Psicoanalizar al cuerpo

El cuerpo también habla. Interpretarlo no es fácil, sobre todo cuando lo hace de múltiples formas y en todos los órganos. En este texto la autora propone tres categorías para aprender a escuchar los rugidos de la emoción en la gastritis. Cuerpos escribanos, traductores e intérpretes.

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A todos nos ha pasado: época navideña o entregas laborales, y acecha la gripa o la gastritis; tristeza y preocupación se acompañan de migraña o torticolis. Cuando la vida “nos rebasa”, el cuerpo se manifiesta, y en el mejor de los casos, fuerza al descanso, o a la pausa que permite frenar, pensar, sentir… Así decimos que el cuerpo tiene un lenguaje, y que como cualquier lenguaje puede hablar(nos); éstas pueden ir desde un extremo telegráfico y concreto, hasta lo metafórico y representativo. El título de este texto busca indicar un cierto continuo en las posibilidades de representar lo no hablado en el cuerpo.

En psicoanálisis, el término psicosomático se utiliza en distintos niveles y sentidos. Del tejido grueso al más fino (y la metáfora no es en este caso gratuita), podríamos decir que existe desde el paciente psicosomático como tal ­­–­cuyo funcionamiento y estructura giran mayormente en torno a la problemática puesta en el soma (cuerpo) y no logra contactar con el afecto por ninguna otra vía–, hasta el proceso de somatización al que todos, incluso los más neuróticos de entre nosotros, estamos expuestos como una colitis nerviosa, o una baja de defensas cuando estamos estresados o tristes. En su introducción a Teatros del cuerpo, Joyce McDougall dice: “…Todos tenemos tendencia a somatizar cuando las circunstancias internas o externas rebasan nuestras formas psicológicas habituales de resistencia.” (McDougall, 1989, p.16).

Existen distintas formas de lenguaje y de expresión de la psique a través del cuerpo, unas dirigidas hacia la representación simbólica de un conflicto vía algún órgano específico y otras concretas y menos elaboradas que corresponden más a descargas pulsionales “en bruto”. Pensemos, por ejemplo, en alguien que se indigesta cuando come un platillo que le remite a un evento doloroso pero que logra darse cuenta de la relación entre ambas y el afecto que acompaña. En el otro extremo, a alguien que cuando termina una larga relación de pareja no siente ningún tipo de dolor emocional, sino sólo una incapacidad de comer por dolor gástrico. Ambos ejemplos tienen que ver con comida y con aparato digestivo, sin embargo uno es más simbólico y otro más concreto.

Ejemplos clínicos dan cuenta de las vías que recorre nuestro cuerpo políglota para expresar el conflicto. El cuerpo habla (sin palabras) y transmite las experiencias vividas; desde las cicatrices dejadas por los pleitos callejeros, hasta las cicatrices por enfermedad y los dolores. Todo marca al cuerpo en cada experiencia.

No se puede decir que el cuerpo de un individuo al enfermarse siempre está manifestando una u otra cosa en específico. Al contrario, pienso que una misma persona puede tener una serie de manifestaciones corporales y/o afectivas de forma simultánea, aislada, o consecuente. Es más, un mismo síntoma somático en distintos individuos significa distintas cosas. Por eso, sólo aislando al síntoma podemos hablar de una tendencia. En el análisis de estos pacientes se trataría precisamente de llevar al cuerpo a ser, no sólo un depositario de conflictos, sino a reescribirse y hacer hablar los silencios de la historia, como dice Jules Michelet.

El cuerpo escribano

El escribano es la persona cuyo oficio radica en transcribir los actos y sucesos que transcurren en su presencia, esto hace de él una figura relativamente pasiva, que funge sobre todo como testigo. El cuerpo escribano sería el que atestigua algo que la persona en sí misma no logra representar, sólo transcribe textualmente lo vivido sobre el cuerpo: las cicatrices, tatuajes y dolores. Es el cuerpo como testigo de un movimiento psíquico sin pies ni cabeza aparentes, que transcribe y escenifica que algo está sucediendo, pero sin mayor símbolo ni filtro del proceso secundario, sólo manifestándose. Es signo/señal, más no símbolo. El cuerpo es el depositario, sin tiempo ni espacio para representar.

