Paul Morand, el viudo de Europa

Imagen: Paul Morand. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público

Para Paul-Henri Giraud

Un estadounidense me preguntaba hace poco, a propósito de los autores que leo con mayor asiduidad, qué mensaje tenía su obra. “¿Mensaje? –le respondí–, los Evangelios tendrán un mensaje, pero ¿tiene un mensaje la literatura?”. “Claro –lanzó–, el de John Steinbeck es reivindicar a los oprimidos”. “No sé –le dije– si Steinbeck estaría de acuerdo contigo. Pensé que era un artista, no un preacher”. Tras lo cual mejor valió cambiar de tema. Pero, ¿qué mensaje puede tener un Góngora, por ejemplo, o un Debussy? Esta forma de razonar, atroz por su simplismo, es el pan de cada día entre la gente que se cree culta, es decir, los universitarios. Estamos de lleno, da igual si en París, Nueva York o México, en una época puritana, donde pululan las buenas conciencias o, como cabría llamarlos, los nuevos fariseos, término que para colmo habría que explicarles.

Paul Morand (París, 1888-1976) se me figura por antonomasia como un “autor sin mensaje”; sí con sentido, que es lo propio del arte: melodía, buen gusto, olfato. Así, Morand pertenece al orgulloso linaje de los prosateurs. Prosistas, si se quiere, a condición de entender por prosa algo extremadamente raro. No eso de lo que hoy están llenos los libros, los periódicos y el internet. Algo que, con ser tan raro, es sin embargo ostensible: lo que practicaron el Flaubert de Un corazón sencillo (1877), el Gide de El inmoralista (1902), el Proust de Pastiches (1919), el Larbaud de Felices amantes (1923), y poco más. Esta prosa es el producto de un tipo humano particular y de una época dada que va, digamos, del fin del Segundo Imperio al Tratado de Versalles. Es la obra de una Francia en su apogeo y aún en los primeros y bruscos tropiezos del declive. Una época altiva, como quiera, en que la única consigna era ser felices y ser franceses.

Considerábamos entonces –recuerda Morand– como impensable y hasta impúdico tener que comentar la suerte de haber nacido en Francia; ¿quién tendría la ocurrencia de nacer en otro lado? Francia era tan fuerte, tan única, tan inmensa, cubriendo de rosa las páginas dobles de los atlas, que no necesitaba que la amáramos: amar a alguien es temblar por él: a esta Francia que el mundo tomaba bajo su protección, apuntalada a la derecha por el zar, apoyándose a la izquierda sobre Enrique VII, nada podía sucederle; nada sucede a los ricos. Moral encantadora del siglo XIX donde el centro del universo era la Tierra, el del planeta, Europa, con París como meollo; tantos huesos hechos para sostener la pulpa de un fruto sin par ofrecido por Dios a la humanidad: Francia.

Me doy cuenta de lo que este estado de ánimo puede tener, hoy en 1971, de sorprendente; el miserabilismo no estaba en boga en 1900. Escuchaba, ayer, en Ginebra, a Marcuse denunciando la felicidad como objetivamente reaccionaria e inmoral; la felicidad de principio de siglo era radical, con sus restaurantes de tres francos y su fe en el progreso. Era una época feliz, donde nadie tenía la conciencia sucia, o aquellos que la tenían no lo gritaban. La palabra culpabilidad no se encuentra en los viejos diccionarios; los demócratas cristianos comenzaban apenas a azuzar el remordimiento social por sobre los arrepentimientos religiosos. Yo sólo pensaba en divertirme instruyéndome, lo que, después de salir del bachillerato, fue una y la misma cosa. Los Estados hacían como que existían, pero no existían; ninguna araña, en el centro, telecomandaba a las moscas cautivas; los recaudadores sólo tenían la figura inexpresiva del impuesto indirecto. Pasaporte, sólo el zar lo pedía. El tiempo no valía nada, riqueza sin cuota, como el sol o el oxígeno. Ganar dinero era salar el dinero; hablar de dinero era de mala educación.

Es en este aire que surgen los prosadores; flor de la burguesía de antaño y testigos de la destrucción del mundo al que se deben. Con la excepción de Flaubert el antecesor, Proust, Morand, Gide y Larbaud gravitaron alrededor de la Nouvelle Revue Française, fundada en 1908. Aunque escriban el grueso de su obra posteriormente, ellos hablarán en nombre del espíritu de antes de 1914, ya recreado en evocaciones, ya contrastado con lo que vendrá.

Paul Morand, ¿cínico, presumido, elitista, amargado, vencido? Ante todo, dueño de un estilo. En Morand hay horror del discurso y horror de la explicación, esto es, de la demagogia. Su prosa respeta la inteligencia del lector, que tampoco tiene por qué celebrar: es, sencillamente, un sobrentendido. Lejos de él cualquier intención de convencer o sobornar con ideas, mucho menos si éstas corren por la calle, si son respetables y de avanzada. Las ideas son esa cosa que se cambia como los pañuelos, y que como ellos se ensucian fácilmente; la actitud y la postura, en cambio, ya son cuestión de valía, y hasta de pulcritud. Ferozmente individual, comparte estas características con el resto de los autores de la NRF: no pocos de ellos tuvieron su parte de persecución, anatema o indiferencia, sin recordar la quema de brujas que fue la depuración francesa en medio de esa hoguera aún más grande y horrorosa que llegó a ser Europa. Un mundo, se ha dicho, acabó en 1945.

