“Todo suicida es un rebelde y merece nuestra admiración”, afirma el autor en este ensayo. Como todo gran escritor, Quirarte reúne en equilibrio su experiencia personal con una serie de poemas y otras referencias para encarar esa pérdida tan enigmática, la muerte por voluntad propia. El ensayo es parte de Suicidio (Debate, 2021), un volumen de ensayos que compila y prologa Arnoldo Kraus, ya en librerías.

A la memoria de Dominique Kalifa (1957-2020)
La frase que da título a este ensayo procede de uno de los relatos más hermosos y enigmáticos de Herman Melville. “I would prefer not to” es un manifiesto que deja la puerta abierta, la esperanza de un futuro. No es la negativa absoluta sino una elección hipotética. Más allá de la cortesía, es una manera de decir “quisiera quedarme, pero no puedo”. El tiempo condicional impone un retraso, una demora que finalmente conduce al escribiente Bartleby a la muerte por inanición. A un suicidio velado.
“Preferiría no hacerlo.” Supongamos que la expresión anterior es articulada en medio de una fiesta donde todos, menos el que quiere marcharse, se divierten. El que se va tiene la voluntad, pero carece de la capacidad para quedarse. Quienes permanecen no imaginan que hacerlo es resistir, mantener a raya al enemigo que está esperando a su víctima en casa. La que sabe —le otorgamos nombre femenino— que la victoria final va a ser de la cuerda, el arma o el veneno. Sin embargo, quienes nos quedamos de este lado no imaginamos los sufrimientos del que se va. Nuestra alegría irresponsable, biofílica y natural, no puede comprender cabalmente esa conducta que nos parece excéntrica. Si no podemos comprenderlo a plenitud, tampoco podremos respetarlo y al final nos quedaremos con una serie de preguntas sobre su último papel y su voluntaria decisión de abandonar el escenario.
Quien abre la puerta antes del tiempo que biológicamente le corresponde ocupar no es un cobarde sino un convencido. El lugar común y la nota roja la llaman “la puerta falsa”. El nombre, tan propio de canción ranchera, es equívoco y está lleno de trampas, pues quien decide abrir esa puerta es porque el dolor y el hastío la han convertido en la única posibilidad. Resplandeciente y esperanzadora. El que se va por voluntad propia experimenta en los últimos momentos un sentimiento de alegría, pues sabe que sus dolores están por terminar. Tal vez alegría no sea la palabra adecuada. Habría que decir alivio porque es lo que sobreviene al adelantar el curso natural de los hechos, trátese de una enfermedad, un desorden, una desarmonía. Todo suicida es un rebelde y merece nuestro respeto y nuestra comprensión. Cuando no nuestra admiración incondicional.
También la merece quien acepta permanecer de este lado, sufrir y gozar los desastres cotidianos del alma. Nombrar la desesperación es trascenderla, dijo Lautréamont, y la música que brota por la herida así lo demuestra. Es el turno de un sufridor profesional, un herido de tiempo completo, que supo reírse de la muerte y nos enseñó a reír con él. Su nombre es Rubén Bonifaz Nuño:
Algo se me ha quebrado esta mañana
de andar, de cara en cara, preguntando
por el que vive dentro.
Y habla y se queja y se me tuerce
hasta la lengua del zapato,
por tener que aguantar como los hombres
tanta pobreza, tanto oscuro
camino a la vejez; tantos remiendos,
nunca invisibles, en la piel del alma.Yo no entiendo; yo quiero solamente,
y trabajo en mi oficio.
Yo pienso: hay que vivir; dificultosa
y todo, nuestra vida es nuestra.
Pero cuánta furia melancólica
hay en algunos días. Qué cansancio.Cómo, entonces,
pensar en platos venturosos,
en cucharas colmadas, en ratones
de lujosísimos departamentos,
si entonces recordamos que los platos
aúllan de nostalgia, boquiabiertos,
y despiertan secas las cucharas,
y desfallecen de hambre los ratones
en humildes cocinas.Y conste que no hablo
en símbolos; hablo llanamente
de meras cosas del espíritu.Qué insufribles, a veces, las virtudes
de la buena memoria; yo me acuerdo
hasta dormido, y aunque jure y grite
que no quiero acordarme.
De andar buscando llego.
Nadie, que sepa yo, quedó esperándome.
