Poesía y barbarie (2): Mahmud Darwish, canciones para dos extranjeros

Esta es la segunda de dos entregas dedicadas a un poeta judío y otro palestino en tiempos de guerra.


En su declaración de guerra del pasado 7 de octubre el primer ministro Netanyahu citó un verso aislado del escritor Hayim Nahman Bialik: “la venganza por la sangre de un niño aún no ha sido concebida por Satán”. Netanyahu omitió recitar, o acaso leer, el verso anterior a éste: “Y maldito sea aquel que clame: Venganza”, como notó el parlamentario árabe-israelí de la oposición Ayman Odeh para The New York Times. El poema en cuestión se titula “Sobre la masacre” y está escrito al calor de las circunstancias de inicios del siglo XX. Bialik (1873-1934) —escritor judío nacido en Radi, Ucrania, y luego asentado en Odessa— lo compuso tras enterarse de los pogromos de 1903 en Chisináu. Es un poema crudo, de imágenes sanguinarias, de absoluta desolación, un alegato contra Dios en la estela de Job. La voz poética se entrega a la desesperanza. Abre en forma de oración “Cielo, ten piedad” y cierra con este panorama: “¡Que la sangre llene el abismo! / Que atraviese las profundidades / y devore la oscuridad / y devore y alcance / los podridos cimientos de la tierra”. Si Dios es cruel y no hace justicia, deberá bañarse en la sangre derramada, lleno de iniquidad. La voz poética pide que lo ultime el verdugo; total, el mundo es una tabla de carnicero, un cadalso.

Que Netanyahu manipule así un poema, que aísle un sólo verso para declarar la guerra, vuelve realidad los temores de Theodor Adorno en su anatema contra la poesía escrita después de Auschwitz. La reificación de la cultura desde el campo aliado puede velar nuevas barbaries. Y peor aún, usarse para catapultar crímenes contra inocentes como ocurre en Gaza. Por si fuera poco no es la primera vez que el primer ministro del Likud cita ese verso para abrir fuego. Lo repitió exactamente igual cuando juró venganza contra Hamás en verano de 2014 tras la muerte de tres adolescentes judíos en Cisjordania. En su momento aquel bombardeo a Gaza había sido el más letal y catastrófico desde la ocupación de 1967, con un saldo de 2,251 palestinos asesinados contra 66 soldados y cinco civiles israelís, según Naciones Unidas.

Casi diez años después, los resortes del odio volvieron a segar vidas de ciudadanos israelís inocentes y ya no digamos, de nuevo, de habitantes de Gaza. Casi diez años después la predilección reafirmada por aquel verso de Bialik pinta de cuerpo entero a su declamador. Pinta completa su irracionalidad combativa, su prepotencia, su deseo de venganza que por naturaleza es insaciable. Dibuja por último el orgullo de haber sido más planificador que Satán a la hora de castigar a quienes derramen la sangre de un niño.

Por fortuna, hay otros horizontes y otro repertorio disponible.

Uno que no desemboca, irremediablemente, en la guerra. Que no agrava las pulsiones identitarias. Que no las muestra como raíces abocadas a la podredumbre y a la destrucción. Que no facilita las amalgamas destructivas. Que no entroniza el extremismo.

