Poética y política de las bibliotecas:
entrevista con Daniel Goldin

El editor y bibliotecario Daniel Goldin ha estado varias veces en la mira de las absurdas acusaciones de Marx Arriaga. Ninguna respuesta a la infamia del discurso político es más conciliatoria que las ideas matizadas, tendidas hacia la comprensión del otro. En la siguiente conversación, Goldin nos muestra la riqueza de La música de las bibliotecas, su nuevo libro de ensayos, y lo relaciona con su labor como director de la Biblioteca Vasconcelos (2013-2019).

La música de las bibliotecas. Política y poética de un espacio público, hoy, de Daniel Goldin (1958), está dedicado, entre otras personas, a las más de 25 mil firmantes que pidieron que se le restituyera como director de la Biblioteca Vasconcelos en 2019. “A ellos respondí —apunta Goldin en la misma dedicatoria— que no pensaba regresar pues consideraba que la responsabilidad del espacio público no es privativa del estado. Que nos concierne también a los ciudadanos construir[lo]”.

Con una original estructura, el libro se divide en: un tema liminar, cinco variaciones —“El presente asediado”, “Algunas re-visiones para entender el entorno y para enmarcar el (im)posible retorno”, “La música de las bibliotecas”, “De la biblioteca al jardín” y “Cuaderno para improvisar”—, y una Coda. Ensayo que experimenta con formas variadas, propone un debate abierto sobre las bibliotecas, especialmente las públicas, como espacios habitables, de soledad, tolerancia, diversidad, promoción del diálogo, refugio, acompañamiento. También nos invita a repensar el valor de la palabra escrita, nuestra relación con las artes y la naturaleza, todo lo cual aparece curiosamente entrelazado.

AG: Para empezar, ¿cómo prefieres definir o entender la palabra “biblioteca”? ¿Y cuál es la acepción que predomina en este libro?

DG: Cuando se invoca la palabra biblioteca, convocas conceptos muy opuestos; un lugar silencioso donde se puede conversar, estudiar, a donde se va a no hacer nada, a distraerse, un lugar a donde se va a trabajar, a descansar o a ligar, etcétera. Me parece que esa acepción de la palabra biblioteca es la apuesta más importante del libro: cuántas otras instituciones hay en nuestra sociedad que le permiten a cualquier persona entrar en comunicación con él mismo, con los otros, con los ausentes, estar en un lugar donde se le puede prestar todo y se le da confianza, se le invita a pensar, descansar, estudiar. Yo no creo que haya otro espacio o institución que le brinde a cualquier persona, de cualquier edad, ni distingos de su grado escolar o de su clase social, esa posibilidad de estar. Por eso, me parece que la apuesta por las bibliotecas es una apuesta fuerte e importante. Desgraciadamente en México esa apuesta se ha sostenido muy poco; más bien se ha pensado en las bibliotecas de una manera muy diferente y es una lástima.

Alberto González: ¿Cuál es la esencia de las bibliotecas, a decir de tu libro?

Daniel Goldin: El libro está enfocado en las bibliotecas públicas. En él traté de mostrar cómo hay muy diversas maneras de encarar una biblioteca pública. Las hay, por ejemplo, como en Texas: una “biblioteca sin libros”, pero que asume con muchísima claridad su vocación para ser un instrumento informativo, recreativo, para el reconocimiento de la diversidad y para el combate a la desigualdad, con bibliotecarios extremadamente comprometidos. Hay otras bibliotecas que provienen de una tradición más patrimonialista, donde lo central es tender los libros y esas bibliotecas, en buena medida, han brillado por su ausencia a lo largo de estos dos años de la pandemia.

Además, trazo algunas hipótesis que podrían ayudarnos a explicar por qué existen estas genealogías tan diferentes. El primer caso proviene del trato entre iguales en las bibliotecas, que es la génesis de la biblioteca de Babilonia, de las bibliotecas americanas o de algunas europeas, en donde un club de iguales intenta compartir lecturas, promueve una discusión en el interior. La otra es una tradición más afín a las culturas iberoamericanas donde la génesis viene de la apropiación de bienes y de la función de la Iglesia en el sentido de la redención de la ignorancia. Las bibliotecas mexicanas son mucho más afines a esta última idea, por tanto, tenemos bibliotecas que valoran lo patrimonial, donde el bibliotecario funciona muy poco y se confía mucho más en los libros que en los lectores”, sugiere el escritor.

AG: Como lo señalas en las primeras páginas, tu libro comenzó a escribirse el 3 de octubre de 2020, en medio de una pandemia. ¿Cómo fue que germinó un proyecto así?

DG: El libro lo escribí después de muchos titubeos, pues me habían pedido un libro de lo que yo quisiera relacionado con las bibliotecas, y eso a mí me pone un poquito nervioso porque es un terreno en donde hay una cantidad de supuestos que a mí me incomodan. Decidí asumir justo hace un año el reto de escribir un libro en tiempo real, con las dudas que se me iban generando y los titubeos que fuera teniendo y un poco tratando de ser congruente con lo que yo creo que es el fondo de las bibliotecas. Reflexioné sobre la complejidad de definir qué es lo íntimo, qué es lo público, qué es lo privado: llegué la conclusión de que hay una crisis sobre la viabilidad del ser humano en tanto su relación con la naturaleza es cada es más conflictiva. Creo que la propia pandemia lo ha evidenciado mucho. Parte de nuestros problemas que son inherentes a la condición humana tienen que ver con que somos seres de lenguaje y el lenguaje siempre es una fuente de equívocos, de aparentes entendidos y está también el medio para remediar esos malentendidos.

