Postales desde el Fondo

Para conmemorar los 90 años del Fondo de Cultura Económica, una de las editoriales punteras en la historia de México e Iberoamérica, hemos recuperado varias postales que sintetizan algunos momentos de su historia y vida cotidiana. Todas ellas narradas por las voces de sus protagonistas: desde los fundadores y directores del Fondo, pasando por varias generaciones de editores y traductores, hasta especialistas, correctores e impresores. Hemos obtenido estas postales gracias a una serie de entrevistas que la revista nexos realizó con algunos miembros y ex-miembros del FCE, de visitas al Archivo del Fondo de Cultura Económica y la Biblioteca Gonzalo Robles, así como de estudios, memorias, conferencias y otros materiales bibliográficos. Estos pequeños relatos resultan imprescindibles para entender la vida y el espíritu de la Casa y, por lo tanto, para comprender la historia intelectual de México.

  1. Los inicios

Emigdio Martínez Adame, miembro de la Junta de Gobierno del FCE: se hablaba mucho de la necesidad de traducir al español los libros de economía, entonces desconocidos en México. Manuel Gómez Morín –director de la Facultad de Derecho– organizó algunos cursos de inglés mediante los cuales los estudiantes podrían comprender los libros que llegaban de Estados Unidos. Daniel [Cosío Villegas] se dio cuenta de que eso no bastaba y sugirió la idea de que se creara una editorial especializada en ciencias sociales. Era cuestión de comenzar de cero.

Daniel Cosío Villegas, fundador del Fondo de Cultura Económica: Mi preocupación principal era ver a Genaro Estrada y averiguar qué había pasado con nuestro plan de publicaciones económicas.  Me dijo que al recibo de mi carta se puso en movimiento acudiendo a don Fernando de los Ríos. Don Fernando acogió con verdadero calor la idea, al grado de provocar una reunión extraordinaria de ese Consejo [de la editorial Espasa-Calpe]. Cuando creía haber convencido al Consejo, Ortega y Gasset pidió la palabra para oponerse, alegando como única razón que el día en que los latinoamericanos tuvieran que ver en la actividad editorial de España, la cultura de España y la de todos los países de habla española “se volvería una cena de negros”. La idea fue desechada, pues Ortega era el consejero mayor de Espasa. Cuando Genaro acabó su relato, conservé bastante buen humor para comentar que hasta en eso se había equivocado Ortega, pues debía haber dicho cena de indios.

Regresé bien alicaído a México. Pero mi alivio fue instantáneo, pues al relatar a mis amigos mi fracaso, de todos ellos brotó la resolución de que si los españoles se negaban a embarcarse en la empresa, nosotros lo haríamos.

  1. Las primeras oficinas: un cuarto del Banco Hipotecario y de Obras Públicas en la calle de Madero #32

Emigdio Martínez Adame: En esa época Marte R. Gómez llegó a la Secretaría de Hacienda y me nombró director general de Egresos. Yo estaba enterado del proyecto de Daniel, de su grupo, y de la urgencia de recabar fondos. Hablé con Marte R. Gómez y le pedí que nos obsequiara un donativo de diez mil pesos. Me los dio. Hoy esa cantidad parece insignificante, pero en los años treinta era muchísimo dinero. Si quiere darse una idea exacta, le diré que el presupuesto que comenzó a ejercer el general Cárdenas fue de 242 millones de pesos para todo el país.
Cuando Marte R. Gómez me dio el dinero se lo comuniqué a Daniel, que entonces era asesor en la Secretaría. En seguida hablamos con Gonzalo Robles –entonces director del Banco Hipotecario y de Obras Públicas–, que nos ayudó permitiendo que nos instaláramos en un cuartito del Banco.

Emma Cosío Villegas, correctora del FCE y esposa de Daniel Cosío Villegas: El Fondo se instaló en una casa un poco vieja, que no estaba diseñada para ser oficina. Todos trabajaban en un solo cuarto. Daniel tenía allí un despacho donde no vi nada más que una mesa y un librero repleto. Allá iban a trabajar con él Joaquín Díez-Canedo, Javier Márquez y un joven, Manolos Juárez, su ayudante.

