Pedro Páramo: elogios y diatribas

Pedro Páramo fue escrita en una Remington Rand que Juan Rulfo compró por mil pesos, el 10 de noviembre de 1953. En aquellos días, el mundo literario mexicano ya conocía las virtudes de Rulfo como cuentista por las inolvidables páginas de El Llano en llamas. A principios de 1954, el escritor jalisciense todavía reconocía a su novela bajo el título “Una estrella junto a la luna”. Luego, en los informes que escribió como becario del Centro Mexicano de Escritores, le asignó el nombre “Los desiertos de la tierra”. En los adelantos publicados, ese mismo año, por las revistas Universidad de México y Dintel, la historia apareció como “Los murmullos”. Y, en su entrega final al Fondo de Cultura Económica, Rulfo tuvo que bautizarla de nuevo, pues en la colección Letras Mexicanas figuraba también el libro Los falsos rumores, de Gastón García Cantú. Así fue como el nombre de Pedro Páramo se apropió de la portada del libro. El colofón de la primera edición consigna como fecha de impresión el 19 de marzo de 1955. A partir de ese día, Juan Rulfo se enfrentó a una marejada de reseñas; las hubo con cálidas bienvenidas al escritor que había despertado de su marasmo a la literatura nacional y con rechazos iracundos que destacaban el caos estructural que dominaba en la historia de Comala. A sesenta años de su publicación, recuperamos algunas de las críticas que han marcado el camino de una de las novelas del canon de la narrativa mexicana.

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“Rulfo describe el ambiente popular, no aporta soluciones, no toma partido; simplemente busca en ese ambiente oscuro y deprimente los temas y los personajes para hacer también, como Arreola, literatura. El caminar pesimista de Juan Rulfo por las veredas que transitan sus personajes lo convierte, más bien que en un delator de nuestras miserias, en un frío reportero que alimenta sus noticias con los hechos que se le presentan con mayor facilidad y frecuencia. Hay que decir, por cierto que, en las páginas de la novela que Juan Rulfo ha leído a algunos amigos, se ha empezado a notar en él un cambio favorable por lo que se refiere al aspecto cualitativo de su literatura. La arreolización de Rulfo parece comenzar un poco en esa novela sin que Rulfo aparente sufrir esos conflictos éticos que, en Arreola, podrían amenazar en una obra futura, las consumaciones estéticas”.

Eduardo Lizalde, México en la cultura, 11 de julio de 1954.

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“Eliminé toda divagación y borré completamente las intromisiones del autor. Arnaldo Orfila me urgía a entregarle el libro. Yo estaba confuso e indeciso. En las sesiones del Centro [Mexicano de Escritores], Arreola, Chumacero, la señora Shedd y Xirau me decían: ‘Vas muy bien’. Miguel Guardia encontraba en el manuscrito sólo un montón de escenas deshilvanadas. Ricardo Garibay, siempre vehemente, golpeaba la mesa para insistir en que mi libro era una porquería.
Coincidieron con él algunos jóvenes escritores invitados a nuestras sesiones. Por ejemplo, el poeta guatemalteco Otto Raúl González me aconsejó leer novelas antes de sentarme a escribir una. Leer novelas es lo que había hecho toda mi vida. Otros encontraban mis páginas “muy faulkerianas”, pero en aquel entonces yo aún no leía a Faulkner”.

Juan Rulfo, Excélsior, 16 de marzo de 1985.

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“Hemos elegido esta novela como ‘Libro del mes’ […] en el Club Mexicano de Lectores, porque creemos que será de gran interés para quienes frecuentan la producción literaria actual de nuestro país. Juan Rulfo representa no sólo cronológicamente esta modernidad artística mexicana: en él, más que en ningún escritor joven, se realiza la urgente y entrañable necesidad de expresar lo propio y singular de México mediante un eficaz lenguaje que se halla muy cercano al habla popular”.

La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, 15 de marzo de 1955.

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“Desconcertante, lista a inquietar a la crítica, está ya en los escaparates la primera novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo, que transcurre en una serie de transformaciones oníricas, ahondando más allá de la muerte de sus personajes, que uno no sabe en qué momento son sueño, vida, fábula, verdad, pero a los que se les oye la voz al través de la ‘perspicacia despiadada y certera’ de tan sin duda extraordinario escritor. Rulfo, que se reveló como una realidad sorpresiva y auténtica en nuestras letras, con su libro de cuentos El Llano en Llamas, muestra de nuevo sus tamaños literarios, su fantasía que juega con la realidad en un contrapunto fascinante, con una cierta manera kafkiana —y dicho esto sólo tratando de hallar una referencia que en nada empaña la propia originalidad de Rulfo—, con ojos sombríos que nos hacen recordar la misma mirada de José Revueltas , pues a ambos los emparenta el hurgar hasta ahora nada más en lo más siniestro del alma del mexicano…”.