Hoy no conozco a nadie, y sólo escribo
y pienso en esta vida que no es bella
ni mucho menos, como dicen
los que viven dichosos. Yo no entiendo.Escribo amargo y fácil,
y en el día resollante y monótono
de no tener cabeza sobre el traje,
ni traje que no apriete,
ni mujer en que caerse muerto.
El texto pertenece a Fuego de pobres (1961), cuando el poeta no ha llegado al año 50 de su edad, la mitad del camino de la vida, pues sobreviviría hasta casi alcanzar los 90 años, siempre trabajando como si fuera el joven de siempre. Todo parece sonreírle en ese instante, pero el sufrimiento que experimenta es verdadero. De otra manera la poesía sería puro ejercicio retórico. Toda obra de arte surge contra algo, a pesar de algo, en contra de algo. Sólo la belleza nos ampara, recuerda Bonifaz, y sus visitas y alegrías son contadas y fugaces. El psicocrítico Didier Anzieu examina de qué manera Paul Valéry hubiera buscado la muerte voluntaria de no haber escrito El cementerio marino.
La primera expresión de gran parte de los suicidas que se salvan dice, más o menos: “Es que no me quería morir”. En otras palabras: “Preferiría no hacerlo”. El suicida, como verdadero rebelde, está haciendo una suprema llamada de atención. En realidad es una llamada de atención a la vida que se le niega, al hábito que los otros ejercen, en apariencia sin problema, al otro a quien —inevitablemente— le está cediendo la responsabilidad de una existencia fracasada. La frase “no se culpe a nadie de mi muerte” implica culpar a todos, pero en realidad es culpar a la vida que se niega. Hay diferentes tipos de suicidas, como se ha encargado de clasificarlo Marc Etkind, autor del libro Or not to be, clara alusión al dilema planteado por el genio de Shakespeare.
Una de las preguntas más comunes que nos hacemos es cómo murió el suicida. Cómo eligió sus condiciones. Cuál fue su última escenografía. Quienes hemos atravesado por esos momentos lo sabemos. Mi padre se fue de entre los vivos a las tres de la tarde del 13 de marzo de 1990, mientras las jacarandas florecían en todo su esplendor. Mi hermano se quitó la vida un 9 de mayo de 1998. Iba rumbo al año 47 de su edad; yo, al número 44. La primera muerte en familia significó un consuelo. La segunda estuvo llena de interrogantes y reproches. He tratado de explicar ambos hechos en páginas de mi libro La Invencible, nombre de una cantina en el viejo barrio de San Ángel, pero también sinónimo de la vida, la escritura, el amor, la belleza.
“Morir es duro. Mas no poder morir si todo muere es más duro quizás.” Luis Cernuda abre una posibilidad, con el adverbio último. Pero para el suicida están vacíos de sentido los adverbios temporales. El tiempo ha dejado de existir para él. El tiempo, ese enemigo abominado por Baudelaire, nos otorga un cuadrante y dicta la rutina que nos obliga a funcionar con el mecanismo de un reloj.
Admiro doblemente a mi hermano porque se colgó mediante el cable que lo unía en la vida a dos de sus más grandes pasiones: la música y su fiel reproducción. En un primer momento, cuando supe que ya no existía, de manera inmediata pensé que había acudido a un veneno. Lo afirmo sin decirlo en uno de los poemas que escribí dedicados a sus alas, colección titulada Zarabanda con perros amarillos:
Un cable profesional de uso pesado
conecta mejor el alma
con el cuerpo tangible de la música
o soporta tu peso en el espacio.
Expertos en alta fidelidad
lo llaman Cable Monstruo.
Los iniciados saben
que sus piezas nucleares son de oro,
piedra filosofal, cordel, elíxir
para calmar la sed del Minotauro.
Un cinturón de piel negra y brillante
—víbora con traje de pantera,
sola prenda que ciñe una cintura—
hace de las caderas femeninas
un planeta sin límites
o mide la amargura en agujeros.
La soga trenzada con fibras vegetales
rescata de la arena al desahuciado
o al del alma robada le permite
caminar en el aire
y ser otra vez la transparencia.
La prodigiosa lámpara
oculta en el mercado
del laberinto que guarda los secretos
de la vieja ciudad
ahuyenta a los hijos de la noche
o lacera la carne
con su látigo limpio de pecado.
El sobre que contiene
la carta de adiós o la declaración de guerra
puede cortar la lengua
o desata en el cuerpo de la tina
las arterias que el mármol
envidia a los mortales.
