Por una poética de la apropiación

El teatro es “la tierra del fuego”
—Eugenio Barba

El pasado 16 de julio murió Hans-Thies Lehmann, quizás el crítico y analista teatral más influyente de nuestro joven siglo. Su libro Teatro posdramático (publicado en nuestro país por Paso de Gato-CENDEAC, 2013) nos ubicó de súbito en una nueva era del teatro. A manera de tributo, nuestra columna de este mes reproduce los apuntes que María escribió hace algunos meses en torno a la relectura de este libro.

La mirada de Lehmann al cuerpo y la presencia en el teatro posdramático

Escribir es defender una poética de la apropiación. En cuanto tuve en mis manos el libro de Hans-Thies Lehmann, comencé a leerlo; me atravesó el cuerpo un frustrante y a la vez pretencioso pensamiento: “Este señor escribe lo que yo pienso”. Me asaltan tantas preguntas sobre la manera de hacer teatro de aquellos que dejan de lado una línea dramática convencional; de aquellos que irreverentes omiten la palabra para construir desde el dispositivo escénico. “Me habría encantado escribir este libro”, pensé cuando llegué a la última página. Entonces no queda más que apropiarse. Me apropio de Lehmann que me enseña a no tener nostalgia por un teatro que huele a un tiempo de antaño.

Hans-Thies Lehmann dibuja en su libro un trayecto historiográfico de una bifurcación compleja desde la tragedia, pasando por el drama, para llegar a lo que él denomina como “posdrama”, apropiándose del prefijo “pos” que rescata de las experimentaciones de vanguardia de la segunda mitad del siglo XX. Las rupturas se atreven a enunciar desde un muy particular contexto histórico y político, es por ello que invariablemente abren portales hacia el pensamiento de otro tiempo y de otro lugar. Lehmann no ignora que para tener una visión panorámica debemos primero situarnos en el lugar y el tiempo en el que estamos, esto es: no podemos obviar todo lo que ya aconteció en la escena y contentarnos con reproducirlo.

La posmodernidad nos regaló un abanico abierto de manifestaciones y prácticas escénicas con discursos desbordantes. La dilución de las fronteras disciplinarias aporta suavidad para la maleabilidad de los principios que un tiempo fueron cercos para el teatro. Si en la tragedia el hombre se pelea con los dioses y en el drama moderno el hombre pelea con el hombre, en el posdrama el hombre se pone en el sitio de los vencidos: grita desde el ardor que le provoca la devastación, grita desde el caos. En el teatro posdramático el cuerpo se aleja de una gestualidad interpretativa, ya que el cuerpo, nos dice Lehmann, “se manifiesta como sitio de inscripción de la historia colectiva”, por lo que no precisa más que plantarse sobre un escenario para significar con peso y contundencia.

Fotograma de “Hans Thies Lehmann: Ästhetik des Aufstands”, de Heinrich-Böll-Stiftung bajo licencia de Creative Commons
Fotograma de “Hans Thies Lehmann: Ästhetik des Aufstands”, de Heinrich-Böll-Stiftung bajo licencia de Creative Commons

El cuerpo presente, desde el posdrama, inscribe una ocupación en el espacio escénico que es compositiva, en términos pictóricos. El cuerpo del actor posdramático renuncia a todo un sistema de signos y códigos interpretativos herencia del canon aristotélico. La escena posdramática hilvana imágenes en movimiento y deja huecos por los que se filtran reflexiones en torno a la mirada del espectador. Con una clara contundencia de la imagen, la acción escénica se vuelca en la provocación.

El posdrama abre la puerta a formatos escénicos inclusivos. Su postulado se carga hacia una desobediencia de cánones decimonónicos de la dramaturgia y la interpretación. Se trata de una práctica que renuncia al teatro para abrazar el teatro, en aras de salvaguardar la vida de este oficio que habita siempre en tiempos de precariedad e incertidumbre.

