Poemas de Tigre

Las sorpresas en Tigre, el más reciente libro de poemas de José Pulido, son gratas. Para empezar, no hay aquí ni oro de los tigres, ni tigres brillantes a lo Blake o a lo Lizalde. Más bien hay una ciudad real con ese nombre en Argentina, a la que busca invitarnos este libro, como un roce imaginario, como evocación y posibilidad poética. “La Venecia salvaje”, como la llamó Borges, es aquí el motivo para una serie de poemas en prosa que oscilan entre varias voces: la de quien piensa en la imposibilidad de escribir un libro de viajes en una libreta roja; la que recuerda un recorrido con un viejo amor; la que hace recortes recientes de prensa; la que dibuja postales del río y del paisaje; y, finalmente, la que recupera la historia de un lugar a merced del turismo y los archivos atroces de la dictadura.

El libro también es un homenaje a la literatura argentina —pasando por Roberto Arlt, Leopoldo Lugones o Borges— que confirma la variedad de intereses cosmopolitas de la joven poesía mexicana contemporánea.

Los siguientes fragmentos rompen con el orden de lectura del volumen completo, pero intentan dar una idea de la riqueza de su búsqueda.


Cerca del arroyo vivía un jaguar que causaba muchos daños a la población (ellos le dicen yaguareté, pero no les hagas caso). La gente lo sacrificó y desde entonces el arroyo comenzó a ser conocido con el nombre de Tigre.

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En 1805 Tigre era un arroyito insignificante y el pueblo no era conocido con ese nombre. Lo llamaban el pueblo de Las Conchas. Para 1812 había sesenta familias de pescadores, labradores y comerciantes de frutas. Un punto apenas perceptible en el mapa. Un nombre que fue cambiando. Los martillazos de la movilidad. La imposibilidad de que las cosas permanezcan en su sitio. 

Todo, aunque no lo queramos, suele trasladar sus significantes.

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Pienso en toda la gente que no está donde quiere y en una lluvia que cae ligera sobre los techos de sus casas. Creo que a veces surge un silencio del Delta. Nadie se asoma por la ventana para ver el espectáculo. Tal vez no están en casa solos o piensan que no tienen tiempo. A veces, la luz de los autos puede sacarlos de su letargo. Pero me gusta pensar que pasa poco. Que ellos tampoco tienen la oportunidad de presenciar la trama que se escribe sobre las aguas del río.

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El 18 de febrero de 1938, Leopoldo Lugones se quitó la vida en un recreo del Delta de San Fernando (qué mejor forma de vacacionar) llamado –irónicamente– “El Tropezón”. Estaba muy enamorado. Tomó cianuro de potasio con whisky. ¿Quién lo pensaría? También en Tigre existen otras formas de esparcimiento.

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Me regalaste una libreta roja. Una trampa para volver, quiero decir. La escritura entre signo y signo es el espacio que no habitamos. Quién sabe si estaría aquí de no ser porque me invitaste.

 

• José Pulido, Tigre, México, Cuadrivio, 2020, 78 p.

 

José Pulido
Poeta y ensayista. Ha ganado en dos ocasiones la beca de Jóvenes Creadores en Poesía del Fonca. Su libro anterior se titula: Permanencia voluntaria (Diablura ediciones, 2015).

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Publicado en: Florilegio