  1. El Trimestre Económico

Daniel Cosío Villegas: Un año antes de crearse el Fondo, Eduardo Villaseñor y yo convencimos al librero y editor Alberto Misrachi de sufragar los gastos iniciales de una revista económica que, copiando al Economic Quarterly, bautizamos El Trimestre Económico. Al primero que le pedí una colaboración fue a Manuel [Gómez Morín], quien me la prometió muy formalmente, y a pesar de los dos meses de plazo que le di, no me la entregó. Para castigarlo, en el primer número de El Trimestre, que salió en 1934, apareció con su nombre el artículo “La organización económica de la Sociedad de Naciones”, que yo escribí. Le llevé un ejemplar de la revista y le dije que una de dos, o se aguantaba, o yo hacía en el próximo número una historia de su incumplimiento.

  1. Primera mudanza: Pánuco 63

Víctor Díaz Arciniega, investigador especialista en la historia del FCE: Durante el primer semestre de 1940 las limitaciones del espacio físico de trabajo se  volvieron abrumadoras y provocaban un notable grado de ineficiencia; la gente, tanto los colaboradores externos como los de la Casa, se concentraban sobre un escritorio y se disputaban la palabra casi a gritos, con lo que esto acarreaba. A eso se debe añadir el amontonamiento de paquetes con libros, papel y tanto más que convertían en minúsculas las que de por sí eran unas estrechas oficinas, para colmo compartidas con La Casa de España en México. A mediados de 1940 se estacionó un camión de mudanzas en la calle de Pánuco 63, frente a una vieja, típica residencia de dos pisos de familia acaudalada durante el gobierno de Porfirio Díaz.

Jaime García Terrés, Director del FCE (1982- 1988): Tras la Facultad, [Joaquín Díez-Canedo y yo] nos encontramos en el Fondo de Cultura Económica –adonde yo solía asomarme, por diversos motivos que no vienen al caso, aun antes de que Joaquín asumiera la gerencia de producción y luego la gerencia general. Recuerdo las posadas que celebrábamos en la vieja casona de Pánuco, a las que Eugenio Ímaz ponía, cuando se animaba, fondo musical entonando Toca ese vals, Conchita, toca ese vals precioso… y otras canciones insospechadas que fueron volviéndose rituales de aquella época.

  1. Exilio español. Primer equipo del Fondo de Cultura Económica

Francisco Giner de los Ríos, impulsor del Fondo y secretario de Alfonso Reyes en El Colegio de México: éramos una isla española en aquel viejo palacete de Pánuco 63 en que hervían las discusiones no siempre del todo técnicas. Los “técnicos” comíamos en la editorial –estupenda iniciación para los españoles en las enchiladas mexicanas– y antes de reanudar el trabajo teníamos en el despacho de Cosío Villegas unas reuniones de sobremesa en que se discutía de todo lo humano y lo divino. De ellas fueron saliendo colecciones y proyectos editoriales nuevos, propuestas de libros importantes y hasta elaboramos una especie de manual para uniformar las traducciones y textos que dieran su propio estilo a la que ya considerábamos nuestra casa.

  1. Economía para poetas. Los primeros traductores.

Juan José Arreola, miembro del Departamento Técnico (1946-1948): Hace veinte años que publicamos libros. Aquí, en México. Y fundar en 1934 una empresa editorial sin miras comerciales era una desventurada utopía… Ya constituidos en persona moral y con grandes planes en la cabeza, publicamos El dólar plata, porque tenía pocas páginas y porque Salvador Novo nos lo tradujo barato.

Salvador Novo, poeta y primer traductor del Fondo de Cultura Económica: Cuando empezó el Fondo, yo me hallaba sin trabajo ni ruta definida. Acababa de salir de Relaciones, último lugar en que trabajé con el doctor Puig, y no había aún encontrado un camino de trabajo independiente y personal. Eduardo [Villaseñor] y Daniel Cosío me encargaron algunas traducciones de libros económicos para el Fondo. Recuerdo una, El dólar plata, y un tratado muy divertido sobre la moneda. No tengo ni un ejemplar de esos libros, ni recuerdo absolutamente de qué trataban.

