La reciente muerte de Paul Auster es el motivo de este ensayo que valora al autor desde su interés lector, su profunda curiosidad y pasión intelectual por la cultura francesa, que forjó su carácter y gran parte de su obra.
Irremediable como es la muerte, no deja de ser notable su capacidad de destrabar los diques de la memoria que liberan, a la manera de un surtidor, fragmentos sustantivos de todo lo que tenemos olvidado. Por ello, cuando muere un autor entrañable, lo que desfila ante nuestros ojos no son sólo sus libros, sino nuestra propia vida, hecha de un material semejante al de las novelas.
La muerte de Paul Auster (1947-2024) permite calibrar la vida y la obra de un autor muy bien recibido en el ámbito hispanoamericano, no sólo porque sus pasos coinciden con la tradición local del escritor que partía a París a pasar penurias en busca de una ciudad imaginaria para forjar carácter, alianzas y desencantos, sino porque como todos los autores de valor, es alguien que demuestra un interés legítimo por una cultura y una lengua distintas de la suya.

Gesto relativamente común para nuestra tradición, en su caso cobra una dimensión distinta, puesto que no suele ser usual en la literatura norteamericana —salvo luminosas excepciones— la figura del escritor como intelectual, y sobre todo como una personalidad curiosa, característica irrenunciable del traductor: Auster era un tipo interesado en serio por el mundo. Y aludo aquí en general a su conocida faceta de traductor de autores franceses como Stephane Mallarmé, André Bretón, Jaques Dupin, Paul Éluard, George Simenon o Jean-Paul Sartre (faceta refrendada a su vez por su labor como editor en la mítica antología The Random House Book of Twentieth-Century French Poetry). En específico, es determinante su estrecha relación con la obra de Maurice Blanchot, pues Auster habría conseguido ficcionalizar la poética del escritor francés en sus novelas, como explica María Laura Arce en su sugestivo ensayo Paul Auster and the influence of Maurice Blanchot.
Desde luego y por fortuna, cada quien tiene su Auster, por ello no considero extravagante resaltar en su figura la sólida vocación del traductor, que me fue revelada en sus maravillosas versiones de Joseph Joubert y de varios otro autores de feliz memoria. Sobre todo, me parece fascinante una obra como Chronicle of the Guayaki Indians del antropólogo Pierre Clastres, que Auster prologó y tradujo, cuya escritura define así: “su prosa parecía combinar el temperamento de un poeta con la profundidad mental de un filósofo, y me conmovió su franqueza y su humanidad, su absoluta falta de pretensión”. Lo mismo puede decirse de los propios libros de Auster, sobre todo La invención de la soledad o algunos de los pasajes más ensayísticos de Leviatán e incluso de La trilogía de Nueva York.
Otro rasgo singular de su carácter que siempre me sedujo —siendo, sobre todo, un conspicuo narrador— fue su devoción por la poesía, a la que alude más en entrevistas y algunas pocas reseñas que de manera directa en sus ensayos, donde detaca su relación profunda con la obra de Edmond Jabès y Paul Celan, autores a los que conoce e interroga con armas de prosista y de notable ensayista, condición que lo religa con algunos de los mejores prosistas latinoamericanos. Pienso, por ejemplo, en el argentino Héctor Murena de El pecado original de América, cuando escribe: “Poe es el primer golpe dado por América contra las puertas de Europa. Es el primer azote con que el alma europea, después de su viaje a América, refluye sobre sí misma, para minar y romper la vieja residencia” y que Auster formulará de la siguiente manera en The Brooklyn Follies: “in his reviews an critical articles, Poe battled for a new kind of native literature, an american literature free of english and european influences”.
En una entrevista de 1993 esboza unas consideraciones que apuntalan su perfil como lector. Tras confesar que no es gran fan de Italo Calvino, le responde al entrevistador:
Se trata de un escritor pictórico, me aburro con eso. Es brillante, de eso no hay duda, sólo que su sensibilidad no es algo que me atraiga. Lo mismo ocurre con Borges, otro nombre que surge con frecuencia. No me gusta demasiado en absoluto. Nabokov hizo un comentario muy acertado sobre Borges: leer su obra, dijo, es como caminar hasta una casa increíblemente hermosa. No puedes olvidar lo hermosamente construido que está, y luego abres la puerta y te das cuenta de que es sólo un decorado, un espacio en blanco, una fachada sin nada detrás. Eso tampoco quiere decir que esté loco por Nabokov. He leído todo lo suyo. Pensé en él y luché contra él (todo esto fue hace muchos años) y al final encuentro su espíritu muy seco y desagradable. Brillante, sí. ¿Y qué?
Respecto a las novelas de Auster, ¿qué más podría anotarse que no se haya dicho ya? Personalmente, entre sus libros, elijo La música del azar, obra mayúscula y tremenda que leí de un tirón una mañana hace mucho en Buenos Aires y en la que creí distinguir una parábola letal, cuando a su autor dicho libro le merece el calificativo de “cuento de hadas” (kafkiano y cruel, por lo demás).1
Atesoro también mi recuerdo de Leviatán en Orizaba, que leía yo al amparo del extraño silencio de la añeja casa paterna cargada de fantasmas, sintiendo, ante la imperturbable calma del Cerro del Borrego, la trepidación de una prosa ágil que sigue palmo a palmo la vida iconoclasta de Benjamin Sachs.
Pero también recuerdo, sobre las pupilas enamoradas de una mujer, las incontables historias centrifugadas de Nueva York, así como recuerdo que una novela no es otra cosa que la posibilidad de volver a una herida que siempre tiene la forma de una ciudad, desdoblándose cada vez que la leemos, porque los libros están emplazados en un lugar, pero no donde se escribieron sino donde se leyeron, y porque siempre que escribimos recobramos el lugar preciso de una herida que sólo en apariencia es un olvido: las calles, las personas y los paisajes de todas aquellas ciudades que quisimos, difuminándonos en el camino.
Un hombre llega a un cuerpo como llega un forastero a la ciudad, sabiendo que hay algo esencialmente evanescente y flamígero en la ejecución de nuestros pasos.
Los pasos encendidos de Paul Benjamin Auster son un camino posible para recobrar todo lo que oculta la memoria.
Rafael Toriz
Ensayista y traductor
1 Conviene, por cierto, traducir y transcribir la diferencia que el autor encuentra entre párabola y cuento de hadas, en una entrevista de 1993: “una parábola tiene más que ver con el pensamiento que con la experiencia, y un cuento de hadas tiene todo que ver con la experiencia. Las parábolas de Kafka, por ejemplo. Toma una idea sobre algo que no se puede articular de manera racional y la encarna en una historia muy breve con personajes, dándole cuerpo. Pero esa carne es tan transparente y tan endeble que no es real y ni siquiera pretende ser real. Un cuento de hadas tiene más sangre porque proviene del inconsciente”.