Pienso, por ejemplo, en una súbita baja de defensas o aumento en la presión arterial posteriores a un evento traumático, incluso en la multiplicación sin sentido de las células ligadas a una pérdida (cancer), o en ciertos tatuajes, marcas en el cuerpo o heridas que imprimen un evento difícil de procesar en la piel. En su libro El niño, la psique y el cuerpo, Donald Winnicott habla de padecimientos cardíacos en niños que han estado sometidos a situaciones traumáticas en las primeras semanas de vida; privado de la posibilidad de la representación simbólica que el habla otorga, el cuerpo sólo escenifica el terror, el peligro.

Un paciente psicótico me narra que su madre le ha contado que al nacer tuvo que ser hospitalizado tres semanas porque “todo lo que comía, lo vomitaba”. Sin explicación médica, a la fecha su sistema gastrointestinal es el que más habla. Los accesos de colitis por los que ha llegado conmigo –mismos que en ocasiones lo han llevado hasta la hospitalización–, suelen tener que ver más con angustias psicóticas ligadas a fantasías de envenenamiento que con la angustia más común que lleva a otros pacientes a la misma inflamación del colón. Con esto busco ejemplificar que un mismo síntoma (colitis) no implica forzosamente que haya mayor o menor capacidad para procesar en una persona, cómo se maneja el síntoma y lo que representa es lo que nos indica el camino… El síntoma no hace el oficio.

En otras ocasiones se ha discutido sobre la diferencia entre el dolor y el sufrimiento, en términos de que uno es más inasible que el otro. El dolor emocional tiende a la transcripción directa de algo no elaborado que, al no poder ser representado, se manifiesta en el cuerpo; el sufrimiento es más suceptible de ser hablado.

Una paciente, la primera vez que nos vimos y al contarme parte de su historia, me previno que iba a llorar. Casi pidiendo permiso me dijo: “Voy a llorar, ¿ok?”. Después de esa primera cita, difícilmente pudo volver a llorar o mostrar un afecto con claridad, en cambio los dolores en el cuerpo se sucedían, insomnio, lumbagos, articulaciones, pero el sufrimiento psíquico parecía ausente (salvo por el enojo, quizás). Parte de sus dolores desaparecieron al establecer una relación de tintes sado-masoquistas con una pareja violenta. Curioso si tomamos al pie de la letra el que siempre me dijera que lo único que no quería sentir en la vida era dolor. Se refería al dolor físico, aunque evidentemente temía más al dolor psíquico. Así el cuerpo escribe y escenifica lo que no se puede sentir y/o decir.

Con este ejemplo quiero decir que la función del cuerpo escribano es la de la tela en la que se expresan contenidos sin digerir ni procesar, actuando sólo como depositario y sin un trabajo que permita el uso de las palabras para describir la experiencia, resulta en mera transcripción.

El cuerpo traductor

El oficio del traductor es ya bastante más complejo que el de escribano, este sí se involucra y participa, aunque sin protagonismos. En su artículo Transcribir, traducir, traicionar, Marilia Aisenstein inicia con una anécdota que es fundamental para entender a lo que me refiero con la labor de traducir.: “Un gran traductor, que tuve como profesor, me dijo un día cuan peligrosa era la fidelidad, agregando ‘cuando encuentres en griego la expresión a la sombra de los plátanos, lo traducirás en francés por: en la noche, al lado de la chimenea.’ A la sombra de los plátanos, se dice en griego de una conversación que, dadas las circunstancias y el ambiente relajado, toma un giro de confidencia e intimidad”, (Aisenstein, 2014, p.364).  En español quizás diríamos “junto al fuego”, o “al calor de la lumbre”. Efectivamente, la labor del traductor no es la de decir las cosas de forma literal, sino la de entender el contexto y el significado antes de expresar lo dicho. Debe asegurarse de que el significado se conserve, aún cuando eso implique cambiar el orden e incluso las palabras. Evidentemente partes de la traducción serán literales, pero muchas otras no. No sólo se trata de pasar de una lengua a otra, sino de un pensamiento a otro sin perder el sentido fundamental. Estaríamos hablando de un nivel de asimilación y de procesamiento de la información diferente, menos concreto e inmediato, sin llegar a un proceso de verdadera elaboración en el sentido psicoanalítico (working through1). No busca transformar, sino transmitir el mensaje encomendado.