  1. Gráfica Panamericana

Francisco Giner de los Ríos:  Había yo dado el “tírese” a un pliego de cierta obra que venía prácticamente limpio. Eugenio [Ímaz] estaba interesado en ella, le pasé la segunda prueba y él se puso a leerla. De repente saltó de su silla, soltando un taco tan fuerte como justo, y bajó a la imprenta para detener la prensa. Había descubierto un “toro unigénito” que se nos había pasado a todos, en lugar de la famosa “bula (bull) unigénita” denunciada por Voltaire siglos atrás.

  1. Las colecciones

Francisco Giner de los Ríos: En uno de sus escasos momentos líricos, Cosío Villegas propuso que se pusiera al libro como pie centzontle, por aquello de la poesía y del ruiseñor. Dictada por teléfono a la imprenta la palabra, las zetas españolas debieron ser tan sólidas que el pájaro se transmutó en piedra [Tezontle].

  1. Los directores

Elsa Cecilia Frost, Subdirectora del Departamento Técnico (1952-1965): Tenían un estilo y un concepto de la dirección enteramente distintos: Cosío Villegas era más seco, menos comunicativo, más independiente en sus decisiones; Orfila, en cambio, siempre fue muy afecto a cambiar impresiones, a pedir pareceres. Creo que la diferencia entre ambos estilos de dirigir es la que existe entre la monarquía absoluta y la monarquía parlamentaria.

Adolfo Castañón, Gerente de Producción Editorial del Fondo de Cultura Económica (1985-2000 y 2002-2003): Jose Luis Martinez era un editor exigente. Yo era muy joven. Me pidió que hiciera un prólogo para una edición popular del Códice Borgia. Lo hice. Cuando se lo llevé, no se fijó en el texto que apenas miró sino en los dedos de mis manos. Yo me comía las uñas. Martínez me dijo que yo no podía trabajar en una editorial si no cuidaba ese aspecto de mi persona.  Desde entonces, dejé de comerme las uñas y más tarde entendí el sentido de su observación. Otro detalle, José Luis Martinez, fue hasta dónde recuerdo el único director que devolvió al Estado dinero del presupuesto, por considerarlo excesivo.

Francisco Hinojosa, Director de La Gaceta (1990-1994): Jaime García Terrés era muy afable. A mí siempre me cayó bien, pero tenía distancias porque lo respetaba mucho. No era fácil de llevar. Tenía una cultura que me rebasaba de joven y yo siempre le tenía temor a que pudiera estar en desacuerdo conmigo. Algo importante para él fue crear dentro de La Gaceta una columna, siempre en las páginas nones, que se llamaba “Litoral”, en la que exponía sus comentarios sobre lo que pasaba en el mundo literario, especialmente en América Latina. Él recibía revistas de todas partes y comentaba. Cuando él salió y entró Enrique González Pedrero, dijo “Me voy del Fondo, pero mi columna me la llevo”. Se la llevó a Vuelta. Pero esa columna también nos la pasaba a nosotros como miembros del Consejo de Redacción. Podíamos escribir lo que quisiéramos siempre y cuando pasara por sus ojos. Cuando yo fui el encargado de llevar La Gaceta, con temor iba temblando a entregarle la revista: “Don Jaime, aquí está.” Y él revisaba. La revista tenía que estar siempre a tiempo. Podía un libro tardar en aparecer tres años pero La Gaceta, si no estaba el primer lunes de cada mes, era reprobable. ¿Por qué? Porque él pertenecía a El Colegio Nacional y tenían reuniones los primeros lunes de cada mes y él entregaba a cada uno de los miembros del Colegio un ejemplar de la revista.

  1. Segunda mudanza: Avenida Universidad #975

Recuerda José C. Vásquez cuando en 1948 visitó con Arnaldo Orfila el terreno que desde 1954 alojaría las nuevas oficinas del Fondo en Avenida Universidad #975

José C. Vásquez, Regente de la Gráfica Panamericana: Aquella ocasión había llovido, por lo que el recorrido fue penoso. Bajamos del tranvía poco adelante del multifamiliar Miguel Alemán, que todavía estaban construyendo, y caminamos. Era un lodazal. No había calle ni banqueta, sólo las guarniciones que indicaban por dónde iban a estar aquellas. Todo estaba despoblado. Eran llanos, milpas, tierra de pastoreo.

