Los fenómenos que propician movimientos sociales crean oleadas que repercuten directamente en las teatralidades. Esto hace que el teatro no sea una expresión inmóvil; todo lo contrario: hace que las dramaturgias estén en constante movimiento. La expresión política global y sus crisis entre pandemias, capitalismo, hambrunas, polución, guerras, movilizaciones del campesinado, feminismos, cuerpos excluidos y racializados son temáticas que permean en toda expresión artística.

Ilustración: Patricio Betteo

Si bien es cierto que el teatro ha propiciado su carácter político al postularse como agente movilizador y de termómetro social, también es cierto que por mucho tiempo se normalizaron dentro del teatro prácticas que perpetúan violencias y actitudes de carácter discriminatorio. No podemos obviar, por ejemplo, que durante milenios la escena prohibió la interpretación a las mujeres. Los roles femeninos debían ser interpretados por varones; una práctica heredada desde el origen mismo del oficio y que revela el patriarcado fundacional de civilizaciones antiguas.

Es necesario para el teatro seguir planteando discusiones valiosas que lo liberen de narrativas colonizantes. Una discusión así se ve ahora activada por el colectivo Poder Prieto: enfocada (aparentemente) en torno a la discriminación por color de piel.

La lucha por la no discriminación ha detonado potentes revoluciones a nivel mundial. Una de ellas ocurrió durante los años sesenta en Estados Unidos, cuando emergió una clara movilización en defensa de los derechos humanos y civiles de la población negra, dando pie a una de las más grandes justas sociales del siglo XX, misma que todavía está vigente. La discriminación por origen y color de piel sigue generando preguntas. México, a pesar de presentar una riquísima diversidad de culturas y orígenes, mantiene aún rastros de una violencia que se manifiesta incluso en la negación misma de actitudes que racializan a los cuerpos.

Es un hecho que existen cuerpos que son discriminados y excluidos del espacio escénico; cuerpos que no se consideran aptos para el ejercicio de la práctica escénica y artística en general. En cuanto a Poder Prieto —y dado el nombre con que se identifica el movimiento—, la pregunta que surge es: ¿cuál es el papel y la importancia del color de piel en estos procesos de discriminación y exclusión?

El escritor y académico keniano Ngũgĩ wa Thiong’o escribe, en su libro Desplazar el centro (2017), que el tono de piel es tomado por un signo de jerarquización de clase, donde el color de piel clara es rasgo principal del poder hegemónico colonizante —es decir: la clase de poder con privilegio económico que oprime—, mientras que el tono oscuro es tomado como rasgo físico de esclavitud y opresión. Esto es lo que, para Ngũgĩ wa Thiong’o, por muchas décadas se hizo nombrar “racismo”. ¿Es éste el caso para México, al igual que para África?

El actor Alan Uribe —integrante del colectivo Poder Prieto y de la Compañía Nacional de Teatro— nos ayuda, en entrevista, a comprender la complejidad del problema: “En México, hablar de racismo es hablar de clasismo”. Así, pues, según explica Alan, si bien Poder Prieto identifica la existencia de una pigmentocracia nacional y señala al color de la piel como el signo más notorio de la discriminación en nuestro país, reconoce ampliamente que el problema no se puede ni se debe reducir únicamente al color de piel. Al conversar con Alan, nos queda claro que la lucha del movimiento es, en el fondo, una lucha decolonial.

En defensa del discurso decolonial, la socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui dice que Occidente posiciona al lenguaje escrito por encima de la oralidad y del lenguaje simbólico de las imágenes. Rivera Cusicanqui conecta esta postura de encuentro con la de muchos de los pueblos originarios que, mediante imágenes (códices) y su policromía, nos presentan la documentación de la vida y sus visiones. Ella nombra a este fenómeno del lenguaje visual como la sociología de la imagen, donde recalca que las palabras encubren mientras que las imágenes tienen la posibilidad de revelar.