McDougall concluyó que “los síntomas de ‘retención’, a través de los cuales la psique utilizaba al cuerpo para traducir las inhibiciones de las pulsiones del ello (todas ligadas a funciones somáticas) eran francamente más ‘psicosomáticas’ en su estructura, y no tenían el mismo sentido que las somatizaciones por conversión”.2 (McDougall, 1989, p.41). Aquí podríamos hablar de síntomas gástricos, como la colitis, la constipación e incluso el sobrepeso, pero también de migrañas y algunos dolores del cuerpo como tortícolis y derivados.

Una paciente adolescente que, por diversas razones, interrumpió por tres meses el análisis, se había ido con cierto sobrepeso pero regresó con casi diez kilos de más. Entre otras cosas, la ausencia de análisis no le permitió elaborar a través del lenguaje, depositando la carga en el cuerpo, y vaya que las palabras tienen peso. La obesidad es obviamente multicausal, pero los aumentos de peso también están asociados a cuestiones emocionales. En mi consulta esto se ha hecho presente en pacientes cuyo aumento de peso está ligado a una necesidad de protegerse, poner distancia y no hablar. Aún así, en algunos pacientes estos aumentos de peso parecen estar ligados a cuestiones edípicas relacionadas con un “no crecer” y evolucionar en un cuerpo adulto sexual y deseable. En otros suelen estar vinculados a mecanismos de defensa más primitivos y psicóticos, en dónde el engrosamiento de la piel protege de la sensación de desintegración y de pérdida de los límites corporales. Contrastes que me hacen repetir la importancia de no juzgar un síntoma por sí sólo.

La evolución de un cuerpo escribano a uno traductor consiste en que ya no se trata sólo de “aventar” en el cuerpo, sino que existe un primer trabajo de transmisión de la información para que ésta pueda irse hablando y entendiendo; no sólo en su expresión corporal sino como la clave para entender el afecto escondido en el síntoma somático.

El cuerpo intérprete

El oficio del intérprete por su parte, ya no es sólo el de traducir, sino el de explicar y transmitir lo dicho de forma que pueda ser entendido por su interlocutor. Al pensar en el oficio del intérprete no se puede evitar pensar en escenas de película en las cuales éste modifica lo que dice su cliente para tratar de ayudar en la resolución de un conflicto: modulando, digiriendo y filtrando lo que se dice para que, ante el choque inicial, haya lugar para negociaciones, y así evitar la guerra entre dos países, por ejemplo. Así quizás también es nuestro cuerpo, que trata de administrar la economía psíquica en conflicto.

En este caso existe un mayor grado de elaboración, conciencia de enfermedad y relación afectiva con el cuerpo. Se presenta el síntoma corporal junto con la posibilidad de poner el afecto/emoción en palabras y así ofrecerle una salida. Psique y soma no son vividos como separados, sino que realmente están en comunicación franca y abierta, tratando de resolver el conflicto.

McDougall precisa que la pulsión “no se descarga en acto más que cuando la sobrecarga afectiva y el dolor mental rebasan la capacidad de absorción de las defensas habituales. (…) hacemos algo en lugar de poner en palabra”. (McDougall, 1989, p.39). Indica también que la duración del síntoma y/o su uso indiscriminado son indicadores del grado de dificultad para representar(se) el conflicto.