La vida y obra del poeta Mahmud Darwish (1941-2008), en varias de sus etapas, es elocuente para el caso. Sus contemporáneos lo aclamaron como el poeta nacional de Palestina y el “poeta de la resistencia”, apelaciones que rechazó por reductoras. Su voz pronto se convirtió en símbolo de su patria, de los anhelos colectivos, de la añoranza del terruño, otro fardo de cuyo peso Darwish quería liberarse. Nacido al norte de Palestina, en una familia campesina y luego obrera, aprendió hebreo. Además de la poesía arábiga clásica y moderna, leyó a Bialik y a Yehuda Amijái, y mucha literatura universal traducida: “Estoy agradecido con el hebreo porque me abrió una ventana a las literaturas del extranjero”. En Haifa en los años 1960 trabajó para periódicos árabes vinculados al Partido Comunista Israelí. En esa época conoció en la misma ciudad a la famosa “Rita” de sus libros. El apodo ocultaba a Tamar Ben-Ami, la joven judía-israelí de la que se enamoró perdidamente. A ella le dedicó decenas de poemas y de cartas, mientras enfrentaba las restricciones administrativas, religiosas y territoriales que tenían en contra. Varias veces fue arrestado por viajar a Jerusalén a verla, cuando ella ingresó en una academia de baile. A la fecha, el Estado de Israel no reconoce las bodas civiles e inter-religiosas. El matrimonio queda bajo la tutela de la autoridad confesional de cada comunidad. La frontera de la fe es, por ley, infranqueable. Poco antes de la Guerra de los Seis Días en 1967, Tamar Ben-Ami fue reclutada en las Fuerzas de Defensa de Israel y desapareció de la vida de Darwish. Pero no de su literatura.

El poeta pasó más de dos décadas en el exilio: el primero por la guerra árabe-israelí de 1948; el segundo auto-impuesto en 1970: Moscú, El Cairo, Beirut y finalmente París. Además de las represalias del gobierno de Israel, sintió que las expectativas políticas de sus lectores palestinos lo atrofiaban. No volvió al territorio palestino hasta 1996. Aunque en 1988 se unió al comité ejecutivo de la OLP (Organización para Liberación de Palestina), abandonó la militancia al oponerse a los Acuerdos de Oslo en 1993. La Primera Intifada (1987-1993), que siguió en los medios desde París, lo llevó a escribir un poema político controversial contra los israelís que incendió el Knesset, prueba escrita para el primer ministro Yitzhak Shamir de las verdaderas intenciones de la OLP: eliminar el Estado de Israel. Darwish aclaró, en una entrevista de 1996, que aquellos versos incendiarios —“Salgan de nuestra tierra nativa / de nuestras cosas, de nuestras mares”— se oponían a la ocupación de los territorios. En Israel, medios, políticos e intelectuales condenaban a Darwish, que decidió nunca volver a recopilar ese poema. Tamar Ben-Ami, ahora convertida en una coreógrafa y bailarina internacional, salió en su defensa en la televisión: “El valor de la solidaridad y la coexistencia Árabe-Judía tuvo un efecto emocional en mí. Fue importante para mí. Y hay algo de aquel amor imposible que está más allá de las guerras, y tal vez a causa de ellas a veces”. El gesto conmovió a Darwish, quien la llamó. Ninguno estaba casado entonces. Ella viajó a París, esperó dos semanas y al fin se vieron unas cuantas horas. Su cita fue interrumpida por una llamada de Yasser Arafat. Al día siguiente, Darwish le dijo que no podrían verse más, sin mayor explicación. Los tiempos habían cambiado. Veinte años después, la imagen pública del poeta era otra. Ben-Ami quedó, como él veinte años atrás, desolada.

Uno de los poemas dedicados a Tamar Ben-Ami, “Rita y el fusil” (1968) fue popularizado por el músico libanés Marcel Khalife. Esos versos musicalizados son hoy un ícono cultural del mundo árabe. Una gran parte de la poesía de Darwish, el poeta nacional palestino, debe leerse desde la encrucijada de aquel amor imposible, esa coexistencia a prueba de balas.

“Oh Muerte, espera a que haga mi maleta”, poema de Mahmud Darwish, en árabe y hebreo en el cementerio de Neve Shalom. Fotografía de: Dr. Avishai Teicher, CC BY 4.0

*  *  *

Rita y el fusil
Entre Rita y mis ojos, un fusil.
Quien conoce a Rita se postra
y le reza a la deidad
que en sus ojos de miel resplandece.

