¿Quiénes son los malaventurados?

Con su novela Los malaventurados, la escritora Mariana Giacomán me priva de la simplicidad de una trama con la cual descartar o empezar a saborear esta lectura. Se trata de un álbum de fotografías familiares, una historia hecha de retazos, una constelación. Quizá la mejor analogía que se me ocurre son los quilts (o colchas) de las culturas norteamericanas, en las que las mujeres cosían diversos fragmentos de tela cargados de significados personales o mensajes ocultos que, juntos, construían una narrativa comunitaria, una que adquiría sentido pleno con el conjunto terminado.

Bible Quilt. Quilt narrativo de Harriet Powers c. 1885-86. Algodón.

Este libro cuenta la historia de tres generaciones de una familia desde distintos puntos de vista y en diversos momentos, centrándose en Luciana y Jorge, unos primos que, a pesar de la carga emocional heredada (y desconocida), no pueden evitar tender el uno hacia el otro, entenderse y finalmente, amarse. Podría existir algo perturbador en lo incestuoso de dos primos casándose, pero en el contexto del libro ese amor juvenil es casi lo opuesto: un respiro de ternura en medio de la violencia que palpita en el país a inicios de siglo, y del peso de la vergüenza y los resentimientos heredados que no se conocen, pero se sienten.

Los malaventurados está lleno de referencias musicales, caricaturas y tecnologías esenciales como teléfonos Nokia y los iPods, que nos transportan a unos dosmiles de contrastes, entre la inocencia de soñar con ser Maradona y el horror de ver entre ojos tapados una primera plana con cabezas colgando de un puente. También aparecen subtramas esotéricas, pensamiento mágico o catastrófico, adivinación y premoniciones que influyen en las decisiones de los personajes y, más adelante, en su descendencia.

Es casi imposible hablar de la trama de este libro sin abundar en su estructura. Cada capítulo está narrado por un personaje distinto y en una voz narrativa diferente. Después de leer los primeros tres, la continuidad entre uno y otro no es evidente, y surge la intriga que mantendrá al lector atento hasta la última página: ¿cómo se van a unir estás historias?, ¿cómo se relaciona un personaje al siguiente? Esta duda nos arrastra de capítulo en capítulo hasta llegar al final.

Mariana Giacomán juega y se luce en el manejo de voces que varían desde una adolescente depresiva, un grupo de amigos que buscan problemas, hasta un mirrey ochentero o unas hermanas chilangas que veranean con su tía en el desierto. Y lo consigue: cada capítulo es una voz nueva y reconocible. Incluso cuando un personaje narra en más de una ocasión, ya no es el mismo; la Luciana de ocho años no se parece en nada a la mujer de cuarenta que cuida a su madre enferma.

En un inicio pareciera que se trata de una antología de cuentos, y si bien es cierto que algunos capítulos podrían sostenerse por sí mismos y funcionar como relatos independientes, es en el conjunto donde alcanzan su potencia. La novela funciona como un caleidoscopio o un álbum familiar: cada pieza adquiere sentido en relación con las otras. A pesar de que el orden de los capítulos no es cronológico, —podemos pasar de la adolescencia de Luciana a la juventud de su padre—, sí existe un avance de edad paulatino en los protagonistas. Los primeros capítulos transcurren en la niñez, seguidos por varios episodios de adolescencia, luego de juventud y, finalmente, la madurez. De ahí quizás que el libro dé tanto una energía coming of age a pesar de no estar centrado en un único personaje.

Intercalada con la historia de la familia Farah, hay cuatro relatos de terror contados por Jorge y sus tres amigos más cercanos de la infancia. El primero, en el que los cuatro chicos toman un aventón del profesor creepy del colegio una tarde lluviosa, me dejó indiferente; comprendí el miedo del narrador, pero no lo sentí. El segundo relato, en cambio, me inquietó de verdad: un muchacho recibe fotos anónimas y aleatorias, imágenes de estacionamientos vacíos, objetos descolocados, partes humanas. El tercero es un relato sobre una borrachera con un hombre inquietante de mirada fija. Al final, la autora cierra con una narración de verdadero terror, convirtiendo lo imaginario en la realidad tangible de la violencia nacional: el grupo de amigos encuentra un cuerpo destazado en la playa. En cada relato los chicos son un poco mayores, los problemas distintos y los riesgos que toman más concretos. Así, estos cuatro pilares entremezclados van marcando la pauta del resto de la novela, el paso del mundo de la imaginación con sus espejismos al terror inescapable de la realidad.

