Los ídolos no mueren, esa es su condición inherente. Su leyenda se prolonga indefinidamente hacia la eternidad. Pero, ¿se puede precisar su origen?, ¿el momento en el que la fama rompe la barrera de la vida terrenal? En el centenario del llamado “ídolo del pueblo”, Pedro Infante, ponemos a discusión del respetable cinco momentos clave que pudieron ser la génesis de este ícono que ha poblado nuestra educación sentimental como ningún otro.
I. Yo he nacido mexicano por la bendición de Dios
Los documentos biográficos apuntan Mazatlán, Sinaloa, a 18 de noviembre de 1917, como el lugar y fecha de nacimiento de Pedro Infante Cruz, tercero de quince hijos que concibieron el minero y filarmónico Delfino Infante y su esposa Refugio Cruz Cuquita, originarios ambos de Real de Minas del Rosario, Sinaloa. Nada tuvo de extraordinario aquel nacimiento y nadie podría haber vaticinado el futuro de aquella criatura. El camino de Pedro inició cuesta arriba y sin atajos.

Pedro Infante como José Inocencio el Gavilán en una escena de El Gavilán Pollero (Rogelio A. González, 1950). Foto: Luis Márquez Romay. Colección y Archivo Fundación Televisa.
II. Ya lo ves como el destino todo cobra y nada olvida
El penoso camino es más o menos conocido: mandadero en la compañía de productos agrícolas Casa Melchor, chícharo de peluquería y aprendiz de carpintero; fabricó su primera guitarra y formó la orquesta La Rabia (Guamúchil, 1933), más tarde se integró a la Orquesta de Luis Ibarra que dirigía su padre don Delfino (Guasave, 1937) y por último a la orquesta Estrella (Culiacán, 1939) antes de emigrar a la capital donde padeció hambre y frío.
Comenzó a trabajar en la XEB, cantando sin mucho éxito dos veces por semana. Ganó un concurso de aficionados en el teatro Colonial interpretando Vereda tropical y el cómico Jesús Martínez Palillo le entregó su premio: un traje de charro. Entonces, la estación le aumentó el sueldo, lo programó diariamente y lo transfirió al estudio Juventino Rosas en el que se permitía la entrada al público. Su sobrado carisma comenzaba a ganarle adeptos.
Consiguió un contrato como crooner en centro nocturno Waikiki y dirigió la orquesta del salón Tap Room del Hotel Reforma. En ese lugar conoció al productor de cine Luis Manrique quien lo invitó a interpretar el papel de un director de orquesta en su cortometraje Puedes irte de mí (1939), el cual ilustraba la canción homónima de Agustín Lara. En 1942, el director de Discos Peerles, Guillermo Kornhausser, le ofreció grabar su primer disco: Mañana, con el que firmó un contrato de exclusividad que se prolongó por el resto de su vida.