Edmundo Valadés, Novedades, 30 de marzo de 1955.

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“En el esquema sobre [el] que Rulfo se basó para escribir esta novela se contiene la falla principal. Primordialmente, Pedro Páramo intenta ser una obra fantástica, pero la fantasía empieza donde lo real aún no termina. Desde el comienzo, ya el personaje que nos lleva a la relación se topa con un arriero que no existe y que le habla de personas que murieron hace mucho tiempo”.

Alí Chumacero, Universidad de México, 8 de abril de 1955.

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“En la Revista de la Universidad el propio Alí Chumacero comentó que a Pedro Páramo le faltaba un núcleo al que concurrieran todas las escenas. Pensé que era algo injusto, pues lo primero que trabajé fue la estructura, y le dije a mi querido amigo Alí: ‘Eres el jefe de producción del Fondo y escribes que el libro no es bueno”. Alí me contestó: ‘No te preocupes, de todos modos no se venderá’. Y así fue: unos mil ejemplares tardaron en venderse cuatro años. El resto se agotó regalándolos a quienes me los pedían”.

Juan Rulfo, Excélsior, 16 de marzo de 1985.

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Pedro Páramo es la primera novela de Juan Rulfo. Como novela, al menos ha sido clasificado, aunque en realidad es un largo relato, un largo y armonioso relato.
Rulfo, sin dejar de ser el mismo de los cuentos, de los relatos breves de El Llano en Llamas, es ahora otro en Pedro Páramo. El asunto de la obra, mexicano desde muy adentro, desde lo más profundo del ser, se acendra en el dominio del idioma”.

Anónimo, El Universal, 17 de abril de 1955.

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“Gusto de hacer preguntas y de escuchar en silencio las respuestas a la manera del reportero que se informa por opiniones contradictorias y múltiples acerca de un tema de actualidad. Y esas opiniones, resumidas en su muy raquítica expresión, pueden referirse a una serie de frases sin sentido. Según ellas, a Pedro Páramo, le falta liento y no es una obra positiva; por el contrario, ‘es negativa’; no ofrece salidas ni soluciones a los problemas que parecen ser la raíz del mismo relato.
“Por supuesto, bajo la palabra “aliento” hay inmiscuido otro significado; como existe bajo el adjetivo “negativo” la intención en ningún momento literaria de dar de baja una obra cualquiera porque no se apega  nuestra ideología.
“Puedo decir, por convencimiento crítico, que si nos apegamos al sentido estricto de las palabras ‘aliento’ y ‘positiva’, la novela de Rulfo se reviste de ambos adjetivos. Cierto que sin proponérselo, pues yo no veo en Rulfo otra intención más clara y precisa que la de hacer literatura. La literatura de hoy, en castellano; literatura para el ojo y el oído modernos, en el mismo sentido en que los novelistas norteamericanos, ingleses y franceses lo hacen desde hace más de veinte años”.

Francisco Zendejas, México en la Cultura, 24 de abril de 1955.

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Pedro Páramo es un conjunto de fragmentos alucinados. Para haber sido una obra maestra, han fallado el planteamiento y el desenvolvimiento propios de la trama, pero están en juego todo el tiempo la Unción y la Gallina, realidad y fantasía, en esa narración apasionante y más viva que el agua. […]
En una novela, dice Sartre, hay que callar o decirlo todo, pero no hay que omitir ni ‘brincarse’ nada. Rulfo dice, calla, omite y brinca. Hace una revoltura de elementos que produce confusión. Los personajes nos parecen desdibujados, están tratados como paisaje, y el paisaje está concebido como personaje. Les falta estructuración como arquitectura al relato. El ritmo progresivo, ‘majestuoso’ que requiere la novela, se interrumpe constantemente impidiendo que tome cuerpo, con cambios bruscos de atmósfera, lugar y de tiempo, que si bien son intencionados, contribuyen  romper y fragmentar el tono del relato, y el ambiente, que tiene una densidad, queda en cierto modo, sólo apuntado. Aunque magistralmente.

Archibaldo Burns, México en la Cultura, 15 de mayo de 1955.

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“En marzo de 1955 apareció una edición de dos mil ejemplares. Archibaldo Burns hizo la primera reseña, negativa, en ‘México en la cultura’, el gran suplemento que dirigía en aquellos años Fernando Benítez, con el título de ‘Pedro Páramo o la unción y la gallina’, que jamás supe qué diantres significaba”.

Juan Rulfo, Excélsior, 16 de marzo de 1985.

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“Los personajes están perfectamente trazados, y siempre vistos por dentro, en su íntima definición. Las pasiones y los sentimientos llenan el libro sin saturarlo nunca. Es, para resumir, una gran novela, una de las pocas obras maestras de nuestra literatura en prosa”. Carlos Elizondo, Hoy, 23 de julio de 1955.

