¿Por qué leer hoy a Simone Weil?

Cada vez que alguien me pregunta por qué debería acercarse a los textos de Simone Weil doy una respuesta distinta. A veces me gusta apuntar a un gesto noble y reivindicar su carácter valiente, impasible ante el peligro si la causa era justa. Otras, cuando me siento más solemne, prefiero reconocer la eternidad de su pensamiento, pues para la parisiense la filosofía tenía algo de atemporal que la diferenciaba de otras artes que se dejaban supeditar por las modas o por la creencia ciega en el progreso. Sin embargo, hay una razón cuyo peso hoy se impone sobre todas las demás.

Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

Es sabido que Simone Weil rechazaba el desarraigo al que conducen nuestros modelos de vida actuales: la industrialización, la acumulación del capital o la explotación al proletariado. En estos sistemas, el ser humano se transforma en carne de trabajo, en un esclavo moderno similar a aquellos de la antigua Roma, cuyas almas se vuelven inertes, casi petrificadas. Se debe a que, del mismo modo en que el cuerpo de un ser humano requiere de pan para sobrevivir, así también cuenta el alma con sus propias necesidades espirituales. Es de esta manera que hemos de comprender la relación entre la comunidad y el individuo en la filosofía de Simone Weil. La colectividad es fuente de alimento para las almas, decía. Por tanto, el respeto que merece no es mayor –ni menor– que aquel que concedemos al pan nuestro de cada día.

Sin embargo, el peligro que corremos si concedemos demasiada importancia a estas colectividades es que podemos acabar perdiéndonos en ellas y pensar que son superiores a nosotros. A cualquiera de nosotros. Es la suerte de los nacionalismos más terroríficos, pues no por más idolatrar esa creación humana se está realmente más arraigado. Es más, el proceso llega a ser el inverso, según lo explica en Echar raíces: “quien está desarraigado desarraiga”. Aquellos cuyas almas están ya extenuadas y sus raíces podridas ejercen la misma violencia física y moral sobre los demás. Sin pudor y, a veces, sin auténtica conciencia de ello.

Por esta razón, todo colonialismo, incluso el de los estados democráticos, tiene un cariz genocida. Cuando los invasores no hacen ningún esfuerzo por conocer la tierra a la que llegan y sus costumbres acaban por desarraigar a los habitantes de aquellos lugares que invaden por ambición y codicia: “Al privar a los pueblos de su tradición, de su pasado y, en consecuencia, de su alma, la colonización les reduce a un estado de materia humana”.

Años antes de que los imperios europeos tratasen de redimirse creando artificialmente el Estado de Israel, Simone Weil ya había advertido de los peligros que puede tener la idolatría a una colectividad. El discurso del “pueblo elegido”, sumado a la condición de eterna víctima irreparable tras la Shoah, no podía conducir a otro escenario distinto del actual.

Es desde esta reflexión acerca de la colectividad y la idolatría, del “gran animal” que puede ser el cuerpo social para el alma humana, que debe comprenderse el rechazo que la filósofa francesa mostraba hacia Israel, y no hacia la religión judía en sí. Es decir, aquello que Weil identificaba como nocivo eran las ideas que esa “nación” encarna: voluntad de poder, ocupación de una tierra mediante una justificación racial y un estado teológico.

Siendo ella misma de ascendencia judía, no se sentía de ningún modo apelada por una supuesta conexión étnica con los habitantes judíos de Palestina de hace dos mil años; mucho menos con aquellos que, tras la Declaración de Balfour, habían decidido emigrar allí. No había sido educada en su religión y, si había una cultura a la que verdaderamente se sentía arraigada, era la francesa y sus herencias griega y cristiana.

Entendió rápidamente que, en la retórica del pueblo elegido, sólo podía haber espacio en el mundo para uno y que, por tanto, su codicia no tendría límites. Instrumentalizar la religión para exacerbar el nacionalismo sólo podría conllevar consecuencias terribles. Anteponer el poder al bien nunca debería ser una opción. Así, hizo suyas las palabras de Georges Bernanos en Los grandes cementerios bajo la luna: “Los pueblos totalitarios eliminan fatalmente a sus judíos, pues cada uno de ellos se cree el elegido, y no hay sitio en el mundo para dos pueblos elegidos”.

Es más, en Escritos de Londres y últimas cartas Weil imagina cómo se podría conjugar algo superior a una simple “moral laica”. Creía firmemente que podía existir un lenguaje religioso para ateos, es decir, una traducción de los principios éticos cristianos que pudiera ser comprendida y aceptada por cualquiera. De esta manera, pensaba, podríamos romper los “compartimentos estancos no solamente entre hombres, sino en el alma”. ¿Cómo iba esto a ser compatible con una religión que se niega a convivir con otras por ser la única elegida?

Su reflexión, aunque injusta en ocasiones con los textos sagrados del judaísmo, fue valiosa porque demuestra que ni los acontecimientos históricos son capaces de redimir algo que, por esencia, está alejado del bien. Si una comunidad podía mostrarnos hasta dónde puede llegar su idolatría, incluso después de haber sufrido ella misma el mal extremo que puede conllevar esta clase de narcisismo, esa era Israel. El nacionalismo sólo puede acabar en desastre, sangre y genocidio; incluso cuando es la venganza por el previamente sufrido.

Es por ello que ni siquiera la crudeza de su época le impidió atisbar lo que se estaba fraguando. En los años 40, cuando el mundo ya era conocedor de la crueldad de los campos de exterminio nazi, Simone Weil fue capaz de escribir: “El totalitarismo es Israel, y especialmente lo es en el caso de sus peores enemigos”. Mucho antes de que la tragedia acabara en genocidio, Weil identificó en Israel el germen que, llevado a su límite, sería capaz de constituir el peor tipo de comunidad posible, la totalitaria.

Simone Weil se dejó morir un 24 de agosto de 1943. Bajo la premisa de que ninguna vida es más valiosa que otra, rechazó comer “el pan de los ingleses”, asolados por la Segunda Guerra Mundial. No vio el final de la guerra, pero sí la lenta gestación del sionismo.

Pese a las críticas arbitrarias, los textos de Simone Weil no persiguen un antisemitismo, sino crear conciencia sobre los peligros de la idolatría a una colectividad insaciable. Por eso, recurrir a su obra para entender el presente es un deber más que una opción. Sólo así se comprenden los más de 39.000 asesinatos, 90.000 heridos y los imponderables cuerpos desaparecidos entre los escombros de Gaza y que, al mismo tiempo, exista una completa impunidad.

Si precisamente hoy debemos leer a Simone Weil es porque detrás de la catástrofe también existe una cuestión filosófica, no sólo maniobras geopolíticas. Si debemos leerla es porque ahora es el momento de no desviar la mirada del genocidio. Hacerlo no sólo sería irresponsable, sino que haría de la filosofía un oficio ingenuo.

 

Mercedes López Mateo
Investigadora predoctoral y docente en el departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid. Es graduada en Filosofía, Política y Economía por la Alianza 4Universidades, magíster en Crítica y Argumentación Filosófica (UAM) y en Estudios Clásicos (UCM-UAM-UAH). Es autora del libro Simone Weil (Libros de Filosofía&co, 2023).