Canción negra se suma este año a los 18 volúmenes de Wislawa Szymborska que han sido traducidos al español desde que ganó el Premio Nobel en 1996. Los poemas que el lector encontrará a continuación han tenido una curiosa trayectoria en su lengua original.
Es 1945, año que parte el siglo en dos. La guerra ha sido cruenta y se ha cebado particularmente con Polonia desde la invasión de los nazis. Contra la máxima de Adorno, un mes después de que Cracovia vuelve a ser libre, una poeta de veintidós años vence la timidez. Se decide a llevar sus poemas a un periódico. Los editores aceptan. No pueden saber en ese momento que acaban de llevar a buen puerto la vocación de una de las mayores escritoras que tendrá su país. La poeta reconoció años después que de no ser por aquella oportunidad temprana se habría resignado, abandonando para siempre el arte del verso: “Busco la palabra” es el primer poema —aunque recortado, adaptado e incluso publicado con otro título— de esa suerte de debut literario en mitad de los escombros de la guerra.
Los poemas de juventud (1944-1948) quedan dispersos, muchos de ellos en diarios y revistas. Su autora nunca los quiere recopilar en vida. Sí lo hace, en cambio, el poeta Adam Wlodek, marido de Szymborska en la posguerra, y le regala una carpeta mecanografiada con esos recuerdos de sus primeros pasos en la poesía. El contenido de aquel obsequio irónico, del cual la escritora polaca nunca renegó, pero sí le dio la espalda para propiciar el alejamiento necesario y encontrar su verdadera voz, no fue publicado en polaco sino hasta 2014, dos años después de su muerte. Ahora aparece por primera vez en Canción negra (Nórdica), volumen que está por llegar a México.
Por algo más
Por algo más
que un sueño de fronteras,
o el ruido de estandartes;
por Su victoria de intrépido furor.
Por algo más
que un himno y Su revancha,
o el sentido de todos los destinos,
por Su venganza, que el odio, más veloz.
Por algo más que
Su celebración.
Por algo más
que un Día de Diario.
…por el humo de las rojas chimeneas,
por el libro sacado sin temor,
por un trozo de cielo despejado,
luchamos.
§
La cruzada de los niños
En la más ardiente de nuestras ciudades,
hunden el rostro en sangre coagulada
cadáveres de niños.
Primera vez que juegan a la guerra:
ya sin bromas, la primera e intrépida refriega.
Alguien mostró cómo. Él probó. Es coser y cantar.
Disparar. Da en el blanco. Qué fácil disparar.
La primera aventura. Adulta, verdadera.
Agarra una botella de gasóleo —tenaz y concentrado—.
Ayer serían tres los tanques y hoy llegará el cuarto.
Se adelantan a la orden unas manos inquietas.
… A través de una ciudad que cae a pedazos,
pasto de unas llamas que ya nadie es capaz de dominar,
armada de unos puños contenidos, petrificada en un grito,
se abre paso bajo el denso y ardiente granizo de las balas,
la cruzada callejera de los niños.
Nuestros ojos con los últimos recuerdos ya cansados;
las manos, saben, creen, en cambio.
Manos con las que habremos de levantar el peso de esta tierra,
que saben que el mundo renacerá sin los fantasmas de la guerra,
que pagará, sin vueltas, por los años abatidos,
y creen en un nuevo orden y un nuevo ritmo.
… y quizá también por eso
nos ahoga día y noche
ese tristísimo por qué,
ese callado para qué
los cadáveres de los niños caídos.
§
Busco la palabra
Quiero definirlos con una sola voz:
¿cómo eran?
Tomo palabras corrientes, robo en los diccionarios,
las mido, sopeso y examino:
Con ninguna
atino.
Las más valientes, siguen siendo miedosas,
las más despectivas, pecan aún de inocentes.
Las más despiadadas, en exceso indulgentes,
las más encarnizadas, poco irrespetuosas.
Esa palabra debe ser como un volcán,
¡golpear, arrasar, arrancar de sopetón,
como la terrible cólera de Dios,
como el odio en ebullición!
Quiero que esa sola palabra
esté empapada en sangre,
que como los muros de un penal
acoja en su interior cualquier fosa común imaginada.
Que describa de forma fiel y clara
quiénes fueron ellos, qué hizo aquella gente.
Porque lo que oigo,
o lo que se escribe
resulta insuficiente.
Es insuficiente.
Impotente esta lengua,
repentinamente pobres sus sonidos.
Me devano los sesos
buscando esa palabra:
pero no lo consigo.
No lo consigo.
1945
§
La paz
Precederá los comunicados la sirena alegre de los corazones.
Más veloz que la luz es esa nueva,
más veloz que esa nueva, la esperanza.
En gritos, cantos, peroratas,
salvo una, por fin,
dejarán de funcionar ya las palabras.
Las noches de las ciudades, ciegas
hasta entonces, lanzarán señales a los cielos
por el camino de las estrellas.
Los transeúntes pisotearán
el luto arrancado a las ventanas
conformando sus pasos en hileras.
Otros saldrán frente a las casas
para en el breve intercambio de unas manos,
con los suyos, con todos los extraños,
ofrecer la verdad como un objeto:
que las gentes han traído al mundo
la paz, no el hierro.
§
Cumbre
Nube y roca.
Presentimiento y tacto.
Aquí es fácil afinar el corazón,
darle a la luz prioridad.
La piedra se somete al abismo
como cualquier soledad imprudente.
El arroyo tiene el ímpetu del peñasco.
El cielo susurra a través del bosque.
Algo más abajo están el miércoles,
el abecedario y el pan.

• Wislawa Szymborska, Canción negra, traducción de Abel Murcia y Katarzyna Moloniewicz, ilustraciones de Kike de la Rubia, Madrid, Nórdica, 2020, 96 p.
Wislawa Szymborska
Poeta y ensayista polaca, Premio Nobel de Literatura 1996. Entre sus libros en verso y prosa destacan: Instante y Correo literario.