¿Por qué el miedo a casarme?

La extrañeza que siento probablemente se deba a que dentro de unos días compareceré ante el altar. Dentro de poco estaré aceptando ser parte de una institución de la que, como mis amigos se encargan de repetirme constantemente, abjuré siempre: el matrimonio. Afortunada (para mí) o desafortunadamente (para mi casi esposa) los “siempres” humanos tienen fecha de caducidad y la de mi soltería ha llegado. Aunque suelo decir que este rito de paso no me pone nervioso, no excluyo la posibilidad de que una cierta ansiedad haya decidido acompañarme en la espera del sí, acepto. Como no me queda claro lo que ocurre en mi interior y hace años que no acudo a terapia (y por ahora, con un banquete por liquidar, es una opción fuera de mi alcance), he volteado a mi incipiente filmoteca en busca de cierto confort, de ese sosiego que surge del saber que alguien más ha atravesado por trances similares y salido airoso.

boda

En realidad, me gustan las bodas, aunque no estoy seguro de que protagonizar una sea tan divertido. De cualquier manera, sería exagerado decir que comer, beber y bailar rodeado de los seres queridos es un escenario incómodo: comer, beber y bailar a solas parece peor opción, mientras que no tener qué comer o beber y no poder bailar ya son escenarios francamente infernales, por ejemplo (como también lo es bailar como lo hago yo). Tras haber visto ocho bodas en la pantalla (Un día de boda, Robert Altman, 1978; Después de la boda, Susanne Bier, 2006; La ceremonia, Mira Nair, 2001; El casamiento de Raquel, Jonathan Demme, 2008; La novia siria, Eran Riklis, 2004; El hijo de la novia, Juan José Campanella, 2001; La buena boda, Eric Rohmer, 1981 y Cuatro bodas y un funeral, Mike Newell, 1994), tengo algunas hipótesis al respecto de mi inquietud que puedo aventurar.

 

Los secretos revelados

La concentración de seres cercanos (familiares y amigos, ex-amantes) parece caldo de cultivo para las fricciones emocionales. A juzgar por varias de las cintas, congregar a decenas de parientes y amistades no es buena idea pues en algún momento de la celebración los abusos, cuitas y coitos del pasado se apersonan para recordarnos que detrás de nuestras esmeradas vestimentas nos encontramos los mismos seres dañinos de costumbre. No solo se trata de las inevitables indiscreciones (como las cometidas de continuo por Hugh Grant en Cuatro bodas y un funeral), sino del desvelamiento de los secretos que, como el de Después de la boda, pueden cambiar el rumbo de algunas vidas.Creo que mi círculo afectivo está bastante lejos (al menos en las relaciones entre nosotros; las historias individuales son harina de otro costal) de haber vivido trágicas historias como las de El casamiento de Raquel o La ceremonia, aunque no puede descartarse ninguna sorpresa. En realidad, acaso lo que más provoque mi ansiedad es saber que de no presentarse algún drama digno de Sófocles podré confirmar que mi vida y las de mi pequeña comunidad son mas bien anodinas, existencias que Esquilo o cineastas como Demme o Nair encontrarían aburridas. 

El dominio del cliché

 Esto no es exclusivo de las bodas, por supuesto, pero éstas sí son uno de los ejemplos más acabados de lo trillado. Desde el vestido blanco hasta la insufrible víbora de la mar o desde las fotos de los novios hasta el baile de “su” canción, todo apunta a la aniquilación del individuo. Frases del tipo “hoy es el día más feliz de mi vida” u “hoy ganas una hermana” se escuchan en la película setentera de Altman, pero parecen infaltables en todo evento de esta clase. Ahora que será mi turno de ser protagonista he podido evadir unos pocos clichés, pero a ratos me invade la sensación de ser apenas una nueva encarnación de un guión inmutable, como si fuese el vigésimo actor haciendo de James Bond. Como sea, para mi desdoro y vergüenza, debo confesar que uno de esos clichés me resultan entrañables y gozosos: los acordes de la infumable canción payaso de rodeo hacen las veces de imán irresistible hacia la pista y aunque mis atolondrados pies con dificultades pueden repetir la choteada coreografía, el moverme al unísono con un grupillo me satisface como casi en ningún otro momento. No es sino hasta ahora que leo esta confesión que caigo en la cuenta que quizá los otros encuentren un placer semejante en seguir las instrucciones de la fiesta. Me consuelo pensando en que los clichés existen por alguna razón.

Colectividad triunfante

En ocasiones encuentro simpática a la humanidad (siempre y cuando esté a una prudente distancia); la mayoría de las veces, sin embargo, la encuentro aborrecible y suelo juzgar como sensato el aislamiento. En contrapartida, las bodas entronizan la unión y con ello parecería que aspiran a abatir el egoísmo. Provocan además una solidaridad peculiar: quienes rodean a los contrayentes lucen una generosidad propia de políticos en campaña, aunque a diferencia de ellos su ánimo dista de ser calculador y mezquino. En La novia siria, los familiares y amigos de la novia deponen por unos días sus quehaceres para girar en torno a ella y acompañarla en su viaje a la frontera sirio-israelí, que ha de cruzar para desposar a su prometido; además de ellos, al menos una autoridad suaviza y modifica su actuar habitual a fin de respetar la ceremonia. Subrayo esto no como queja sino como añoranza: ¿por qué no somos capaces de encontrar más espacios de solidaridad como éste? Algo de doloroso hay en esto, pues la boda sería más bien un espejismo comunitario, “una mera concesión a la vida social” como se dice en La buena boda.