Pedro Infante como José Inocencio el Gavilán en una escena de El Gavilán Pollero (Rogelio A. González, 1950). Foto: Luis Márquez Romay. Colección y Archivo Fundación Televisa.
En palabras del sinaloense, este fue el momento más importante de su carrera: “A mediados de 1942, cuando ya tenía en México cuatro años de permanencia, empezó lo mejor de mi carrera y considero que fue la consolidación de mi nombre, y los doce meses de 1943 fueron dedicados, además de salir de giras y trabajar en teatros, a grabar muchos discos, fue cuando don Guillermo me cambió el estilo de bolerista y me inició en el género ranchero”.1 Aquel 1942, Pedro apareció en tres películas: La feria de las flores (José Benavides), Jesusita en Chihuahua (René Cardona) y La razón de la culpa (Juan J. Ortega).
Ya en aquellos años, las jóvenes suspiraban por él y los hombre se encendían de envidia sin que les pareciera antipático del todo: imitaban su andar, sus gestos y su tono de voz memorizando sus diálogos y canciones. Pedro es tema de conversación en sobremesas de cientos de hogares a los que se integra como uno más de la familia (no es gratuito que, hasta el día de hoy, siga siendo él quien mejor interpreta Las mañanitas en los cumpleaños). Conocedores de su biografía, sus admiradores se sienten copartícipes del inminente triunfo del joven provinciano.
III. Yo soy quien soy y no me parezco a nadie
La estrella de aquel momento era nada menos que Jorge Negrete, su papel como Salvador Pérez Gómez, alias El Ametralladora, en la película ¡Ay, Jalisco, no te rajes! (Joselito Rodríguez, 1941) le había dado fama más allá de las fronteras. El tema musical se volvió himno en la voz de su protagonista y la historia, escrita por el ingeniero Aurelio Robles Castillo, dio nuevos bríos a la comedia ranchera al delinear un charro más elegante, orgulloso y arrogante. Jorge Negrete era la más acabada personificación de “lo mexicano”.
Robles Castillo quería prolongar el éxito de su novela y decidió dirigir él mismo una secuela, El Ametralladora (1943), pero Negrete rechazó el papel y le fue ofrecido de rebote a Pedro Infante. La comparación fue inevitable y el sinaloense no salió bien librado, lo que le significó una importante lección. Esta no es solo una anécdota fílmica; no es posible entender la popularidad de Pedro sin su contraste con Jorge.
María Luisa León, primera y única esposa legítima de Infante, recordaba así la admiración que este le profesaba a su amigo: “¡Qué bueno es Jorge Negrete, viejita…! ¡Qué buen compañero es, lo mismo en teatro que en el set… cuánta nobleza y gallardía tiene…! Siempre que cantamos a dúo, él baja la voz, para que la mía luzca”.2

Hoja de prensa de la película Pueblo, canto y esperanza (1954), película conformada por tres cortometrajes: Cuento cubano (Julián Soler), Cuento colombiano (Alfredo B. Crevenna) y Cuento mexicano (Rogelio A. González), este tercero, protagonizado por Pedro Infante. Colección y Archivo Fundación Televisa.
Jorge y Pedro, Pedro y Jorge, compartieron varias veces el escenario y una única vez el set de filmación al coestelarizar Dos tipos de cuidado (Ismael Rodríguez, 1952), cúspide y fin de la época dorada de la comedia ranchera. La película tenía como único objetivo confrontar la popularidad de ambas estrellas, lo demás es comparsa, adorno, un largo paréntesis que culmina no en el final de la cinta, sino en el portentoso duelo de coplas que todos guardamos en algún lugar de la memoria.
Negrete es una estrella inalcanzable para el público y no le gusta vestirse de “charrito” porque lo hace ver un “perfecto mamarracho”, tampoco siente en el alma las canciones campiranas que desprestigian su carrera. Pedro, al contrario, disfruta ser la estrella del género, esa manera de tirarse a la borrachera tan sentida como sobreactuada; esa forma particular de sufrir mientras festeja la vida o de cantar para desquitar el desprecio de una ingrata, son marca registrada de la cinematografía nacional.
Para Carlos Monsiváis, la cúspide del personaje se da en esta vertiente campirana, en 1945; “Cuando lloran los valientes es el inicio del Pedro Infante mítico, legendario, icónico o ponga usted el adjetivo conveniente. El héroe-bandido combina la actitud generosa y la exigencia de sacrificio, y el film inaugura lo que a fin de cuentas será un género fílmico: Pedro Infante mismo.”3
IV. Este era un oso carpintero que vivía muy pobre
De la mano de Ismael Rodríguez, Pedro logró sus mejores momentos. En 1947, la cinta Nosotros los pobres retrató la compleja situación de una ciudad que intentaba transitar a la modernidad. Los indígenas de pasado glorioso pasaron a engrosar las filas del lumpemproletariado urbano que retacó las céntricas barriadas de la capital. Si alguien dio identidad y dignidad a estos grupos ese fue Pepe el Toro. Gracias a él, los marginados aprenden a ser marginados, a vestir como tales, a sentir como tales… En los cines piojito, “recintos de la educación alterna”, como los llama Monsiváis, se dan las instrucciones básicas: “Fíjate con cuidado y deleite en cada uno de los personajes y selecciona tu modelo, porque si elegiste bien así te ves y así te oyes; así caminas si te ufanas de ser macho a la usanza campirana o de barriada”.4
En el transcurso de tres episodios: Nosotros los pobres (1947), Ustedes los ricos (1948) y Pepe el Toro (1952), el protagonista desciende varias veces al Infierno: se hace cargo de su madre paralítica y de la hija ilegitima de su hermana prostituta, le roban, le embargan, lo inculpan de asesinato, lo apresan, se fuga, muere su hermana, su madre, su hijo Torito, su esposa La Chorreada, sus gemelitos, El Camellito… y mata sin querer a su mejor amigo. Todavía hoy la desgracia que perseguía a Pepe el Toro sigue estrujando el sensible corazón del mexicano.