Rafael Vargas Escalante, miembro del equipo de redacción de La Gaceta (1983-1987): Cuando Cosío Villegas compró los terrenos donde se construyeron las oficinas del Fondo de Cultura Económica, en la esquina de la avenida Universidad y Parroquia, aquello eran puros pastizales, era una llanura, no había nada. Hay una foto, me la mostró uno de los empleados del Fondo Cultura, don Cándido, que muestra una vaca asomándose por la vitrina de la librería. Hasta las vacas salían a cultivarse en el Fondo.

Elsa Cecilia Frost: Llegó el día en que nos mudamos al nuevo edificio en la Avenida Universidad. El cambio fue positivo en todos sentidos: cada corrector tenía un cubículo, disponíamos de cuartitos especiales para conversar con los autores sin que nuestra charla significara molestia para lectores o atendedores. Teníamos espacio suficiente hasta para que se organizaran duelos en los pasillos donde las armas eran precisamente los tipómetros.

José Carreño Carlón, Director del Fondo de Cultura Económica (2013-2018): El Fondo en los años sesentas y setentas –mi juventud– vivía una de sus etapas más brillantes. A mí me tocó de joven acudir a la todavía flamante instalación de Avenida Universidad. Iba para hablar con el equipo. Con Orfila menos, era más hermético, estaba en conversación con los consagrados; en cambio, Alí Chumacero, Gerente de Producción, era muy accesible; compartía, incluso, originales. Alguna vez como estudiante le fui a pedir a Carlos Fuentes un capítulo de La muerte de Artemio Cruz ¡y me lo dio! No me lo dio físicamente, me dijo: “Vete a ver a Ali Chumacero, ahorita le hablo para que te saquen una copia, porque ya está en prensa”. Voy con Alí ¡y me interroga! Que para qué lo quería. ¡Era para una revista de la Universidad de Sonora! Al final, me lo dio. Fue un episodio inolvidable.

  1. Departamento Técnico 

Joaquín Díez-Canedo, Jefe de Producción (1942-1961): En 1946 me nombraron Jefe de Producción del Fondo. Me tocó trabajar en la época de oro del Departamento Técnico, que entonces estaba integrado por José Alaminos, Antonio Alatorre, Juan José Arreola, Julián Calvo, Alí Chumacero, Sindulfo de la Fuente y Cristóbal Lara. Emmanuel [Carballo] se hizo muy amigo de Alí y todos los días se pasaba conversando con él dos o tres horas. Esto demoraba el trabajo y por eso se me ocurrió que para evitarlo sólo había una solución: darle trabajo a Emmanuel. Carballo entró al Departamento Técnico en calidad de corrector.

Un diálogo entre Antonio Alatorre, escritor, traductor y miembro del Departamento Técnico del Fondo (1946-1947) y Juan José Arreola, escritor y miembro del Departamento Técnico (1946-1948)

Antonio Alatorre: esa gran escuela que tuvimos [antes de la llegada a México de Raimundo Lida]: el departamento técnico del Fondo de Cultura Económica, en Pánuco 63; ese chapuzón que nos dimos en la cultura del libro; ese contacto con los transterrados españoles, Joaquín Díez-Canedo, Julián Calvo, don Sindulfo de la Fuente, Luis Alaminos…

Juan José Arreola:¡Y los poemas que allí se escribían! De pronto irrumpía Díez-Canedo en el departamento técnico y nos decía: "Arrojen ustedes los instrumentos de trabajo, los lápices, las plumas, las galeras, las cuartillas. Empuñen la lira porque ahora vamos a celebrar .. y nunca faltaban motivos de celebración.

