El nuevo libro del poeta Fernando Trejo (Tuxtla Gutiérrez, 1985) se adentra en los abismos y espejismos de la ausencia, de esa vida inaudita que llevan dentro de nosotros los muertos. Sobre la experiencia de su lectura, Alberto Ruy Sánchez apunta: “Abro una y otra vez este libro luminoso, que centellea en la doble noche de la muerte, y me mantiene atado a su estallido lento y sutil. No puedo despegarme de él, porque sus fantasmas han pasado de sus páginas a mi cuerpo. Su exploración de la presencia de la abuela ausente se vuelve canto agudo de una vida más allá de la vida. […]. [Fernando Trejo] nos confirma en esta obra única la verdad conocida pero siempre sorprendente: si un poder tiene la poesía es el de penetrar e iluminar dimensiones humanas que nada más ella puede tocar”. Ahora publicado por Cuadrivio y el Instituto Municipal de Cultura y Arte de Hermosillo, presentamos algunos fragmentos del libro ganador del XVI Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal 2018.

Ext. Panteón Municipal / Mediodía.
Los albañiles desde aquí son sólo sombras de cemento,
henchidos de sílice y arcilla.
Acierto de mano gris y abierta en el ladrillo.
Sobre un terregoso montículo de tumbas
el trío Los Tecos canta una canción de mi abuelo Carlos:
… que pasaste por mi vida
como la nave perdida
en la inmensidad del mar…
Costras de sol
repellan el silencio calizo de la tarde.
La escenografía del panteón municipal
nos divide en fragmentos de llanto,
lágrimas que resbalan y cantan
a la fosa que cavan nuestros ojos:
… que pasaste y me dejaste
y pudiste tú haber sido
el consuelo de mi mal…
Los albañiles que escarban
la tierra condenan y danzan en la geometría oscura
del hueco que le es ahora a mi abuela, una alcoba de huesos
de árboles dormidos.
Sacuden en la luz su transparencia. Suena el viento como pájaros.
Los albañiles liban de la escarpa el húmero recuerdo del padre:
maestro albañil don Adán Verdugo.
Y beben y mastican del vidrio su líquido recuerdo
mientras hurgan el sonido:
… que cruzaste presurosa,
que pasaste silenciosa
dentro de mi corazón…
Arrojan a cucharadas el oficio paterno, con pelladas de cal.
Escupen la espesa mantra,
que les sorbe el cráneo a las doce del día.
Hay un calor hecho de lumbre. Un calor
que dora las cortinas del día
por donde se cuela el aliento de un pequeño diablo que ronda
con su muerte lastimera
las tumbas de los recién acabados por morir.
La tristeza es larga,
abarca a la ostentosa sombra que camina
reflejada en el lodo como una tristeza fantasmal.
Nosotros, debajo de un polvoriento techadito,
de pie sobre nuestro corazón,
suspiramos al contenerles,
muy ingenuos.
Pues sabemos que dictados por un contrato doble de jornadas laborales
trazarán el pulso,
rabiosos, para echar el cuerpo de mi abuela en un ataúd de
madera con láminas de zinc, con la idea
de embriagarse al término del día.
Porque matar a un muerto,
sentenciarlo a muerte,
sólo se puede curar
al final de la calle donde un perro ladra una cantina.
Un albañil que habla con el pulso,
sabe atar sus palabras
en el eco, hace ruidos
con el lenguaje invisible de los dientes, un lenguaje de acero
del que están hechas
las voces de lo desconocido.
Fuman.
Atados a la sombra de sus pies
sobre el mortero,
su tristeza se vuelve una sombra entre ladrillos,
fumando:
… Gaviota, que jugaste mi cariño
y tomándome por niño
te burlaste sin razón.
Brilla su mocedad frente al recinto de los bisabuelos Delia y Tavo.
La soledad cimbra
en la convección del calor joven
de los muchachos albañiles que no se cansan de morir,
de los muchachos construidos de humo y cal.
