La novela policiaca goza de muy buena salud en nuestros días. Al margen de las polémicas en torno a la calidad de las mismas, lo cierto es que el género se multiplica por doquier, con propuestas variopintas. En los últimos años ha habido una oleada de estas novelas proveniente de Suecia. Sin duda alguna, mucho abonó Henning Mankell a que los lectores voltearan ávidos hacia esos parajes. Más allá del constante tormento vital de Kurt Wallander, su detective, o del extraño encanto que podía despertar un personaje como Lisbeth Salander (diluido, por supuesto, por la petulancia de su coprotagonista y de la prosa de los libros), lo cierto es que Suecia se convirtió en el escenario ideal para ser habitado por criminales y policías.
Erik Axl Sund se suma a esta vorágine. Casi de inmediato detona interés, al averiguar que el nombre de pluma resguarda a dos personas: Jerker Eriksson (1974) y Håkan Axlander Sundquist (1965). Eso ya lo vuelve llamativo. Habrá lectores que dediquen una buena parte de su lectura a buscar al autor de unos capítulos y otros. Al margen de ello, el planteamiento novelístico de Persona, la primera parte de la trilogía de Los rostros de Victoria Bergman, está bien logrado. Jeanette Kihlberg es la encargada de una investigación en torno al asesinato de varios jóvenes inmigrantes. Que sea ella y no cualquiera de sus compañeros policías es el primer acierto. Al igual que con otras novelas de esa región, aquí también se aprovecha el contexto para reflexionar y criticar la misoginia imperante en la sociedad sueca.

Como es de suponer, Jeanette no sólo debe lidiar con el caso y con sus conflictos de género. También debe hacerlo con su familia. Es disfuncional por donde se le vea. Su esposo es un artista que encaja con el modelo decimonónico del atormentado en busca de sentido. Su hijo es un adolescente que se sabe lejos del interés de los padres. Tal vez por eso es que Sofía Zetterlund puede volverse amiga de la detective. Ella es la encargada de hacer ciertos diagnósticos psicológicos, sobre todo dentro de una población que ha sido violentada. De ahí que su consulta la integren jóvenes abusados que cargan el lastre de una niñez desafortunada. Sofía, además, tiene un pasado. Tanto en lo laboral como en las relaciones humanas. Estuvo como voluntaria en Sierra Leona, intentando rescatar a pequeños que, antes de los doce años, ya tenían un arma entre las manos. Sus romances, por su parte, están impregnados de fracaso. La relación entre estas mujeres será fundamental para resolver el caso.
Sin el afán de ahondar en la trama (siempre es peligroso algo así con una serie policiaca), se puede asegurar que la trilogía de Los rostros de Victoria Bergman tiene elementos de sobra para cautivar a sus lectores: tiene un misterio claro; la detective encargada de la investigación tiene sus propios problemas; se abordan problemáticas sociales como el asunto del género, de la migración y de la parte más vulnerable de ésta; hay un planteamiento psicológico que consigue atrapar y la tensión dramática es considerable. El éxito que ha conseguido es comprensible, pero tiene un grave problema. Como sucede con algunas novelas policiacas, el narrador se alterna entre diferentes planos diegéticos. Es decir, salta de la conciencia figural de un personaje hacia otro. Narra desde esa percepción del mundo. Como resulta evidente, el malo estará acechando tras una de esas voces. Esto no es un error en sí mismo, el problema estriba en que busca ocultarlo. Algo que suena necesario como planteamiento de la trama (revelar al malo hasta el final) pero que no está bien articulado como técnica narrativa.
Es un desliz en medio de varios aciertos. El problema es que estos deslices acaban manchándolo todo. De ahí que se pueda asegurar que Persona es una novela entretenida, inquietante, que tiene los elementos para volverse una buena pieza dentro del género policiaco. Eso sí, al margen de polémicas sin mucho sentido, no llegará a las cumbres de lo literario. Para ello se necesita una precisión a toda prueba que no alcanza.