Quetzalcóatl, Guadalupe y… Jacques Lafaye

El pasado 8 de julio falleció uno de los más destacados investigadores del pasado colonial de México: el historiador y antropólogo francés Jacques Lafaye (1930-2024). Este breve texto, cuyo encabezado lapidario remite al título de su libro más emblemático: Quetzalcóatl y Guadalupe. La formación de la conciencia nacional de México (1531-1813) (FCE, 1977), no pretende evocar en unas cuantas líneas la figura compleja de un intelectual polifacético, sino ser el simple tributo testimonial de un discípulo agradecido. De hecho, la lectura de este libro, a la par de las obras de Ángel María Garibay y Miguel León-Portilla, contribuyó a definir mi orientación vocacional como investigador, hacia el mundo indígena. En este mismo contexto escolar, cabe añadir que Jacques Lafaye fue el presidente del jurado de mi examen de Doctorado, en la Sorbona, en diciembre de 1988.

La labor de investigación en archivos y bibliotecas, así como la relevancia de las obras de Lafaye le valieron un reconocimiento internacional, el cual se manifestó mediante los numerosos premios que recibió, las incontables distinciones que lo señalaron y los múltiples homenajes de los que fue objeto a lo largo de sus 94 años de vida.

Jacques Lafaye era Doctor de Estado, especializado en la historia de España y Latinoamérica. Estudió y luego enseñó en la Sorbona y en la Escuela de Altos Estudios, en París. Ya jubilado, residía temporalmente en México donde proseguía con sus investigaciones y enseñanzas en el marco de El Colegio de Jalisco.

La lista de sus membresías en Academias, Comités y Consejos académicos o administrativos demuestra su omnipresencia en diversos ámbitos culturales y una actividad participativa poco común. Citemos tan sólo a título de ejemplo, su pertenencia a la Real Academia de la Historia de España, el puesto de Secretario general de la Sociedad de Americanistas que ocupó de 1964 a 1977, y su participación en el comité directivo del Centre de philologie romane de la Universidad de Estrasburgo. Fue también director del Instituto de Estudios Ibéricos y latinoamericanos de la Sorbona y director del Centro Universitario de Estudios catalanes de la misma.

Entre las numerosas distinciones de las que fue objeto, basta mencionar la de “Caballero de la Orden Nacional de la Legión de Honor”, en Francia, la de “Comendador de la Orden de Isabel la Católica”, en España, y en México la “Insignia del Águila azteca”.

En cuanto a las publicaciones que animaron los debates humanísticos y que deja a la posteridad, figura un sinnúmero de artículos sobre temas diversos cuyo tenor ecléctico se debió antes que nada a la diversidad de sus intereses y al carácter caleidoscópico de su inmensa cultura.

Entre sus libros, algunos como Los conquistadores (Ed. Seuil, 1964) fueron de divulgación, otros como la edición bilingüe francés/español El Manuscrito Tovar. Origines et croyances des Indiens du Mexique (1972), dirigidos a especialistas,atañen al mundo prehispánico. Su compromiso con el presente y el futuro de Europa se manifestó asimismo en la obra Por amor al griego. La nación europea, señorío humanista (FCE, 2005).

La más trascendente de sus obras, por la cual será sin duda recordado, es Quetzalcóatl y Guadalupe. La formación de la conciencia nacional de México (1531-1813), antes mencionada. Prologada por Octavio Paz y traducida del francés al español por Ida Vitale, esta obra maestra de inteligencia historiográfíca es el fruto de reflexiones a la vez fríamente objetivas y genialmente intuitivas.

En la reseña puntual que de él hizo Lino Gómez Canedo, miembro de la Academy of American Franciscan History, si bien el crítico reprocha al autor una interpretación brillante, pero carente a veces de fundamentos documentales, concluye que se trata de una obra “pletórica de ideas, riquísima en ángulos de enfoques, sugestiva y llena de originalidad” a la vez que reconoce su “mérito excepcional”.

El prólogo de Octavio Paz, titulado “Entre orfandad y legitimidad” que figura en la parte liminar del libro, es una “obertura” ensayística con reflexiones pertinentes, previamente expresadas por el poeta en otros contextos, pero retroalimentadas y en algunos casos detonadas por afirmaciones dialécticamente sustentadas de Lafaye.