§
Int. Casa de chapultepec / Noche
En la pared de mi casa,
se dibuja poco a poco una figura
por los resquicios de la lluvia.
Una gotera cuela su furia por las carpetas de cemento.
Cabe su esencia.
Cava con sus manos de agua pozos de humedad.
Por ahí asoma el ojo de mi abuela.
Los hoyitos de su risa.
Es un milagro que Dios la dibuje tan perfecta.
Las líneas de su voz se filtran por la esquina.
Me llama.
Yo sostengo
entre mis manos
sus manos muertas y frías.
Le acomodo el rosario
con el que compartió la vida desde que soy un niño.
En cada cuenta de madera
aparecen sus huellas al centro de la cruz,
donde una medalla de San Benito ora por los hijos que dejó.
Yo no sé si la pared de mi casa
sepa de la juventud de mi abuela
y su mirada triste.
Yo no sé si la humedad
sea también una forma de su llanto a lo lejos. El punto aquí
es el milagro de su aparición.
El remanso
donde cupe alguna vez entre sus manos.
§
Int. Casa de la abuela / Tarde (flahsback)
Mientras mis hijos crecen
yo saboreo la tristeza de perderlos
con cada año desprendido.
Mientras Berriozábal se llena de árboles
y copas
y de hojarasca el patio.
Mientras la casa del centro
se convierte en una preparatoria abierta.
Mientras tus oraciones se acumulan en el oído de Dios.
Mientras mi madre y mi padre
cumplen
con el deseo de convertirse nuevamente
en padres a los sesenta y cinco años.
Mientras el abuelo repite
“quién inventó la vejez”.
Mientras Carlos se aparece en tu recámara
para consolarte de los dolores de tu brazo.
Mientras mi tío Daniel escucha a Antonio Vega
y a Loquillo y los Trogloditas.
Mientras mi tía Marisa
adivina las especias de tu alacena
para cocinar la paella del domingo.
Mientras mi tío Carlos
pinta al óleo la avenida central del Gran Hotel Humberto.
Mientras mi madre viaja en helicóptero
y yo la despido lleno de berrinche
con un chaleco de prensa.
Mientras yo me alcoholizo
en los miradores de mi ciudad
y recibo tus bendiciones
que caen como moléculas de oxígeno.
Tú,
abuela,
envejeces,
y le pides a Dios partir
hacia donde él ahonda ya tu casa.
§
VI
Juan se evapora con el humo del cigarro.
Adán tira el escombro.
Y en la tumba
algo como una mujer sostenida en el aire,
les muerde el miedo que se atora
en el lodo.
Se desprende un relámpago
detrás del árbol donde los que atestiguan el entierro
se asoman como recién crecida hierba.
Una especie de ausencia emana una voz.
Los jóvenes obreros se tallan el silencio
en sus costillas
como si el valor pudiera arremangarse.
Forman de piedra sus puños.
El miedo que se ofrece detrás de sus orejas chisporrotea.
Juan y Adán regresan al mortero.
La harina de su piel se hiende en ambos.
Adán avienta la colilla a los pies de las raíces de mi abuela.
Ha quedado en su espalda la mirada espectral.
Ha quedado un fantasma programado en la metástasis del miedo.
Adán clava sus ojos a las dos cuencas abisales que tiene por ojos el espectro,
de pie,
detrás de la enramada reja de barrotes,
fluye
a través de sus poros, luminoso,
el rostro de una entidad
antropomórfica.
Adán cimbra las varas de su cuerpo,
trastabilla y le recuerda a su hermano menor
que hay espíritus comunes como Dorothy Walpole
y Zona Heaster,
que todavía marcan a los vivos
con la blancuzca forma
de las apariciones.
Sabe Adán que la belleza deambula en la invisibilidad.
Una visión es el producto de una imantación que causa un
tráfico de sordos,
leería Adán Verdugo, en sus años de interno, en una Reader’s Digest.
