Postales desde el viejo mundo

En su columna de este mes, Elisa Díaz nos ofrece una serie de paisajes y escenas viajeras en prosa de un mundo que ve los reflejos de su propia destrucción.
Anna Atkins, Punctaria plantaginea, fotografía en cianotipo, 1843. Fuente: The Public Domain Review
Anna Atkins, Punctaria plantaginea, fotografía en cianotipo, 1843. Fuente: The Public Domain Review

1.
Habito una geografía que arde y en las tardes camino por el puerto. Insertados en el mar, enormes armazones metálicos brillan como míticos monstruos geométricos, se levantan desde el agua a tomar aire. Esqueletos de cardenillo encallado con las fauces abiertas. Tan grandes que mis ojos no alcanzan, tan a la espera de algo que no llega, receptivos o vacuos. Pienso que cada vez más nuestras construcciones parecen ruinas de sí mismas, como si quisiéramos acercar el edificio a su propia destrucción, acortar la distancia entre plenitud y despojo. Óxido y manufactura. Me alejo de mi nombre día a día. Quiero devolverle a la sangre su color olvidado.

2.
En este sitio el mar tiene un color distinto. Un azul roto que cree en sí mismo. Hiere. Los pescadores se sientan sobre grandes bloques de concreto que ha olvidado alguna civilización industrial arruinada. Aquí el mar debería tener otro nombre. En la noche lo escucho a lo lejos. Redondo y vertido en su propia sombra.

3.
A veces recuerdo la emoción primera, un color que empieza a distinguirse entre la más cerrada oscuridad. El tiempo: este armatoste de segundos. Hierve la leche y se alza, la cortina se suspende en el viento, alguien gasta las monedas del nombre de su madre. A veces el sol caza los últimos turistas, les habla en su lenguaje crudo de quemaduras, escalda a quienes todavía andamos sobre la tierra. Adentro de la casa, trepados a los sillones y descalzos, bautizamos moscas de grandes vientres convexos. Es otoño en mi reloj de muñeca.

4.
Bienvenidos a la Tierra Prometida. Cerrada fines de semana, días festivos y a la hora de la siesta.

5.
Escucho la caligrafía lenta del sol en mi espalda. El azar sin entereza del aquí. Cada domingo los fieles cometen terribles actos caníbales.

6.
A veces soy hipotética como la última manzana del universo. Ayer pierdo mi sombra bajo las arcadas de una ciudad que no conozco. Un tío me explica los soportes de un edificio gótico.

7.
Hubo un tiempo en el que fui tocada. El verano rompió mi corazón. Luego me dictaste la clave del internet. Tu voz desde otro cuarto, sotavento. El amor sin significado del principio. La duda, antes descrita por los médicos. El evangelio en una sola pastilla de liberación prolongada. Y yo te pregunté, cuando apagamos la lámpara y sólo nuestras voces existían: ¿cómo se llama la enfermedad de la belleza?

 

Elisa Díaz Castelo
Poeta y traductora

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Publicado en: poemas periódicos