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Pero no todo es evocación, no todo es censura de ultratumba [en Pedro Páramo]. También el narrador (que nunca levanta la voz; que se oculta, como un ánima más, detrás de su propio mito) toma a veces la palabra y dice su versión, cuenta simplemente y su acento no desentona en el corrillo. Hay en todo el libro una armonía de tono y de lenguaje que en cierto modo compensa la bien pensada incoherencia de su trama. Por lo general no da ningún dato temporal que sirva de asidero común para tanta imagen suelta.
[…] En tal sentido, el lector debe arreglarse como ueda, y por cierto que puede arreglarse bien, ya que Pedro Páramo no es una novela de lectura llana, pero tampoco un inasible caos.

Mario Benedetti, Marcha, 4 de noviembre de 1955.

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“Estoy convencida de que a crítica y el sector artísticamente sensible —sensible a la poesía— del amplio público lector de Alemania acogerán la obra comprensivamente, entusiastamente. Estoy convencida de que quedarán impresionados por la intensidad y densidad del mundo de Rulfo, por su visión sombríamente poética de la vida. […] Esa técnica a la que aludió Juan Rulfo cuando alguna vez me dijo: ‘En mi libro están rotos el tiempo y el espacio’”.

Mariana Frenk-Westheim, traductora de la obra de Rulfo al alemán, México en la cultura, 1958.
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“No sé si se ha advertido el uso sutil que Rulfo hace de los grandes mitos universales en Pedro Páramo. Su arte es tal, que la trasposición no es tal: la imaginación mítica renace en el suelo mexicano y cobra, por fortuna, un vuelo sin prestigio. Pero ese joven que inicia la odisea en busca de u padre perdido, ese arriero que lleve a Juan Preciado a la otra orilla, la muerta, de un río de polvo, esa voz de la madre y amante, Yocasta-Eurídice, que conduce al hijo y amante, Edipo-Orfeo, por los caminos del infierno, esa pareja de hermanos edénicos y adánicos que duermen juntos en el lodo para iniciar otra vez la estirpe humana en el desierto de Comala, esas viejas virgilianas—Eduviges, Damiana, la Cuarraca—, fantasmas de fantasmas que contemplan sus propios fantasmas, esa Susana San Juan, Electra al revés, el propio Pedro Páramo, Ulises fijo de piedra y barro… todo este trasfondo mítico permite a Juan Rulfo trazar la ambigüedad humana de un cacique, sus mujeres, sus pistoleros y sus víctimas y, a través de ellos, incorporar la temática del campo y la Revolución mexicanos a un contexto universal”.

Carlos Fuentes, La Cultura en México, 29 de julio de 1964.

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“La admiración por la obra de Rulfo es unánime. No se registra en torno a Pedro Páramo una sola discrepancia que ataña a su esencia, se la elogia como una gran novela que es. Sus repetidas ediciones son el mejor signo de su calidad superior. En diez años, el Fondo de Cultura Económica la ha editado hasta siete veces: la primera en 1955, la séptima en 65.
Sus valores residen en el libro; no le vienen de fuera, están adentro. Elogios y diatribas, en nada le tocan, si bien ayudan a su mejor y más correcta calificación”.

Andrés Henestrosa, El Nacional, 22 de abril de 1966.

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“Yo nunca le pregunto a un escritor por qué no escribe más. Pero en el caso de Rulfo soy mucho más cuidadoso. Si yo hubiera escrito Pedro Páramo no me preocuparía ni volvería a escribir nunca en mi vida”.

Gabriel García Márquez, 1978.

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“Desde el primer momento, no se escatima la admiración, y Rulfo es profeta en su tierra. Lo que ha variado es el modo interpretativo. Transcurrida la impresión “comprometida” (‘Es una viril denuncia de la situación campesina’) ocurrió el acuerdo mayoritario: la novela y los cuentos de Rulfo son signos de los tiempos nuevos: concluye la novela de la Revolución Mexicana, se extingue la novela rural. Ya lo urbano era lo imprescindible y, precisamente por su excelencia, Rulfo atestiguaba la disolución de la parte más fiel y recóndita del México tradicional. ¿Quién superaría esta profecía con efectos retroactivos, el relato de la agonía secular de pueblos y seres, del fin de los tiempos que cristalizaba en el polvo de las persecuciones? ¿Quién reconstruiría mejor este infierno al pie de la letra, sin necesidad de metáforas, en donde conviene pensar cosas agradables ‘porque vamos a estar mucho tiempo enterrados’?”.

Carlos Monsiváis, Proceso, 16 de diciembre de 1985.