Con la destrucción de su altépetl (agua/cerro) y la aniquilación de los paradigmas culturales de su otredad epistémica, los indígenas “se refugiaron en las faldas de Tonantzin/Guadalupe, faldas de la madre-tierra, faldas de la madre-agua”. Para los criollos, Guadalupe/Tonantzin representaba “la madre natural y sobrenatural, hecha de tierra americana y de teología europea”. En cuanto a los mestizos, “su vida secreta oscilaba entre la Chingada y Tonantzin/Guadalupe”. Estas fórmulas impactantes de Paz sintetizaban, mediante lacónicos y magistrales aforismos, el trabajo de orfebrería historiográfica realizado por Lafaye en su libro.

En la primera parte del estudio, el autor aduce la versión franciscana del mito de Quetzalcóatl, con las deformaciones que conllevó su transposición conceptual en un marco epistémico europeo que le era totalmente ajeno. Evoca el clima espiritual que predominaba en la Nueva España, en distintos momentos, el desconcierto de los indígenas frente a lo que estaba ocurriendo, hasta llegar a la Independencia, cuando los criollos, en busca de una legitimidad mítica, “descubren o se inventan una patria”. La imagen del águila sobre el tunal que figura en el centro del lábaro patrio, desde los primeros balbuceos políticos de un México libre y soberano, es la prueba fehaciente de un afán paradójico de legitimación por parte de los criollos.

Después de desentrañar el mito de la huida de Quetzalcóatl y de precisar lo que representaba para los indígenas, Jacques Lafaye consideró los mecanismos eidéticos mediante los cuales el numen de origen tolteca adoptado por los mexicas y otros pueblos de Mesoamérica se coló en la figura de Santo Tomás apóstol, alias Santo Tomás Quetzalcóatl.

Asimismo, la sustitución de la Cihuacóatl, la “Mujer-serpiente” mexica por Santa María de Guadalupe, tonantzin “nuestra madrecita” en ambos casos, es objeto de una aproximación sesuda a aspectos antropológicos de un sincretismo genuinamente indígena en un contexto cultural novohispano, pero revela también estrategias franciscanas de evangelización. En efecto, por una u otra razón varios atributos de la Virgen de Guadalupe, así como las circunstancias de sus apariciones, en 1531, corresponden a paradigmas religiosos prehispánicos. Tuve la oportunidad de corroborar las deducciones e inferencias de Jacques Lafaye en mi artículo “El Nican mopohua: un ayate verbal” (Boletín del Colegio de Estudios Guadalupanos, 2022).

La opinión de fray Servando Teresa de Mier respecto a las apariciones de la Guadalupana a Juan Diego, y su hipótesis de un Santo Tomás Quetzalcóatl, procesados en términos históricos de índole distinta, vendrán a echar leña sobre un fuego todavía ardiente.

Esta labor de prospección histórica y las vetas eidéticas hispanas e indígenas descubiertas por Lafaye en minas de documentos conservados en diversos archivos de España y Latinoamérica, sutilmente explotadas fueron una aportación sustancial a la historia de México y a la del mestizaje de sus habitantes.

La obra mexicanista de Jacques Lafaye no se limitó a contextos culturales del mundo indígena y a su hispanización colonial. Sus artículos en el suplemento del prestigioso periódico Le Monde: “Le Monde diplomatique”, por ejemplo, abordaron temas distintos como el de una filosofía genuinamente mexicana, estrechamente relacionada con la política. Un artículo fechado en marzo de 1964 evocaba el Ateneo de la Juventud, el Positivismo del periodo porfirista, y daba a conocer a los franceses a Justo Sierra, Antonio Caso, José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Manuel Ramos, Leopoldo Zea. Hablando del arte, escribió en otra ocasión en este mismo suplemento: “El arte antiguo mexicano es uno de los más importantes del mundo, por la diversidad de sus estilos, la variedad de sus manifestaciones, la abundancia de sus obras, el esplendor de sus obras maestras”.

En términos de identidad, en palabras de Alfonso Reyes, la epopeya indígena corrió “como un río subterráneo bajo los siglos de la dominación española y fertilizó sordamente los acarreos de la nueva sangre ibérica” (“Moctezuma y la Eneida mexicana”). De la misma manera permanecerá de Jacques Lafaye para quienes no lo conocieron: su obra lleva en su cauce reflexiones sobre la mexicanidad que fertilizan el subsuelo cultural de México… y lo recordarán.

 

Patrick Johansson
Investigador del Instituto de Investigaciones Históricas (UNAM). Su libro más reciente es Xochimiquiztli. La muerte florida. El sacrificio humano entre los aztecas (2022).