Principio de nada

Ilustración: Patricio Betteo

Me gustan los principios mucho más de lo que me gustan los finales. Es lógico. Lejos de las lacrimógenas rupturas, el mejor momento de una relación es cuando empieza, el periodo pasional que en inglés llaman infatuation, o en lunfardo, metejón, como explica Cristina Peri Rossi al inicio de su libro de cuentos Por fin solos. Se celebra el comienzo de una vida pero, salvo casos particulares, no se festeja la muerte de nadie. Aunque terminar la escuela resulta liberador, hay un perpetuo halo de misterio alrededor del primer día de clases. El principio de la vida también debió ser lindo, polvo espacial flotando sin ninguna preocupación.

Se conoce como chasing the dragon al subidón de placer que viene después del primer uso de heroína y que no vuelve a ocurrir con la misma intensidad nunca más (de ahí la metáfora con la persecución imposible). Algo similar ocurre entre el comienzo de la adicción a los opioides y los primeros amores juveniles; “¡si jamás he podido entrar en unos brazos sin sentir —aunque sea nada más que un momento—igual deslumbramiento que a los veinte años!”, dice una de las estrofas de “Pandémica y celeste”, uno de los poemas más conocidos del catalán Jaime Gil de Biedma. Lo sabía el poeta, lo saben las series adolescentes y por suerte, lo sabemos quienes ya superamos esa etapa de la vida: nadie se enamora y sufre como a los veinte años.

La frase “empezar por el principio” (el principio de los tiempos, el principio de la vida o el principio de la historia) revela que, con un mínimo de imaginación, es posible empezar por cualquier lado. El recurso de comenzar un relato por la parte más jugosa, la más triste o la más sorprendente se conoce como in media res, una locución latina que significa “en medio de las cosas” o “en pleno asunto”.

Gracias a la combinación de una sonoridad seductora y de alguna anécdota interesante (que puede incluir el anuncio de un asesinato, la búsqueda del padre ausente en una tierra lejana o una familia infeliz a su modo), los principios de varios libros, in media res o no, son un referente cultural aunque no se haya avanzado más allá de la primera página. Una vez leí que Nancy Sinatra se quedó viendo el final de Seinfeld mientras una ambulancia llevaba a su padre moribundo al hospital y me pareció un principio posible, casi tan cautivador como “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo” o “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”.

El entusiasmo por los principios fue el que condujo al sultán Schahriar a perdonarle la vida a Schehrezada para oír una nueva historia cada noche y lo que llevó a Italo Calvino a escribir Si una noche de invierno un viajero, una novela de comienzos truncos, donde una historia de amor y varias novelas en potencia no llegan a terminar. Para Calvino, la fascinación novelesca en su estado más puro ocurre en las primeras frases del primer capítulo de muchísimas novelas pero, igual que con muchas primeras veces, de manera invariable el encanto se rompe al continuar la narración. Supongo que, tras comenzar a narrar una y otra vez, Calvino vio en el mito de Sísifo no un castigo eterno sino un área de oportunidad.

La carga semántica que se condensa en los principios de muchas series televisivas me conmueve más que sus finales, aunque las escenas iniciales no despierten la misma pasión que los finales entre sus adeptos. Los patos que abandonan la alberca de Tony Soprano marcan el inicio de su vida en terapia. El mejor personaje de Six Feet Under es Nathaniel Fisher Senior, que funciona como agorero el resto de la serie aunque sale vivo apenas los primeros cinco minutos del episodio piloto. The Office tiene un final efectista: Michael Scott regresa, el amor triunfa… listo, ya está, pero no compite con una engrapadora metida en gelatina. Quizá me conmueve la promesa de novedad. Quizá es todo lo que los principios cuentan sin que sea necesario explicarlo. Quizá es la cantidad de veces que uno reinterpreta el inicio, avanzadas algunas temporadas. Quizá sólo me gustan los principios porque pocas veces los fans opinan sobre cómo ellos lo habrían hecho mejor.

Se llama cold open o teaser a esa secuencia de apertura que aparece en muchas series, sobre todo de comedia, antes de los créditos iniciales. Igual que el arrobamiento que producen muchos principios librescos, la función original del cold open era enganchar al espectador en la historia para evitar que cambiara de canal, aunque en muchos programas se convirtió en una pequeña secuencia independiente, ajena al resto de la historia. Tal vez era esta especie de chiste solitario lo que mantenía la atención de los televidentes.

Alguna vez en cierta clase, alguien comparó los icónicos principios de la familia Simpson frente a la televisión con los comienzos de algunos ensayos, que parten de un tema lo más alejado posible del resto del texto. A diferencia de éste y otros programas de tele, la complejidad del ensayo radica en conectar ese principio con una serie de temas a la deriva, e intentar llevar todo a buen puerto. Desde Michel de Montaigne hasta Norah Ephron, muchos ensayistas han recuperado la metáfora del paseo para explotar su ingenio retórico. Esto les ha permitido vagabundear entre sus obsesiones personales y transitar de asuntos tan sublimes como la amistad, la libertad o el amor a la patria hacia cuestiones como el jabón, la caca o los suéteres.

Tal vez mi ejemplo favorito de unir dos extremos radicalmente opuestos con éxito lo escribió César Aira en “Dos notas sobre Moby Dick”. Allí logró unir el “Call me Ishmael”, con el que comienza la densísima novela de Melville —cuyo narrador pide ser llamado así para salvaguardar su identidad o como una invitación a tutearlo—, con el perrito Snoopy, cuya vocación de escritor frustrado lo lleva a escribir varios borradores de los que sólo sobrevive un “Call me Snoopy”.

Para cada comienzo tengo una frase ingeniosa, pero casi nunca un punchline que funcione como final satisfactorio. Quizá porque no sé cómo acabar es que, como Calvino –o como Snoopy– vuelvo una y otra vez al inicio.

Ana de Anda

Ensayista. Su primer libro es Los relingos (FCE, 2025).

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Publicado en: Registro personal