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“[…] Muy diversos son los análisis que ha ensayado la crítica. Acaso el más legible y el más completo sea el de Emir Rodríguez Monegal. La historia, la geografía, la política, la técnica de Faulkner y de ciertos escritores rusos y escandinavos, la sociología y el simbolismo, han sido interrogados con afán, pero nadie ha logrado, hasta ahora, destejer el arco iris, para usar la extraña metáfora de John Keats. Pedro Páramo es una de las mejores novelas e las literaturas de lengua hispánica, y aun de la literatura”.

Jorge Luis Borges, 1985.

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Yo leí Pedro Páramo desde el momento en que salió la primera edición, me provocó una fortísima impresión, me pareció un libro esplendoroso. Fue algo muy bonito eso de descubrir temprano lo que después todo el mundo habría de reconocer como una obra maestra. Al paso del tiempo, me enteré con sorpresa de que hubo quienes no reconocieron el valor de Pedro Páramo, libro que tuvo críticas que siempre me parecieron absurdas. Pensé que se tenía que estar cerrado, con la sensibilidad desconectada, para no percibir lo que era esta obra. Hace poco tiempo, mi mamá, Mariana Frenk-Westheim, en una entrevista recordó que yo le hablé con mucho entusiasmo de Pedro Páramo, y que le recomendé que lo leyera. Ella también se entusiasmó, y tanto que decidió traducirlo al alemán. Para esto, mi mamá se puso en contacto con Rulfo, y él colaboró muy estrechamente en la traducción para aclarar muchas cosas del lenguaje popular. Esa traducción se publicó e la Editorial Hanser de Alemania; fue la primera edición en un idioma extranjero. Más tarde la misma editorial le pidió a mi mamá que tradujera El llano en llamas.

Margit Frenk, Memoranda, enero-febrero de 1990. [Jorge Zepeda aclara que la primera traductora de la obra de Rulfo fue Irene Nicholson, quien se encargó de hacer las versiones de los relatos de El Llano en llamas en inglés.]

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Pedro Páramo es para mí un libro “amuleto”, una especie de objeto mágico, pues Juan Rulfo lo ha dicho todo en tan pocas páginas. Muy rara vez me he encontrado frente a tanta densidad”.

Tahar Ben Jalloun, La Jornada Semanal, 1993.

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“Los chinos aprendieron estas cosas (la atmósfera latinoamericana  de las poblaciones pequeñas expresada en Pedro Páramo) y escribieron la historia  de estas pequeñas villas y sus mitos. En cuanto a mi, mis trabajos tienen lugar también en una villa pequeña de la isla de Shikoku, de donde soy nativo. Así que también aprendí de Pedro Páramo”.

Kenzaburo Oé, 1995.

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“No es que faltaran los elogios a Pedro Páramo en 1955, fecha de su aparición. Pero resulta asombroso, hoy, leer consideraciones acerca de la ‘desordenada composición’, la falta de unidad, la ausencia de argumento central, las escenas deshilvanadas, el esquematismo. […] La elipsis narrativa de Rulfo desconcertaba a los críticos y lectores de novelas ‘bien hechas’, es decir, adheridas a la lógica y sin resquicio de misterio. La cercanía de Pedro Páramo a la forma poética enajenaba, también a críticos y lectores acostumbrados a novelas que lo eran porque, a la manera de Zola, describían detalladamente muebles, calles, carnicerías y burdeles”.

Carlos Fuentes, “Formas que se niegan a ser olvidadas”, en México: Juan Rulfo fotógrafo, 2001.

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“[…] en Pedro Páramo, quizás progresivamente, mientras avabnza la lectura, los diferentes medios, las voces de los personajes, los sonidos de unos pasos, los sonidos de la naturaleza, te van confundiendo.  Hay una especie de impersonalización progresiva de los personajes, y el diálogo pasa a serlo también entre el viento y una persona…”.

Tarja Roinila, traductora de Juan Rulfo al finlandés, 2002.

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“No tengo nada que reprocharles a mis críticos. Era difícil aceptar una novela que se presentaba, con apariencia realista, como la historia de un cacique y en verdad es el relato de un pueblo: una aldea muerta en donde todos están muertos, incluso el narrador, y sus calles y campos son recorridos únicamente por las ánimas y los ecos capaces de fluir sin límites en el tiempo y en el espacio”.

Juan Rulfo, Excélsior, 16 de marzo de 1985.

 

Fuentes:

Víctor Jiménez, Julio Moguel y Jorge Zepeda (coords.), Juan Rulfo: Otras miradas, México: Juan Pablos Editor/Fundación Juan Rulfo, 2011.
Jorge Zepeda, La recepción inicial de Pedro Páramo (1955-1963), Fundación Juan  Rulfo/Editorial RM, México, 2005.

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Publicado en: Ciudad de libros