Es allí donde el teatro encaja, al trabajar con las imágenes que nos revelan formas escondidas de colonialismo o de alejamiento social. El cuerpo sobre la escena es una imagen. “Las imágenes nos ofrecen interpretaciones y narrativas sociales, que desde siglos precoloniales iluminan este trasfondo social y nos ofrecen perspectivas de comprensión crítica de la realidad. El tránsito entre la imagen y la palabra es parte de una metodología y de una práctica pedagógica”, dice Rivera Cusicanqui en su libro Ch’ixinakax utxiwa (2010).

En el teatro es el cuerpo el que interpreta y representa. Con Poder Prieto se aboga, entonces, por la inclusión de más actores y actrices a partir de una característica, un rasgo visual: el tono de la piel. Pero el tema es complejo y elude reducirse a un asunto de Pantone. ¿Cómo hacer un teatro que evite camuflajes de representatividad nacional y que, a la vez, se aleje de idealismos raciales?

A decir de Alan Uribe, la discriminación en las artes —como en todo el país— obedece en gran medida a un conflicto espacial de centro versus periferia, el cual claramente pone en tensión la accesibilidad a ciertos espacios y circuitos artísticos que se consideran de mayor privilegio. Esta misma cuestión nos lleva a una pregunta: ¿la lucha se trata de tener acceso al privilegio (binomio adentro / afuera) o se trata de que se derriben los cercos para que las oportunidades de desarrollo y crecimiento estén al alcance de todas y todos?

Poder Prieto pronuncia una clara demanda: se espera un teatro donde los cuerpos de intérpretes dejen de reproducir viejos esquemas y fórmulas coloristas, clasistas y centristas sobre el escenario para mostrar cuerpos diversos y así se favorezca una mayor apertura a la práctica profesional del arte. Poder Prieto busca romper con prácticas discriminatorias en el arte que están íntimamente ligadas a una dinámica social de personas favorecidas con la educación y el acceso a ciertos medios. ¿Cómo? De entrada, llamando la atención al problema; colocando el tema en el centro de la mesa de discusión. Se busca una discusión profunda, que evite soluciones tajantes, fáciles y reduccionistas. Con este artículo, esperamos aportar nuestro grano de arena a esta importante reflexión comunitaria.

El teatro tiene el valor de la impureza; se enriquece de teorías diversas y se deja penetrar por la realidad que lo circunda. Del teatro nada es níveo. En el teatro se planta el cuerpo y se trabajan imágenes en movimiento y por eso el teatro permite acceder a múltiples formatos y discursos. Los movimientos políticos y sociales han sido acompañados por movimientos artísticos de clara contundencia, y el teatro es siempre un espacio que revela los anhelos de una vida política común. El teatro es agente de subjetivación social que transmite ideas y conceptos, ideas que pulsan al centro del acto escénico y que contribuyen a generar una conciencia de la comunidad y de sus miembros. Con Poder Prieto podemos comprobar una necesidad de poner al centro de las teatralidades asuntos pendientes de integración que hacen falta para reforzar prácticas de igualdad.

Nadie habla hoy de si las personas con un color de piel oscuro tienen alma y merecen ser salvadas; sin embargo, el teatro nos revela con sutileza algunas violencias discriminatorias y sus esquemas representacionales no escapan en su intento de popularizar imágenes estereotipadas de belleza. El racismo, como doctrina, se ha quedado atrás, pero es preciso liberar resquicios de prácticas que racializan, ya sean discretas o explícitas. Las manifestaciones escénicas siguen revelando una exposición constante de representaciones que tienen claros efectos en la psicología social y, por lo tanto, en las dinámicas de convivencia. Por eso, Poder Prieto hace una invitación desde el teatro para que nuestra práctica siga siendo un espacio de resistencia, para que nunca más los cuerpos ni las sociedades padezcan de mutilaciones culturales.

 

Alberto Lomnitz y María Sánchez Portillo tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente. 

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Publicado en: e-scenarios