Herramientas del hombre,
tijeras de un Dios niño
que se aburre de ser sin sus criaturas.
Hacer público el testimonio de un suicida es un espectáculo pornográfico, dice Etkind. Mas una palabra destaco de la carta donde mi hermano expone los motivos que tuvo para dejar el mundo: el miedo. Lo invadió por completo, de tal manera que no tuvo otro remedio que el de Roderick Usher en la historia de Poe: “No aborrezco el peligro, como no sea por su efecto absoluto: el terror. En este desaliento, en esta lamentable condición, siento que tarde o temprano llegará el periodo en que deba abandonar vida y razón a un tiempo, en alguna lucha con el torvo fantasma: el miedo”.
No es coquetería sino verdad absoluta. “Quien habla solo espera hablar con Dios un día.” “El que está solo está en mala compañía.” Las palabras de Antonio Machado y Paul Valéry no son antagónicas sino complementarias, propias del ser humano. Nacemos y morimos solos, pero buscamos la cercanía del prójimo para enfrentar juntos este inútil pero necesario combate. Wakefield, el personaje de Nathaniel Hawthorne que prefigura al Bartleby de Herman Melville, se separa del mundo de los vivos y vive en reclusión voluntaria. Vuelve a casa luego de 20 años de ausencia. Borges ha insistido en lo que en su opinión constituye una deficiencia de los cuentos de Hawthorne: la necesidad de contar dos o más veces la misma historia o de reiterar constantemente el símbolo de la narración. De hecho, toda la anécdota se cuenta en la noticia de periódico donde aparece la loca hazaña de Wakefield.
La tendencia a la alienación, a la separación tajante entre el sentido común, la sensatez por un lado, y la extravagancia y el derecho a la libre elección, es una constante de la narrativa de Hawthorne. Confróntese “Wakefield” con “El velo negro del ministro”. El pastor Hooper se aísla voluntariamente del mundo desde el momento en que un velo negro, material y tangible, cubre su rostro.
Al igual que Bartleby, monarca solitario en una oficina desierta de Wall Street, Hawthorne vivió por y para la literatura. Ante la imposibilidad de enfrentarse, o más bien adaptarse, a un mundo cada vez más irreal, negó, rechazó y se rebeló. El resultado es la obra narrativa que ahora llega hasta nosotros y que llevó a Melville a escribir: “He aquí la gran verdad sobre Nathaniel Hawthorne. Dice no bajo el trueno y ni el mismo demonio ha de arrancarle un sí. Pues todos los hombres que dicen sí mienten”.
Aprendamos a respetar al que se ha atrevido a decir “no” y ha visto lo que otros han creído ver. Hubo un tiempo —que ahora observamos como lejano— en que la frase “extinción masiva” estaba lejos de nuestro presente gozoso, confortable y hedonista. La crisis actual, sin precedentes en los años que me ha tocado vivir, porque involucra a todo el planeta, ha provocado mayor ansiedad, angustia y depresión, y ha aumentado por lo tanto la proclividad al suicidio. Quienes lo hemos experimentado en la mutilación por voluntad propia de seres más próximos a la tribu hemos agotado la bibliografía que puede dar respuesta a las preguntas que nos planteamos para prevenir o no repetir esa conducta o para hallar los posibles motivos que condujeron a esa decisión. Uno de los libros que mejor confirma esta idea es Morir antes de morir. El tiempo Alzheimer, de Arnoldo Kraus, que tiene un lugar de honor en mi librero. Acudo frecuentemente a él y otros libros que lo acompañan en el anaquel, como El demonio de la de presión. Un atlas de la enfermedad, de Andrew Solomon, o Esa visible oscuridad, de William Styron. Morir antes de morir es una valerosa, dolorosa reconstrucción de la enfermedad paterna. Como sucede, o como debe suceder en todo auténtico escritor, Kraus se vale de la experiencia personal para construir un libro que ayude a quienes pasan por dolores semejantes. Cierra el libro un extenso poema que desde su aparición se integró con ganada justicia a la selecta nómina de las mejores elegías que se han escrito sobre el padre. No se trata de una hipérbole amistosa: en una sesión de tutoría con los becarios de ensayo en la Fundación para las Letras Mexicanas, uno de los muchachos, a quien siempre le pedía que leyera en voz alta porque uno de sus trabajos anteriores consistió en leer para ciegos, dio lectura al poema de Arnoldo sin conocerlo antes. Lo hizo de manera contundente y sobria, como lo exige el texto. Al final hubo un silencio prolongado que ninguno se atrevía a romper. Recordé el cuento de Raymond Carver sobre la muerte de Antón Chéjov. Luego de que ésta ocurre, la esposa del escritor solicita quedarse un momento a solas con el cuerpo. Más tarde escribirá: “No había voces humanas, ni sonidos de todos los días. Había sólo belleza, paz, y la grandeza de la muerte”. Lo mismo puede afirmarse del lector que hace parte de sí, de manera profunda y verdadera, la escritura de Arnoldo Kraus. Como pocos, ha logrado aliar al mismo tiempo la verdad y la belleza que el clásico exigía del arte verdadero.
