Pina y el otro vuelo a la hilacha

Que el cine baile. Que el ojo le dé vuelo a la hilacha. Que se rindan honores a quien honores merece. Hace un año, cuando vi por primera vez Pina (Wim Wenders, 2011), en una cara sala cinematográfica londinense (me costó algo así como entrar tres veces a una de Cinépolis o Cinemex), quedé profundamente conmovido por el homenaje que el cineasta alemán había conseguido de su compatriota Pina Bausch, la inmortal bailarina y coreógrafa. Quise volverla a ver en Madrid, a fines del año pasado, pero otros menesteres me lo impidieron. Se me fue, también, en las fugaces exhibiciones en festivales que tuvo en México antes de su corrida comercial que, me temo, no será longeva. Espero equivocarme.

Un año ha pasado, volví a verla, y mi asombro sigue incólume. El mejor filme que vi en el 2011. La reinvención del documental. Al menos, su puesta al día. La liberación de todo su potencial lírico. Todo el conocimiento visual de un artista –Wenders, mirón consumado– puesto al servicio del legado y la aportación de un personaje crucial a las artes escénicas del siglo XX. Pina es lección revisitable, testimonio, miríada (y mirada) de anécdotas, y movimiento, mucho movimiento.

Filme-objeto –así como se habla de libros-objeto– esta obra de amor del cineasta alemán se vale de la tercera dimensión (3D) para adentrarnos en el escenario, para colocarnos en el mero centro donde surgen todos los dramas, todas las historias, todo el movimiento. Wenders, también, nos muestra rostros y nos ofrece palabras; discursos, ambos, que confluyen en la recomposición generosa de la figura de Bausch. Sus colegas y alumnos comparten enseñanzas y recuerdos. Lenguas múltiples, una sola pasión: la danza.

Todo en Pina es visualmente poderoso. Como obra que tiene como referente a la danza, ésta no pude ser más que un arrebatador aplauso, sostenido, a los secretos y evidentes mecanismos del cuerpo humano. Y en cada situación están presentes las constantes en la obra de Bausch: el amor, la soledad, la memoria, la tristeza. Hay un justo regodeo a su “Café Müller”.

Locaciones insospechadas también son un acierto, una revelación, no solo las de espacio y geometría limpia, también las urbanas, las fabriles. Hombres y mujeres bailando a un costado de albercas olímpicas, en cruces viales, en minas, en un vagón del monorriel, en parques. Que se recuerde que la danza, esa que suele admirarse en silencio en salas solemnes, es sublimación extrema del bostezo, del coito, del andar, del abrazo, de la vida y la muerte. Prodigiosa maquinaria el cuerpo humano. Prodigiosa intérprete del mismo Pina Bausch. Wenders, amante del séptimo arte, articula un documento que es poema, drama, larga conversación.

Necesitamos los cuentos, las historias, las narraciones tradicionales –nos alimentamos todos los días, voraces, de ellas– pero siempre es refrescante que alguien nos recuerde el espíritu liberador y primigenio del cine –imágenes, movimiento, sonido– y nos permita observar la realidad de otra manera, sin coordenadas estrechas, sin muros, sin prohibiciones. –Jordi Torre