La idea de intérprete se puede usar con algo que ya viene digerido y resignificado. Incluso podríamos decir que, llegado a este nivel, el cuerpo podría limitarse eventualmente a cumplir con sus funciones y a no tener que ser el constante vocero del conflicto. Cuando el cuerpo puede ser intérprete del conflicto, el nivel de elaboración es mucho mayor, y ya no se trata del órgano enfermo sólo como señal, sino como símbolo, el órgano en función de la historia y de lo que representa para el individuo. Es por eso quizás “que ciertos fenómenos psicosomáticos, así como ciertas tendencias recurrentes a enfermar físicamente, desaparecen como efecto secundario imprevisto de un tratamiento psicoanalítico, a veces sin investigación específica del significado subyacente de tales enfermedades para la economía psíquica” (McDougall, 1989, p.16).

En cuanto al cuerpo intérprete pienso más en actuaciones de cierto tipo que lo involucran al poner en acto lo que aún no se habla, y que de alguna manera gracias a esta puesta en escena accederá al lenguaje. Recuerdo a un paciente bailarín que una semana antes del estreno se rompió el tobillo, castrando así la posibilidad de hacer la temporada completa. Una dolorosa e irónica forma de representar la culpa que sentía por el éxito, escenificando además la famosa expresión para desear todo el éxito en inglés: break a leg. También viene a mí la sesión en la que una paciente mencionó cómo, tras la operación de columna de su madre, a ella le sobrevino un dolor de cuello ineluctable. Es clara una identificación masiva con la madre ligada a conflictos edípicos y a una imposibilidad de separarse. El cuerpo pone en escena e interpreta el papel que le toca jugar para ayudar a la elaboración de lo que no se ha podido verbalizar a través del discurso.

Hay un caso que muestra en su evolución el paso de un duelo inicialmente inelaborable hacia uno que, a través del cuerpo y luego de la palabra, pudo irse resolviendo. Éste buscó, poco a poco, representación a través del cuerpo, yendo desde un extremo de transcripción en piel quemada y cortada, hasta otro extremo más traducido e interpretable: tatuado en el cuerpo, dejando la marca de la tarea pendiente. Lo que la paciente buscaba evitar era procesar lo que implicaba la pérdida del padre, una pérdida tan grande y violenta, sobre todo porque va ligada a un duelo original de la primera infancia: la falta de padres maternantes (que contienen y cuidan). Me parece que, mediante conductas auto-lesionantes como quemarse y cortarse, mi paciente intentaba en un mismo gesto paradójico sentir y dejar de sentir, identificarse con su padre y a la vez eliminarlo de sí-misma. Darse cuerpo y morir un poco. Curiosamente –o no tanto si seguimos la línea de Aisenstein–, las auto-lesiones terminaron –o por lo menos se interrumpieron–, a partir del día que la paciente se tatuó una frase que le recordaba a su padre. Marcó en el cuerpo el duelo, teniendo así un recordatorio indeleble de la pérdida. Ya tatuada, pudo llorar y empezar a elaborar un duelo. Aquí se puede ver el paso de un duelo transcrito en el cuerpo, a uno que se abre paso a la representación a través del trabajo analítico que traduce e interpreta: dotando así de significado, para poder rascar en la memoria del cuerpo las heridas que necesitan palabras y afecto.

La contratransferencia en el cuerpo: diálogo entre órganos

Finalmente llegamos a la contratransferencia manifestada en el cuerpo a cuerpo en el movimiento de tramsisiones inconscientes entre analista y analizando. Este concepto teórico y técnico se refiere, entre otras cosas, a respuesta total del analista.3 Desde las distintas posturas corporales que tomamos en nuestro sillón, los “rechinidos” de tripa, los “huecos” en el estómago, hasta los dolores en distintas partes del cuerpo, todos son formas en las que el cuerpo busca entablar el diálogo.

McDougall cuenta cómo se fue encontrando con “pacientes adultos [que] funcionaban a veces como niños pequeños que, al no poder utilizar la palabra como vehículo del pensamiento, sólo podían reaccionar psicosomáticamente ante una emoción dolorosa. (…) Se trata de una forma arcaica del funcionamiento mental que no utiliza el lenguaje” (McDougall, 1989, p.28), pero una de las herramientas que sí utiliza es la contratransferencia. Así el analista,  a la escucha de su propio cuerpo y sus percepciones, puede servir tanto de escribano, como de traductor o finalmente de intérprete.