El riesgo que toma la novela con su estructura se ve recompensado con la intriga y el manejo de diversas voces y puntos de vista, pero también tiene su costo. Al tener tantas voces, es inevitable perder cercanía con algunos de los personajes porque no alcanzamos a conocerlos lo suficiente. En “Tarot Marsella” compartí con celos el deseo de la narradora por el novio de su hermana y en “Avenida Insurgentes” sufrí con Tobías la ambivalencia de tener que correr a una junta a la que definitivamente no se quiere llegar, pero esas afinidades se disuelven al pasar al siguiente capítulo para no volver. No obstante, como un todo, la novela funciona. Tiene humor, frescura y una mirada aguda sobre temas cruciales como la violencia que los niños absorben del contexto social, la soledad, las heridas que si no se sanan, se heredan. Quizás, al abarcar tanto, a veces roza en la dispersión.

El título Los malaventurados alude a la canción de PXNDX de “Los malaventurados no lloran” y así, con el título, nos pone en contexto. Nos remite a los años de una aspiración emo generalizada, de la rebeldía depresiva que el personaje de Luciana encarna tan bien. Al mismo tiempo, me remitió a las bienaventuranza del Sermón de la Montaña, donde aprendimos que bienaventurados son no sólo los que lloran, sino los mansos, los pacientes, los compasivos, los limpios de corazón, los que tienen hambre y sed de justicia. ¿Quiénes serían, entonces, los malaventurados de Mariana? Los resentidos, los envidiosos, los atraídos por la lujuria, el dinero, lo prohibido. En general, todos nosotros.

Durante cierto periodo a finales del siglo XX, la literatura mexicana privilegió el artificio, el virtuosismo del lenguaje y el prestigio intelectual, incluso en relatos de fondo sencillo, frente a otra más accesible, emocional o directa. En contraste, esta novela apuesta por una claridad que no empobrece, sino que potencia la emoción y la cercanía con el lector.

En esta segunda novela, Mariana Giacomán se reafirma en una voz clara y entretenida que se va encontrando y creando a sí misma. Se une a una generación que narra México de forma directa y transparente, que dialoga con sus predecesores de la novela juvenil —José Agustín, Gustavo Sainz—, desde un presente íntimo y cotidiano. A lo largo de la novela se percibe un deseo de comunicarse con el lector: de crear una complicidad sin obligar a buscar términos en el diccionario y sin subestimar con sobreexplicaciones o nombramientos de todo aquello que ya se mostró, se dejó entrever o se sugirió. El lenguaje contemporáneo, accesible, por momentos regional, siempre fresco y juvenil nos sumerge en la historia con la facilidad con que se escucha a una amiga contar un chisme.

Giacomán nos invita a ser sus cómplices, y lo logra a través de pequeños easter eggs que se esclarecen o reaparecen más adelante. Esta manera de interactuar con la obra nos la vuelve más emocionante, pues nos remite a la infancia, a nuestro instinto explorador con el que jugábamos a ser detectives. Cuando algo se aclara, se vive como una brevísima iluminación y nos sentimos especiales por ver algo que estaba por debajo del agua y que, quizás, a los demás se les escapó.

Ya antes —en su cuento Mátalas (publicado en Punto de Partida)— habíamos sido testigos de la forma en que Giacomán despliega una tensión magistral con su protagonista. Esa potencia emocional —tan viva en el cuento— se diluye un poco en la novela, quizá por la multitud de voces y eventos que intenta contener. Pero si algo está claro, al menos para esta lectora, es que Los malaventurados marca un paso firme en la dirección correcta para una autora tan joven, que demuestra una visión única y un talento narrativo innegable.

  • Mariana Giacomán, Los malaventurados, Dharma Books, Ciudad de México, 2025, 156 pp.

Sofía Morfín Jean

Escritora. Ha publicado los libros Dioses de migajón (Níspero, 2025) y Big Bang Bermellón (Pollo Blanco, 2023).

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Publicado en: Ciudad de libros