La crítica, o mejor, la invectiva para Morand está relacionada con el gozo estético de tener criterio, una copa de coñac a las 5 y bienes raíces; un criterio propio y opuesto –va de suyo– a la razón estatal, propagandística, económica y hasta escolar. Así evoca su republicano liceo:

Me impresionan, a la distancia, las omisiones atrevidas, los silencios, tendenciosos tal vez, de la enseñanza que recibí. Me ocultaban la prehistoria, la Biblia, Bizancio, China, el Extremo Oriente, los Estados Unidos, Rusia, las religiones, la música; salí del bachillerato sin haber conocido ni los nombres ni los periplos de los viajeros ilustres, ignorándolo todo de la geografía económica, de la historia del arte, de la bioquímica, de la astronomía; sin haber leído a Montaigne, ni a Hugo, ni a Baudelaire, ni a los poetas Luis XIII, ni Dante, ni Shakespeare, ni los románticos alemanes, etc.

En su libro Venecias (1971), un Paul Morand viejo y en pleno dominio de su arte repasa su vida a la luz de sus numerosas estancias en esa ciudad enturbanada de cúpulas y niebla y calzada de canales. El viajero empedernido reconoce en la Serenísima su última y verdadera patria, pues Venecia –ese “alto lugar de la religión del Arte”– pertenece a los estilistas consumados y consumidos, hablen Musset y Mann, entre muchos otros. Una sociedad europea y cosmopolita ve crecer y madurar a este niño mimado, hijo del director de la Escuela de Artes Decorativas para quien los tonos del amanecer y del crepúsculo tienen firma de pintores. Venecia era el lugar de descanso de la familia Morand, a cuya mesa venían a sentarse los músicos y poetas del que fuera el último momento glorioso de una Europa de antes de los nacionalismos y las guerras. En Trieste, a poca distancia, Morand decidirá ser enterrado bajo una lápida con un epitafio en griego y abrazando la fe ortodoxa; deriva orientalista de un acérrimo occidental “viudo de Europa”, a sus ojos derrotada y con mala conciencia, invadida mental y militarmente por soviéticos y norteamericanos donde ni siquiera le quedaba el consuelo de las cosas banales.

Aquel mundo de ayer, lo observo sin resentimiento ni nostalgia. Simplemente ya no existe; al menos para mí, porque sigue existiendo sin complejos ni pruritos en un universo un poco más brutal, un poco más condenado, donde la media de las virtudes y de los vicios debe haber permanecido más o menos constante. Simplemente sus costumbres dejaron de ser las mías; el peluquero me corta el pelo con rasuradora; en el restaurante debo sentarme en frente de mi invitado, ya no a su lado sobre un banco; los hoteles rechazan a mi perro; cuando llego, el valet ya no toma las llaves de mi auto para estacionarlo. En el hostal, sólo en Grecia puedo ir a escoger mis platos de encima del horno; en París ya no hay diferencia entre el camino y la acera; en las reuniones ya no reconozco a nadie detrás de esas barbas y pelucas; me pierdo entre tantos nombres. En otro tiempo, el Mediterráneo era mi piscina; hoy, para tomar un baño hace falta el permiso de los escuadrones rusos o norteamericanos. La pintura me hacía feliz; la de hoy es una pintura de iconoclastas. “Usted es pintor, ¿por qué no siguió pintando?”, le pregunté a Robert Bresson. “Porque me habría suicidado”, respondió. En cuanto a la música dodecafónica, me basta pensar en ella para preferir la muerte.

Inepto para servir, ya no tengo nada que hacer aquí; no me acostumbraré nunca a las maneras electrónicas, ni a vivir en un país cuya suerte se decide a seis mil kilómetros de mi casa.

Todo destempla los dientes en este mundo donde cada hora es hora pico, donde los alumnos quieren ser Einsteins; las parejas que van a hacer el mercado, abrazadas, como lo han visto en las películas, irritan los nervios; sus besos en público no son besos, sino comidas; el cuerpo de las mujeres se ofrece como carne. Para colmo de la injusticia, los jóvenes son más bellos de lo que nosotros lo fuimos. Estuve ausente mucho tiempo; en mi casa se habla una lengua que ya no se oye; por lo demás, el diccionario desapareció.    

Su literatura no es edificante, ni mucho menos. Tampoco calienta el corazón. Aguza, en cambio, los colmillos. En realidad, la prosa de Paul Morand es nada menos que un artículo de lujo, tipo Coco Chanel, de quien Morand fue confidente y biógrafo; y como todo artículo de lujo se le usa poco y con algo de temor de usarlo mal. Venerable reliquia que aún nos habla entre malhumorado e implacable, algo desdeñoso y como desde cierta altura; un europeo profesional; un experto en desaires que pasó por Cuba, México, Estados Unidos y Brasil con un monóculo mental de gran señorito, ansiando tan sólo regresar a un París que de todas formas ya lo exasperaba. No dejó de desconcertar por su educado desdén, como lo ha recordado Fabienne Bradu, a sus anfitriones Genaro Estrada, Salvador Novo y Xavier Villaurrutia, admiradores sin embargo de su prosa. Pero a pesar de todo ello y más, hay algo en el fondo de sus líneas que resuena a verdad o por lo menos se le asemeja. Pues como él mismo lo escribió con la consabida lítote francesa: “sólo el arte no miente”.

David Noria
Doctorando en la Sorbona en Estudios Románicos, maestro en Historia de la Filosofía Metafísica por la Universidad de Aix-Marsella y licenciado en Letras Clásicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Autor de Nuestra lengua. Ensayo sobre la historia del español (Academia Mexicana de la Lengua-UNAM, 2021) y Bajé ayer al Pireo. Estudios helénicos (Bonilla Artigas, 2024).

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Publicado en: Resurrectorio