Pero es de la muerte y sus múltiples, indescifrables enigmas, de lo que hablamos anteriormente. Regresemos y finalicemos este viaje con más referencias a la muerte por voluntad propia, de la que también he hablado largamente con Arnoldo, ya a través de la lectura de sus ensayos, ya en la conversación informal y cotidiana. Uno de los grandes misterios del que se quita la vida, de quien asesina a su propio ser, o del ser que lo ha abandonado, es si se trata de una decisión meditada o si es fruto de un desorden mental que impide cualquier forma de retorno.
Un día más, decimos cuando asoma la luz detrás de las montañas y sabemos que su cima nos espera, desafiante y entera, para poner a prueba nuestros cinco sentidos, la estructura que nos ha sido dada para honrarla y honrar así a la especie y nuestro mundo. Eso se decían también seguramente los prisioneros en Auschwitz, cuando la cerca electrificada que rodeaba el campo garantizaba una muerte instantánea y segura. Uno de ellos se llamaba Primo Levi y sobrevivió al horror, hasta quitarse la vida en el año 67 de su edad, cuando sintió que se había ganado el derecho a suspender la resistencia.
Se muere como se ha vivido. La actriz Lupe Vélez, triunfadora en Hollywood, organizó una fiesta mexicana y se despidió de este mundo con una escenografía rigurosamente planeada. Hasta el final, se mantuvo fiel a su histrión. Los barbitúricos ingeridos, el hallazgo de su cuerpo sin vida en el baño, en una postura grotesca y misteriosa, forman parte de una leyenda urbana que no hubiera disgustado a la oriunda de San Luis Potosí. El director James Whale —llamado el padre de Frankenstein, porque a él se debe la versión más conocida de la novela, protagonizada por Boris Karloff—, tras morir ahogado por voluntad propia en la alberca de su casa, dejó una nota ejemplar: “Mi vida ha sido maravillosa. El futuro está lleno únicamente de dolor y viejos recuerdos. Necesito estar en paz y éste es el único medio de lograrlo”.
Al que se queda cuando pierde a un ser próximo, se le pide o se le exige la palabra resignación. Hay que meditar en su significado profundo, pues significa firmar de nuevo, volver a establecer un pacto con la vida que parece estarnos siendo arrancada. Mientras no llega el momento de la nueva signatura, no podremos tener la paz que nos permita continuar desempeñando el papel que la vida nos otorga.
“La resistencia es mejor que la existencia”, escribí al final de mi libro La Invencible, comenzado mi año 56, la misma edad de mi padre cuando abandonó este mundo. Lo escribí entonces y lo sostengo ahora, una década más tarde. La cercanía de la muerte, por causas naturales o debida al enemigo silencioso que a todos nos hermana, no aumenta el apetito que por ella sentimos. Por el contrario: nuestro deber es resistir y apoyar al prójimo en lo que podamos. Llevar adelante la aventura vital que nos corresponde y encontrar los asideros que apuntalan cada uno de nuestros días. Sólo de esa manera aprenderemos a respetar plenamente la decisión del que quiere irse de la fiesta.
• Arnoldo Kraus (coordinador). Suicidio, Debate, México, 2021, 346 p.
Vicente Quirarte
Escritor, investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM. Su obra incluye libros de poesía, narrativa, teatro, crítica literaria y ensayo histórico. Su colección más reciente de poemas se titula Bisturí de cuatro filos.
Simplemente maravilloso. El respeto del que toma está decisión. En la primera oportunidad adquiero el libro. Muchas gracias compartir estás líneas del libro.