–Juan José Arreola: Me acuerdo de las leyes que se trataron de implantar cuando don Daniel Cosío Villegas llamaba a Joaquín o a don Sindulfo y les decía: "Vamos a hacer algo, vamos a hacer una cuota de galeras o de páginas”. Me acuerdo de un momento en que se conformaban con que uno corrigiera tres galeras. Claro que Antonio Alatorre era un ejemplo muy difícil de emular, con 50 cuartillas. Orfila Reynal, sucesor de Cosío Villegas, nos puso a todos a trabajar, y como nos puso a trabajar en serio, pues a los pocos días, semanas o meses yo salí del Fondo, disparado. Me llamó una vez a la dirección y me dijo: "Usted dirá lo que quiera, que aquí todos flojean, pero su voz es la única que se oye desde aquí donde estamos; si los demás platican yo no sé".

Antonio Alatorre: Había dos personas que no rendían mucho: una era Juan José porque siempre se levantaba y hacía cosas o bromas o versos y distraía; el otro que no trabajaba era don Sindulfo de la Fuente, porque era muy ancianito. Era un hombre solo y tenía que seguir trabajando. A veces se dormía. Pero yo creo que sí se trabajaba mucho en el Fondo.

Juan José Arreola: Sí, mira, yo me dejé llevar por esa índole personal. Bueno, es una denuncia que hago para las personas que pudieran suponer que yo he trabajado alguna vez. Yo he trabajado mucho de niño, de adolescente y de primer joven, ya en el Fondo de Cultura supe lo que era la protección de un hombre como don Daniel Cosío Villegas.

  1. Las filiales

La primera filial en el extranjero: Buenos Aires

Arnaldo Orfila, Director del Fondo de Cultura Económica (1947-1965): La librería y las oficinas eran pequeñas; éramos escasa media docena de trabajadores que actuábamos en un pequeño local situado en avenida Independencia, un poco en el sur de Buenos Aires. Dentro de esta librería ocupan un lugar especial María Elena Sasostegui quien, por ser una persona muy organizada y responsable, la supo poner en orden cuando yo estuve al frente y la supo sacar adelante cuando me vine a México; después de ella, la maestra Delia Echeverry se hizo cargo de la sucursal con resultado igualmente bueno. La sucursal del Fondo pronto fue identificada como la Casa de la Cultura de México; así se le conocía. Pronto, también se reconoce en la editorial una línea de pensamiento social y democrático que coincide con el espíritu de la izquierda intelectual argentina; pero, para evitar confusiones, era una izquierda intelectual como la que distinguía a la II Internacional, es decir, una social democracia. Recuerdo que entre quienes más frecuentaban a la sucursal se encontraban Alfredo L. Palacios, José Luís Romero, Victoria Ocampo, Adolfo Homberg, Mario Bravom, Francisco Romero, Risieri Frondizi, Jorge Romero Brest, Luís Aznar, Jorge Luis Borges, José Bianco, María Rosa Oliver y muchos intelectuales de la provincia y de Uruguay.

Una bomba en la Librería México del Fondo de Cultura Económica. Madrid, España.

Víctor Díaz Arciniega:  La sucursal fue víctima de los apasionamientos políticos. La primera vez ocurrió en la Feria del Libro. Entre los títulos expuestos se encontraban los dos volúmenes de La revolución y la guerra de España de P. Browne y E. Témeme recién reeditado en España dentro de la Colección Popular (tras haber sido vetado por las autoridades franquistas). El libro era en sí mismo provocativo, pero la portada del segundo volumen lo era aún más. Hubo dos respuestas inmediatas: el libro se vendió mucho y algunos miembros de la Fuerza Nueva –un grupo de jóvenes falangistas radicales y beligerantes– se detuvieron ante el stand de la Feria y repararon en el libro y el cartel; hicieron algún comentario alusivo y se despidieron con estas palabras: “Ya os haremos una visita”. Efectivamente la hicieron. Una mañana apareció un joven solicitando las obras de Juan Antonio, el líder intelectual de la falange.

–No, no las tenemos. No trabajamos ese tipo de obras –respondió el encargado del mostrador.

–¡Deberíais tenerlas!– replicó el joven solicitante, que subió su tono de voz y empezó a reclamar al empleado esto y lo otro.