Ilustración: Gonzalo Tassier

AG: En tu libro hay una intención muy clara de reivindicar la palabra escrita, el valor que tiene tanto en lo íntimo como en lo público, cuéntame sobre esto.

DG: Hay una crisis de la cultura escrita. La música de las bibliotecas intenta ser un instrumento para pensar y dialogar. En muchos momentos muestro paradojas, antinomias e invito al lector a tomar sus propias decisiones o a pensar sus propias elecciones, asumiendo que sus determinaciones son precarias, que valdrán por un rato, pero que después dejarán de tener valor. En general, hemos tenido muchas esperanzas en la palabra escrita como si fuese una afirmación de la verdad, pero cada vez me queda más claro que la palabra escrita no puede ser la única palabra. Es una palabra que cada vez que la leemos genera un espacio de diálogo con el otro —sea una persona real, un ser que vivió hace mucho tiempo o uno mismo. Fundamentalmente, creo que la palabra escrita y el libro, tal como yo lo concebí, es un texto que está invitando a dejar de pensar en la palabra escrita como un sinónimo de algo permanente o que intenta afirmar una verdad, más bien es una invitación a estar cuestionando constantemente.

AG: Los tres umbrales que cruza el lector en este libro son el agua, la música y la poesía. El primero, en esencia, el agua, en tanto símbolo de la vida y la naturaleza tiene una conexión con las bibiliotecas fundamental, según muestra en el libro. Por otro parte, trazas una geometría entre El arte de la fuga, de Bach, Quevedo, Jakobson, y William Carlos Williams. ¿Por qué la presencia de la música y la poética dentro de un tema de espacio público?

DG: Creo que tanto la poesía como la música llevan al lenguaje a su límite, el silencio. La forma musical que intenté elegir es la de las variaciones. En el libro digo que las variaciones suponen más bien un ejercicio de permanencia en lo imposible, de manifestar la imposibilidad de permanecer y al mismo tiempo reconocen el deseo de permanecer. En este sentido, lo musical me parece un remedio o una forma de enfrentar la complejidad de los problemas que estamos viviendo hoy. Por ejemplo, a lo largo de la escritura escuché cientos de veces El arte de la fuga y siempre tenía presente la imagen de Bach escribiendo esa obra ya en su lecho de muerte y casi ciego: el arte de la fuga es el arte de escapar de la muerte y de trascender de alguna manera. En cuanto a la poética, formalmente, es un libro que explora lo poético en el sentido que le dan Jakobson y Rimbaud; es decir, el valor las distintas posibilidades de cada palabra. En ese sentido creo que la gran palabra que está ahí es la biblioteca.

AG: Saltando ahora de la teoría a la práctica: tú fuiste director de la Biblioteca Vasconcelos por más de cinco años (2013-2019), ¿cuál fue el mayor reto al que te enfrentaste en esa biblioteca pública?

DG: El mayor desafío que tuve, y que no logré resolver, fue vencer la abulia de una parte de los bibliotecarios. Una gran parte de ellos tomaba la biblioteca como una chamba mal pagada, algunos no tenían una vocación bibliotecaria, aunque no todos, además tenían poca confianza en el trabajo bibliotecario como una labor donde se les iba permitir explorarse. Para mí la función bibliotecaria tenía que ver con la vocación de servicio público, de intentar el reconocimiento de los demás, de promover el diálogo y no siempre me encontré con eso. Fue lo más duro que me hallé a lo largo de la administración, donde recursos casi no tuve, más allá de los que estaban presupuestados originalmente, aunque los recursos nos los inventábamos. Pero no siempre fue fácil motivar a todos los bibliotecarios, lograr vencer su desconfianza, vencer su desinterés o vencer las condiciones que los imposibilitaban realmente a entregarse a un trabajo más imaginativo, más comprometedor, etcétera. Una biblioteca pública es un espacio muy conflictivo. Resolver uno de los problemas más claves era el de los indigentes: pues si les dabas mucho espacio y los reconocías podían, de repente, participar en diálogos y actividades, sentir que la vida cobraba sentido, y para mí era un gran logro. Entiendo que había que sostener eso de una forma muy convencida de que todos los seres humanos tenemos derecho a ser distintos de otros, pero algunos usuarios y bibliotecarios no lo aceptaban. Entonces es el tipo de problemas que enfrentas en un país extraordinariamente desigual y adverso al reconocimiento de la diversidad; por mucho que se hable de reconocerla, creo que en México estamos lejos ser una cultura que reconozca ese valor.

 

• Daniel Goldin. La música de las bibliotecas. Política y poética de un espacio público, hoy, Lima, Biblioteca Nacional de Perú, agosto 2021, 196 p.

 

Alberto González
Periodista, narrador y poeta. Editor del sello Ediciones del Lirio, es autor del libro de poesía Nebde.

 

 

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Publicado en: Registro personal