El cuerpo y la presencia sufren una reconfiguración gracias a la apuesta estética del posdrama. El cuerpo se erige como depositario de la historia colectiva y por ello se desmantelan los discursos y las posturas radicales y verdades definitivas de lo que es el teatro, al crear una especie de obnubilación o neblina para arrastrarnos a formas compositivas que se parecen mucho al arte visual. De cierta manera, el posdrama purga al teatro de cánones textuales y formalismos actorales, pero se vale de las formas que concentran una mecánica integradora gracias a los cuerpos dispuestos para el movimiento y la acción/imagen dentro del trabajo escénico.

En el año 2014 tuve la oportunidad de participar en el proceso de creación de La casa de la fuerza, una obra de Angélica Liddell. Esta vivencia expandió de manera considerable las formas en que yo había construido mi idea del teatro. Me sentí asombrada con el tratamiento visual tan parecido a la pintura o a esculturas en movimiento y que favorecían atmósferas precisas, en lugar de obedecer a un texto o una narrativa dramática. Me sentí emocionada al ver cada cuadro escénico como una pintura que se alejaba de dramaturgias convencionales. El performance y lo confesional estuvieron pulsantes todo el tiempo a la hora de crear, mientras que se nos alejaba a las actrices de cualquier tipo de intención actoral interpretativa propia de una representación dramática. Los cuerpos eran simplemente presentados: en cada acción existía la construcción de una imagen sin necesidad de orden dramatúrgico del texto (¡porque texto sí hubo, y mucho!)

Todo lo vivo se transforma y nuestra relación con el dispositivo es ya una historia larga; nos hemos acostumbrado a un tipo de lenguaje, un modo de hablar, una codificación determinada con el tiempo del ahora. El quehacer en las prácticas artísticas se vale de conexiones humanas, mismas que fluyen, que avanzan y encuentran un cauce en los procesos de creación. ¿Será posible un tipo de escena capaz de integrar, capaz de atravesar por el túnel de la angustia de lo desconocido sin temor al riesgo para construirse a sí misma en esta realidad circundante, al mismo tiempo que nos regale una visión para generar otras relaciones posibles con el mundo? ¿Una práctica escénica capaz de abrir preguntas íntimas que sean tan políticas como subjetivas? El libro de Lehmann está lleno de ellas.

El posdrama construye una escena que se desplaza. Abraza la transgresión y provoca la tensión suficiente en la trama dramática, pero una tensión precisa para mantener el estado de alerta y así construir un tipo de teatro que sea capaz de restablecer la conexión con discursos y narrativas que nos ocupan.

En México se navegan esos territorios. Aristeo Mora, con su paisaje escénico de Cuatro Ciénegas, hace pensar en lenguajes teatrales también como un ecosistema de lo escénico. Laura Uribe con su pieza Low Cost donde el teatro, el performance, el archivo, el material audiovisual, todos los medios, posibilitan un teatro de adaptabilidad darwiniana. Allí vemos un teatro que no se extingue, sólo se transforma. El teatro es incendio.

El posdrama nos regala un teatro invertebrado, molusco. Al adaptarse para sobrevivir, el teatro se reafirma una vez más como un pensamiento complejo, arbóreo. Lehmann nos hace mirar los adentros del teatro posdramático, nos revela una estructura, nos abre los ojos y las ideas para mirar en el posdrama cuerpos y presencias escultóricas con tratamiento de imagen. Entonces la construcción dramática, teatral, escénica, explora territorios posibles.

[María Sánchez]

Lehmann ya no está, pero como un buscador de tesoros se adentró en el posdrama para dejarnos como herencia este tesauro. Gracias a él nos quedó clara una pregunta: ¿qué puede existir más allá del drama? Ya tenemos la pregunta, seguimos buscando la respuesta.

 

María Sánchez y Alberto Lomnitz tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente.

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Publicado en: e-scenarios