Y besé a Rita
cuando era joven
y recuerdo cómo se agarró de mí
y una trenza hermosa me cubrió el brazo.
Recuerdo a Rita
como un ave recuerda el arroyo.
Rita, Rita
entre nosotros mil aves mil imágenes
mil citas
que acribillaron las balas.

El nombre de Rita en mi boca era un festín,
el cuerpo de Rita en mi sangre se desposaba
y en Rita me perdí dos años
y ante el cáliz más bello hicimos promesas,
en el vino de los labios ardimos,
y dos veces nacimos.
Rita, Rita,
Nada apartaba tus ojos de los míos,
salvo la siesta
y algunas nubes de miel,
hasta que irrumpió entre nosotros aquel fusil.

Érase aquella vez…
Oh silencio del crepúsculo,
mi luna emigró una mañana,
a lo lejos los ojos de miel,
y la ciudad
barrió a todos los rapsodas, y a Rita.
Entre Rita y mis ojos, un fusil.

 

Noche que se desborda del cuerpo
Jazmín en las noches de julio. Canción
para dos extranjeros que se encuentran en una calle
que no lleva a ninguna parte.
¿Quién soy después de esos ojos almendrados? Dice el extranjero
¿Quién soy después de tu exilio en mí? Dice la extranjera
Seamos cautos entonces, no removamos la sal de los antiguos
Mares
en un cuerpo que tiene memoria.
Ella le restituyó su cuerpo cálido.
Y él le restituyó su cuerpo cálido.
Así los dos amantes extranjeros
dejaron sus amores en desorden.
Como abandonan sus últimas prendas
entre las flores de las sábanas.
—Si en verdad eres mi amado, escríbeme un Cantar de los Cantares
Y graba en la rama de un granado mi nombre,
en los jardines de Babilonia.
—Si en verdad me amas, posa mi sueño entre mis manos y dile
al hijo de María: Así nos has hecho padecer la suerte
que escogiste para ti.
Señor, ¿somos lo suficientemente justos, como para serlo mañana?
—¿Cómo me curaré del jazmín mañana?
—¿Cómo me curaré del jazmín mañana?
Hicieron juntos una sola obscuridad, en sombras que danzaban
por el techo de la alcoba.
Ella le dijo: No serás sombrío después de mis pechos
Él responde: Tus pechos, noches que alumbran lo esencial
Noches que me cubren de besos,
y quedamos henchidos,
de noches que se desbordan del cáliz
Ella se ríe de su descripción. Y ríe otra vez,
Oculta entre sus manos la cuesta de la noche.
—Amor mío, si me fuera dado ser un muchacho, sería como tú.
—Y si a mí me fuera dado ser una muchacha, sería como tú.
Y ella solloza como es su costumbre
cuando vuelve de un cielo color vino.
Llévame contigo, Extranjero, a un país
donde no tenga un ave azul sobre un sauce.
Y ella solloza, para cruzar bosques en el largo
camino hacia sí misma. ¿Quién soy?
¿Quién soy después de tu exilio en mi cuerpo?
Ah, este dolor que viene de mí, de ti, de mi país.
¿Quién soy después de esos ojos almendrados?
¡Muéstrame mi porvenir!
Así los dos amantes
dejan sus adioses en desorden,
como el perfume del jazmín en las noches de julio.

Cuando llega julio
El jazmín me lleva a una calle
que no lleva a ninguna parte.
Y sigo cantando
Jazmín
en las noches
de julio.

—De ¿Por qué dejaste al caballo solo? (1995)

 

¿Quién soy sin exilio?
Extraño como el río a la vera del río… El agua
Me ata a tu nombre. Nada me trae de la lejanía
De vuelta a mi palmera: ni la paz ni la guerra. Nada
Me incorpora a los Evangelios. Nada…
Nada titila en la costa, desde el flujo
y reflujo entre el Tigris y el Nilo. Nada
Me hace bajar del navío del Faraón. Nada
Me lleva o me hace llevar una idea: Ni el deseo
Ni la promesa. ¿Qué hacer? ¿Qué
hacer sin exilio y sin la larga noche
que observa el agua?

