
Hace nueve años, en esta revista, un hombre se preguntó si acaso podía averiguar qué tipo de ceguera exactamente había padecido Jorge Luis Borges a partir de la lectura de sus poemas. No conocemos a detalle el proceso mental que animó su búsqueda—una mezcla de crítica literaria y consulta de oftalmólogo—pero sabemos que tuvo éxito: el doctor alcanzó a diagnosticar al paciente fantasma y nos recordó al resto la maravilla de su obra. Esa doble operación, la receta y el asombro, es lo que vuelve a ofrecernos Mario de la Piedra, ahora de manera extendida, en el ambicioso Mentes geniales: cómo funciona el cerebro de los artistas (Debate, 2025), “un libro de neurociencia que habla sobre arte o […] un libro de arte que habla sobre neurociencia”.
Borges sigue ahí, aunque ahora el paciente es uno de sus personajes, el memorioso y memorable Funes. ¿Qué pasaba en el cerebro maldito de aquel ranchero uruguayo? En Mentes geniales, el consultorio del doctor De la Piedra, médico mexicano que ejerce en Alemania desde hace años, se abre para todo mundo y su contexto. Entre otros, se asoman los neandertales y sus pinturas cavernarias, Virginia Woolf y sus cartas íntimas, Freud y sus especulaciones vienesas, la geometría psicodélica de los wixárikas y la intermitente epilepsia de Dostoievski. El interés del autor por entender las relaciones entre el cerebro y la creación, entre lo que dice la ciencia y lo que sugiere un cuadro o un poema, empieza en el pasado más remoto (hace tres millones de años) y se asoma hasta el futuro inmediato, con la preocupación rediviva por lo humano que despierta la inteligencia artificial. A lo largo del libro la pregunta es por los signos: aquello que, a diferencia de los síntomas, el paciente no comunica directamente y sin embargo es visible; la manifestación externa de algún misterio interno. El médico, como el crítico, es capaz de notar patrones, recurrencias o singularidades, y darle un sentido al trazo, a la línea, a la palabra. La pintura no sustituye a la radiografía, pero la complementa.
El libro es la defensa de una cierta idea de la medicina a partir de la exploración de casos emblemáticos. Así como el sinestésico Franz Liszt se paró delante de una orquesta para rogarle a los músicos: “¡Denme más azul!”, así también De la Piedra pide más: más biografía, más historia, más sociología, más estética, más psicoanálisis, más crítica literaria, más correspondencia privada para entender mejor a sus pacientes ejemplares. No basta con el cuestionario de opción múltiple, con la relatoría desabrida del padecimiento. Para la tradición de médicos-humanistas en la que busca insertarse este libro, la medicina o la ciencia son apenas una de tantas herramientas para entender al otro. A lo largo de Mentes geniales se insiste en la idea de la interacción (“entre el mundo externo y el interno”, “de distintas redes neuronales en diversas áreas del cerebro”, “entre los dos hemisferios [del cerebro]”, “entre factores genéticos y ambientales”). Pensamos con todo el cerebro, escribe De la Piedra en el párrafo que quizá condensa su credo, “que a su vez está influenciado por el cuerpo, el cual está atravesado por su entorno ambiental, material y psicosocial. Es decir, somos una unidad biológica en constante retroalimentación y no la mera suma de sus partes”.
“Para mi papá el médico tenía que investigar, entender las relaciones entre la situación económica y la salud, dejar de ser un brujo para convertirse en un activista social y en un científico”, escribió Héctor Abad Faciolince en El olvido que seremos (Alfaguara, 2006), un libro que también empezó, cosa curiosa, con unos versos de Borges. Esta militancia es la que defiende De la Piedra, que entiende la divulgación como una intervención política. Los capítulos en los que el autor repasa la relación entre la espina bífida de Frida Kahlo y sus pinturas, entre el comportamiento suicida y los versos de Sylvia Plath, o el arte pop de Warhol y la neurodivergencia, sirven también para condenar las injusticias históricas en contra de las mujeres o de los pueblos indígenas, para oponerse a la degradación del planeta, a la devastación minera, al turismo de masas, a la política de guerra contra las drogas y para pedir, por favor, que dejemos de abusar de la palabra resiliencia (ahí consiguió mi voto).
