Radiografía sonora de Chefchaouen

En esta crónica que despierta los sentidos, Valeria Villalobos-Guízar relata su visita a Chefchaouen, una pequeña y muy peculiar ciudad marroquí, ubicada en la región de Tánger, al noreste del país.

“Es como caminar dentro de una alberca”, me dijo Santiago mientras yo intentaba salir del trance de escuchar el llamado al rezo que anunciaban cuatro o cinco mezquitas a la vez, con esa voz vibrante que sólo puede emitirse a gritos bajo el agua; una voz que no se escucha sólo con los oídos sino que reverbera en el pecho donde se aloja y amplifica, y que rebota en las paredes para movilizar los pasos de hombres, mujeres, niños y niñas hacia aquellas pesadas puertas de madera finamente labradas con palabras ocultas que alcanzo apenas a vislumbrar al fondo de un pasadizo en el que se entrecruzan un montón de escaleras y callejones sin final. Ese llamado hace forcejear los portones a lo largo de las calles, que se abren de golpe tras el ruido de cerrojos oxidados y la fricción de las babuchas por los mosaicos. En diástole todos aquellos pasos se reúnen en la entrada, se descalzan con la agilidad con la que se calzaron y entran a la mezquita. Sólo en ese momento el trajín se detiene. De lo que acontece dentro ya no puedo decir nada.

Durante unos minutos el alboroto amaina y es entonces cuando más se escucha la fuerza del viento que baja del Rif, la cordillera que le da nombre a este pueblo del noreste de Marruecos. Se rumora que la palabra Chefchaouen viene del árabe shuf, “mira”, y la voz bereber Chauen, que significa “cuernos": “mira los cuernos”, exige el viento; y es imposible no hacerlo. En la pequeña localidad de Chefchaouen se camina por el azul del cielo y cuando se levanta levemente la cabeza dos enormes lanzas escarpadas que parecen estar a punto de caer amenazan para recordarnos nuestro tamaño. Pareciera que esas montañas calizas siempre acaban de emerger, pero no es así, Chefchaouen se alzó entre la cordillera hace unos 550 años como una kasbah, una ciudadela construida para la defensa ante los enemigos.

Chefchaouen. Fotografías de Valeria Villalobos-Guízar
Fotografías de Valeria Villalobos-Guízar

Durante el rezo, los vientos de la montaña se cuelan por las callejuelas barriendo el polvo a silbidos, arremolinando el olor del té de menta y la peste de los gatos recién paridos que chillan enlamados en las ventanas. Se agitan de pronto los tapetes como despabilándose, y las crestas de los árboles derrochan una naranja madura que terminará emplatada en la sobremesa de algún hogar, junto con plátanos, uvas y mandarinas para satisfacer el postre.

Después de orar, todo vuelve a los callejones: arrancan de nuevo las motos que atraviesan a toda velocidad calles más estrechas que el largo de los bastones con los que los ancianos golpean vehementes las piedras al caminar mientras mastican tabaco tronando la boca y haciendo gestos de gárgola. Vuelan las sábanas y las alfombras que acortinan la calle y se inauguran escaleras que podrían bajar al inframundo o a la honda cocina de un horno de arcilla que prepara khobz, un pan de trigo y sémola parecido a la arena del desierto, indispensable para la dieta de estas personas.

Al tiempo, las mujeres atraviesan sus cortinas y sacan de pronto sus teteras plateadas y sus jícaras para regar una tras otra tras otra las cubetas con plantas que adornan las fachadas de sus casas sin orillas; entran y salen de sus hogares vertiendo agua en las adelfas, los olivos y las lantanas, perfumando sus faldas en soledad y silencio. Cuando terminan, arrastran las macetas para pegarlas bien a las paredes, como si fueran las flores las que apuntalan los muros de sus barrios o los cuernos del Rif.

Algunas jóvenes pasan acarreando tanques de gas, o caminan cargando bolsas de plástico y cubetas llenas de hierbas para entrar en una puerta donde puede leerse la palabra “Hammam” escrito con dos caligrafías. Me asomo al lugar con discreción y una mujer sentada cerca de la entrada me invita a pasar con la mano mientras repite varias veces la palabra “Ja- mám” y se envuelve el pecho con un abrazo. Le digo a Santiago que me espere, que voy a echar un vistazo en ese lugar que huele a tierra mojada y donde se escucha el eco del agua. Ante mi español, la señora cambia de lengua con una mueca y me dice con lentitud: “baño-marro-quí-ca-lor”.

Antes de sentarse detrás de sus ventanas “desde las que podrán ver sin ser vistas”, las mujeres colocan un poco de comida para cualquier gato en un plato de plástico o directamente en el suelo, un trozo de pan o una mezcla de atún y croquetas blandas es suficiente para ver saltar hacia ellas animales desde todas los resquicios.