Pocas veces el motivo de consulta inicial y manifiesto tiene que ver con los malestares del cuerpo; éstos suelen ser más bien silenciosos, a menos de que lleguen ya referidos por médicos. Suelen surgir como sorpresas para el analista, y casualmente filtrarse en el contenido de la sesión. Quizás por eso de inicio no eran tema del psicoanálisis como tal, sino fenómenos periféricos. ¡Gran reto para The talking cure de Freud y Anna O. trabajar con lo que no tiene representación verbal!

“La tarea del analista consiste entonces en distinguir los fantasmas reprimidos de los que aún falta por construir ya que no han entrado jamás en el código del lenguaje…” (McDougall, 1989, p.43). Un mismo síntoma, según la historia del paciente y el momento vivido puede estar en su fase de transcripción, de traducción o de interpretación. Cuando el cuerpo del analista percibe lo que el paciente trata de decir, es ya un inicio de la representación a través del otro. Esto es similar a lo que sucede en la relación entre la madre y el recién nacido, en dónde la madre es la que percibe y detecta las necesidades del hijo y se las devuelve digeridas y llenas de significado.

Hablando del cuerpo, vale la pena reflexionar acerca de las enfermedades genéticas y su capacidad para transmitirse/transcribirse/traducirse o no de generación en generación, y de la influencia que tiene hoy en día el poder realizar perfiles genéticos que determinan la presencia de enfermedades por venir. En estos casos, la posibilidad de la representación y del lenguaje tienen mucho que ver, no en la presencia o no de la enfermedad, pero sí con el momento de presentación y en su evolución. En el verano de 2015, durante el congreso de la Internacional de Psicoanálisis en Boston, Marilia Aisenstein mencionó cómo, a su parecer, el psicoanálisis evidentemente no puede evitar la presentación de una enfermedad genética, pero sí retrasar su aparición o su evolución, y en ciertos casos mejorar el pronóstico. Dio el ejemplo de una investigación sobre la evolución del cáncer de mama en mujeres que habían enviudado recientemente en comparación con las que no; como pueden imaginarse, las que no tenían tan pesado duelo frente a ellas tuvieron mejores pronósticos y desenlaces. Esperemos seguir con el trabajo de poner en palabras y liberar a un cuerpo que ya de por sí tiene tanto que comunicar.

Finalmente si algo trata el cuerpo (y el psicoanalista) es de decir lo no dicho, de ponerle palabra a lo previamente innombrable.

 

Marina Meyer Rojas
Psicoanalista de la Sociedad Psicoanalítica de México, tiene un interés particular por la clínica de los trastornos psicosomáticos.

 

Bibliografía:

Aisenstein, M. (2014). El dolor y sus enigmas, México: Paradiso editores.

McDougall, J. (1989) Théâtres du corps, París, Francia: Gallimard (2003).

Winnicott, D.W. (1996) L’enfant, la psyché et le corps. París, Francia: Petite Bibliothèque Payot (2013).


1 Diccionario Laplanche y Pontalis, “Término utilizado por Freud para designar, en diversos contextos, el trabajo realizado por el aparato psíquico con vistas a controlar las excitaciones que le llegan y cuya acumulación ofrece el peligro de resultar patógena. Este trabajo consiste en integrar las excitaciones en el psiquismo y establecer entre ellas conexiones asociativas.(…) consiste en una transformación de la cantidad de energía, que permite controlarla, derivándola o ligándola.”

2 La conversión se distingue de la somatización, en el sentido de que representa y simboliza algo de una forma más directa. La conversión es un síntoma típicamente histérico, en dónde por ejemplo una paciente que tuvo ganas de golpear a su padre con el brazo, pierde movilidad en este como una forma de expresar este deseo prohibido sin actuarlo.

3 En su diccionario de psicoanálisis Laplanche y Pontalis mencionan “algunos autores designan como contratransferencia todo aquello que, por parte de la personalidad del analista, puede intervenir en la cura; otros, en cambio, limitan la contratransferencia a los procesos inconscientes que la transferencia del analizado provoca en el analista.”

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Publicado en: Ensayo literario