Ante los gritos, Federico Álvarez salió de su oficina en el mezzanine y supo de lo que se trataba. Inmediatamente llamó por teléfono a la policía y a Timerman, directivo del Instituto Nacional del Libro Español, que mucho había ayudado a la sucursal. Ambos llegaron cuando en la librería todavía continuaban los acalorados reclamos. La policía no intervino. Timerman sí:

–Comprenda joven que eso que usted está haciendo es un atentado contra nuestra relaciones diplomáticas con un país amigo. No pierda de vista que esta librería es propiedad del Gobierno mexicano…

Amainaron los ánimos y el joven se retiró. En la sucursal consideraron que ahí había acabado todo. Sin embargo, a los pocos días estalló una bomba molotov frente a uno de los escaparates.

  1. Gerencia de producción

Adolfo Castañón: Ahí, a la sombra de ese árbol llamado Fondo de Cultura Económica, en la enramada tejida por sus amigos y mis maestros —José Luis Martínez, Jaime García Terrés, el señor José C. Vázquez, el tipógrafo que acompañó a Daniel Cosío Villegas en la fundación de El Trimestre Económico y luego del Fondo— fui creciendo sin casi darme cuenta. Sólo vi una vez fuera de sí al legendario Alí Chumacero. Se acababa de publicar el libro de Mariano Silva y Aceves Un reino lejano compilado por el entonces joven Serge I. Zaïtzeff (1987): Chumacero atravesó la sala donde estábamos, dando airadas voces pues algún pliego había quedado fuera de lugar desgraciando aquella cuidada edición recién nacida. El entuerto se corrigió algunas semanas después, pero en mi memoria quedó esa imagen del hombre que salta de su lugar cuando le pasa algo a uno de sus hijos.

  1. Otros despachos

María Antonieta Hernández, Directora del Archivo del Fondo de Cultura Económica: En las oficinas de Avenida Universidad, cuando había quincena, [Adolfo] Castañón, Alí Chumacero y todos, se iban al Veracruz. Y todas las relaciones públicas se atendían en el Sanborns de enfrente. Eran la gente más divertida del mundo. Muchas veces se preguntaban: “Dónde está fulano?” Se atravesaban al Sanborns o se iban al Veracruz y ahí estaba; eran la extensión del Fondo. Por eso hubo desertores y depresión cuando nos mudamos de las oficinas de Avenida Universidad para acá [Carretera Picacho- Ajusco]. El maestro Alí Chumacero dijo: ¡Pero qué vamos a hacer, ahí no hay Sanborns!

Luego, si tú venías a buena hora el lunes aquí en la en la cafetería del Fondo, se reunían a dar la reseña de los toros. ¡Te imaginarás cómo era cuando Jorge F. Hernández estuvo con nosotros! Usaban además una frase buenísima para despedirse todos los días a las 2 de la tarde, el maestro Ali y [Juan José] Utrilla, decían: “ya cantó la guacamaya, vámonos”.

  1. La imprenta Madero

Alejandro Katz, Director del Fondo de Cultura Económica Argentina (1989-2004): Encima de Imprenta Madero funcionaba Editorial Era –que se llama así por las iniciales de Neus Espresate que dirigía la editorial, Vicente Rojo que la diseñaba, y José Azorín que era el dueño de la imprenta. En la imprenta había un equipo de diseñadores liderados por Vicente, que renovaron el diseño gráfico en México. Había una inmensa mesa de trabajo, de quizás 20 metros de largo, donde nos juntábamos los clientes de la imprenta en los momentos de cierre. Entonces ahí, yo cuando estaba en el Fondo me encontraba en los cierres con Mario Lavista que cerraba Pauta y con el cierre de nexos, que en alguna época se hacía ahí, o el cierre de Vuelta y la Revista de la Universidad. Y una vez veo a uno de los editores de una de estas revistas leyendo a alguien que yo no conocía: José Bianco. Estaba leyendo La pérdida del reino. Le pregunto: ¿Te gusta? Me mira y me dice: es el libro que más me gusta de todos los que he leído. ¿En serio?, le respondo. Y me dice: claro, el libro que estás leyendo es el que más te gusta. Si no, lo dejas y vas a buscar otro. Si no es el libro que más te gusta, para qué lo estás leyendo.