Los requerimientos inagotables

De ser cierto que el diablo está en los detalles, las bodas serían entonces una versión del Hades. Todo se vuelve una pequeña disputa: elegir colores, invitados, frases, menú, etc. Alcanzar la celebración perfecta es trabajo para Sísifo, pues cuando se piensa que se ha superado un tema, alguien apreciará algo que obligue a replantearlo o ponderar de nuevo lo que ya parecía una decisión tomada. “Quiero que mis mesas sean perfectas” comenta la novia de El casamiento de Raquel para justificar la exclusión de su hermana (una adicta y traumatizada Anne Hathaway); es un poco inevitable compartir ese deseo de perfección, pues la pretensión de agasajar a los convidados y asegurarles un buen rato es uno de los resortes principales de la celebración. Esa ambición, sin embargo, implica de suyo un control que, como todo control humano, está destinado al fracaso.

La invisibilidad de los sirvientes

Al menos en cuatro de las películas mencionadas, las fiestas ocurren en las casas de la familia de la novia. Son enormes, espaciosas: casas de ricos. Solamente en La ceremonia se aparta la mirada de los de arriba para voltear a ver también lo que ocurre con los que hacen todo posible pero a quienes poco se atiende. La historia de la empleada doméstica Alice y el banquetero P.K. Dubey resulta entrañable debido a su incapacidad para saber cómo ser protagonistas de su propia historia. Al observar la torpeza de Dubey no puedo evitar recordar aquella boda en que, siendo mesero, caí de espaldas debido a la intensa lluvia (y a mi impericia, claro está). Tras haber atestigüado decenas de bodas sirviendo platos me toca ahora ser servido, un privilegio que muchos de mis ex-compañeros no tuvieron y que de hecho encuentro algo incómodo.

Lágrimas inevitables

Al concluir la proyección de El hijo de la novia no pude evitar llorar a moco tendido. Si he de ser sincero, es muy probable que esto sea lo que más me inquiete: estoy seguro de que soy un afortunado al no tener que usar rimel en el casamiento, pues de lo contrario acabaría con el rostro ennegrecido con tantas lágrimas. En la cinta, la novia es una anciana con alzheimer cuyo esposo decide cumplir finalmente el sueño que ella tiene: casarse por la iglesia. Aunque al final la ceremonia es una charada y una puesta en escena (¿qué ceremonia no lo es?), la mirada de la mujer deja percibir por un instante ese atisbo de felicidad que él sabía podía conseguir. Seguramente mis lágrimas provienen de la empatía: al hacer propio el sueño ajeno se rompe aunque sea brevemente la barrera entre el tú y yo y se alcanza lo que no puede sino ser un milagro, así sea fugaz (¿qué milagro no lo es?): el milagro de la felicidad compartida.

Leo la última línea y me pesco en flagrancia aún cuando no ha llegado todavía el día de la boda. ¿Cuál es la razón de mi caída en el cliché? Hace unos días hojeaba Trouble in paradise, reciente libro de Slavoj Žižek en donde se pregunta “¿qué tal si en nuestro hmundo posmoderno de transgresión ordenada, en donde el compromiso marital es percibido como ridículamente anacrónico, aquellos que se comprometen son los auténticos subversivos? ¿Qué tal si hoy el matrimonio tradicional es ‘la más oscura y atrevida de todas las transgresiones’?” A esa pregunta quizá cabría responder con otra, en este caso de Groucho Marx (al que por cierto citamos en nuestras invitaciones): “el matrimonio es una institución maravillosa pero, ¿quién quiere vivir en una institución?”. Quisiera alinearme con Žižek, pero que dos abogadxs se casen difícilmente puede considerarse subversivo. Que dos personas se amen e intenten lidiar en pareja con ellos mismos y con la vida, quizá lo sea. Mientras escribo esto caigo en la cuenta de que ningún cineasta o filósofo puede atemperar mi inquietud, como sí lo puede hacer mi aún prometida con un mensaje o una sonrisa. Recuerdo las palabras que el esposo de la novia con alzheimer le dice: “pero de mí no te libras, voy a estar siempre a tu lado” y, por enésima ocasión en las últimas semanas, lloro.

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Publicado en: Cine

6 comentarios en “¿Por qué el miedo a casarme?

  1. pfffff.

    Brother no te cases.

    Para ti es más importante tener la razón que tu matrimonio.

  2. Excelente Erick , tu artículo me lo leyó en voz alta mi esposo y sí ,creo que se necesitan huevos para mandarse al acantilado del matrimonio en tiempos en donde ya no hay miedos de que – el tren me va a dejar- , este temor que al final es a un compromiso más lo sentimos muchos , creaste empatía con tu humor, 10 puntos más por usar la palabra cuita.

  3. Qué bárbaro! Quiero leerte en 15 años. Estoy absolutamente de acuerdo con todo lo q dices, pero, sobre todo, con como lo has dicho. Invítame a tu boda.

  4. Para mí (casada hace casi 2 años), casarme no me represento inconveniente alguno, nunca renegué de el, tampoco nunca dije que quería un vestido blanco enorme, pero así fue; sin embargo, el compromiso que yo tuve y tengo con mi esposo, es el mismo que cuando eramos novios y cuando viviamos juntos sin estar casados. El matrimonio no me represento problema, ni miedo, ni dejar cosas atrás. Evidentemente hablo así porque estoy tremendamente enamorada y feliz; por lo tanto, no me imagino que es casarte sin estar enamorado y dejar que los miedos te hagan su presa, debe ser horrible.

  5. Como femnista y novia próxima a vivir una boda, me conmueve y pone alegre este escrito. Que ganas de ver todas estás películas y chillar a moco tendido.

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