De las nueve nominadas en la categoría de mejor película de los premios de la Academia, Philomena es la que más fácil puede ser descartada con clichés: está ahí por relleno, por ser inglesa, por ser Hollywood afuera de Hollywood, o por darle al público la promesa de un caballo negro que nunca gana. Es la palmada en la espalda que permite a la cultura estadounidense referirse a sus premios –junto con sus campeonatos deportivos– como mundiales.
Pero no veamos a Philomena, dirigida por Stephen Frears (La Reina) y co-escrita y protagonizada por Steve Coogan (quien, con independencia de sus habilidades como actor y guionista, siempre será para muchos uno de los mejores imitadores de Michael Caine) en contraste con las otras nominadas. (Está hasta el fondo en las casas de apuestas.)
Un poco de trama (sin contar de más): un periodista serio que acaba de perder su trabajo tras un escándalo y se encuentra sin prospectos laborales inmediatos –a quien pregunta responde con poco entusiasmo que escribirá un libro sobre Rusia– tropieza con la historia de una mujer cuyo hijo fue dado en adopción hace cincuenta años. La mujer en cuestión, Philomena Lee, es una señora irlandesa que tuvo sexo fuera del matrimonio en la Irlanda de mediados del siglo XX –para dar una idea de la transgresión: en Irlanda el divorcio se legalizó en 1995– y fue enviada a vivir a un asilo de monjas Magdalenas para dar a luz y cumplir con el castigo social vigente en esos tiempos. Nunca abrió la boca, hasta el día en que su hijo hubiera cumplido medio siglo de vida.
El periodista Martin Sixmith –autor del libro en que se basa la película– se acerca a Philomena con poco interés: es una mujer ingenua de la cual puede obtener dinero y espacio en un periódico en lo que aparece algo mejor.
Sin embargo, como típica “buddy film” (tragicómica, en este caso) los personajes van perdiendo su desconfianza, se van volviendo amigos y terminan por aprender algo del otro. El relato de ambos se va completando con escenas retrospectivas que iluminan el tormento de la mujer a raíz del trato inhumano de las monjas –para una visión todavía más sádica, recomiendo The Magdalene Sisters (Peter Mullan, 2002).
A pesar de lo lineal y predecible de la película –que sube un poco de nivel con unos pequeños giros en la segunda mitad–, Philomena va mucho más allá del trazo genérico que le imponen Coogan y Jeff Pope al guión. Esto se debe a Philomena misma, Judi Dench. Dench encarna a una mujer en principio simple –Sixmith se queja con su editora que en el lapso de pocos minutos le ha dicho a varias personas que son “una en un millón”–, pero con muchas más capas de las que el periodista espera. La actriz –cuya vista falla, por lo que es probable que ésta sea de sus últimas actuaciones– consigue con el público lo que Philomena con Sixmith: aunque salgamos reafirmando nuestro prejuicio ya sólo lo hacemos en parte. El periodista seguirá siendo un snob con poco interés en las historias de “interés humano”, y nosotros seguiremos viendo este tipo de películas como “nominaciones de relleno”. Pero, por unos momentos, nos daremos cuenta que hasta en lo más convencional hay chispazos extraordinarios.
