El escritor francés Philippe Jaccottet (1925-2021) falleció el pasado 24 de febrero. El siguiente ensayo nos muestra su lugar primordial en las letras francesas del siglo XX. También es una excelente introducción para quien desconozca su obra de poeta, traductor y crítico.

Con la desaparición de Philippe Jaccottet, nacido en Suiza en 1925, pasamos a otra página de la historia de la poesía. Sentimos que hemos dejado definitivamente la literatura del siglo XX. Philippe Jaccottet era el último de una generación de grandes escritores. La generación de los años 1920. Era un año más joven que André du Bouchet; dos años menor que Yves Bonnefoy, fallecido en 2016; cinco años menor que Jean Starobinski que nos dejó en marzo de 2019. Era también dos años mayor que Jacques Dupin, quien falleció en 2012.
Una misma generación. Cuatro grandes poetas: Du Bouchet, Dupin, Bonnefoy, Jaccottet. La amistad los unía. Jean Starobinski fue uno de los grandes difusores de sus obras. Empezaron a escribirlas en los años cincuenta. Varios puntos comunes los unían: la distancia con el surrealismo; la desconfianza compartida hacia las imágenes; una poesía ética fundada en el sujeto y en la verdad del vínculo con el mundo; una práctica común de la traducción; relaciones fuertes entre la prosa reflexiva y el poema; la interrogación sobre el arte, en particular la pintura. Estos poetas se encontraron en los años sesenta en torno a la revista L’Éphémère, en la que también participaron importantes críticos que se hicieron amigos, como Gaëtan Picon y por supuesto Jean Starobinski. Philippe Jaccottet también se volvería cercano de Francis Ponge y Henri Thomas.
La imagen del poeta borrado, discreto, en el retiro de su casa en Grignan, no debe ocultar una producción epistolar que revela una sociabilidad y una ética de la amistad importante. Por muy retirado que estuviera, Jaccottet mantuvo una relación triple con el espacio literario: por su gran obra de traducción que rebasa el ámbito germánico (Hölderlin, Rilke, Musil…) o italiano (Ungaretti) para ir hacia el español o incluso el ruso; por sus incontables artículos de crítica que ofrecía a menudo a grandes revistas literarias suizas o francesas; por su abundante correspondencia con sus amigos poetas o artistas plásticos. El poema, la traducción o la prosa crítica, que podríamos llamar una prosa de arte, todo lo hacía Philippe Jaccottet con una misma mano.
Hace falta, creo, tiempo, mucho tiempo para familiarizarse con esta obra poética falsamente sencilla. El voto de transparencia y discreción, la proclamación de ignorancia no deben engañarnos: el secreto —así como el enigma—, la enorme cultura del poeta-traductor, todas sus lecturas, conforman una obra infinitamente rica y compleja. Pero eso no debe infundir temor.1 No hay que preocuparse por eso, como por la lechuza, ese rapaz nocturno también llamado dama blanca porque posee una faz blanca en forma de corazón, magnífica ave de la noche. La lechuza [L’Effraie] es el título del primer libro de poemas de Philippe Jaccottet publicado en 1946, el primero libro asumido como tal. Me encanta. Como me encantan también todas las obras primeras de grandes escritores. Siempre me ha parecido que contienen en germen a todas las siguientes. Porque los poetas son tal vez, también, profetas. Leo el poema liminar de este compendio, como para dar el “la” de dicha obra:
La noche es una gran ciudad dormida
donde el viento sopla… Ha venido de lejos hasta
el asilo de este lecho. Es junio, y es medianoche.
Tú duermes, a mí me trajeron a estos bordes infinitos,
y el viento sacude el avellano. Viene ese llamado
que se acerca y retira, podría jurar
que es un rayo y se fuga por los bosques, o bien
que son sombras que giran, diríamos, en los infiernos.
(De esa llamada en la noche estival, cuántas cosas
podría decir, y de tus ojos…) Pero no es
más que la lechuza, el ave llamándonos desde el fondo
de estos bosques de los suburbios. Y ya nuestro hedor
es el de la podredumbre al alba,
ya bajo nuestra piel tan cálida punza el hueso,
mientras zozobran las estrellas en las esquinas de las calles.—L’Effraie, en Poésie (1946-1967), Gallimard
En este poema ya está todo.