  1. La Gaceta

Arnaldo Orfila: El primer número apareció en septiembre de 1954, El objetivo inicial era dar una expresión pública, abierta, a nuestra tarea editorial. Al principio –lo mismo que me ocurrió con el periódico que dirigí en la secundaria– yo me ocupaba de La Gaceta de todo a todo. Después la dirigió Emanuel Carballo. En 1965, el día en que iba a separarme de la editorial, pedí una sola gracia: que me permitiera escribir una página donde quedara ampliamente resumida mi tarea en el Fondo de Cultura. Y así aparece en la entrega de octubre de ese año. Mi labor fue la de satisfacer los deseos, iniciativas de la intelligentsia mexicana.

Christopher Domínguez Michael, miembro del equipo de redacción de La Gaceta (1987-1992): Cuando anunciaron que el expresidente Miguel de la Madrid iba a ser el nuevo director, no podíamos creerlo. Sucedía a González Pedrero, un político que en el FCE no hizo otra cosa que calentar la banca esperando un puesto mejor (y duró un año). Creíamos que don Miguel iba a destruir el FCE. Todo lo contrario: saneó financieramente a una empresa muy endeudada por los literatos –que no solemos saber llevar la contabilidad– y lo hizo sin meterse jamás en asuntos editoriales, que él mismo decía que estaba allí para aprender y respetar. Llegó al edificio de la Avenida de la Universidad #975 –destruido, después, sin contemplaciones,  pese a ser el primero en el mundo para ser, específicamente, una editorial– con militares encargados de su seguridad, rápidamente los despachó. Una mañana, serían las once, llegué desvelado y me quedé dormitando sobre mi escritorio. En ese momento le estaban enseñando las instalaciones a don Miguel y abrieron mi cubículo sin tocar. Desperté violentamente de la modorra y conocí así personalmente al expresidente, cara a cara. Sonrió y hasta el final tuvimos una muy buena relación de trabajo. En fin, para mí, La Gaceta representa el tiempo que no volverá: cuando la literatura era lo único que importaba.

  1. La biblioteca 

Tomás Granados, Gerente editorial del FCE (2013-2016): El historiador del libro más importante de la lengua inglesa es, quizá, Robert Darnton. Acaba de salir un libro suyo en el Fondo, en la colección Libros sobre libros, se trata de El negocio de la Ilustración. Historia editorial de la Encyclopédie, 1775-1800, que no es tanto un libro sobre la primera edición de la Encyclopédie, como de la edición suiza que la hizo popular entre la burguesía francesa. Ahora, no sabemos cómo, pero Arnaldo Orfila había comprado un ejemplar de esa edición de la Encyclopédie, la de Suiza,y está en la biblioteca del Fondo. Es la edición que hizo que la enciclopedia transformara la sociedad ¡y hay una edición de veintitantos tomos en la biblioteca! ¿Por qué Orfila la compró? No se sabe; pero está ahí. Para mí es un símbolo inesperado de lo que pretende una editorial: causar una revolución intelectual mediante materiales impresos.

Rosario Martínez, Directora de la Biblioteca Gonzalo Robles del FCE desde su fundación y hasta hoy: En 1992 inauguramos la biblioteca en un edificio cerca de donde está ahora. Pero en la administración de Consuelo [Sáizar] nos mudamos. El edificio que es hoy la Biblioteca Gonzalo Robles era un gimnasio y una cancha de basquetball, porque el Fondo tenía su equipo de básquet que se llamaba Los Books. Donde ahora está colgado un cuadro de Sor Juana, estaba la canasta. Pero la biblioteca creció –¡imagínate hoy son casi 40,000 ejemplares! Un ejemplar de todas las ediciones de cada título del Fondo con la última reimpresión. Tuvimos que buscar un lugar más grande y adaptarlo, con rediseño de Teodoro [González de León], claro. Porque aquí no se mueve una piedra sin que sin que Teodoro lo autorice. Ha sido un privilegio trabajar en el Fondo. He podido conocer a mucha gente. A la biblioteca ha venido Octavio Paz; vino el señor Fuentes igual. Cuando conocí a Gabriel García Márquez me dijo: “Señorita, envidio su trabajo”.