Años más tarde junto a su hermano Juan construirían la tumba de mi abuela.
§
El aliento que somos de los perros
†
En la cocina,
en su pared más blanca,
mi hijo ha dibujado un marco por
donde asoma una figura
de huesos alargados.
Él me mira sin creer que esto ya no existe.
Me refiero a esto
como a la muerte que no sabe que ahora es su bisabuela.
Me mira sin creer que ya no la hallará.
Que en este momento polvo es.
Que esta casa ya no es nuestra casa.
Pero mi hijo, que siempre ha sido una alusión a sombra,
me explica su pieza
y me dice que él morirá nunca.
Señala una cara con dos ojos que son las yemas de sus índices remojados en tinta:

eres tú, papá. Y vuelas. Y este soy yo:

Un invisible pequeño que me atrapa.
Aire somos, le digo, superhéroes.
Volamos en la blancura de tu imaginación.
Qué aliento eres. Pienso.
Mi abuela lo abraza y lo besa.
Porque se da cuenta que estar en lo fantasma
es el proceso de quedarnos en todo lo que amamos.
Y él me besa y responde,
aunque nada se aparezca ante nosotros,
aunque nada se parezca como antes.
Pero quedar así, asidos a la transparencia de lo hermoso.
Afuera los artistas del cemento celebran un trago por la lluvia.
Por saciar la lengua del miedo que les lame las costras de la resignación.
‡
Si hay algo que pesa en lo fantasma, es no poder llorar.
Porque llorar es muy humano. Y mi abuela qué puede soltar si el agua no recuerda.
En la boca de la noche camina de la habitación a la cocina.
Pero recuerda que un fantasma no funciona
y no existe.
Palpa la pared donde mi hijo ha dibujado a nuestro perro
y veo cómo las figuras se desprenden del trazo,
y veo cómo se vuelven una forma de la sombra que soy.
Fue nuestro perro un husky. Y era su nombre Ponyo.
Yo le leía poemas de fantasmas.
El rumor es real: los perros
le ladran a los muertos. Le ladra mucho mi perro no muerto,
a mi abuela. Su fantasma todavía es un alma que vive.
La primera vez que la topó de frente
no supo si gruñir o soltar un aullido de ansiedad pero se echó
hacia atrás con una retahíla de herméticos ladridos.
Yo creí, entonces: es un vidente mi perro que supo la hora de
su muerte. Ahora creo en sus células olfativas. La puede oler. Los perros son, asumo, un puente sobre el canal de la muerte. Un lazo columpiándose en los pasillos de luz que llevan a la eternidad. La puede oler mi perro en su olor transparente. Se orienta, pues, mi perro con sus orejas que captan sus sonidos todavía humanos. Yo sí creo en sus ladridos a la esquina del patio porque dicen que lo último que
muere de los perros es la fe,
y los perros tienen una muy honda,
que huele y transmuta.
Por eso a veces Ponyo ladra a los retazos de luz
que mi abuela desperdiga y descompone a su paso.
Sin embargo la Negra,
la gata famélica de la señora Esperanza,
que le daba por sombrear la noche dando saltos,
aquella vez al verla,
echó para atrás las orejas planas. Dos negras obsidianas
le estallaron en los ojos, dilatándoseles;
arqueó el dorso con el pelo erizado,
y no dejó de mirar fijamente en
dirección aparentemente nada.
Ahí estaba mi abuela, cocinándonos un olor
para nosotros transparente,
cantándonos una canción de Los Tecos
con las cuerdas de la noche.
Aterrada, la Negra se defendió sin verla,
raquítica e irracionalmente cobarde, pero con ínfulas de
pretender ser muy tigre al defenderse.
Por eso, a veces, ven, le llamo: Negra,
maúllame en la soledad.
Fernando Trejo
Ha publicado, entre otros libros de poesía, Cuaderno invertebrado, Solana, Ciervos y Base Atenas.
Hermosas imágenes de La Abuela