Poeta es aquel que responde al llamado de la dama blanca de la noche, a su aullido. Poeta será aquel que como la lechuza se queda en los lindes de las ciudades, en los bosques de los suburbios, como siempre se mantuvo Jaccottet a distancia de las ciudades. No hay que imaginar entonces a un poeta de la modernidad urbana, a imagen de Michel Deguy que atraviesa las ciudades en horas pico. Philippe Jaccottet, como Yves Bonnefoy, es el poeta de la presencia sensible de la tierra. Avanza entre la hierba y las aguas, entre las piedras, atento a una naturaleza que aparece una y otra vez, la mirada tendida hacia la verdadera boca de la tierra. El último verso del tercer poema de L’Effraie es el siguiente: “sólo te hablo a ti, mi ausente, mi tierra”.
Del poema liminar podemos sacar una segunda lección: la presencia y el trabajo de la muerte, en este caso en su dimensión más física, más carnal: el realismo crudo, aún baudelaireano, de la descomposición. El poeta escucha el llamado de la dama blanca: “Y ya nuestro hedor / es el de la podredumbre al alba, / ya bajo nuestra piel tan cálida punza el hueso / mientras zozobran las estrellas en las esquinas de las calles”. Habrá bastado una sola noche para que la muerte haga su labor de descomposición en el propio corazón de lo viviente. Será entonces poeta aquel que conviva con esa obsesión de la muerte, aquel que de ella tenga la presciencia constante, aquel que la convierta en el asunto central de la poesía. Una poesía necesariamente “pensante”, o “metafísica”, en palabras de Jaccottet.
El último verso del poema, más que ningún otro, debe captar nuestra atención: ¿por qué razón tendrían que zozobrar las estrellas en las esquinas? ¿Para que se levante el día? ¡No! Porque el mundo moderno, el mundo de la posguerra, sale de una noche terrible. Porque mucho antes de los dramas del siglo XX un poeta puso en palabras el retraerse de los dioses, Hölderlin, al que Jaccottet lee y traduce con sumo cuidado. Esos astros que simbolizan la trascendencia han atravesado el naufragio de la historia. La poesía moderna, en una de sus mayores voces, no ha dejado de decir su decaimiento, su desaparición, su transformación en piedra, las cuales, en esta tierra, son como la huella de lo que fue. Yves Bonnefoy escribió en Lo que fue sin luz:
salgo
hay miles de piedras en el cielo
Lo dicho en el poema liminar de L’Effraie define a mi parecer tres hilos conductores de la poética de Philippe Jaccottet. Para empezar, una búsqueda obstinada de lo real, de la belleza emergente del mundo, une fenomenología de la presencia sensible de la naturaleza. Experiencia ordinaria, que cada quien recibe, y sin embargo tan llena de misterio. Luego una interrogación no menos obstinada sobre la muerte, capturada, no como el término de la vida sino como presencia del infinito en lo finito, de lo oscuro en la luz. Para Philippe Jaccottet la belleza del mundo o de nuestra vida se debe fundamentalmente a nuestra existencia mortal. La belleza no tiene existencia más que para un ser prometido a la muerte. ¿Acaso le importaría la belleza a un ser eterno? Finalmente, esa doble experiencia de la belleza y de la muerte conduce a Jaccottet a rechazar cualquier horizonte teológico o místico. Claro que la belleza de la luz es inasible; claro que en cada instante esa luz reconduce al poeta al enigma de lo vivo, pero sólo cuenta lo real. Jaccottet parece estar demasiado atado a él como para hacerle concesiones a las tentaciones teológicas o especulativas.
En definitiva, la finitud es el misterio más grande para Jaccottet. Es el objeto y la materia misma de su poema. Es también la condición de la belleza. Y esa belleza es antes que nada la de la tierra, de la naturaleza, de la vida de los hombres, antes que ser la del arte y de la propia poesía. Si bien la belleza existe en el arte, primero se “atisba en la vida” y se “rencuentra, distinta, en las obras”. (Una transacción secreta.)
Pascal Maillard
Profesor de la Universidad de Strasbourg.
Nota editorial: este texto se publicó originalmente en Mediapart el 25 de febrero pasado en el blog personal de Pascal Maillard, titulado “Polared, pequeño observatorio de libertades académicas. Investigación, enseñanza, democracia”. Traducción de: Modesta Suárez y Álvaro Ruiz Rodilla.
1 Juego de palabras intraducible. En francés “effraie” es tanto sustantivo, que quiere decir “lechuza”, como verbo intransitivo conjugado que significa “temer”, de “effrayer”. [N. del t.]