Pedro Infante, como Pepe el Toro, y Wolf Ruvinskis, como Bobby Galeana, en la escena climática de Pepe el Toro (Ismael Rodríguez, 1952). Foto: Isaías Corona. Colección y Archivo Fundación Televisa.
Pepe el Toro fue el deseo de Infante de interpretarse a sí mismo. El actor tenía un taller de carpintería en su casa y era aficionado al box. El humilde carpintero empataba perfectamente en fondo y forma con el hombre que lo encarnó; así lo recordaba Efraín Huerta: “Nunca fue más justa la definición: parecía tallado en roble. Sobrio, disciplinado, se había hecho él mismo al lado del torno, martillo en mano, oliendo a madera pulida. Era Pedro, el buen carpintero.”5
V. También de dolor se canta cuando llorar no se puede
Pepe el Toro ¡Vive!, era el encabezado de una revista sensacionalista en 1994. No Pedro Infante, Pepe el Toro. Contrario a lo que podría suponerse, el artículo hablaba de la permanencia del ídolo entre nosotros y no daba rienda suelta a las especulaciones derivadas de la trágica muerte del actor. Ese 15 de abril de 1957, con la desaparición física del hombre se pone a prueba el ídolo. No nace, se eterniza. Ese es el día que los “infantistas” recuerdan y festejan al “ídolo del pueblo”, apelativo adjudicado en vida.

Diseño publicitario para inserción en prensa de la película Pepe el Toro (Rogelio A. González, 1952). Colección y Archivo Fundación Televisa.
El cuerpo de Pedro yace en la fosa 52, de la fila 27, de la sección Capilla, en el Panteón Jardín, a pocos metros de sus compañeros Blanca Estela Pavón y Jorge Negrete. Pero el ídolo persiste en sus películas y en su música, en las reuniones a deshoras en las cantinas, en las tornabodas y en los restaurantes turísticos… pero también en la intimidad, en la tristeza y el abandono, porque gracias a él los mexicanos sabemos que También de dolor se canta.
Héctor Orozco
Curador e investigador de diversos proyectos en torno al arte, la fotografía y el cine. Desde hace una década trabaja en las Colecciones Fotográficas de Fundación Televisa.
1 Ricardo Castañeda, Pedro Infante 1917-1957, recopilación de entrevistas publicada por Fábrica de Discos Peerless S.A. para la edición de la colección fonográfica homónima, 1982.
2 Carlos Monsiváis, Pedro Infante. Las leyes del querer, Santillana, 2008; pág. 145.
3 Op. cit.; pág. 62-63.
4 Op. cit.; pág. 84
5 Efraín Huerta, “La dramática muerte de Pedro el afortunado”, Cine Universal, número extraordinario Álbum de Pedro Infante, mayo 1957.