El agua
Me ata
A tu nombre…
Nada me lleva de las mariposas del sueño
A mi vigilia: ni la tierra ni el fuego. ¿Qué hacer
sin las rosas de Samarcanda? ¿Qué hacer
en una plaza cuyas piedras lunares pulen los aedas?
Henos aquí ligeros como los aposentos
del viento lejano. Henos aquí, amigos de magníficas
criaturas entre las nubes… y arrancados
A la pesadumbre del terruño identitario. Qué haremos…
¿Qué haremos
Sin exilio y sin la larga noche
que observa el agua?

El agua
Me ata
A tu nombre…
De mí no quedas más que tú, y de ti no quedo más que yo,
Más que yo, extranjero que acaricia el muslo de su extranjera, ¡oh extranjera!
¿Qué haremos con la tranquilidad
que nos queda… y con una siesta entre dos mitos?
Y nada nos lleva: ni el camino, ni la casa.
Ese camino, ¿fue siempre el mismo?
¿O nuestros sueños lo cambiaron
tras el hallazgo, en tierra mongola, de una yegua
en la colina?
¿Y qué haremos?
¿Qué haremos
Sin
Exilio?

—De La cama de la extranjera (1998)

 

Estado de sitio (frags.)
Aquí, en las laderas de las colinas,
frente al ocaso
Y a la beatitud del tiempo,
Cerca de los vergeles y su sombra recortada,
Cual prisioneros,
Cual indigentes,
Cultivamos la esperanza.

—De Estado de sitio (2002)

 

Te olvidarán, como si nunca hubieras sido
Te olvidarán, como si nunca hubieras sido.
Te olvidarán como la muerte de un pájaro,
como una iglesia abandonada,
como un amor pasajero
y como una rosa en la noche… te olvidarán.

Yo pertenezco al camino… Otros pasos
han precedido los míos.
Otros le han dictados sus visiones
a las mías,
otros han difundido el verbo
para que se integre al relato
o ilumine a quien siga,
trazo lírico… intuitivo.

Te olvidarán… como si nunca hubieras sido
hombre u obra… te olvidarán.

Avanzo y la visión me guía. El relato se volverá tal vez
más personal. Pues me gobiernan
las palabras y yo las gobierno.
Soy su forma
y ellas son la libre transfiguración.
Pero lo que diré ya ha sido dicho.
Un futuro anterior me precede.
Soy el rey del eco.
No tengo trono más que en los márgenes. Y el camino
es el método. Tal vez los Antiguos
olvidaron describir
algunas cosas para que en ellas despierten
mi memoria y mis sensaciones.

Te olvidarán como si nunca hubieras sido
acto ni trazo… te olvidarán.

Yo pertenezco al camino…
Alguien pone sus pasos
en mis pasos, alguien que me seguirá hasta mi visión,
alguien declamará versos de alabanza
a los jardines del exilio, frente a la casa,
versos libres de la adoración del pasado,
libres de mi metonimia y de mi lengua,
¡y seré testigo
de que estoy vivo
y soy libre,
cuando me olviden!

—De No pidas disculpas (2004)

© Mahmud Darwish

Traducción personal a partir de las traducciones del árabe al francés de Abdelatiff Lâbi y de Elias Sanbar, del árabe al inglés de Ian Wedde y Fawwaz Tuqan, y del árabe al español de Luz Gómez García y María Luisa Prieto.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de nexos


1 En 2014 Peter Cole analizó en The Paris Review las implicaciones del poema y la irónica forma en que podía prestarse ahora también a la voz de las víctimas civiles palestinas de Gaza.

2 Toda la información biográfica de Darwish y Tamar Ben-Ami viene de Dalya Cohen-Mor. Mahmoud Darwish, Palestine’s Poet and the Other as the Beloved. Palgrave McMillan, 2019.

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Publicado en: Florilegio