidad no implica necesariamente una buena representación. Es claro —por poner otro ejemplo— que vemos cada vez más personajes transgénero en la televisión, pero ello no significa que se hayan liberado de arcos narrativos que les asignan destinos fatales o redenciones romantizadas. “Así solita, la visibilidad no desmonta otras desigualdades”, decía Guerrero. Si llevamos esta premisa a los productos culturales que consumimos, y más aún a los discursos que producimos para el consumo de las audiencias, ¿qué cuerpos siguen ausentes de la ficción?, ¿qué cuerpos se han convertido en recetas o fórmulas?, ¿qué narrativas nos hace falta erosionar para que de ahí surjan personajes menos acartonados? Sobre el caso del cuerpo gordo, tenemos tarea para largo rato.

En el trabajo con la visibilización y la representación de los cuerpos, sobre todo de aquellos que aparecen a la periferia de la hegemonía corporal, es importante establecer rúbricas de lectura que vayan afinando nuestra mirada, que nos vayan revelando nuestras cegueras, pues, parafraseando a la investigadora Meri Torras Francés, hay muchas cosas que permanecen invisibles cuando estamos frente a una corporalidad.

 

David Loría Araujo
Doctor en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana. Es profesor de escritura y teoría literaria en la Universidad Modelo y en la UADY. Es autor de Leer el cuerpo gordo. Miradas a la narrativa mexicana contemporánea desde la adipocrítica. (Universidad Iberoamericana, 2021)

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Publicado en: Departamento de quejas