Después, desaparecen, y no volveré a verlas fuera de sus casas por un par de horas; en cambio escucharé las máquinas de coser de los sastres que en las puertas de sus negocios enrollan en sus delgadísimos dedos hilos de colores, al tiempo que tiran en un banco un par de centímetros de ceniza del tabaco francés que fuman en la comisura de los labios con serenidad, hasta que llegue otro hombre a darles una palmada en la espalda e intercambiar palabras que suenan a rasposa complicidad. De su conversación y algunos gritos emergen detrás de ellos niños y niñas que, como si estuvieran corriendo desde siempre, atraviesan pasadizos a toda velocidad con una playera de su selección y un balón chato que rebota más rápido de lo que pueden correr; sólo detiene su juego el paso de los ancianos cargando bolsas con higos y nueces, pero no parecen ver a los hombres que transitan solos, jóvenes hombres vestidos de vela, con muecas de disgusto, gestos chuecos, narices fruncidas y ojos hundidos; hombres calavera que se dedican a sentarse por horas en una escalera a mirar, vigilar y memorizar los rostros de las esquinas, mientras cuidan sus negocios en los que venden docenas de objetos casi idénticos entre sí: candelabros, quinqués, tazas y perfumeros, en los que podría encontrarse la suerte o alguna maldición; esos hombres sólo saludan a otros hombres, a aquellos que observan con sospecha a los paseantes detrás de una vitrina que exhibe dulces de cacahuate, pistache y miel cubiertos por el zumbido de las abejas.

Chefchaouen es una ciudad rural pequeñita, tiene poco más de 40 mil habitantes, pero es tan abigarrada que podría ser eterna y resguardar en sus rincones a cientos, miles y miles de personas más; uno podría subir y bajar escaleras sin poder salir nunca, llegando de vez en cuando a alguna pared pintada de blanco que rompe como espuma la enorme ola color añil, y que indica un callejón sin salida. Al estar todo pintado de azul, las cosas empiezan a aparecer sólo hasta que te acercas a ellas, macetas con plantas secas, puertas y pasamanos se ocultan a la vista hasta que la cercanía las revela. Un vendedor capaz de hablar en todas las lenguas me dice que con los años han ido pintando el pueblo cada vez de un azul más intenso “por el gusto de los turistas”, me dice; pero antes, todo era de un azul claro, “casi blanco”, susurra sin nostalgia. Y entonces me imagino el pueblo como una pupila que se va dilatando poco a poco bajo la mirada de otro que, como yo, sabe muy poco de lo que está mirando.

Desde hace varios años, Marruecos es uno de los principales destinos en África para el turismo internacional; antes de la pandemia, en 2019, 13 millones de personas visitaron el país y, por supuesto, muchas de ellas no perdieron la oportunidad de ir a “la perla marroquí” o “la ciudad azul”, como la promueve el turismo instagrammer. No perdieron la oportunidad tampoco de tomar su fresco jugo de naranja, cansarse en la perpetua escalonada y regatear para comprar la tradicional túnica marriquí que portan con orgullo, la chilaba.

Ya cansados y abrumados, buscamos un sitio para tomar algo, “Outa el Hammam”, nos sugiere un comerciante de cajas de madera, la plaza central de la medina donde se eleva un enorme cedro rodeado por la Gran Mezquita, la Alcazaba y varios restaurantes en donde docenas de hombres se sientan uno a lado del otro a platicar en voz baja mientras observan y toman un café que deja las tazas escurriendo de un lodo negro. En nuestra búsqueda encontramos jugando entre los pasadizos a tres niños de unos 4 o 5 años, que con valentía y vehemencia se alinean frente a nosotros para impedirnos el paso. Uno de ellos, el más alto, hace una cruz con los dedos y suelta una retahíla en una lengua recia, árabe o amazigh,de la que sólo concluimos por sus gestos que no nos dejarán pasar. De este intercambio Santiago elucubra una teoría: “Los niños nos estaban haciendo un favor. Así no nos perdemos en las calles de allá; sólo en las de por acá”. Me dice que seguramente los niños han aprendido de sus padres a guiar a los visitantes; o bien, “Tal vez, sus vecinos les han enseñado a detener a los turistas para que no se metan en lo que no les importa. Han de querer un poco de privacidad; al final, esta es su vida real, ¿no?”. Yo sólo pienso que todo eso era un juego y que hicimos bien en obedecerlos.

Es imposible vivir en el mapa en esa ciudad, hay que vivir en el territorio. No sólo porque la señal telefónica es precaria y nadie tiene interés en venderte un mapa cuando cualquiera puede decirte por dónde ir, sino porque su trazo y los letreros de las calles proponen una geometría distinta en varias lenguas, cada una, un mapa diferente del mismo espacio, en donde derecho para mí significa en línea recta y para otros es pégate a la pared y síguela por abajo o por arriba hasta que alguien más pueda ayudarte a salir.

Nos vamos ya bien entrada la noche, y pareciera que Chefchaouen desaparece; los cuernos ocultan gran parte del pueblo que sin sol ni farolas deja de mostrar el azul de sus dunas para convertirse en un pozo, una laguna remota, un hueco negro en la tierra del que ya sólo emerge el eco de un último llamado al rezo.

 

Valeria Villalobos-Guízar
Ensayista y editora de nexos en línea

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Publicado en: Corresponsal