Como en uno de esos mapas mentales (perdón) de la secundaria, todo está relacionado, todo se toca e influye en múltiples direcciones. No es menor esta defensa de la interrelación holística, comprensiva, en un momento histórico de extrema especialización y diagnósticos de Power Point. Hay, en Mentes geniales, una fe, una admiración casi anacrónica por el ser humano como fenómeno estético-cognitivo. ¿Cómo es que alguien, hace tres millones de años, recogió una piedra del suelo en el sur de África y dijo: esto me lo llevo a mi casa? ¿Por qué lo hizo? ¿Qué supone ese salto hacia el abismo de lo abstracto? La maravilla es lo que impulsa cada capítulo, la idea de que las “mentes geniales” del título no son las de los genios, sino las que compartimos todos como especie.
Los casos de estudio sirven para que el neurocientífico marque, gracias a una documentación notable, los momentos en que ciertas mentes han ejecutado maniobras imprevistas. ¿Qué tuvo que pasar para que alguien decidiera pintar un puerco en movimiento en una caverna? ¿Cómo es que una de cada cien personas asocia cada letra del abecedario con un color propio? ¿De qué manera influyó el derrame cerebral sufrido por Otto Dix en su pintura, o la marginalidad de Martín Ramírez en sus dibujos? ¿Qué explica que haya gente capaz de recitar los seis volúmenes de Historia de la decadencia y caída del imperio romano, de Gibbon, “al derecho y al revés […] sin cometer un solo error”, o de dibujar con exactitud “la ciudad de Tokio en un panel de diez metros después de un paseo corto en helicóptero”?
El libro es un ensayo que se pasea de lo gigantesco (“tenemos que determinar qué es exactamente la creatividad”) a lo minúsculo (hay una descontinuada y horrorosa muñeca Barbie de Frida Kahlo que se revende en 6 mil pesos), de lo estadístico (por puro promedio, “quince de las personas que llenan un domingo el estadio Azteca se suicidarán este año”) a lo subjetivo (la pasión lectora por Dostoievski, Borges, o Anne Sexton). Hay más muertes al año por objetos que caen desde los aviones que por ataques de tiburón, dice Mentes geniales, y hay más de cien billones de sinapsis contenidas en el cerebro humano. Al asombro que el autor busca contagiar se suma la humildad sostenida a lo largo de los capítulos, el reconocimiento de que no hay, no puede haber en la ciencia una prueba concluyente, final, y que hay tantas cosas que seguimos sin saber del todo, como qué demonios son los sueños o cómo podemos dar cuenta de las experiencias místicas o del acto mismo de la creación, una palabra empapada de lo divino.
Cómo dibujamos o escribimos es también como pensamos. Quizá por eso el libro cierra con los trazos y las ideas de Santiago Ramón y Cajal, el médico español que también fue fotógrafo y escritor y Premio Nobel y patólogo y dibujante; una de esas sumas, pues, que De la Piedra reivindica y trata de emular. En Mentes geniales, a una metáfora (“el viento silva entre las colinas y arrastra un murmullo de montañas”) le sigue una precisa apostilla clínica (“[los psicodélicos] conllevan un aumento de glutamato—el principal neurotransmisor excitatorio del sistema nervioso central—en la región prefrontal del cerebro”); a la biografía (“Pese a la negativa de sus médicos, [Frida Kahlo] acudió a su última exposición en la Galería de Arte Contemporáneo de la Ciudad de México en ambulancia”) le sigue el contexto histórico (en la República de Weimar de Otto Dix, por ejemplo, “resultaba más rentable quemar los billetes para calentar [los] hogares que comprar leña”).
Como diría, al fin, otro personaje de Borges: un mundo entero puede descubrirse cuando se juntan una enciclopedia y un espejo. Es decir, lo que sabemos, lo que vemos. La investigación, los números, el hecho, junto a las representaciones imperfectas, torcidas, geniales, que nos devuelven nuestros propios instrumentos.
Luis Madrigal
Escritor y crítico cultural. Enseña lengua y estudios hispánicos en la Universidad de Chicago.
EXCELENTE ARTÍCULO Y CRÍTICA HACIA UN LIBRO. POR ESO LUIS MADRIGAL ES UNA DE LAS MEJORES NPLUMAS EN MEXICO